/ Gonzalo Lema /
A Mariano Baptista Gumucio
¿Quién toca el piano? ¿Yo mismo? ¿Y soy yo la cabeza desmelenada que refleja el vidrio de la puerta? Ah, entonces es por mí que la gente curiosa se enreda en la calle. ¿Les gustará Beethoven? ¿Les gustaré yo? Se agolpan y miran a mis altos con la boca abierta. Saben quién soy. Un hombre decente, tan solo como sólido, que escribe poemas indescifrables. “Oblicuo eloquio, umbrílocuo deliquio”. Un enigma estético. El remedo inteligente de poetas esenciales allende los mares. Eco de voces primeras fundando la civilización que vivimos. ¿Sabrán que ese soy yo? O más bien elevan la mirada buscando al político que distrae sus gruesos diez dedos en las teclas blancas y negras mientras su mente ardua trabaja resolviendo y complicando la incipiente vida nacional. Tratando de transparentarla cuando la oscurece en sus sentencias de gran tribuno orador, parlamentario de fuste y nota históricos. Que también pedalea en el piso del piano buscando los matices y la extinción lenta de las graves notas musicales cuando recuerda las afrentas sociales de la sociedad paceña. De tantos encumbrados por error o confusión. Soy madeja de varias puntas. Nadie estará seguro con cuál de ellas trata hasta el exacto día de mi muerte. Y ni siquiera después. Yo tampoco lo sabré y no me es importante. Soy numerosos hombres. Jamás como ambiciona Whitman a nombre de la democrática colectividad yanqui. Soy muchos en uno. Yo solo hablo por mí y para mí. Yo me escucho, yo me leo y gozo. Conmigo mismo me enfurezco para luego firmar la paz. ¿Acaso no supe labrarme la lejanía desde siempre? ¿Y acaso no me forjaron un destino? “En el sepulcro no hay bastante olvido/ Para aquesta injusticia sin sentido:/ Penar por una deuda no debida/ Y por la vida que no se ha pedido!” Tengo la vida hecha desde antes de nacer. Cargo una inmensa piedra negra como alguien cargó la cruz y otros el peso de su conciencia. Yo afirmo como Platón: vivimos cada día para recordar. “¡Oh, achaque humano!/ Sonambulismo en que perece el hombre,/ Cazador insensato de su sombra,/ Buscador incurable de sí mismo!” Ni siquiera hoy sé quién soy, pero ya me espera una vida hecha. “Antes que el pecador ya era pecado,/ y aún antes de nacer hay ya condena”. Es la vida signada por dioses para ciertos humanos, inclusive donde la civilización apenas se hace campo para enraizar.
A uno de los hombres que yo soy miran. Soy el reflejo en el vidrio de mi puerta de balcón. Es suficiente, igual soy el que soy. Es una imagen viva e inquietante que los mantiene arremolinados quebrándose el cuello. El loco conflictivo de la calle Loaiza toca el piano para ellos con las puertas abiertas de su balcón. Sus ojos lo ven dando de brincos en el taburete inclinado, muy atrapado entre las escalas ascendentes y descendentes y sacudido por el vigor de los bajos. Volando como palomas las manos. Agitando la melena de león aimara libre del sombrero de paja. Beethoven se eleva del teclado como suele elevarse un ave grande y pesada. Aletea sus alas negras y agita el aire liviano de la calle. ¿A dónde va luego? ¿Al Illimani? ¿A la plaza del cholo Murillo? “Toda vida es un pájaro perdido/ En un desierto océano de olvido./ Si al soñar nadie dice estoy soñando,/ Nadie al vivir recuerda haber vivido!” Ha de volver, Beethoven es de los míos. Como suelo saludar cada mañana, habrá ido a quitarse el sombrero ante la cumbre. Es propio de la decencia. También de los gigantes. Lo Pizarro no quita lo cortés. ¿Para qué discutir? El Illimani disputa al magnífico Mururata su reinado de cumbre entre las cumbres, y yo me satisfago cada vez que rasco mis rodillas por tantas heridas de los enanos. Allá tú, soberbio y radiante Illimani, y aquí yo, indio magnífico, semilla del único país posible. País de piedra viva. No vale la