Discurso académico de ingreso: Adolfo Costa du Rels*

/ Alba María Paz Soldán /

Se presentará aquí un análisis de dos discursos de ingreso de Adolfo Costa du Rels en dos academias distintas. El que leyó en la Academia Nacional de la Historia Argentina el 30 de octubre de 1943, en Buenos Aires, como miembro correspondiente. Y el que leyó aquí, en La Paz, ante esta Academia Boliviana de la Lengua, el 20 de junio de 1977. El poeta Oscar Cerruto fue quien respondió.

Los analizaré como piezas de un género al que el académico francés Marc Fumaroli atribuyó una función “no de circunstancia, sino de fundación” Fumaroli lo dijo del panegírico con que cada nuevo miembro de la Academia Francesa elogia a su predecesor: ese encomio no es un trámite protocolar, sino el acto mismo por el que la corporación se refunda al recibir a un nuevo miembro. El recienvenido no funda nada nuevo; refunda la comunidad atando el presente al pasado. Costa du Rels pondrá a prueba esta fórmula.

Don Pedro Álvarez de Miranda en su discurso de ingreso a la Real Academia Española, titulado En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta, leído en Madrid el 5 de junio de 2011, hizo de los discursos de ingreso el tema de su propio discurso de ingreso —un “metadiscurso”, lo llamó— y le añadió como anexo el catálogo descriptivo de los doscientos sesenta que se habían impreso. El título es una cifra: 263 son las recepciones públicas que la Real Academia había celebrado desde 1847 hasta la víspera de la suya. Tuve la suerte de trabajar con él y con otros académicos en la Comisión de Ciencias Humanas que revisaba palabras para el Diccionario de la lengua española, todos los jueves por la tarde de mi estadía en Madrid (de marzo a mayo) como miembro de la Comisión Permanente 2026 de la Asociación de Academias de Lengua Española (ASALE), en la que la Academia Boliviana de la Lengua me dio la oportunidad de participar.

Este texto revisa, con documentos, el origen de los discursos de ingreso en la Real Academia Española. A ciento treinta y cuatro años de su fundación, un Real Decreto del 25 de febrero de 1847 reorganizó la Real Academia Española junto con la Academia de la Historia. Fue casi una refundación, escribe don Pedro. Hasta entonces, cada nuevo académico elegido, al momento de su incorporación efectiva se presentaba en una junta ordinaria y pronunciaba una breve oración de agradecimiento. El decreto dispuso que el acto de recepción fuera público y que el entrante leyera un discurso al que contestaría el director u otro académico. Don Pedro, ve en esta reforma “un deseo claro de abrir las corporaciones a la sociedad en torno”, La primera ceremonia pública se celebró el 7 de noviembre de 1847, una semana después de que la reina Isabel II hubiera cumplido 17 años de edad. Fue un caso único: ingresaron tres académicos a la vez (Alejandro Oliván, Nicómedes Pastor Díaz, y Eugenio Hartzenbusch) y el director de la Academia, el dramaturgo romántico y político moderado Martínez de la Rosa, les contestó a los tres en un único discurso.

Ninguno de estos discursos se imprimió entonces por separado. Tampoco se imprimió en España el siguiente, que fue de Juan Donoso Cortés. La costumbre de publicar juntos, en un solo opúsculo, los discursos de ingreso y de contestación empieza solo con el ingreso siguiente, el 10 de diciembre de 1848, y lo protagoniza nada menos que José Joaquín de Mora. Aquí debo detenerme, porque este flamante académico había tenido mucho que ver con nosotros.

