El pachakuti de los felinos: en torno al Titi y al Tilcayo

/ Eduardo Nogales Guzmán /

Dada la extraña magnitud mundial del hallazgo bio genético del Leopardus Tilcayo en Sud Yungas de La Paz, y dejando de lado el carácter folclórico, turístico y vanal, cabe señalar algunas puntualizaciones de rigor.

Se sabe que la lengua secreta que hablaba la nobleza Inka era el pukina. Por lo tanto, no fue una casualidad que el fundador del imperio Inka, Manko Kapac, llevara un nombre de esa lengua, toda vez que Capac significa: rico, jefe, abundante en el pukina dominador de los Andes pre aymaras y qu’ichuas. E, incluso, el término Inka está compuesto por la raíz lingüística y teológica fundamental pukina, la “I” que dilucidaré. Sin olvidar, además, que la palabra Pacha, tan cara para el aymara, es de origen pukina, y viene de “Paqas” que significa suelo, tierra, piso. Y la carísima Pachamama qu’ichua viene del pukina “Paqas Mili”, refiriéndose a la potencia existente de la tierra. El propio vocablo “Pacarina”, es toda pukina, al referirse a la aurora y a un lugar sagrado, etc.

El misterio primigenio de los Andes no es aymara, sino pukina. Entonces será necesario detenernos en algunos vocablos de esa lengua enigmática para identificar algunas palabras de su saber, y averiguar la etimología de los nombres de estos dos hermosos y sagrados felinos, que fueron y son, en algunas comunidades del Altiplano Central de Oruro, venerados, como es el caso del Titi; y el otro, un morador del bosque húmedo de Sud Yungas: el Leopardus Tilcayo, toda vez, que, he aquí, ni el Titi, ni el Tilcayo son palabras aymaras, ni qu’ichuas, sino que, ambas, llevan las más importantes raíces lingüísticas del pensamiento y de la teología pukina, la misma que se extendió desde los Andes hasta la selva y las costas marítimas, muchos siglos antes que lo hicieran los aymaras y qui’chuas. Es más, hay un vínculo entre el reino Colla, los Kallahuayas, con el orbe lingüístico Pukina. No en vano en la fiesta Inka del sol, el Inti Raymi, eran excluidos los collas y los pukina por el inkario (“Lluvias y ceniza”, dos Pachakuti en la historia. Therese Bauysse Cassagne. La Paz Hisbol. 1988), porque la teología de estos, no era sacrificial, sanguinaria, guerrera, ni cosmológica, sino fundamentalmente verbal, pensante y trascendente. Solo desde esta raigambre etimológica, comprenderemos, por qué, de pronto, tiene una repercusión emotiva la presencia escénica mundial del Tilcayo, y cuál la magnitud del hallazgo en su intimidad semántica con referencia al saber secreto que la elite del incario conocía, y la relación del descubrimiento con estos tiempos crepusculares, puesto que el Titi y el Tilcayo están vinculados a procesos apocalípticos o pachakutis (retorno y transformación del todo) teocosmológicos andinos. Entonces no se lea lo que sigue como un escrito sobre lingüística o filología, que no es, sino un pensar los signos, las palabras, los mitos, las etimologías; un discernir el pensar la hermeneusis de los vocablos en su trama de vínculos y contrastaciones reflexivas.