pena que enriquezcamos nuestras peleas enemistándonos. Mejor ha de ser que nos guardemos siempre la distancia. “El alma de estos montes/ Se hace hombre y piensa/ Tramonta un ansia inmensa/ Los horizontes./ Y en luz huraña/ Más de una sien transforma/ Una montaña”. Olvidado el hombre, caído el político, el artista no ha nacido todavía a la comprensión del pueblo. Pero el pueblo me admira y se conglomera a mis pies. ¿Qué suerte de chisme le habrán contado? ¿Qué sabrán de Franz Tamayo? Ilusos, nadie sabe de mí más que yo mismo que no sé nada. Ni mi padre. Ni mi madre. Porque no es suficiente concebir, ni parir, para conocer un alma. Ni siquiera es suficiente una vida. Yo tengo para mí que he de necesitar dos vidas, quizás tres. Porque la poesía me pide una solo consagrada a su pasión, y el pensamiento me reclama otra dedicada a la honda reflexión, mientras la política me pide que le entregue todo. Mi propio partido político así lo señala en su nombre de guerra: Radical. La política es intransigente si se sostiene en ideales. Es tajante. Absorbe a la persona para dejarla inservible. Pero mi destino indica que fui bendecido para la poesía, para la reflexión y para la política. También para la pedagogía. ¿Cómo he de hacerlo con una sola vida? El sol y la luna no son distintos para mí. Tampoco el sueño y el descanso. Mi vigor no alcanza, aun renunciando al amor. Una vida es poco, es nada. Es agua al sol. Si se la retacea en distintas pasiones no alcanza a realizarse. O se es terrateniente o se es minero. O se es militar o se es político. O se es poeta o se es nada. O se es pensador o se es comerciante. ¿Por qué a mí me tocó ser todo? ¿Y por qué, además, lo reivindico? Tantos poetas hay en esta patria, pero hurtando versos a sus fuentes. Tantos políticos incapaces de pensar por cuenta propia y en grande. Tanto obrero convertido en triste palanca. Tanto pensador parásito, lleno de citas y poses, que no sabe qué hacer con el indio. Tienen apenas una vocación y la vida no les alcanza para crear nada. Yo, que parezco tantos hombres, pero que soy solo uno, he regalado a mi pueblo incluso una pedagogía con el sacrificio de mis días y mis noches, y mis poemas que no cesan de escarbar oro en este y otro mundo, mis inagotables proverbios sabios para guiar al insensato, y toda mi oratoria de parlamento tratando de encausar la vida nacional. Esto trabajo a costa de mi única vida. Tengo la audacia sabia y la osadía inteligente. En ello ocupo mis horas hondas y calladas, que son todas. El hombre reflexivo que yo soy se propone a cada instante el problema de la vida; el hombre de acción, que también lo soy, lo resuelve a cada instante. Porque el arte es un juego divino, muchos creen que es cosa de juego fácil. Qué equivocados están. ¿Acaso los dioses se distraen al trabajar su creación? La creación es oficio de soles y tinieblas, se chupa nuestra energía y nos deja cáscara. Yo tengo una vida al servicio de la poesía, ustedes lo saben. Y aunque no la lean ya la temen. No temen al político, sino al poeta que cohabita con el político. Al pensador que estructura la tríada de mi ser íntimo. Temen que mi pedagogía despierte al indio de su profundo letargo, rebase al cholo enfangado en el alcohol iletrado y hasta temen que supere al blancoide, tan satisfecho de ser absolutamente nada. Eso temen al temerme a mí, a mi poesía diamantina. Hacen lo que les dicta la intuición. Son coherentes en su drama. Pretenden la bolivianidad con muecas salvando del cataclismo fatal que avizoran sus complejos raciales de hombre blanco. Bolivianos, pero no indios, advierten. Encubren para que así sea. Besan la bandera, desprecian al originario. Los mandan a las guerras sin remordimientos. ¿Qué amenaza ven en mí estos trasplantados? La amenaza de una patria profunda. Yo soy Bolivia.