Mora salió de España en la primavera de 1823, con la restauración absolutista de Fernando VII, y pasó tres años y medio en Londres. Vivió en Inglaterra entre los liberales exiliados que estudió Vicente Llorens, el mismo a quien don Pedro recuerda en su discurso como gran historiador de las discontinuidades y diásporas peninsulares. Allí conoció a muchos hispanoamericanos. En diciembre de 1826, Mora zarpó rumbo a Buenos Aires, convocado por Bernardino Rivadavia, presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Durante diez meses, Mora dirigió la Crónica Política y Literaria y El Conciliador. Caído el gobierno unitario y liberal, cruzó la cordillera de los Andes y en Santiago fundó el Mercurio Chileno y el Liceo de Chile; expulsado en 1831, enseñó en el Perú y creó en Lima el Ateneo. Épocas de la confederación Perú-boliviana, allí conoció al mariscal Andrés de Santa Cruz. Este, en 1834 lo llamó a Bolivia pues cuatro años antes, el 25 de octubre de 1830, había establecido en La Paz la Universidad que hoy conocemos como Mayor de San Andrés. Invitó a Mora a ser catedrático de Literatura desde diciembre de 1834. Hizo más: redactó el estatuto de esta casa en 1835, dirigió el Colegio Nacional de Ciencias, destinado a formar maestros y fue secretario y asesor del presidente hasta 1838.  Ciento nueve años antes de que la Universidad tuviera una carrera de Filosofía y Letras, ya abría el camino. La Carrera de Literatura publicó su lección inaugural en el número 48 de Cuadernos de Literatura, el año 2018. En ella dice: “(todos) los prodigios del mundo quedarían reducidos a un círculo precario y mezquino de ideas imperfectas si careciesen de un intérprete, eficaz (…) ese intérprete necesario es la Literatura” (Mora).

Catorce años después, elegido académico de la Real Española, fue Mora quien inauguró la serie impresa de los discursos de ingreso. ¿Con qué tema? El neologismo. Para Mora la palabra nueva era un “mal “sin atenuantes, “reo de profanación de cosas santas”, y se propuso sentar al neologismo “en el banquillo de este severo tribunal”, son sus palabras. Don Pedro observa que ese discurso abre la serie imprescindible para escribir la historia definitiva del purismo español.

El primer discurso de ingreso a la Real Academia Española impreso en forma independiente es un alegato contra lo nuevo que entra en la lengua, y lo firma el hombre que inauguró la enseñanza universitaria de la Literatura en La Paz. Volveré sobre esto más adelante.

Sigo con el género del discurso de ingreso académico para detenerme ahora en su estructura.

La retórica del comienzo de un discurso de ingreso se corresponde con el exordio de la oratoria clásica. Cumple dos cometidos. Uno lógico: presentar la causa por la que se alega. Y otro psicológico: ganarse la disposición favorable del auditorio: esta parte es conocida como la captatio benevolentiae.

En el formato oratorio observado por la Real Academia, un rasgo característico de estos discursos es que del exordio se pasa de inmediato al elogio del predecesor en la silla y solo después al tema elegido. Según Don Pedro, en los discursos de sus 263 predecesores la variedad temática ha sido la norma: hay estudios de autores, monografías lingüísticas, hay elogios de las letras la comunicación verbal, al arte del idioma y otros.

No falta en ese su inventario un caso admirable. En 1980 la Real Academia creó diez sillas nuevas, marcadas con letras minúsculas. Quienes las estrenaban no tenían predecesor difunto a quien elogiar. A don Gregorio Salvador le tocó la “q” minúscula. Convirtió el desamparo letrado en elogio de una letra: el 15 de febrero de 1987 leyó su discurso Sobre la letra q. Don Pedro, que ocupa la Q mayúscula, lo llama por eso a don Gregorio su compañero de letra, califica el hallazgo de felicísimo. Cuando la silla no tiene pasado, el que llega se lo inventa: también eso es refundar. No es el mismo caso, pero me recuerda el elogio que hizo Juan Carlos Salazar en su discurso de ingreso de la letra “Ñ”, sin ningún desamparo.

Fundada por los Borbones a imitación de la Francesa, suele insinuarse que la Real Academia Española replica en Madrid el modelo de París. No ha sido así. En Francia, el discurso de ingreso académico tiene como tema fijo (y obligatorio) la semblanza panegírica de su antecesor. En España, según un uso devenido regla corporativa en 1861, la corona fúnebre de cada académico difunto se teje en sesión ordinaria, Liberado de esa obligación, cada nuevo académico puede elegir libremente el tema de su discurso de ingreso. El elogio al predecesor lo deja en el pórtico, después del exordio, a menos que decida hacer del predecesor o de su obra el asunto entero.

