El edén de los incrédulos

/ Julia Peredo Guzmán /

Ante la inminente aparición del libro Tu presencia y mi eco. Lecturas en torno a la obra de Norah Zapata-Prill, compartimos con nuestros lectores este ensayo que forma parte de ese libro.

“La inevitable necesidad de trascendencia
restituye
a veces
la fe perdida”
(poema cincuenta, Norah Zapata)

Hablar de Norah Zapata tiene que ver con mirar a la vida sin velos. Tiene que ver con el amor que redime y el desamor que permite un transcurrir, con el dolor cotidiano y las raíces imposibles, con la distancia permanente de uno mismo y la dulzura en lo inmediato, lo concreto. Leerla es mirar de frente el propio desierto y permitirse (sola o acompañada) residirlo por un rato. La poesía de Norah se confronta de manera a la vez intensa y serena con un temor que al hacerse certeza se convierte en una forma de ocupar un mundo doloroso pero habitable, paseando por espinas de las que florece una belleza efímera.

Norah siembra jardines, pero sabe de las estaciones. Se mueve entre la nostalgia y la sed, entre la contemplación de una ausencia y el movimiento que, más que un impulso, es, como diría Chávez, “una huida hacia adelante”. Zapata funda, pero sin afán de conservar, visita lugares sagrados a los que solo podrá regresar con la memoria, mira el camino con el gesto valiente y compasivo de quien se sabe transitorio.  El viaje es pleno, jubiloso como solo lo permite el instante.

Eclipses si bien no es el último libro publicado, da cuenta de la escritura más reciente de la autora. Se escribe desde la cama de un hospital, en el umbral entre la vida rememorada y la muerte que se anuncia y se esquiva. Es una pregunta sobre la existencia, sobre lo que queda al mirar la propia soledad frente al espejo, es una plegaria desde un vergel imaginario frente a un cielorraso blanco lirio, desde el cual el colibrí de una existencia titila. Encara un dolor sin gloria, una redención posible, una fe empecinada donde el amor y el dolor logran transfigurar un cuerpo al borde de la ausencia. 

Algo que llama la atención en primera instancia es la presencia de algunas citas de otros autores. Eclipses es el único poemario de Zapata donde se utilizan las citas como una suerte de epígrafes: no como versos en medio de un poema u homenajes que aluden a un autor específico, sino de manera textual y casi suspendida en puntos clave del poemario. Son cinco las citas que marcan momentos distintos. Thoreau, Cortázar, Eco, Pessoa, Pizarnik y Unamuno son los citados en estos espacios. Sin duda, las citas elegidas y colocadas con delicadeza y proporción con relación al texto, dan cuenta de un trayecto de lectura, pero también de una postura existencial. Estos autores, disímiles en espacio y tiempo, tienen algo en común que permea toda su escritura: la idea de una trascendencia a través de lo imaginario; la alquimia producida por la palabra escrita y por la fe como acto supremo de imaginación. Tomo esa división para definir cinco momentos en el tránsito de mi lectura de Eclipses.