Basta de circo culto. He de ponerme de pie para que fisonomicen todo su estupor. Parado en mi balcón seré un regalo para sus ojos incrédulos. Yo soy el que escuchan tocar el piano. Soy el mismo que habla cuando escuchan la radio. Mírenme de perfil mirando, a mi vez, la montaña blanca que chispea de envidia. De mí hablan los republicanos liberales y conservadores como si fuera un ser antiguo. Se mofan. No los culpo. Mi sangre tiene miles de años, se escapa a la impotente arqueología. Todavía no me comprenden. ¿Cuántos años tienen, hasta ahora, piedras y tótems del Tiwanacu? ¿Tres mil? ¿Cuatro mil? No se extrañen si un día dicen que tienen más. De ese confín del pasado remoto venimos a quienes ahora llaman los bolivianos. No hemos venido del barco. Hemos caminado a la orilla del mar pensando en piedras hechas agua. Líquidas. Somos marineros de montaña. Navegamos con el viento que barre la altipampa del Ande. Ese callejón que supo conmover a Alcide D’Orbigny. Del Tiwanacu, que ahora se desentierra con dificultad, como quien pretende poner en pie a sus dioses caídos, hemos pasado a vivir el kollasuyo por cerca de ocho siglos, no es fácil precisarlo. Los collas hemos nombrado este mundo y los colindantes, pero nadie lo advierte aún. Es quechua, dicen. Es español. No, señorito. Es aimara. Aimara es esta palabra que nombra la pampa y que nombra el frío. Se los digo yo que hablo los idiomas como quien respira. Es aimara y luego también quechua este viejísimo mundo que ahora porfiamos por convertir en república común. Los señoritos piensan que han de lograrlo dándonos la espalda y sin enterarse de quiénes somos. No quieren vernos ni antes del almuerzo ni antes de dormir, sino trabajando. Pero yo, con la edad, me voy aindiando cada vez más. Eso les mortifica. Disimulan llamándome beethoveniano, pero no. Mi cabeza es de indio, igual mis manos. Siempre se los cuento. Soy indio, como indios son quienes fueron mandados a la guerra del Chaco. Mírenme bien de perfil, no me pidan que los mire de frente como quien ansía baños de admiración. Yo soy este desentendido de su platea que mira al Illimani mientras piensa en la suerte de nuestra sangre. Nos llevan a las guerras a defender las fronteras de una patria que desconocemos y que se complace en no vernos. Yo ya perdí mi hijo en trincheras. Y no nos escuchan cuando les indicamos la patria vieja que acunó a nuestra raza. Esa patria que está fracturada en pedacitos por allá y más allá. Bolivia se siente, eso sí, pero no se ve. Bolivia es punto culminante de la confusión sudamericana. Nadie la ve. El pueblo que menos sabe de sí. Yo soy su poeta, sin embargo, aunque mis versos hayan sido cautivados por el Olimpo griego. Bolivia es una isla en América y cada boliviano una menuda isla en Bolivia. La asombrosa y grande lengua aimara es como un castillo de piedra que encierra el rudo y personalísimo espíritu del indio.
Cierro las puertas de mi balcón. Adiós, Illimani: otro gigante como tú se te despide. Adiós, gente de mi pueblo. Les he regalado música y teatro a manos llenas, suficiente para una mañana de invierno. ¿Qué es la política si no la dramatización de las circunstancias? ¡El indio está desnutrido y el cholo vive analfabeto! Eso digo. De esa realidad proviene mi rebeldía y mi agresiva sinceridad. Algunos caballeros afirman que yo soy mi propio enemigo. Que el veneno de mi lengua circula por mis venas cada vez que articulo palabra. ¿Insinúan que calle mi boca? Que, aunque el artista subyugue al público, el mal político que soy traiciona al luchador que vive en mí. ¡Que vive de pie en mí, deberían decir! Pero olvidan algo esencial: que esta vida, mientras sobre ella no derrame su pensamiento el hombre, es asombrosamente simple. Tan simple como cualquier mosca. ¿Cuál es la vida que ellos proponen para un propietario de vastas tierras? La mirada y los suspiros adormecidos frente al lejano horizonte de su bastardo latifundio. La fusta lacerante en la mano enguantada golpeando la caña alta de las botas. El pensamiento parecido a una k’ocha barrosa donde nadan los menudos patos, donde remojan las patas los sudados cuadrúpedos de carga. La masa encefálica saturada de boberías que les ayudan a pasar el rato. ¿Qué proponen en concreto? Que la realidad se vuelva piedra y no cambie nunca. Ellos con el chicote, los pongos con la espalda. El oscurantismo. La quema de libros y de pensadores. Que Bolivia sea siempre un paisaje de acuarela antes que una democracia. El indio muy abstraído arreando sus llamas. La casa de hacienda con sus grandes ollas para grandes eventos sociales. La misma vida que llevamos desde 1825 y que no nos ofrece progreso. La mismidad. ¿Y qué propongo yo? Voy a decirlo con economía de palabras para quien me escuche, porque siempre se dialoga con alguien: los pensadores con los muertos, los hombres de acción con los vivos y los creadores con los aun no nacidos. Bueno, lo que pienso es que debemos desatar el alma indígena y permitir que su vigor e ímpetu invadan la sociedad muerta de la república. ¡Liberemos al indio!
