De Homero y Christopher Nolan, desde la eternidad: La Odisea

/ Jorge Luna Ortuño /

Recuerdo a mis quince o dieciséis años haberle huido a la lectura de los poemas épicos de Homero en la materia de Lenguaje en el colegio; no era nada grata la tarea asignada de tener que leer aquellos libritos de resúmenes que parecían exentos de aura e interés. Hoy en día, en cambio, entiendo lo transcendentales que son La Ilíada y La Odisea dentro de la literatura universal. Cabe decir que no había en aquellos años, mediados de los 90´s, lo que el cineasta inglés Christopher Nolan le ha regalado en la actualidad a las nuevas generaciones de públicos jóvenes y adolescentes: una alucinante experiencia cinematográfica de La Odisea —verdadero incentivo para que cientos de miles de lectores en el mundo se lancen a visitar los libros.

Desde Following (1998) hasta La Odisea (2026), Christopher Nolan ha dirigido 13 largometrajes de ficción. La Odisea se estrenó en julio de este año con muy buena respuesta del público, y es el nuevo trabajo que nos ofreció este afamado director después de su aplaudida Oppenheimer (2023); al mismo tiempo, representa su primera adaptación directa de una gran epopeya de la Antigüedad, siendo una incursión de gran escala en el mito griego.

La película dura casi tres horas, que no transcurren como tres horas del tiempo social ordinario, sino que se pasan sin darse cuenta dentro de la caverna subjetiva. La narración fomenta la inmersión del espectador en otro mundo y otra época, y nos da la sensación de que hemos atravesado algo nosotros mismos al acompañar la travesía de Odiseo por retornar a su hogar en Ítaca. Después de haber visto la película al menos tres veces junto a mi hijo Tiago, una hipótesis sobre la naturaleza de la experiencia estética se fue formando. Digamos que, a veces una obra nos conmueve no solamente por lo que contiene sino porque nos permite entrar en contacto con algo que la precede, la atraviesa y continúa existiendo más allá de ella. La Odisea me parece fascinante no solamente por su contenido —incluyendo la apuesta técnica de rodaje íntegro con cámaras de películas IMAX—, sino porque pareciera colocarnos en disposición de atravesar un portal hacia otras dimensiones del tiempo, nos hace tocar reminiscencias de eternidad, escuchando sonidos que no han dejado de viajar por el mundo desde hace siglos.

Habría que comenzar por aceptar otra hipótesis previa, a saber, que el pensamiento como tal no se origina desde la interioridad de un individuo aislado, sino que pensar únicamente significa ser participante de una esfera de pensamiento que no comienza con nosotros, que atraviesa épocas y que encuentra soportes materiales en libros, películas, música, imágenes, gestos y prácticas humanas. A los quince o dieciséis años, la lectura de Homero era para mí una obligación escolar de la que prefería escapar; décadas después, una película de Nolan nos permite experimentar su universo con otra intensidad y saldar una lectura pendiente. No es simplemente el hecho de ser mayor o de que Nolan haya encontrado una manera más atractiva de narrar. Es posible que esos factores intervengan, pero la hipótesis que apunto invita a considerar otra posibilidad: que el encuentro con una obra ocurre cuando se produce una conexión entre algo que está materialmente disponible en el mundo y una disposición nuestra para entrar en su campo atemporal de resonancias.

El largometraje dirigido por Nolan es una obra maestra hablando en términos cinematográficos, constituye una relectura del poema épico de Homero realizada con fidelidad y atención crítica para plantear lúcidamente algunas adaptaciones. Pero al mismo tiempo, el film pareciera funcionar como una puerta de acceso hacia algo que trasciende la vida biológica de un individuo. La Odisea de Homero recopila una sabiduría de otra época, (tres siglos antes de Cristo), narrada en la forma de cantos, que funcionan como envases interestelares. La historia narrada en La Odisea es un grito que atraviesa reinos y épocas, tiene tanto que decirnos sobre lo que nos pasa en las sociedades actuales, pero solo puede dirigirse a quienes tienen oídos para escuchar. ¿En qué otra cosa nos deberíamos especializar en la actualidad los filósofos, artistas y científicos si no fuera en tener oídos para los problemas del tiempo en que nos tocó vivir? Y cuando asistimos a la pesadez que agita el corazón de Odiseo y lo acompañamos en la postergación de su vida durante más de una década, agobiado por el peso de unas acciones que quebraron un equilibrio secreto entre pueblos, ¿acaso no palpamos de primera mano el agobio frente a la decadencia y empobrecimiento espiritual que azota nuestro mundo presente? Diez años de ira y de odio contenido que finalmente se vaciaron sobre el pueblo de Troya en una noche, una oscura noche sin luna en la que traicionaron los valores más básicos que sostenían la paz entre pueblos, destrucción y saqueo finalmente alcanzados, tal como habían proyectado desde la mente astuta y estratega de Odiseo, uno de los líderes más valiosos del rey Agamenón.

Por lo menos tres planos temporales se intercalan en la narración que Nolan nos hace de La Odisea: en el primero los acontecimientos de casa, Ítaca, un reino sin rey, donde la mujer Penélope nos transmite la fidelidad a su esposo Odiseo, rodeada de pretendientes que abusan de la Ley de Zeus para deteriorar el ambiente y nivel de vida; en un segundo plano asistimos a las alucinantes travesías de Odiseo y sus hombres, surcando los mares para regresar a Ítaca después de la Guerra de Troya; el tercer plano sería el del olvido, donde Calipso ha logrado retener al averiado Odiseo, reconstruyendo su cuerpo y adormeciendo su memoria, para lograr lo que ni la fuerza ni la retórica hubieran podido: cambiarla a ella en lugar de la vida que le esperaba en su hogar. En ese bamboleo entre planos, observando las acciones y al mismo tiempo atestiguando las consecuencias que acarrearon, la narración nos va construyendo una sensación de acumulación, una serie de emociones desdichadas, una cruel espera que se expande sin márgenes de tiempo, y la esperanza inocente de un hijo que no conoció a su padre, y el terror de los ojos de una madre que vio a su hija ser sacrificada a los dioses, o el lamento de los caídos que no fueron honrados como llanto anónimo en la noche azul que se evapora eternamente… y la desconfianza de un héroe antihéroe que ya no encuentra un resquicio de pureza en su espíritu para ver de nuevo a los ojos a la esposa amada que representa el refugio final. En el desenlace y la cena final la historia solo puede encontrarnos en la punta del asiento, con el corazón empapado de sentimientos diversos, palpitando, y el pecho compungido. Haría falta tanta fortuna para que todas las variantes afortunadas pudieran darse.

La banda sonora del sueco Ludwig Göransson termina por hacernos vibrar las escenas más trepidantes a flor de piel. Se conoce que Christopher Nolan le pidió evitar la orquesta sinfónica convencional y buscar un sonido más físico, arcaico y experimental, inspirado en los instrumentos de la Antigüedad. Así, escuchamos la lira griega que aparece cuando Odiseo tensa su arco, o los gongs y otros objetos de bronce –muy simbólicos para contextualizar una referencia a la Edad de Bronce. Göransson también incluyó el Aulós griego, que es un instrumento de dos tubos que se tocan simultáneamente, parecido a dos oboes según se indica. Su timbre penetrante aportó una sonoridad antigua y expresiva, que se escucha en temas asociados a Odiseo y Penélope.

Deja una respuesta