Mi encuentro con el Titi

En 1995 recorría los caminos del Occidente de Oruro. Atravesaba la carretera de Oruro hacia el municipio de Turco. Iba a la comunidad de Titiri, cuando, de pronto, a un costado de la ruta, entre los pedregones y la th’ola de un cerro, distinguí emocionado un Titi, que velozmente, al sentir nuestro vehículo, se ocultó entre las rocas. Perplejo, toda vez que conocía las referencias de su misterio, me apresuré en el coche, con mis compañeros de viaje, en llegar a Titiri. Una vez que estuvimos reunidos con las autoridades y los pobladores, en un ambiente, no recuerdo si del Corregidor o del Segundo Mayor, me detuve, un buen rato, a contemplar un hermoso cuero disecado de un Titi, que estaba en la parte central de la pared, colocado como una reliquia entre las banderas de Oruro y Bolivia. Les dije que, ciertamente, no podía ser de otra manera, toda vez que la comarca llevaba el nombre en honor de aquel felino: Titiri. Les conté de mi encuentro distante y fortuito en el camino con un Titi. Me dijeron que el preciado y sagrado felino, recorría los parajes de las serranías de la región, y que era respetado y sagrado, y quién se topaba con él le acompañaba el buen augurio. Me dejaron tocar esa piel del felino. Pero no quisieron profundizar el tema. Es más, no muy lejos de Titiri, se encuentra un asombroso laberinto de rocas erosionadas y encantadas: Pumiri, cuya nombradía se refiere a la presencia hermosa del puma andino, felino de un marrón grisáceo, y enorme, andando por esos parajes desolados. Después, con los años, no dejé de seguir averiguando sobre esta cuestión. Me perturbaba de sobremanera que ciertos nombres fundamentales de los Andes preservaran, a pesar de los siglos, las raíces lingüísticas pukinas como Titi-caca, Ti-huanacu, Ti-quina, Tawan-tin-suyu, Coa-ti, Ti-quipaya y otras tantas. Empero, esta vez, para compartir esta publicación, me detendré un poco solo en los nombres y sus referencias próximas de estos dos hermosos felinos en cuestión: el Titi y el Tilcayo. Y, ojo, solo en Oruro encontré un pueblo del secreto, llamado Puki, de Pukina, muy cerca del Salar Thunupa.

El mito del origen es la propia lengua:

Raíces lingüísticas y teológicas pukinas: “I” y “TI”.

La vocal “I”, es más que una simple raíz de esta lengua. Es un universo semántico que tiene que ver con la exhalación y la inhalación, si es que con esto se refiere al aire que entra al cuerpo a vivificar la existencia, refiriéndose implícitamente al origen primigenio del habla. Y, es, por lo demás, polisémica, la raíz lingüística “I”, que significa: divinidad, dios, o lo divino antes de todo lo que es y no es. Y en su convicción absoluta en el vocablo “Ti”, que significa ¡Sí!, es ¡afirmación confesa!, o una reafirmación del sí y de la creencia en “I”, o, lo que siempre es y será; también lo que nunca dejará de ser, contra lo que no es ni será jamás, que es la negación arquetípica, o lo que niega intrínsecamente, pero, que, a la vez, es lo negado por lo que intrinsecamente es afirmación y luz. Son arquetipos inalterables, no dialécticas efusivas de la razón. Van más allá de la simple literalidad. En otras palabras, la “I” contiene la afirmación de aquello que nunca nadie podrá negar, respecto a lo divino. Se comprende que, la sola vocal “I”, revela, que, el pukina, creía en una única deidad invisible, relacionada con la luz, el aire y la revelación, cuyo nombre nunca nadie conoció, pero que existía, en aquel orbe civilizatorio y primigenio andino, una relación con una luz no física, intangible, por lo mismo inacabable y eterna. De manera que lo que es una afirmación positiva con lo divino en “I”, deviene en lo contrario de la negación que no es “I”, como la noche, la materia, el tiempo y la oscuridad. “I”, es lo que nunca dejará de ser lo que es. Aquí se evidencia que el mito del origen, es la lengua misma. Ella, la palabra, es la única evidencia que confiesa a sí misma de dónde viene y qué es. Nada puede referirse a ella, sino ella misma, porque en ella permanece la realidad. Por esto, “isu”, significa: dentro de ti. Y cielo: “ani”. E incluso el vocablo “ajayu”, ánimo, es pukina; como “kunturi”, águila; y “wayra”, aire. ¿Entonces quiénes, cuándo y dónde descifraron, nombraron y pensaron los Andes primigenios?