¿Con quién pensamos integrarnos a Occidente? ¿Acaso con el déspota en que devino Montes cuando tan bien se inició como “profesor de energía” sin igual para impulsar la patria? ¿Con el político “medular” que nos parecía Saavedra y se transformó en el tirano del quinquenio? ¿Con el jurisconsulto constructivo, como nos simuló Hernando Siles, y que con el tiempo encarnó al bandido que ciñó la medalla de Sucre? No me digan nada del joven y sabio presidente Villarroel, porque pronto supimos que emulaba a Hitler. ¿Cuál es el elegido de los caballeros? No me piensen lo que no soy, recuerden a Lord Boyd Orr: “Lo que se califica de comunismo en los países atrasados, es el hambre que se ha hecho articulado”. Nada más lejos de la ideología castrante que yo. Mi pensamiento es más certero: Quien no está instruido ni educado, vegeta y fracasa siempre. ¿Ustedes piensan que hablo del indio? No, señores: hablo de ustedes mismos. Ustedes, que se pueden llamar la clase gobernante de la cual recolectamos nuestros políticos, son los que gobiernan vegetando y fracasan siempre. ¿No somos ahora solo la mitad de lo que fuimos cuando a Sucre se le ocurrió fundar esta patria para que no crezca ninguna potencia al sur de la Gran Colombia? ¿No somos un cuerpo social desintegrado, carne sin hueso, que no puede ponerse en pie? Ustedes han hecho todo lo posible para que la hurañía del montañés y la indolencia del llanero no se fundan en la responsabilidad de una conciencia nacional. Suelo y poblador son la clave recíproca para construir esta nación. Yo ya sé que la energía india no puede oponerse, en los cuatro siglos, al esfuerzo del conquistador y del inmigrante, pero debemos llegar a Occidente con nuestra alma íntegra. Ya es tarde para ilusionar el renacimiento americano. Todos los pueblos del mundo marchan hacia la fusión inevitable. A nosotros nos toca lo mismo, pero es el rostro del indio el que deberá representarnos y no el de los políticos rococós que genera el mundo de los caballeros. ¿Acaso la vida es una farsa? ¿Y acaso una fiesta? Los pueblos de la nueva humanidad viven tan de prisa, sin escala de valores, ajenos al examen de conciencia, que parecen atletas rumbo al abismo sin fin. La filosofía no existe. ¿Queremos parecernos a ellos? No lo conseguiríamos. Ni lloro trágico, ni heroica risa, señores. No seamos alud, les ruego. ¿Por qué vivir de prisa? ¿Hacia dónde nos guía el apuro? La vida, heroica desdichada, tiene un refugio supremo: la sonrisa. Ante la realidad, mi consigna es verdad y silencio.

Abran paso a mi Ford. Me marcho a Chacoma Grande. Detrás de mí vienen las palabras perrunas buscando herirme. Pretenden hincarme el diente para que enferme, de pena, mi corazón. El mismo Carlos Medinaceli quiere aplastarme cuando dice: “Tamayo tiene el ímpetu de vuelo de un Ícaro, pero lleva en las alas el peso de una biblioteca”. ¿Qué busca con su ingenio? Creo que neutralizar mi retórica y reducirme a parlamentario que se gana el sueldo de acuerdo a cuantas palabras profiere. ¿Es esa su intención? Como escritor que lo sabemos, aunque no publique nunca la novela que ha de inmortalizar su genio, debería comprender mis contradicciones. ¿Acaso no sabe que, por el sólo hecho de existir, el escritor constituye una ofensa para los demás? Yo soy una ofensa declarada y manifiesta que bate su melena en las narices de la gente. Les paseo mi caspa por las fosas, los hago estornudar. ¿Por qué dice eso? Ha dicho más: sugiere que me siente a esperar que mi tesis “Creación de la pedagogía nacional” se imponga en la conciencia boliviana y que sea leída y también apreciada en lo que realmente es: la ideología precursora de un americanismo que sólo entonces cuajará en