La Academia Francesa conoció un caso extremo de ruptura con las costumbres: el del dramaturgo y novelista Henry de Montherlant, amigo de Costa du Rels, a quien recordará en su discurso de 1977 ante esta Academia. Montherlant fue elegido el 24 de marzo de 1960, sin haber presentado candidatura para ocupar el sillón 29, vacante por la muerte de André Siegfried, sociólogo y demógrafo. –el padre de la geografía electoral, esa maneras de leer el voto sobre el mapa–.  Montherlant tardó tres años en decidirse a elogiarlo. Cuando por fin lo hizo, el 20 de junio de 1963, pidió hacerlo no bajo la majestuosa Cúpula del Instituto de Francia, sino en la sala de las sesiones ordinarias, sin más público que los académicos y la familia de Siegfried, alegó claustrofobia. En los borradores de aquel discurso ironizó sobre la insinceridad de ese “ejercicio retórico” que es el elogio del predecesor. No fue el primer desacatado, en 1693 La Bruyere había ofendido desde la misma tribuna a colegas vivos, y de aquel escándalo salió la norma de someter los discursos de ingreso a la lectura previa de una comisión. Montherlant, llevó la paradoja más lejos: cumplió el rito, que debe asegurar la inmortalidad del muerto, cuestionándolo.

Hay una característica del género que parece obvia y conviene anotar: estos discursos se leen, es decir, se escriben antes; y ni siquiera el de contestación se libra del requisito. Hay académicos que brillan en la oratoria y a quienes la oratoria por escrito les cuesta. Don Pedro recuerda el caso del gran orador gaditano Emilio Castelar, que tardó nueve años en presentar su discurso de ingreso. Cuando le encargaron contestar al dramaturgo José Echegaray, primer Nobel de literatura español, lo tuvo esperando siete años; sumados a los cinco que Echegaray ya se había tomado, dieron doce. tuvo doce años de demora. Tres, nueve, siete, doce: la demora, aunque por lo general no tiene consecuencias, le resultó cara a otro Premio Nobel, Jacinto Benavente, elegido en 1912, nunca escribió su discurso de ingreso; en 1946 la Academia lo nombró académico de honor y declaro vacante su silla. (Benavente muere en 1954)

Cierro con don Pedro. De algunos discursos del XIX escribe que “las maneras ampulosas de los prohombres de la era isabelina y de la Restauración nos resultan hoy irremediablemente anticuadas”, aunque enseguida reconoce que, como piezas retóricas, son alardes de construcción. Cita el del prosaico poeta Ramón de Campoamor, leído en 1862 y empeñado en demostrar que “la metafísica limpia, fija y da esplendor al lenguaje”. También el de Cayetano Fernández, académico para él “ignoto”, empeñado en 1871 en convencer a la corporación de que “la verdad divina da eminente esplendor a la palabra humana”. Campoamor jugaba con el lema que la Real Academia adoptó en 1715, junto con el emblema del crisol al fuego: “Limpia, fija y da esplendor”. El lema se mantiene por respeto a la tradición, pero ya no describe del todo lo que la Academia hace. La Real Academia de hoy es panhispánica y digital: limpia menos de lo que registra; y fija menos de lo que documenta: recoge los usos del español en sus distintos contextos los divulga, y los incorpora en sus diccionarios y gramáticas. Lo del “esplendor” queda sin comentar.

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Con este marco paso a los discursos de Costa du Rels. Los separan casi treinta y cuatro años. El primero lo leyó en Buenos Aires, donde representaba a Bolivia, en plena guerra mundial. El segundo, en La Paz, dos años después de su regreso definitivo a la patria.

“Un precursor inesperado de la emancipación americana: el Oidor de la Audiencia de Charcas, Dr. Juan José de Segovia” se titula el discurso leído el 30 de octubre de 1943 en la Academia Nacional de la Historia, al incorporarse como académico correspondiente de Bolivia. Tenía 56 años. Era embajador en la Argentina desde abril de 1941, el primero con ese rango, y presidía el Consejo de la Sociedad de las Naciones. Desde ese cargo, en el verano europeo de 1940 había tenido que tratar con el mariscal Pétain y forzar la renuncia del secretario general de la Sociedad, Joseph Avenol. Lo recibió en la Academia de la Historia, el arquitecto Martín S. Noel, que elogió su doble condición francesa y boliviana, su obra y su tarea internacional, y demostró conocer Sucre —la ciudad natal del recipiendario— casa por casa. Noel dejó caer, además, el dato que vuelve legible todo el discurso que iba a escucharse: “en aquella casa de la plaza mayor de Sucre latía a la vez la voluntad “del descendiente del Oidor de Charcas, Juan José de Segovia”, y la “del hijo del valeroso teniente herido en Estrasburgo en la guerra del 70”.

