/ Juan Carlos Salazar del Barrio /
Una invitación a la lectura de Presagios, el más reciente libro de cuentos de este destacado escritor y periodista.
—¿Eres tú? –me atreví a preguntar, entre el temor y la duda.
Claro, era él. ¿Quién más? No podía equivocarme. No lo vi llegar. Me percaté de su presencia cuando apareció bajo la luz ámbar del farol callejero, una sombra apenas, deslizándose sigiloso entre las siluetas difusas de los eucaliptos que abrigan la avenida. No estaba seguro, es cierto. Pero, sin duda, era él. Bajito de estatura, un tanto regordete, algo cabezón, peinado a la gomina y el lunar en el entrecejo. Era inconfundible, tal como lucía en las fotos de la época junto a Chucho Navarro y al Güero Gil.
—No, no te equivocas, soy yo, yo mismo –respondió con voz pastosa, algo apagada, muy alejada del registro armónico de tenor dramático que lo convirtió en la primera voz del trío Los Panchos–. Cuando tú me quieras/ cuando te vea sonreír/ vibrarán las campanas/ y alegres mariposas lucirán sus colores/ en suave vaivén –canturreó, como quien recita un santo y seña.
Un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo. No quise atribuirlo a la presencia espectral del recién llegado, sino a la brisa de la madrugada paceña y al whisky de la prolongada tertulia con mis compañeros de la izquierda setentera, socialistas y trotskistas de hueso colorado, so pretexto de pasar revista a la actualidad política.
—Estoy perdido –dijo, sin darme tiempo a responder–. No encuentro El Gallo de Oro… Lo recordaba por este rumbo, cerca de la gruta de la Virgen de Lourdes, justo al frente de este bosquecillo de eucaliptos –agregó en tono pausado, mientras se acomodaba la pajarita mal anudada, un descuido evidente ante la impecable camisa de cuello almidonado y pechera plisada.
El aroma fresco de los eucaliptos inundaba la hondonada de Obrajes como estela de una vieja reminiscencia, una añoranza atrapada entre los troncos añosos de la arboleda y los restos de lo que algún día fue un chalet señorial convertido en la boîte favorita de la burguesía paceña y la élite política de la época.
—No lo encontrarás nunca porque El Gallo de Oro ya no existe… Cerró hace medio siglo –respondí en tono pausado. Con los reflejos todavía intactos, pese a los excesos de la velada, me cuidé de medir cada palabra, sílaba por sílaba, para evitar que un inoportuno trabalenguas denunciara mi borrachera de por sí mal disimulada.
Lucía un impermeable beige cruzado de doble botón y solapas amplias, con un cinturón de tela, anudado al borde de la cadera, y un sombrero borsalino de fieltro gris y cintillo negro, recostado sobre su oreja derecha. Envuelto en la niebla y con el cigarrillo a medio fumar entre los labios, su figura me recordó a Humphrey Bogart en su despedida de la lacrimosa Ingrid Bergman en el aeropuerto de Casablanca.
—¡No me digas! Claro, el tiempo pasa… Era obvio. Ni te pregunto por el Maracaibo. Seguramente pasó al olvido. Pero, bueno, la caminata valió la pena por este encuentro –dijo en un tono que me supo a cortesía barata, dadas las circunstancias de su insólita aparición.
Sentí la delicadeza de sus manos, manos de pianista, cuando estrechó las mías con la calidez y la ternura del amigo, el viejo conocido, el depositario de tus cuitas amorosas, el cómplice de tus sentimientos más íntimos, como los que compartí en mi juventud con Yayo y Lito, prendados los tres de la misma chica, Camila, en una querencia dolorosa por imposible. Una súbita calorina inundó mis ateridas mejillas, al solo recuerdo de mis devaneos amorosos, y creí enrojecer cual niño sorprendido en una travesura inconfesable.

—Sí, ha pasado mucho tiempo –respondí, aunque yo no tenía en mi mente ni El Gallo de Oro ni el Maracaibo, sino mis propios fantasmas, agazapados en los resquicios de mi memoria, a la espera de una provocación cualquiera.
—Noche a noche sueño contigo/ siento tu vida en la mía/ cual sombra divina/ cual eco distante que/ apenas puedo oír –adivinó de nueva cuenta mis pensamientos, sabedor de que los boleros son las mejores contraseñas para abrir las compuertas del corazón.
Para ser sincero, yo no lo tenía entre mis cantantes favoritos, ni mucho menos. Una noche, mientras nos consolábamos y curábamos nuestras heridas de enamorados irredentos en el internado del colegio, Yayo empezó a tararear el bolerito. “¿Cómo? ¿No conoces a Raúl Shaw Moreno?”, me preguntó. “¿En qué mundo vives?”.
Yo, por supuesto, lo conocía. Sin embargo, la imagen de Camila, me remitía a una zamba, Cuando el amor se va, así de lejana, tal como la sentía. Tu mirada siempre ausente/ no la puedo rescatar/ no me engañas, ni me mientes/ tu cariño se va, se va, entonaba por lo bajo, afanado en retenerla, seguro de que mi mensaje le llegaría telepáticamente al otro lado de la ciudad.
Nos sentábamos cada domingo en un banco de la plaza, solo para verla pasar, ligerita como el aire vespertino, rozando las losetas con pasitos delicados; para admirarla vuelta a vuelta, pensando que la vida nos había separado sin querer, pero que algún un día, caminando, como prometía el bolero, nos reencontraríamos otra vez. Ella seguía de largo, entre chácharas con sus amigas, sin siquiera dirigirnos la mirada, aunque se sabía, tal vez por eso mismo, en el centro de nuestra atención.