Esta afirmación se relaciona con ciertos fundamentos andinos que están establecidos en la lengua misma, y no en ficciones o adulteraciones imaginarias e interesadas como aquel intento persistente de aymarizarlo todo, sobreponiendo lo telúrico e inmanente de esa mentalidad dual, a mentalidades disímiles y trascendentes trinitarias.

Entonces: 1. El vocablo Tihuanacu deriva del vocablo pukina “Ti”, que contiene la “I” de su divinidad. “Ti”, significa: ¡Sí!: Afirmación de una aceptación, o la reafirmación del sí, que, como tal, es la vida, porque nadie afirma, ni reafirma, estar muerto. Porque nadie puede afirmar estar muerto sin la palabra. O, desde la profundidad del propio signo, la revelación de la Negación intrínseca de lo que no es la vida, con la poderosa Afirmación confesa hacia “I”, y con la divinidad en el vocablo “Ti”. E irrumpen, “Unu” y “Unuque”, que significan agua. Entonces, Tihuanacu es un vocablo degenerativo de Tiunuque, que en pukina significa: la divinidad viviente del agua. E, incluso, en relación a los mitos andinos del Diluvio y la desaparición del País Eterno o Wiñaymarca, que también es un vocablo pukina, Tiunuque, significa: lo viviente que sobrevivió al agua, en este caso al Diluvio. La eminencia de lo polisémico permanece en este vocablo.

2. El vocablo que no es qu’ichua, “Inka”, que contiene de inicio la raíz lingüística pukina fundamental “I”, posee toda la galaxia semántica de su origen. Pero, en rigor trasciende y explicita rotundamente en su sonoridad verbal y polisémica, aún más en la palabra pukina “I-ntin”, que significa: la plenitud de la luz, estableciendo y concluyendo, así, en el proceso degenerativo de toda lengua, en Inka e Inti, cuya confesión etimológica revela que, el Incario, fue una determinación de la sabiduría pukina, con toda su trama teológica y lingüística. Otra vez: El mito del origen es la lengua misma.

3. La ratificación del significado verbal mítico y lingüístico de aquello, con el ojo, o, en la dimensión visual. Y tal, la evidencia iconográfica del templo de Koricancha en Cuzco, y con la mirada de quien lo registró, precisamente: Joan de Santa Cruz Pachakuti Yanqui Salcamaygua (“Relación de antigüedades desde reyno del Piru”. 1613) en cuyo altar central no se encontraban el sol, ni la luna, como las deidades supremas, sino, en la cúspide estaba un óvalo mayor que destellaba encima de las imágenes del sol y de la luna; un óvalo inexpresable que Huáscar en la guerra con su hermano Atahuallpa, sangrientamente lo reemplazaría, luego de destripar a toda la Panaka real o el Ayllu Real consanguíneo que cuidaba en el Cuzco, el óvalo instaurado por la dinastía de Manko Kapac y lo pukina. Huáscar pretendió destruir esta estirpe y su teología, mientras Atahuallpa vivía con su padre Huayna Capac en Quito. Digo que sangrientamente lo sustituye Huáscar el óvalo sagrado con un disco solar de oro, porque esa sangre derramada fue en los hechos un ritual, pues requería esa ofrenda el culto al sol físico. En rigor, en aquel momento, concluía la dinastía Inka de I-ntin pukina, civilizatoriamente hablando, o la plenitud teológica de la luz divina que es el Inka del I-ntin y del Inti pukina, que fue la luz de la luz, e irrumpía el Inka o el Inti solar anticivilizatorio del fuego físico de manifestación telúrica que tendrá mentalmente una cercanía con lo aymara, ya no con lo pukina, esto, desde la internidad del poder que Huascar pretendía ejercer, porque el pueblo ya ejercía una religiosidad idolátrica de manifestación telúrica.

He aquí, que aquel óvalo de la dinastía pukina del Inka, es la misma simbología hermética que yo encontré, lo miré, lo palpé y me quedé durante horas extasiado, en el frontis de un chullpar de barro y color, en Oruro, en el contexto geográfico de toda la región intersalar de Titiri o del Titi. Ahora bien: ¿Por qué el Inka, hasta Atahuallpa, creía y practicaba una teología disímil y secreta a aquella que el pueblo practicaba en rituales idolátricos, solares y sacrificiales?