Costa du Rels, pone como trasfondo el ambiente social y político de Chuquisaca inmediatamente después de las rebeliones indígenas de 1780 y 1781, a la manera en que Gabriel René Moreno, a quien promete citar “muy a menudo”, retrata la época anterior al levantamiento de 1809. Menciona también el célebre “caramillo chuquisaqueño” y su papel en la conjura de los peninsulares contra dos criollos: Ignacio Flores, nombrado presidente de la Audiencia de Charcas en 1872 en recompensa por la pacificación, y Juan José de Segovia, relator de la Audiencia, asesor de Flores y, desde diciembre de 1785, rector de la Universidad de San Francisco Xavier. A Flores lo acusan de complicidad en el motín de julio de 1785; a Segovia, por orden secreta del virrey Loreto, lo arrestan de noche y sin sumario. Ambos terminan en los calabozos del Cabildo de Buenos Aires, capital del virreinato al que Charcas pertenecía desde 1776. Flores no sobrevive seis meses. Segovia prepara su defensa a la luz de una vela de sebo y, tras dos años de cautiverio, la Real Audiencia lo absuelve por unanimidad y ordena devolverle sus bienes y restituirle el rectorado. No le basta: lleva la causa a Madrid, donde en 1789 una cédula real condena al Virrey y a su asesor a indemnizarlo. Recibe, además el título de oidor honorario. De ahí el del discurso.

Segovia murió en Chuquisaca el 16 de mayo de 1809. En sus funerales, un oidor mandó retirar el cojín de terciopelo que el rector, criollo como él, tenía a sus pies. Nueve días después, el 25 de mayo estalló la revuelta. En la narrativa de Costa du Rels, el precursor muere en vísperas del primer grito libertario y su entierro enciende la chispa.

Con este relato el autor sostiene que Segovia es “un precursor inesperado de la emancipación americana”. El tema interpelaba por igual a los anfitriones y al público. Pero hay algo más. Segovia es antepasado de Costa du Rels por línea materna, como adelantó Martín Noel, así, el discurso es también un acto de auto-inscripción genealógica: el embajador de Bolivia se inscribe en la historia argentina y americana. Lo hace con astucia de novelista. Cita a René Moreno cuando dice que aquel “distinguido tacneño” no    había dejado “descendencia que le recuerde ni le valga”; le responde describiendo el retrato que en Chuquisaca conserva “su maltratada descendencia”, y termina recordando que la memoria de Segovia la guardan sus descendientes “tanto bolivianos como argentinos y peruanos”. Hablaba, dijo, ante “su descendencia argentina”. Uno de esos descendientes estaba en la tribuna.

El discurso se atiene a las reglas del género. Agradece a la institución, y en ella a su presentador. Atenúa la “confusión” y el “orgullo” que podrían causarle los elogios recibidos de Noel, atribuyéndolos a “un delicadísimo sentimiento de amistad” y hace recaer el honor sobre su patria Bolivia, “a quien debo lo que soy”. Al desplazar el motivo de su elección de los méritos al afecto, Costa du Rels proyecta la humildad que pide la captatio benevolentiae. Elogia a la institución anfitriona: “Templo de la Verdad” y “reparadora de injusticias”. Este discurso formal, que cumple el protocolo académico narra los hechos con cierta erudición y despliega sus fuentes:  el acta del embargo de los bienes de Segovia, las cédulas reales, los documentos que publicaba Ricardo Levene.

Casi treinta y cuatro años después, el lunes 20 de junio de 1977, Adolfo Costa du Rels leyó su discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua. En la vispera había cumplido 90 años. Había vuelto definitivamente al país a principios de 1975, en silla de ruedas, después de fracturarse la cadera en una caída en París. La ceremonia se hizo en el departamento de la avenida Arce donde vivía con su hija Gladys, por una deferencia especial de la Academia. Presencia la llamó “solemne” y registró la asistencia de escritores, diplomáticos y otros invitados. El anciano correspondió poniéndose de pie para recibir a los concurrentes. Abrió el acto el director, monseñor Juan Quirós. Le contestó el poeta Oscar Cerruto, que había trabajado con él, como adjunto cultural, en la Embajada de Buenos Aires.