Siguiendo este trayecto, la primera parte nos habla del esbozo de una reconstrucción a partir de la memoria: me arropo de colores/ recuerdo el perfume de los jazmines/ el de los tilos en flor/ de las retamas/ de los narcisos/ de los azules madrigales de romeros en las lomas/ me cedo a los sentidos/ danzo con los rayos de luz que se infiltran por mi ventana. Un rayo de sol resucita, cobija, permite el nacimiento de los jardines en un lugar estéril. La poeta escribe, rememora y promete, hasta que la punta del lápiz se rompe y se hace inminente la enfermedad. Aparece entonces la segunda cita que apela a la esperanza. En este segmento, la imaginación no crea (o recrea) mundos solamente. En medio de la tormenta, es una tabla de salvación, un acto de resistencia en toda la extensión de la palabra: un cuerpo, frente a la pena y la muerte, (se) resiste en un acto a la vez de entendimiento y valentía. Reza el poema trece: Llora/ Que no le falte agua a tu canoa/ que seas colibrí, colibrí que alza vuelo sacudiendo sus mojadas alas. Este empecinamiento logra al fin asirse a una esperanza: en el poema dieciocho sucede al fin un primer paseo fuera de la clínica las golondrinas vuelven a sus nidos/ me imagino/ yo misma/ golondrina. En la tercera cita, previa al poema veintiuno, Eco habla de los mundos imaginarios como un escape al mundo real “escabroso”. En comparación con los anteriores capítulos, donde el verano y el otoño dejan resquicios a la esperanza, al posible comienzo, en este sector del libro la poeta solo espera. Que una nevada cubra mis suturas/ es invierno/ no pido mucho. En este limbo adolorido donde nada se define, la voz poética reposa en la quietud de una lontananza, distancia que se parece mucho a una despedida. La oscuridad, los silencios, las preguntas acerca de lo que ha sido, son el tono constante en esta parte. Las siguientes citas, que vienen de Pizarnik y Pessoa, aluden a un estado de soledad completa, a la locura que deviene de la propia ausencia: la cercanía a la muerte. En esta, resignada al insomnio, a la finitud, la voz poética se deja llevar por la corriente embravecida de un viaje hacia el olvido. Los poemas son adioses /sin dios alguno. El poema que cierra esta parte del libro guarda una continuidad y es casi una respuesta al poema ocho, como un encore o un epílogo. El poema ocho, que clausura la primera parte, menciona tinajas llenas de barro que ella sobrevuela llevada por la fantasía; el cuarenta y siete, que cierra la penúltima, habla de tinajas perforadas, de abundancia soñada y, al mismo tiempo de insaciable sed. A este silencio, adviene una cita de Unamuno: “Tener fe no es creer en lo que no vemos, sino crear lo que no vemos”. No es casual que esta cita inaugure la sección final. En este punto el texto se convierte frontalmente en una plegaria, una oración, un acto de fe. Esta última parte destila de las anteriores una luminosidad inusitada: donde antes hubo soledad existe entrega, donde hubo tormenta sopla apenas una brisa, ha escampado y lo que queda de las cenizas no son incendios ni rescoldos, son luces sagradas que iluminan una dicha, una absolución: diré gracias/ gracias diré por esas profanas confidencias que serán extinguidas. 

Atravesando todo el camino es importante notar también los movimientos que transitan los signos, como la música. Las referencias musicales son una forma de habitar concreta y un presente, un instante casi teatral en el que los lectores acompañan a la voz poética sin mediaciones. La primera referencia es una canción de Dhalius (mencionado por la propia autora) que sucede al finalizar la segunda parte: tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí/ tengo que salir de aquí/ ¡coraje de coraje de coraje! la autora la rememora y nos permite escucharla mientras se aferra a la esperanza incierta de salir del hospital. Las otras referencias; el Miserere de Allegri, la Apassionata de Beethoven, Rachmaninov, María Callas; aparecen en la parte final y apelan a la misericordia, al dolor, pero también inundan y acompañan un momento trascendental: Señor/ sin la música/ También el más allá se moriría.

Las aves y las flores son otro signo que atraviesa esta escritura. Serpientes que sueñan mariposas, un colibrí de alas mojadas, cisnes negros que flotan sobre la pena, cisnes blancos que habitan un cuerpo adormecido, un caracol que define el paso del tiempo, las golondrinas vuelven a sus nidos. Animales que dan cuerpo, nombre y movimiento a estados del cuerpo y del espíritu atormentado que encuentra su camino de regreso. Mucho se ha dicho ya sobre este asunto: famosa sembradora, Norah Zapata es imposible de entender sin los jardines y este poemario no es la excepción. Con las flores, el proceso es también constante y cuenta un recorrido gradual y notorio. La primera referencia aparece en el segundo poema a través de los cuadros de Monet. Es la belleza atemporal que permite imaginar florecimientos, recordar que afuera, de donde la luz se filtra, hay colores que permanecen en su fugacidad. Las flores son también una forma de nombrar su cuerpo: una amapola rojo sangre, un junco, una margarita que se deshoja, un Olivo quebrado que resiste, lirios blancos que lloran en la noche oscura, secretos vergeles. La imagen de su propio cuerpo es clara, luminosa y persiste: estamos hechos de limos donde nace el loto blanco. Hacia el final, las flores que se mencionan son flores de Bach: flores como un bálsamo, agua cristalina que canta, que es lluvia y lágrima que cura, racimos de uvas en la vendimia, que inauguran un agradecimiento profuso, una mañana nueva que comienza con la redención.

Eclipses es, de muchas maneras, el arduo y hermoso camino hacia un espacio reconciliatorio. Publicada en 2018, esta obra se presenta en Bolivia luego de años de silencio en su país natal. Nómada como pocos, Norah nos permite acompañarla en un viaje de retorno, en una contemplación que transita el dolor y la cercanía de la muerte, pero, ante todo, la celebración del regreso a una vida tan simple como sagrada que los lectores acompañamos agradecidos.

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