A saber, la nobleza Pukina tuvo un contacto con un ser inmortal en la línea de la sabiduría hebrea, la misma que heredó la dinastía Inka hasta Atahuallpa, y guardó el secreto. Pero ese es un dilema delirante para otra circunstancia. Resabios borrascosos de esto quedan en los silencios del saber de los Jashonis, hombres del agua, o Uru Chipayas, asentados a un lado del Salar de Coipasa, que advertí cuando me dijeron, en Santa Ana de Chipaya, que su sol era la luna llena, no el fulgor solar, sino, la otra luz, es decir, la luna era el símbolo de la otra luz.

De la hermeneusis de la raíz “I”, se deriva la palabra pukina “Ti”, que significa, Afirmación, según el profundo estudio lingüístico de Federico Aguiló: “El idioma del pueblo Pukina: un enigma que va esclareciéndose”. Populorum Progressio. Quito. (2000). “Ti”, entonces es el espíritu vital e interior de la Afirmación existente y viviente, o el alma vivificante de lo que Es innegable, como una interjección gramatical, la cual es invariable y poseedora en la exclamación de todo lo que es el Ser que afirma que es. Y, decir simplemente si, es “aspe” y “assí”. Y el jallalla afirmativo y celebratorio aymara, es una tergiversación del pukina, “jallalla” que significa: ¡muera!. Por lo mismo “Ti” se vincula semánticamente con una luz viviente, interior e intangible que afirma su plenitud en una exclamación. Por esto, Ser, se dice en pukina: “kana”, “kañana”, “aschaña”. Y “Ti ana”, creer, como si se dijera con la “Ti”, tú eres Ser en mí. De esto: “Ti ano” y “Ti añao”, significan Afirmación de lo aceptado. Y una simple aceptación diferente a la totalidad afirmativa de “Ti”, se dice: “Aspe”, “Asuch”, “Assí”, e, incluso “Ti anina”. Asusta saber que el pukina discernía y profundizaba el pensar filosófico y teológico del ser, o la ontología de ser en la luz, la palabra y la divinidad.

Por esto, la palabra compuesta mayor en el pukina resultaría ser: “I-ntin”, que significa: Toda luz, o la plenitud de la luz, integrada a la divinidad de “I”. De esto es tambien Illa Tecce: el dios de la Luz Eterna hasta la llegada de los españoles. “I-ntin” e “Illa Tecce” son vocablos pukinas que se mantuvieron refiriéndose a una sola divinidad invisible y luminosa. En mi libro: La errancia de los anfibios (2006), cito, en base al libro de Carlos Ponce S. Thunupa y Ekako (1969), una referencia alucinante. Ponce cita a Lehmann-Nitsche respecto al curso que atravesó la plancha original de oro de Manko Capac en Koricancha hasta Huascar, pero agrega el texto de un jesuita anónimo que habla de “Illa Tecce”. Dice: “Creyeron y dijeron que el mundo, cielo y tierra, sol y luna, fueron criados, por otro mayor que ellos: a este llamaron Illa Tecce, que quiere decir Luz Eterna… También dijeron que el gran Illa Tecce Viracocha (Señor de la luz eterna) que significa Dios Inmenso, tenía criados invisibles, porque al invisible le habían de servir invisibles… ellos fueron hechos de nada por Illa Tecce…a estos llamaron Huaminca… leales y constantes. Por manera que a los huamincas adoraron como a dioses, y aún hicieron estatuas e ídolos de ellos.” Ahora bien como servidor distinguido predilecto aparece Thunupa (sic). Esta creencia de un solo dios de la luz e invisible y creador, es la teología fundamental del pensar la lengua y la mentalidad pukina a partir de la palabra: “I-ntin” e “Illa Tecce”. Y aquellos huamincas servidores de un Dios eterno, fueron, algunos de ellos, secretos, llamados intis e inkas, vocablos de origen pukina. En esta lengua, Thunupa, sería “Tukuna”: transformar, de lo cual el trasformador, porque así fue contra los aymaras. ¿Pero a qué luz se referían? Adviértase que la palabra “Inti”, que deviene del pukina “I-ntin”, para el qu’ichua y el aymara quiere decir una luz cosmológica, física y finita: Sol. En cambio para el pukina “I-ntin”, es iluminación teológica de una luz inacabable e inasible, o la luz de la luz que sería la Palabra. La raíz lingüística y fundacional “I”, que implica: divinidad o deidad, está en la palabra “Iki”, que es Padre, amo, de arriba; y también en “Mi”, que es madre; y en “eli”, “ili”, “illi”, “illano”, resplandecientes, luminosidades, comprendiendo esto entonces como una divinidad luminosa, que, más tarde, el aymara asumirá en la palabra “illa”, lo resplandeciente (Illimani, Illampu si es que no son efectivamente pukinas también), pero cuyo antecedente se encuentra, en rigor, en los vocablos pukinas: “eliquena”, “elino”, “illaso” que significan brillante, reluciente; y en “tiana” que es creer, creencia, afirmar; y en “ticti” que es la chicha espesa, sagrada y ceremonial, e incluso en el vocablo “ikike”, que es amo, por lo tanto poseedor, toda vez que la raíz “I” es parte de ellas, y que los aymaras degenerativamente dirán ekeko.