Algunas publicaciones de este discurso no consignan título, no lo hace la Academia en su Anuario. Sin embargo, el discurso abre con una referencia a Hacia el atardecer… su primera obra de teatro publicada, y a la “extraña ironía” de haberla escrito a los 23 años; enseguida agradece lo acojan “precisamente hacia el atardecer”. Puedo asumir que ése es el título. Me respalda el artículo de Oscar Rivera Rodas en Presencia Literaria del 3 de julio de 1977, donde así lo nombra, cito “Su discurso de ingreso a la corporación académica Hacia el atardecer, ha constituido una pieza literaria de múltiples significaciones”. Otro artículo, el de Mario Arancibia, en el mismo periódico, también nombra así al discurso.  Entonces, con el título con que empezó su trayectoria de escritor cierra un círculo al ingresar a la Academia. Por ese anillo circula una historia de vida y por eso el discurso consiste en las memorias de esa vida. Pero no da el círculo por cerrado. Al terminar menciona tres obras pendientes – la novela  Huanchaca, la comedia dramática Claribelle y una biografía novelada de Simón I. Patiño y de su esposa– y confía en que la Academia, al acogerlo, le esté “asegurando ese suplemento milagroso de actividad intelectual” que necesita para terminarlas.

El discurso de ingreso de quien había sido, quizás, el boliviano más importante en la escena internacional durante la primera mitad del siglo XX, se desvío en La Paz de la retórica de un género que tres décadas antes en Buenos Aires había demostrado dominar con sutileza extrema. Desde su silla de ruedas, Costa du Rels prescindió de lisonjas para el anterior ocupante del sillón que esperaba a sus caderas. Eludió también delimitar y desarrollar un tema literario. En cambio, compuso una narración, más aún, una narrativa dialogada, discontinua, rica en prolepsis y analepsis, en digresiones intelectuales y evocaciones personales, extendida en el tiempo a lo largo del siglo XX y en el espacio al menos por dos continentes y tres o cuatro países.

Privilegia algunos episodios de su pasión por el teatro y de su prehistoria de escritor. Primero como espectador pago y sonoro, en la claque del teatro parisino. Después, como figurante gratuito y mudo en la Comedia Francesa, con la cabeza cubierta por el casco dorado de un guardia del palacio en la tragedia Edipo rey. Al final el desenlace punitivo de esa aventura, la expulsión del palacete del príncipe de la Glorieta, y la repatriación forzosa rumbo a Sucre y a las minas de Huanchaca.

A la prehistoria sigue la historia de Costa du Rels como escritor, su primera pieza y su primer premio, por el drama Hacia el atardecer… Un premio ganado en Santiago de Chile por el joven diplomático boliviano que le es retirado, justamente, o injustamente, por ser extranjero es decir boliviano.

Carlos Medinaceli, al reseñar las memorias de Alcides Arguedas, echaba de menos en Bolivia textos de este tipo, el de las narrativas retrospectivas sobre la formación del escritor. Consideraba una lectura necesaria para la juventud nacional el género de memorias de escritor: a este tipo de textos corresponde el discurso de Costa du Rels.

En su respuesta, Óscar Cerruto subraya algo semejante. Tras escuchar los desaires que el recipiendario soportó en su juventud por dedicar su tiempo parisino al teatro, el ostracismo patricio que lo forzó a dejar París cuando empezaba a sentirse a gusto y los rigores de Uyuni, el autor de Aluvión de fuego ve en aquellas vicisitudes la conflagración de “un símbolo del artista que asume su destino”. “Tal vez guiado por la mano de los dioses”, dejando atrás “la esclavitud dorada” de su residencia en la capital francesa, Costa du Rels eligió en “las inciertas eventualidades de la mina Huanchaca” —dice Cerruto— lo que sería “la fuente castalia de su inspiración creadora”. En efecto, buena parte de sus novelas y cuentos tienen como paisaje los cerros y las minas donde trabajó. El autor de Aluvión de fuego le dice: “Allí inició usted nuevas amistades con los hielos de la puna, con el viento de los salares, con la soledad del yermo. Y, por supuesto, con la humanidad que poblaba las minas y las ateridas calles de Uyuni”.