doctrina. Eso ha dicho como si yo escribiera en griego. ¿No se me entiende? El peso de mi cultura lo llevo en mi cabezota y nunca en las alas. Las alas las tengo ligeras, cosa de ir y de venir, cuantas veces sea necesario, al Partenón. Pero todos los que escriben se piensan autorizados para pincharme. ¿Quién fue el que dijo “Un excelente libro que no volveré a leer”? No lo recuerdo, quizás yo mismo refiriéndome a la novela “En las tierras de Potosí”. El mismo Gustavo Adolfo Otero quiere caricaturizarme: “Don Franz Tamayo, personaje interesante. Rechoncho, de gran melena hirsuta, con cara aimara que se ha convertido en beethoveniana, de movimientos ágiles, hombros anchos, piernas cortas, manos gordas y uñas curtidas hasta las yemas de los dedos”. Pobre hombre. Ha de ser anónimo en grado alarmante, aunque lo lean en su terruño. Pero así me largan los perros, un día sí y otro también. Como Céspedes que investiga mis arterias y afirma sin freno que “no me fluyo bien”. Y menos limpiamente. “Estamos en medio de una obra deforme. Talento amorfo, amenazado por el absurdo y por el genio, presionado por la dificultad de sus abstrusas ideologías. Cuando se ofrece al público en palabras no se entrega totalmente”. Además, me llama “monolito pensante”. No se cansa de alabarme, el remedo de revolucionario: “Libros y versos, gestos y discursos, brotan de Franz Tamayo como abortos magnos”. Hasta ahora debe festejar sus ocurrencias y atrevimientos negados a cesar, porque ya mismo lo leí afirmando que mi partido Radical resultó ser un semillero de tránsfugas que se pasan del liberalismo al republicanismo y viceversa. Tonto, tontísimo, le importa el partido y no el destino de la patria huérfana de hijos notables. ¿Es que no advierte que el partido Radical sí es, en efecto, un semillero de estadistas? Incluso Elío, con ser traidor, destaca y brilla por encima de quienes calientan el curul. Es, simplemente, que temen mi verba, la agudeza de mis proverbios. ¿Quién fue el que dijo “No se puede reclamar para Tamayo la gratitud popular”? Lo dicho: me consideran hijo de Zeus y no de Thunupa. Al respecto: ese mozalbete también me dice lo suyo. ¿Cómo se llama? Fernando Díez de Medina. Qué nombre tan extraño, pero de seguro se considera noble. Escribe un libraco para pasarme espinas con la mano enguantada, y, cuando yo reacciono indignado, dice que “mi fermento emocional precipita las reacciones personales a grados de primitividad”. ¿No es él quien me llama “Enigma”? ¿“Indio magnífico”? Va aún más allá: “Nada obtuvo, hasta entonces, en un sentido práctico, el sesudo reformador. Nada el sociólogo. Nada el jurista. Avasallado por la contradicción mestiza, el político debió ceder al artista”. Apenas al artista, dice, negando los hombres que yo soy. La obra de arte, señor petimetre, no se defiende. Si es mala se hunde en el olvido. Si es buena, a pesar de todo será pedestal para su autor. Eso en cuanto a la obra del alma. Pero, ¿qué de las obras del intelecto? Sería estupendo que usted nos sorprendiera con algo digno de leer. ¿Todavía no le han dicho sus amigos que su prosa parece un derramamiento de sangre? Creo menester decírselo yo. Las palabras son miles y están en el diccionario, pero, por favor, no las use todas en uno. Seleccione, economice. No nos enrede la perdiz. Sea cauto cuando su imaginación se largue a rodar por el infierno. Ni por un momento piense que todo el zumo de su cerebro es digno de impresión en libro. Usted me llama soberbio y yo pienso en el burro que habla de orejas. “Más que por sus propias obras, casi desconocidas, Franz Tamayo -hombre y literatura- entra a las letras sudamericanas por el portal de mi ‘Hechicero del Ande’”. ¡Habrase