Todo aquello, se advierte, es un sistema lingüístico en el que las que “I” y “Ti” constituyen una galaxia semántica polisémica y fundamentalmente referida a la luz, lo interior, la eternidad, la deidad, lo innegable, el ser, lo supremo, la posesión del todo, la creencia, la fe, la afirmación y lo positivo. A tal punto que las palabras pukinas: “illa”, “lili”, “illano”, “illaso”, “illin” que tienen que ver con el resplandor, lo brillante, lo iluminado que significan: Pensamiento. Y “ewina”, “ewigaquena”, “illana”: Pensar. E, “illaso”: Vacío. E incluso, el objeto que las mujeres Chipayas llevan en el pecho para sostener la vestimenta frecuentemente en la forma de un pez, en pukina, es: “illa lawraque”. De manera que el pensamiento pukina estaba relacionado con la luz, lo divino y el vacío, revelándose -dado que “I” y “Ti” e “I-ntin” constituyen un orbe teológico de esta cultura- que el pukina era una mentalidad y una sociedad teológica del pensamiento y de la fe, si el vocablo “tiana” significaba: creer y afirmar el “I”, el “Ti” y el “I-ntin”, y en “teño”, “kuhansanosso”, “qohanaqeno” que es el creyente. Por lo mismo, Pukina, era una mentalidad de la Palabra, a diferencia de lo aymara que es la mentalidad cosmológica, dual, y de manifestación telúrica sobre todo; y de lo qu’ichua que es teocosmológica, coexistente y trinitaria. Por esto, no son convincentes las aseveraciones imaginarias, de quienes pretenden relacionar a la serpiente, “Koa”, que es un termino pukina referido a la culebra, como su deidad suprema, e incluso como la deidad principal de Tihuanacu. El mito del origen es la lengua, y esta misma, y lo que queda de ella, lo desmiente.

Titi y Tilcayo

Entonces, en base a esas consideraciones etimológicas, Titi o Ti-Ti, siendo palabras que componen una palabra que no existe en el aymara, ni el qu’ichua, significa en pukina, esto: “Ti”, el espíritu interior de la Afirmación exclamada; y “Ti” del espíritu reafirmado de lo que es invariable y ratificado. Titi: el Sí del Sí de su creación divina, o la convicción de la convicción, el ánima del ánima del !Sí!; o el espíritu confeso de aceptar y afirmar el espíritu confeso de su creación, dejando establecido, de esa manera, un enigma mayor del saber que lo creado y la luz son indiscutibles en la creencia de lo invisible divino, como se dijera del Titi: Reafirmó en él, el misterio de la creación misteriosa. Y, Tilcayo, en rigor es: “Ti”, ánima o espíritu de lo que es invariable e indiscutible, y el degenerativo “cayo” que viene de “kolique” o “koli” que es lo hermoso o bellísimo en pukina. Se entiende que, en un proceso degenerativo propio de toda lengua, resulta que, lo propiamente Ti-kolique o Ti-koli ahora es: Til (espíritu), cayo (de kolique o koli: bellísimo). Entonces: Tilcayo: Lo indiscutible del espíritu de lo hermoso.