También Cerruto se permite disentir. Costa du Rels había dicho que se esmeraba, “como tantos de nuestros mayores, en hacer del paisaje el marco inamovible de toda obra”. Cerruto fija su posición: “No soy de los que piensan que el ingrediente nativo es uno de los esenciales para la valoración (…) la obra de arte se sustenta en sus propios valores que son los artísticos, nada más, cualquiera sea el marco en el que se desarrolla la anécdota”. El discurso de contestación, ya se ve, también puede disentir con el recién llegado.

Costa du Rels, en esta Academia, desvía, invierte, convierte y pervierte el género del discurso de ingreso más de lo que lo rompe o destruye.

No hace un discurso gratulatorio, pero agradece el honor de haber sido seleccionado y votado para integrar la corporación.

No elogia al predecesor en la silla; el elogio, sin embargo, no desaparece: cambia de destinatario. “Saludemos pues su memoria”, pide, y enumera a Gabriel René Moreno, Alcides Arguedas, Alberto Gutiérrez, Jaime Mendoza, Juan Francisco Bedregal, Ricardo Jaimes Freyre, Gregorio Reynolds, Armando Chirveches, Ignacio Prudencio Bustillo, Alberto Ostria Gutiérrez y Enrique Finot; de los tres últimos, compañeros suyos, dice que añora su presencia “en esta asamblea de maestros”.

Y dedica el homenaje más largo a Henry de Montherlant, el académico francés que lo ayudó en el estreno de sus obras y en el “perfeccionamiento del lenguaje teatral”. Ocho días antes de su muerte voluntaria, en una conversación “casi socrática” le recomendó no olvidar “a nuestros antepasados, los clásicos”. Costa du Rels le rinde a Montherlant, sin ironía alguna, el homenaje fúnebre que Montherlant había tributado a Siegfried con tanta desconfianza.

Tampoco de la captatio benevolentiae se deshizo sin más Costa du Rels. Su discurso de ingreso principia convirtiendo el honor en indulto: la Academia, dice, le otorga “un honor, que es a la vez un indulto, por un cuasi delito: el haber consagrado gran parte de mi existencia al cultivo de la lengua de mi padre: el francés”. Y remata: “Confieso mi culpa y agradezco el indulto”. Es un rastro de modestia, siguiendo tímidamente otro rasgo del género.

En el discurso, el autor hace gala de dos géneros que cultivó con fortuna: la narrativa y el drama. No escatima el discurso directo y la palabra hablada en medio del relato, como ecos de sus obras teatrales: “¿Con qué llave?”, inquiere su principesco anfitrión parisino; “Joseph me prestó una”, revela el muchacho la complicidad con la servidumbre. En cambio, en el discurso de contestación que le dirige el autor de Cántico traspasado,  domina el lenguaje poético, como lo habrán oído arriba. Este uso de los géneros narrativo y teatral, y esta respuesta impregnada del habla de la poesía, género en el que Costa du Rels también descolló, es otra manera de afirmar lo que el discurso de ingreso académico afirma de principio a fin. Costa du Rels lo dice con todas las letras: “Soy, pues, un escritor bilingüe, solitario y longevo”.

Las diferencias entre los discursos de 1943 y de 1977 son claras, sobre todo en su relación con el género de ingreso académico. Pero en los dos hay una misma voluntad retórica: Costa du Rels se funda a sí mismo. En el primero se funda como sujeto americano y boliviano, con raíces en la Audiencia de Charcas; en el segundo, se re/funda como escritor boliviano bilingüe en francés y castellano. En el primero respeta las convenciones. En el segundo altera el protocolo sin mudar la operación fundacional: sólo la desplaza. Fumaroli caracterizaba a la Academia Francesa fundada en 1635 como una corporación que se refunda en cada nuevo panegírico de un académico muerto; aquí en la Academia Boliviana de la Lengua es el recién llegado quien se refunda, eligiendo a los suyos. No es ocasión, sino fundación, y Costa du Rels lo confirma dos veces, cada una a su modo.

Queda un rasgo común más que aduna a ambos discursos: uno y otro llevan inscrito el momento en que se pronunciaron. Lo contemporáneo entra en ellos a través de una palabra o de una referencia cargada de sentido histórico.

