/ Jorge Luna Ortuño /
Acerca de la exposición “Grandes maestros cruceños”:
El pasado 17 de septiembre se inauguró en la Galería BNB Art en La Paz una exposición colectiva de cuatro gigantes de las artes visuales de Santa Cruz de la Sierra, nos referimos a Marcelo Callaú (1946-2004), Tito Kuramoto (1941-2026), Herminio Pedraza (1936-2006) y Lorgio Vaca (1930). Curada por Cecilia Bayá Botti, la muestra ofrece una singular experiencia visual con carácter histórico, en el mes en el que Santa Cruz conmemora el 216 aniversario de su Gesta Libertaria de 1810.
Recorriendo la muestra
Las esculturas de Callaú interrumpen la linealidad de las paredes, al tiempo que incitan en los visitantes la necesidad de desplazarse dentro de una composición espacial para poder apreciar las obras. Algunas piezas tienen una presencia vertical bien marcada, las que corresponden mayormente a las esculturas figurativas, incluso vemos una que podría ser de su segunda exposición realizada en 1966 en el Salón Municipal de La Paz, en la calle Colón, cuando tenía tan solo 19 años de edad. La obra en cuestión titula “Lavandera”, realizada con madera jichituriqui, 113x25x21 cm, del año 1965.
Siguiendo con el recorrido de la sala, el gran aro es particularmente eficaz desde el punto de vista espacial porque introduce una geometría monumental dentro de una arquitectura dominada por líneas rectas. El círculo funciona casi como un dispositivo óptico, es para ser contemplado, pero a la vez permite visionar otros encuadres de la exposición, es casi una «puerta» visual.
En esta sala Kuramotto/Callaú el carácter espacial es distinto, pues la pared donde están las pinturas de Kuramotto genera una especie de friso narrativo, mientras que las esculturas de Callaú se introducen delante de ese conjunto, creando una visión de superposición de planos. Percepción intercalada de escultura → pintura → arquitectura → otra escultura → otra pintura.
Cuando una escultura de Callaú aparece delante de una pintura de Kuramotto, la pintura deja momentáneamente de ser un objeto autónomo, se convierte en fondo espacial. Y después, cuando nos desplazamos, vuelve a convertirse en protagonista. La museografía invita así a que los espectadores construyan activamente su primer plano, plano medio, fondo. Una cuestión casi de montaje cinematográfico.
De Tito Kuramotto, artista que falleció el 26 de enero de este año, reconozco primero algunas obras que vi en el libro Kuramotto (2019), editado por Silvia Rósza, como ser “Modelo con árbol de mango”, óleo sobre madera, 1998. También los óleos sobre tela “Mangos” y “Palmera enana”, ambos del 2001, que registra el catálogo de Manzana 1 dedicado al artista. Lo que más aprecio en este artista es la organización de sus composiciones y el preciosismo de su dibujo sin caer en una idealización clásica; por esto destaco de inicio dos obras, la de las dos mujeres trabajando con un tacú de madera, y la otra cuyo título es “Retrato de la señora Anita Suárez de Leygue”, óleo sobre tela, 1989. Es la observación de lo cotidiano, con esa peculiar mirada perdida de los personajes de Kuramotto, él decía que les gustaba retratarlos pensando. Uno de sus grandes comentadores, Miguel Ángel García, señala en uno de sus textos: “el pintor cuida de una manera especial los elementos complementarios en sus trabajos, siendo que, en determinadas obras, esos detalles se convierten en preciosos trabajos independientes del resto de la tela. Los objetos que rodean los personajes de Kuramotto se vuelven casi reales, llegando a adquirir una consistencia casi sólida; una apariencia tan real que, diríase, se puede tocar”. (García, 30 de marzo 1986).
Entre Kuramotto y Callaú aparece con intensidad un universo figurativo de personajes, escenas, cuerpos, animales, paisaje, actividades humanas. Sin embargo, no son equivalentes. Por otro lado, Kuramotto no parece buscar la intensidad más sintética y expresiva de algunos de los cuadros de Pedraza que se aprecian en la otra sala. En cambio, con Tito es el reposo, vemos otra intensidad en varias obras donde la trama figurativa y la escena cotidiana tienen un peso diferente, sin que se puedan negar las afinidades. El montaje permite que ambos puedan ser percibidos dentro de una misma constelación sin obligarlos a convertirse en una misma cosa.
Entre Lorgio Vaca y Marcelo Callaú puede intuirse una cercanía aparte, ambos trabajan con una sensibilidad poderosamente vinculada a la materia, el territorio, la naturaleza y las formas de lo local, pero lo hacen mediante lenguajes distintos. En esta muestra vemos a Lorgio construir una imagen, mientras Callaú construye un cuerpo espacial. Pero es bien sabido que Lorgio realizó también en su trayectoria murales en relieve cerámico policromado, lo cual lo acerca a esa inteligencia con las manos, esa sugerencia hacia la experiencia palpable que escapa de la bidimensionalidad estricta.
Introducimos aquí un apunte, tiene que ver con la diferencia de edades, el mayor de todos ellos es Lorgio Vaca (1930) que aún sigue con vida y radica en Santa Cruz de la Sierra, donde hasta hace poco todavía estaba activo haciendo sus murales cerámicos, pero últimamente se lo ha visto debilitado producto de una caída. Lorgio es uno de esos hombres que debiera vivir 100 años. Por otra parte, cabe recordar que la primera exposición en su vida la hizo en el Salón Municipal de La Paz en 1954, mostrando las acuarelas que había pintado en su estancia por poblaciones aledañas al Lago Titicaca. Formalmente, Lorgio no recibió instrucción en arte, a diferencia de nuestros otros artistas en la muestra que estudiaron en la Escuela de Bellas Artes “Víctor F. Serrano” en Santa Cruz, guiados por el maestro húngaro Jorge Rozsa. Lorgio fue un autodidacta puro, que hizo el colegio en La Paz y luego dejó los estudios en Derecho para irse al campo a pintar, siguiendo la vocación que había descubierto desde su infancia, con las acuarelas que le había regalado su padre antes de irse de la casa. Es un autodidactismo que solo podría comparar con el del escultor paceño Ted Carrasco, otro espíritu libre y danzarín que falleció el pasado mes en la ciudad francesa de Toulouse, a sus 93 años.
Logros del montaje
Hay que resaltar la manera en que la curadora Bayá generó en esta exposición las correspondencias entre obras, es decir, trabajó mediante «familias de afinidad», no buscando homogeneidad. Esto es crucial porque se trata de cuatro artistas que no forman una escuela homogénea, por lo que el montaje tenía un desafío de encontrar líneas de proximidad. Estas son algunas de las líneas que identificamos:
- Lorgio Vaca: territorio, paisaje, naturaleza, cultura material, identidad.
- Marcelo Callaú: materia, madera, cuerpo, síntesis formal, espacialidad.
- Tito Kuramotto: figura, paisaje, vida cotidiana, personajes, imaginario local.
- Herminio Pedraza: figura, paisaje, memoria visual, escenas y territorio cruceño.
Hay entonces una red de relaciones entre territorio — naturaleza — cuerpo — vida cotidiana — materia — memoria — identidad, pero lo más valioso es que cada artista ocupa una posición diferente dentro de esa red. Así, lo que el título de la muestra engloba de manera general como «Grandes Maestros Cruceños», en el fondo vemos que tiene muchas capas que van más allá de ser una selección de obras de cuatro artistas importantes. El montaje evita una separación excesivamente rígida por autor, las visualidades se contaminan entre ellas.







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