Por todo esto, el Titi y el Tilcayo, son felinos del sol y de la luna, es decir, siendo materia y ánima, resultan ser anfibios de la luz y la oscuridad, del afuera y del adentro. El Titi lleva los ojos enrojecidos por la nocturnidad que prefiere. Y el Tilcayo, los ojos tendientes a un marrón rojizo. Pues, refieren cazar sus presas en la noche. En el día salen y merodean los alrededores.

El Inka tenía unos oficiales destinados solo a cazar gatos monteses, según Ludovico Bertonio (s. XVII) que es lo mismo que atrapadores de titis y tilcayos, para preparar sus pieles o aderezarlos. Se llamaban Titi-camana. Y a los hijos de estos les decían Copa. Se entiende la sacralidad del cuero preparado del Titi y del Tilcayo, como yo lo vi y toqué en 1995, en Titiri.

La sacralidad del Titi y del Tilcayo

En la comunidad de Titiri, me aseguraban los lugareños, que el Titi era un animal de la fortuna y de las vibraciones positivas. No quisieron profundizar más, o no querían compartir sus secretos. Entonces la única manera de comprender la sacralidad de estos hermosos felinos es recurrir al mito.

En el relato fundamental de Huarochiri (“Ritos y tradiciones de Huarochiri del siglo XVII”. Estudio biográfico sobre Francisco de Ávila de Antonio Acosta, cuyo autor es Gerald Taylor. Instituto de Estudios Peruanos. Lima.1987) se tiene una referencia primordial y específica al felino y a otros tres animales, luego todos los demás son nombrados de manera general, como parte de un Pachakuti cosmológico, en este caso del Diluvio. Dice: “Entonces la llama se puso a hablar como un ser humano (con un hombre). ‘Imbécil ¿Dónde está tu juicio? Dentro de cinco días, el mar se va a desbordar; entonces el mundo entero se va a acabar” le dijo. El hombre se espantó. “¿A dónde iremos a salvarnos? ¿Qué será de nosotros?” dijo. La llama respondió. “Vamos al cerro Huillcacoto; allí nos salvaremos. Lleva suficiente comida para cinco días… Cuando llegó al cerro Huillcacoto, todos los animales, el puma, el zorro, el huanaco, el cóndor, todos los animales sin excepción, ya lo habían ocupado”. Y fue exterminada la humanidad excepto aquel hombre que, aunque imbécil, escuchó a los animales y estuvo al lado del felino.

Conviene aquí identificar que, al nombrar el relato en primera instancia al felino que ya estaba en la cima del Huillcacoto, y luego a otros tres, se establece un símbolo vinculante del felino con un Pachakuti de exterminio humano, o con una ruptura teocosmológica. Es más, que el felino es un sobreviviente postdiluviano en primer lugar.