En 1943 lo anuncia desde el exordio: “un diplomático, cuando no la escribe, vive la Historia”, y dice, la Academia tal vez haya querido honrar la experiencia adquirida en los escenarios “donde se incubaba la tragedia actual del mundo”. Más adelante en el relato desliza una palabra entre paréntesis. Absuelto Segovia, cuenta que, “después de salvar las cortapisas del Virrey (aun entonces existían ya navicerts), se embarcó para Europa”.  El navicert era el certificado con que los británicos autorizaban a la carga de un buque neutral a cruzar su bloqueo: la prueba de que no llevaba contrabando de guerra. Aplicado al siglo XVIII, el término, ciertamente un “neologismo”, introduce una ironía y una ruptura deliberadas, y ancla el relato colonial en la guerra que su autor vivía como diplomático. Costa du Rels había cruzado el Atlántico a comienzos de 1941 en un vapor español, el Cabo de Buena Esperanza. En la frontera de España, cuenta su biógrafo Roberto Querejazu, un matrimonio de ancianos judíos le rogó que los hiciera pasar por sus criados; él aceptó, pero el funcionario lo dejó pasar a él y los detuvo a ellos. Esa es la guerra que cabe en un paréntesis.

En 1977 el anclaje al presente ya no es una palabra-objeto. Costa du Rels evoca a Camus, Mauriac, Malraux y Montherlant, a quienes conoció en París y de los cuales fue amigo; narra con precisión casi clínica el suicidio de Montherlant, ocurrido menos de cinco años antes; y deja caer una frase que nadie en aquella sala podía oír como mera retórica: “No están lejos los tiempos en que, gracias a la ciencia y a nuestra diplomacia, nuestros ríos llevarán, con ímpetu indomeñable, el mensaje de Bolivia hasta el mar”. Lo decía en junio de 1977, en plena negociación de Charaña. El diplomático seguía hablando desde el escritor. Separados en el tiempo, los dos discursos revelan una misma operación: la del testigo que inscribe su contemporaneidad en su lenguaje.

Vuelvo, como prometí, a Mora. En 1848 sentó al neologismo, “en el banquillo de este severo tribunal”. Casi un siglo después, en Buenos Aires, en 1941, Costa du Rels describía otro juicio, el que se libraba en su cabeza de escritor bilingüe. En El drama del escritor bilingüe, “las cuartillas” que leyó ante el PEN Club argentino (publicadas en la Antología de la crítica y el ensayo en Bolivia, 2023) y que Noel citó al recibirlo en la Academia de la Historia, en ellas recuerda que en 1922 Anatole France le dictó sentencia: “un escritor bilingüe no podrá ser nunca un escritor”. Y cuenta cómo, cuando dos palabras rivales pugnan por salir de su pluma, “dictado el fallo, a causa de un impulso de auto apelación, la palabra condenada esboza un nuevo repunte”. Confiesa, por ejemplo, que prefiere el galicismo balustrada a la forma española balaustrada. Entre tanto, en una academia porteña, había sentado a la mesa de los historiadores un anglicismo de guerra, un neologismo, navicert: el reo de Mora en persona. En 1977, en La Paz, ante esta Academia, correspondiente de aquella que presidió el tribunal de Mora, confesó su “cuasi delito” y agradeció el “indulto”. El hombre que inauguró la enseñanza de la Literatura en esta ciudad abrió la causa; esta Academia la cerró ciento veintinueve años después.

Referencias Bibliográficas

Álvarez de Miranda, Pedro (2011) En doscientas sesenta y tres ocasiones como

esta. (Madrid, RAE)

Costa du Rels, Adolfo (1919). Hacia el atardecer… Santiago de Chile: Imprenta

Universitaria.

________  (1941). El drama del escritor bilingüe. Precedido por Roberto F.

Giusti, La obra de Costa du Rels. Buenos Aires: P.E.N. Club Argentino.

________     (1944). «Un precursor inesperado de la emancipación americana: el

oidor de La Audiencia de Charcas, Dr. Juan José de Segovia». En

Boletín de la Academia Nacional de la Historia (Buenos Aires) vol.

xvii, págs. 211-227.

________  (1984). ANALES de la Academia Boliviana de la Lengua Vol. 1 (La Paz,

1984) págs. 81-87.

Mora, José Joaquín de (2018) Lección Inaugural. En Cuadernos de Literatura

No. 48 (La Paz, Carrera de Literatura UMSA)  pág. 9.

* Este artículo recoge el contenido del discurso pronunciado en 22 de septiembre de 2026, en la celebración del 99 aniversario de la Academia Boliviana de la Lengua.

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