visto semejante descaro! ¡Es al revés, cretino, cretino, triple cretino! Es usted quien se mete en la galería de los renombrados a punta de codazos aprovechándose de mi buen nombre. ¿Acaso leen su vida y obra? ¡Es mi vida y es mi obra! Lo suyo es un nombre en la tapa del libro. Nombre fácil de olvidar, como se olvida lo que no nos sirve. Es buen momento para decirle que al escritor de vocación no lo arredran los elogios. Tampoco, claro está, las injurias. El escritor de raza trasciende las buenas y malas intenciones como la gran ave que es. Sobrevuela las cumbres y los océanos. Se aleja del tiempo histórico y del espacio terrenal para arraigar en la conciencia de los letrados del mundo. En cualquier lengua, además. Mire usted la suerte de los Horacio. Así que su libro me tiene sin cuidado, como ya afirmé en páginas de “Para siempre”, texto que usted no pudo responder satisfactoriamente en “Para nunca”, pese a la ayuda sorpresiva de mi esposa Blanche, mi ex mujer. Que ella afirme que su letra desvalida moldea la verdad, me parece impropio de quien supo darme dos hijas. Que luego diga que yo soy una “magnífica estatua” ni siquiera me conduce a la risa, mucho menos a la indignación. Lo que sucede es que ella no halló mis fibras esenciales e íntimas. Se las pasó de largo cuando advirtió que su hombre, admirado en salones franceses, tan nombrado en la tertulia romana, honrado en la inglesa, provenía de una aldea llamada Nuestra señora de la paz. La Paz. En los barquinazos del birlocho por los hondos baches de las calles, ya derramó su llanto mientras rebotaban sus baúles en el techo. Llanto e improperios en su lengua madre, la de Hugo. Desánimo, angustia, súbita comprensión del ambiente local de una francesita que apenas tenía, hasta ese momento, l’tour Eiffel como límite de su mundo burgués. Usted, vicioso de la tinta, aprovechó su mala arte para engatusarla haciéndole escribir una carta que también busca la inmortalidad a mi costa. ¿Acaso no despaché a Blanche con sus alfombras para hacer mi vida aimara? En Chacoma Grande hice los hijos con mi propia sangre. Como quien escribe versos con cincel, los forjé en cama de adobes y paja. No me llame “un gran resentido” por las cosas que digo; tampoco “gran artista de alma pequeña”. Las lecturas nos enseñan que una sangre llama a su sangre, que es inútil el desarraigo. Blanche pareció haberlo entendido cuando montó sus baúles en el barco para cruzar el mar. No estaba desilusionada del poeta cuando batió su pañuelito blanco encaramada en proa aguda, ni cuando corrió a babor con el mismo afán. Había terminado su vida con Tamayo, y sus oídos escuchaban por última vez el trueno de mi voz: “Yo fui el orgullo como se es la cumbre/ Y fue mi juventud el mar que canta./ ¿No surge el astro ya sobre la cumbre?/ ¿Por qué soy como el mar que ya no canta?/ No rías, Mevio, de mirar la cumbre/ Ni escupas sobre el mar que ya no canta./ Si el rayo fue, no en vano fui la cumbre./ Y mi silencio es más que el mar que canta!” Mis palabras son la flor de las cuatro estaciones en la mezquindad literaria que nos rodea. Por eso callan quienes tiemblan al leerme. Al oírme. Una flor de piedra gris que se yergue para nuestro orgullo. Lo digo otra vez: Yo soy Bolivia. Las plumas restantes no dan la representación cabal de lo boliviano. ¿Quién dice que me agoté en exuberancia infecunda? Mal hombre. ¿Quién dice entretenerse con el teatro intelectual de Tamayo? Habría que aplicarles la Ley Capital junto a los tiranos. ¿Cómo pueden cerrar los ojos para no verme? Por eso vuelvo a Chacoma Grande, mi hacienda, aunque ella también me recuerde a Bolivia acosada por todos sus vecinos. No importa: todavía tiene el corazón que late.

