Una comida sin vino es como un día sin sol

/ Benjamín Chávez /

Me han reprochado, o al menos, visto con desaprobación, esa costumbre que, adquirida en los últimos años, consiste en trasvasar un poco de vino a una pequeña botella (vacía) de soda, para llevarla a la pensión donde suelo almorzar, ya que allí -gran defecto- no lo sirven. Así, cada día, faltando pocos minutos para las 12, entro a la cocina de mi casa y vierto aproximadamente una copa y media de vino a la mentada botellita que, luego de taparla muy bien, me la pongo en el bolsillo y me voy a comer.

Un par de cuadras más allá está el pizarrón que anuncia el menú donde los pescados son lo mejor. Merluza a la romana, pejerrey a la plancha, cebiche de tilapia y ese oximorón tan boliviano: chicharrón de trucha… La mesa que suelo elegir está junto a la pared, a pocos metros de la caja. Hay un espejo a mi izquierda, una ruidosa tv al frente, aunque eso sí, a muy prudente distancia y, en el extremo derecho, es decir, en la pared opuesta a la del espejo, dos grandes ventanas que permiten ver una parte de la ciudad. Es allí donde entre bocado y bocado, echo mano de mi pocket bottle y con toda naturalidad bebo un sorbo.

Ante los mudos reproches o las miradas desaprobatorias, intenté ganar adeptos a mi causa y para ello expliqué, a quien quisiera escucharme, las bondades digestivas del tinto, o del blanco según el caso, pero sin ningún éxito, por lo que no me quedó más remedio que aceptar mi condición de discreto bebedor confeso y solitario. Y esas dos condiciones, digamos casi teologales (la confesión y la soledad), me llevaron un día de esos a considerar fundar mi propia y privada secta (lo primero que pienso es un chiste fácil: ¿la llamo así porque, si hay quienes pregonan que la salvación ya viene, es evidente que, en mi caso, ya “vino”?). Secta, digo, a la que a la ligera bauticé con un nombre extranjerizante e inocultablemente chapado a la antigua “Temetum single club” y me puse pacientemente a esperar ganar algún adepto que se acerque a brindar conmigo y así ayudarse a sí mismo, al comprender que “una comida sin vino es como un día sin sol”, bella frase proferida por Jean Anthelme Brillat-Savarin, autor, como se sabe, de la memorable Fisiología del gusto.

Ahora bien, ¿qué es eso de temetum? Cuenta Giorgio Agamben que san Agustín, en su libro De trinitate (pasaje XI, I,2), medita sobre una palabra muerta y dice “supongamos que alguien oiga un signo desconocido, el sonido de una palabra cuyo significado ignora, por ejemplo, la palabra temetum (un término en desuso por vinum [vino]). Sin duda, al ignorar qué quiere decir, querrá averiguarlo” ya que (y esto ya es una cita textual del santo): “Cuanto más se conoce, sin llegar al conocimiento pleno, con tanto mayor empeño anhela el alma saber lo que resta”.

Esto lo refiere Agamben en un hermoso ensayo sobre el poeta Giovani Pascoli, su compatriota. Yo, que no leí tal texto, -me refiero al de san Agustín-, a pesar de disfrutar (y mucho) de sus Confesiones, no pude menos que celebrar todo ello y fundar el club de marras entre tenedores y poemas pascolianos salpicados de aceite de oliva y migas de marraqueta.

“Ningún signo se conoce plenamente si se ignora de qué cosa es signo” continúa explicando el venerable tagastense, lo que me lleva a preguntarme. ¿De qué cosa es signo mi pequeña botella de temetum? ¡Signo de bienaventuranza! sin ninguna duda. Algo que de seguro aprobaría el mismísimo santo, si un día me honrara con su compañía sentado a mi mesa para convidarme tajines y dátiles de Numidia, con una copa de vino, claro está.

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