Los Juegos Mundiales Nómadas

/ Javier Reynaldo Romero Flores / Antropologías Itinerantes VIII /

Si tomamos en cuenta que en Grecia los Juegos Olímpicos antiguos estaban vinculados a prácticas religiosas, festividades, ciudades-Estado y concepciones específicas del cuerpo y de la ciudadanía y posteriormente, a fines del siglo XIX, fueron reconstruidos en un contexto completamente diferente, entonces sería más preciso hablar de una reapropiación moderna de Grecia. Esto quiere decir que la Modernidad Occidental no hereda Grecia, más bien, construye una determinada imagen de Grecia que necesita para narrarse a sí misma.

En el proceso de colonización de occidente hacia el resto del mundo, Grecia quedó como la marca de origen, incluso para el deporte. En Bolivia, el deporte moderno, como parte del sistema educativo, no es simplemente ejercicio físico. La forma moderna del deporte incorpora elementos como: competencia, medición, comparación, récord, clasificación, disciplina corporal, reglas universales, rendimiento individual, superación, cuantificación del resultado.

Y, al lograr que las Olimpíadas modernas lleven estos elementos a una escala mundial, el cuerpo termina convertido en un espacio donde se expresan valores que también son centrales para la modernidad: disciplina, rendimiento, competencia, medición, superación, reconocimiento. Esto permite establecer una relación con la escuela moderna. Tanto la educación como el deporte producen sujetos que aprenden a medirse, compararse, clasificarse y superarse dentro de reglas previamente establecidas. Entonces, si la escuela moderna disciplina la inteligencia y el deporte moderno disciplina el cuerpo, así, el deporte, al interior de la escuela completa el horizonte de sentido histórico buscado por el proyecto de la Modernidad Occidental.

En este contexto, ¿qué es lo que nos sugieren los VI Juegos Mundiales Nómadas que se realizaron en Kirguistán entre el 31 de agosto y el 6 de septiembre de este año, en el que participaron más de 100 países, con unas 43 disciplinas vinculadas a prácticas nómadas conectadas con sus propias cosmovisiones y un programa paralelo de actividades culturales, científicas y etnográficas que coincidió con la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái en Bishkek, a la que asistieron varios jefes de Estado?

Si tomamos en cuenta que la primera convocatoria a estos juegos también fue en Kirguistán en 2014 y, posteriormente, fueron creciendo: Turquía los organizó en 2022, Kazajistán en 2024 y nuevamente Kirguistán en 2026, entonces podemos decir que algo está cambiando en el mundo para el siglo XXI. Vemos un conglomerado de países -no pocos- que se reúnen a decir: “Estos son nuestros juegos, pero también, esta es nuestra manera de organizar el cuerpo, la competencia, la relación con los animales, la memoria, la comunidad, el territorio y la celebración”.

De pronto y sin aviso, aparece una forma de existencia humana que, ella misma, se da permiso para seguir siendo existente. El caballo, la lucha, el tiro con arco, los juegos estratégicos, las formas de sociabilidad, las vestimentas, las músicas y otras prácticas nómadas son reinscritas en un escenario contemporáneo y global para decirnos: “esto puede constituirse como una forma contemporánea de presencia en el mundo”.

Sin embargo, esto no quiere decir que estos Juegos Nómadas y sus culturas se puedan convertir en un gran escenario de consumo capitalista cultural global en el mejor estilo instalado por la Modernidad Occidental, no solo consintiendo sino tal vez promocionando la presencia del «ethno-village», las artesanías, gastronomía, vestimentas, música y reconstrucciones de formas de vida nómada, mostrando precisamente esa ambivalencia en la que las sociedades actuales se desenvuelven. Con todo esto: ¿Qué podríamos decir desde Bolivia? ¿Desde sus ayllus, markas y tekoas?

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