Aquí me quedo. Sobre este altar de piedra, mirador sin igual del cielo malhumorado del altiplano. “Tendida como un arco el alma tuve/ Y un deseo como águila que sube/. Partió la flecha, y se perdió en el aire;/ Lanzóse el ala, y se perdió en la nube!” ¡Oh, el aire delgado que reconstituye mi ánimo! Soy un pequeñísimo dios de nube delgada y fría que mide las consecuencias de su genio creativo. He sabido concluir un siglo y adentrarme en el otro con tanta soltura pese al viento en contra de la sociedad de cartón. De la mano de mi padre, primero; de la mano inteligente de mi pluma, después. Mi padre, el hombre de Estado requerido por presidentes civiles y militares, que supo hacerse oír para que la sangre no corriera por las calles. Mi gran padre, que aún en aquel tirano barbado surgido de los valles halló suficiente inspiración para narrar este mundo salvaje. Hombre consecuente y de carácter del cual, pese a tantos rumores, vengo yo. Porque, ¿no fue él quien se propuso educar a los indios? Mucho antes de que mi “Creación” madurara y cayera del árbol en medio de mi poesía turbulenta, siempre antes que mis primeros proverbios con los que me propuse re-educar al joven de mi patria, don Isaac Tamayo, como solía nombrarlo gente distinguida, inclusive el papá del falso caballero de quien nos hemos ocupado ociosamente, se había puesto manos a la obra. Y no contento con educarlos, se fue a vivir con ellos en las tantas haciendas que la vida le regaló. No sólo eso: amó la sangre y la carne aimara con tanto vigor y entrega que la fecundó en siete u ocho retoños. El número exacto es difícil de precisar por el enredo del chisme y el rumor malicioso que crece como enredadera. De él aprendí que el secreto en la vida es la consecuencia. Que aún la consecuencia estúpida se ve mejor que la inconsecuencia. ¿Cómo es posible que un hombre inteligente y culto sea inconsecuente? ¿Y no es ese el caso de Roberto Prudencio cuando afirma que “los problemas políticos e internacionales no pueden ser tratados en verso?” En palabras claras: que yo no debía representar a la patria ante la Liga de las naciones buscando oídos y resonancias positivas para solucionar nuestra mediterraneidad forzada o impuesta. ¿Buscaba un prosista, entonces? No debe saber este señor intruso que el gobernante confiaba precisamente en mi pico de ruiseñor. ¿Acaso no se halla abogados de nota en el foro paceño? ¿O en Sucre? No, se buscó un poeta que comprendiera la política internacional, la sicología de los pueblos, que se ubicara en el comercio y que supiera la situación del Estado nacional. Un hombre de lecturas, en buena suma, porque para abordar un tema hay que saber transitar varios temas. ¡Qué corto de entendederas resultó mi gratuito ofensor! Aunque peor resultó el hombre de Salamanca a quien regalé consejo sobre su afición periodística: don Demetrio Canelas. Muy suelto de lengua ha sabido decir: “Tamayo es un loco de atar, con una fatuidad descabellada y una propensión irremediable a la fraseología que todo lo echa a perder”. A mi juicio, nunca entendió de qué se trataba. Primero por los idiomas con los cuales yo paseé nuestra causa, porque a los delegados se les debe hablar en su idioma nacional: francés, inglés, italiano; y bromear en los idiomas cultos: latín, germano o hebreo. ¿Cómo podía saber este señor de qué se hablaba en esos círculos? Me acusa de “fraseología” desbordada como podría acusar al torrente del Niágara. Segundo, porque su sensibilidad apenas le sirvió para esa composición estancada que él llama novela. Es como poner a pelear un gallo con un toro. Los delegados son personalidades trajinadas en oficios de señoritos, en matrerismo de gabinete y hasta tienen calle. ¿Qué tiene para la causa mi oficioso difamador? Sus astucias de político local, apenas mañas para cruzar la calle entre el palacio Quemado y el parlamento. ¿Por qué los dos no se hicieron eco de Óscar Únzaga de la Vega? ¡Todos nos hubiéramos ahorrado tanto! “Ninguna personalidad puede ser más representativa por sus dimensiones y simbolismo que Tamayo en esta primera mitad del siglo XX. Ningún color es más auténticamente boliviano, más nuestro, con su grandeza contradictoria y con su amarga soledad de cima”. Es cierto. Ya no existen las figuras representativas capaces de encarnar una época. Los hombres de hoy sólo admiten el conflicto del obrero con la fábrica, del individuo con la máquina, del puño prieto con la diestra erguida. ¿Dónde quedan los grandes temas? ¿Para qué sirve el intelecto? He evitado arrojarles el Illimani por la cabeza y he buscado refugiarme en mi hacienda. En este