Esto mismo ocurre con la narración: “Leyenda de Wiñaymarca, hoy lago Titicaca”. Tradición oral recogida por Victor Ochoa, y que refiere el hecho de que Apu Qullana Awki, crea el Universo y a la humanidad. Luego de hacer esto, se va a vivir a una montaña sagrada. Todo el espacio de lo que hoy es el lago Titicaca era un país hermoso llamado Wiñaymarca (vocablos primigenios pukinas que significan: País Eterno) donde la humanidad vivía feliz. Pero un ser maléfico, Awca, incita a la gente a ir a la montaña sagrada para convertirse en seres superiores. Ante esto, Apu Qullana Awki determina y ordena que salgan de unas cuevas misteriosas, unos felinos (he aquí que el Titi y el Tilcayo prefieren existir solo en cuevas no en madrigueras) para que devoren a la gente que desobedeció la orden del creador del universo. Por este exterminio, llora el sol cuarenta días y cuarenta noches, y se forma el lago Titicaca con las lágrimas del astro, llamándose desde entonces Qaqa titi-nakawa (“El Aymara libre de Ayer”. John Murra. Raíces de América. El mundo aymara. Compilación X. Albó. Madrid 1988). Apu en aymara es deidad antigua, grande manifestación telúrica, abuelo sagrado. Qullana, se refiere a lo Colla. Y Awki, según Bertonio es Awqa, sinónimo de Pachakuti. El mito del origen es la lengua, entonces Wiñay Marka cae por un castigo de una deidad pukina colla.

Es decir, luego de un Pachakuti de agua (Diluvio) ejecutado por unos felinos que salen de unas cuevas misteriosas, la ciudad eterna y feliz es sepultada por el agua del fuego, he aquí que, desde entonces, después del exterminio, se le adjudica otra palabra pukina a ese lugar desaparecido: Titi, o el espíritu del espíritu, o la luz de la luz: Titicaca, vinculándose definitivamente el felino con el agua y la ruptura. Valcárcel, en 1932, reproduce y analiza un hallazgo en piedra, de un felino-pez, alucinante. Sin duda, la relación del felino con el agua está marcada en los Andes, en relación a la vasta mitología precolombina sobre el Pachakuti del Diluvio.

En ambos mitos, de Ochoa y Huarochiri, el felino actúa como el enigmático nexo con la voz de una deidad suprema para ejecutar una ruptura cosmológica y una extinción masiva humana, identificando con claridad que esos felinos fueron el Titi y el Tilcayo por sus específicas relaciones etimológicas con las raíces lingüísticas y teológicas fundamentales del pensamiento pukina.

El jaguar es de la selva y propio de la mitología guaraní, maya, etc. El puma de los Andes lleva el cuerpo sin manchas. Y los únicos felinos andinos sin manchas en el cuerpo y con colores atigrados son el Titi y el Tilcayo. La alfarería precolombina, esto lo ratifica profusamente, con la abundancia de ceramios de felinos atigrados. Solo una intelectualidad que busca reducir los Andes en lo aymara, cree ver todo esto en el puma marrón de la cordillera, que sí está presente, pero desde otra perspectiva.

Epílogo

En fin, la extraña conmoción mundial –pocas veces vista cuanto ocurren estos asuntos– ha convertido al hermoso Tilcayo en una estrella superior a las que deslumbran en el rock y el fútbol, a causa del descubrimiento de una singularidad biogenética, en este caso el Leopardus Tilcayo en Sud Yungas, Bolivia, cuando en sus orígenes era sacral y criatura de los finales civilizatorios, y sobreviviente de los colapsos globales como el Diluvio. Qué enigmático, saber que hace 1.400 millones de años, el Tilcayo, desvió su continuidad genética. ¿Qué pasó? Se advierte entonces, de sobremanera, según estas referencias etimológicas, teológicas, lingüísticas y míticas, que una fuerza suprema e indecible está actuando y anunciando mundialmente, desde los Andes, que todo esto tiene que ver con algo mayor: un Pachakuti, o una ruptura teocosmológica, en estrecha relación al mito de lo felinos grises de Víctor Ochoa, y al felino de Huarochiri, en su relación específica con el Titi y el Tilcayo, que, implica, una transformación axial del cielo y de la tierra. Y qué pertinente y estremecida la voz del mito, cuando la llama le grita al hombre: “!Imbécil! ¿Dónde está tu juicio? Dentro de cinco días… el mundo se va a acabar”.

La realidad verdadera, y la verdad misma, siempre son más extrañas que la propia ilusión simple en la que está atosigada, ciega y sorda, la humanidad, a consecuencia de un asedio incesante, premeditado y oscuro.

(Fragmento de un escrito mayor respecto a los enigmas de los Andes)

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