distanciamiento del blancoide he de reorganizar mis pensamientos y sentimientos. ¡Tengo tanto para sufrir que bien vale la pena meditar el orden! “Yo era el orgullo,/ la frente/ alzada al viento de la injuria./ Yo era la roca,/ el pensamiento que la hería./ Y era la herida./ Sangraba en mis palabras la rosa/ incorruptible;/ era yo quien sangraba./ Fatigué en largas jornadas/ la noche,/ extraje el cieno de mi propio abismo,/ destilé el oro de los sueños./ Pronto supe con Píndaro/ que el hombre/ es el sueño de una sombra./ Gira su rueda el tiempo,/ la dicha es como arena/ entre los dedos/ y hasta el olvido al fin se olvida./ Solo el dolor no se acaba./ Los actos, la indiferencia/ prescriben,/ y, como ellos,/ los que tejieron escarnio./ Fueron legión,/ yo estaba solo,/ pero eran viento y los dispersó/ el viento./ Ansié partir con un adiós de bronce,/ y si el odio calló/ su turbulencia,/ resuena el bronce todavía./ Ni la muerte que es muerte nos iguala”. Dolores y heridas, ¿dónde están las alegrías? Las busco sin remedio, aunque me queda muy claro que no las tuve. ¿Un halago de la juventud? La plazuela de mi nombre ya responde a otro nombre. ¿La presidencia electa? Fue una de las pocas batallas ganadas por el ejército en el Chaco, pero a mi costa. ¿La amistad con Salamanca? Quizás sí, y las tardes de cada domingo. ¿Los periódicos que fundé? No se pagaba a nadie y todo el mundo trabajaba su jornal de gloria. ¿El amor sincero de Luisa Galindo? Los hijos que me dio con su sangre mestiza. Hubo en tiempo lejano un amor que me correspondía. “En la desolada tarde,/ Claribel,/ Al claror de un sol que no arde,/ Claribel,/ Me vuelve el amante alarde/ Aunque todo dice es tarde,/ Claribel”. Mi padre fue a pedir su mano la tardecita de un lunes tan triste como otro. “Lleva en sus alas el viento,/ Claribel,/ Tu nombre como un lamento,/ Claribel,/ Y en vano mis ansias siento/ volar tras aquel concento,/ Claribel”. Lo recibió el padre de mi amada en mangas de camisa, sin formalidad, y lo invitó a pasar demostrando sorpresa, pese a que una esquela anunciaba su visita. Sus cejas le preguntaron qué deseaba de él. “Voz con que pía la ausencia,/ Claribel,/ Saudade, canora esencia,/ Claribel!/ Añoranza, transparencia/ Que la ausencia hace presencia,/ Claribel./ Mar profundo y alto monte,/ Claribel,/ ¿Es posible que tramonte/ Claribel/ Tras el húmedo horizonte,/ Y que las nieves remonte Claribel?” Mi padre no perdió la compostura y se mantuvo erguido. ¡Era Isaac Tamayo! “El tiempo es por siempre ido,/ Claribel,/Y eres quizá toda olvido,/ Claribel!/ Mas yo, iluso descreído,/ Aún pienso que me has querido, Claribel! El pan amargo en que muerdo,/ Claribel,/ Hecho está de tu recuerdo, Claribel!/ Reina y mujer, niña y diosa,/Oro, nácar, nieve y rosa,/ Claribel!” Respirando profundamente, controló su molestia y, sin pedir una silla ni un vaso de agua, planteó frontalmente el motivo de su visita: “He venido a pedir la mano de su hija para mi hijo Francisco Tamayo”. “Cantaba en el aire un ave,/ Claribel,/ Suave cual la suave/ Claribel./ Y unía el plumado clave/ Dulce risa y lloro grave:/ Claribel!/ Vierte mi labio un perfume,/ Claribel,/ Musgo y clave que resume/ Claribel./ Mirra que eterna zahume,/ Óleo que no se consume,/ Claribel!” El señor se sonrió satisfecho como los hombres que han tendido una trampa. Dejó pasar algunos segundos mientras estudiaba el rostro de pronto ruborizado de mi padre. Con esa constatación le clavó un cuchillo en el pecho: “¿No es un tema de señoras? ¿No es mejor que lo traten ellas?” “De un nigromante el compás/ Claribel,/ Trazó en mi alma nunca más/ Claribel. Y así a mis ojos jamás/ Como el alba volverás,/ Claribel”. Mi vida chocó contra ese filo y marché a Europa donde conocería, con los años, a Blanche Bouyon. Pero las hijas que tuvimos se murieron.
Ahora arde el confín de mi estancia. Son tiempos de revolución con motivos ciertos. Villarroel les ha dado el fuego y Paz Estenssoro les dará las tierras. Los colonos vienen en busca del político viejo, y se encontrarán con el poeta vital. ¿Algún día llegarán los estudiosos de mi obra? O a mí me toca la paradoja que encierran algunas vidas: que la Bolivia oficial se ocupe de exaltarme desde ahora en el billete y mucho más con mi muerte, pero que jamás divulgue mi pensamiento imprimiendo mis libros. Yo he cantado a estas tierras y a su gente con versos capaces de respirar a cuatro mil metros de altura. La gente que me aborrece intentará echar mis huesos al profundo abismo. Yo no culpo a nadie de la misión instintiva del chacal.

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