—Ja, ja, ja, si lo sabré yo –mi acompañante irrumpió en mis recuerdos con humor desabrido–. Si yo los veía…
—¿Cómo es eso? Si no nos conocíamos ni tú vivías en la misma ciudad –pregunté intrigado.
—¿Acaso no me convocaban con mis propias canciones en sus serenatas y en sus confidencias nocturnas? –me devolvió la pregunta con una sonrisa larga, juguetona, sin aclarar mis dudas.
Me tomó del brazo y me invitó a caminar rumbo al sur, en la misma dirección de mi travesía nochera, por una avenida congelada en el tiempo, adormecida por el clamor de las cigarras. Chapurreaba sin ton ni son, en un monólogo que, sin embargo, parecía responder a mis propias cavilaciones. Tenía una risa abierta y un extraño tono en su hablar, con un yeísmo forzado, tal vez autoimpuesto para sonar menos extranjero ante el público mexicano.
—Ustedes yegaban al yanto por esa mujer…
De tanto en tanto dejaba caer los nombres de nuestras pretendientes de entonces, cuyos balcones solíamos asediar con serenatas sabatinas. “¿Recuerdas a la Nena? ¿Y a Tota?”, lanzaba con un guiño, sin esperar respuesta. Apelaba al amplio repertorio de su cancionero para hurgar y adentrarse de manera impune en mi memoria: Que te quiero/ sabrás que te quiero/ cariño como este/ jamás existió… Ja, ja, ja”, se solazaba.
—¡Ay, el amor, el amor! El bolero es la esencia del amor y el amor es la esencia de la vida, estimado amigo. Sin un amor, ¡ya lo dice la canción!, la vida no vale nada. Por eso, el bolero no morirá nunca… –salió de nueva cuenta al paso de mis pensamientos, justo cuando me preguntaba si el bolero no era cosa de setentones nostálgicos.
Las luces de los autos trasnochados rasgaban la oscuridad como luciérnagas extraviadas, con una luminiscencia que magnificaba las sombras de la avenida. Los haces traviesos convertían los árboles del entorno en figuras animadas de un bosque encantado, en una danza de gigantes acompasada por la música del silencio.
—Quizás… Si tú lo dices, –respondí, un poco apurado, a manera de ganar tiempo ante sus intentos de jalarme la lengua.
—El bolero es amor y pasión. Si no hay pasión, no hay amor; sin amor, hay dolor. El amor es así. Si no lo sufres, no lo vives. Pero, ¡ay!, peor que sufrirlo, es no vivirlo. El vacío del amor nos condena a la mayor de las desdichas y a vivir en la peor de las miserias– prosiguió, parafraseando a un compositor de la época.
—Un poco cursi, ¿verdad? –lancé, sin pensar en su reacción, sino más bien en un amor de mi infancia, mi primer amor, cuando escuchaba por el parlante de la plaza del pueblo, con un intenso hormigueo en la boca del estómago, toda una vida/ estaría contigo/ no importa en qué forma/ ni cuándo ni dónde/ pero junto a ti, en la voz azucarada y aterciopelada de Toña la Negra.
—Tal vez. Por algo amor rima con dolor. El mal de amores solo encuentra acomodo en la letra de un bolero. El bolero nunca canta al bienamado, solo brinda consuelo al malquerido… –proclamó.
—Lágrimas negras por los amores contrariados, cantaría el Bebo Valdés.
—O lamento de los despechados, dirás tú…
—No, para eso están las rancheras…
—En realidad, es una expresión de esperanza, un auto de fe. Por alto que esté el cielo en el mundo/ por hondo que sea el mar profundo/ no habrá una barrera en el mundo/ que mi amor profundo no rompa por ti –cantó a voz en cuello, imitando esta vez a su gran rival, Lucho Gatica.

A estas alturas la plática me sonaba un tanto remilgada, aunque, debo admitir, la evocación colmaba la noche de añoranzas, de pérdidas y ausencias, al alumbrar las penumbras del pasado y reflotar desengaños sumidos hasta ahora en la bruma de mis recuerdos.
—Bueno, es cierto –me apresuré a decir, temeroso de ser descubierto, ¡otra vez!, en la intimidad de mis pensamientos–. Cuando nos enamoramos, nos ponemos la mar de sensibles. La imposibilidad del amor, la ruptura de una relación o el olvido siempre reticente, el desamparo, en fin, nos coloca al borde de la desesperación. ¡Oh Dios, omnipotente, apiádate de mí!/ Arranca de mi pecho mi amor desesperado/ o avívale la llama, para que vuelva a mí –recité sin recordar al autor.
Quise cambiar de conversación, cansado de pontificar, pero no me atreví a preguntarle qué hacía en La Paz después de tanto tiempo, preocupado por una boîte inexistente, en un momento de turbulencia política, con obreros y campesinos lanzados a las calles contra el gobierno neoliberal. No sabía mucho de él. Una década atrás había sido convocado por Gil y Navarro para conmemorar los 35 años de Los Panchos con un concierto en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, acompañados por la Orquesta Sinfónica de México. Para entonces, según supe, ya andaba de capa caída.
—Vivo desde hace varios años en Buenos Aires, dedicado a la pintura, una afición juvenil –dijo, anticipándose a mi pregunta, sin aclarar la razón de su presencia en La Paz.
Algo había leído, no sé dónde ni cuándo, sobre su retiro. Como todo artista bohemio, jaranista y manirroto, casquivano y picaflor, dilapidó su fortuna hasta quedar solitario y desvalido, largado de la mano de Dios.
—Gané mucha plata, es cierto, pero la despilfarré. La gloria de un cantante es efímera, amigo. Ahora lo sé. Sin embargo, agradezco a la vida por haberme dado la oportunidad de llegar a ser lo que fui –agregó.
Para entonces habíamos llegado a la plaza de La Loba. Quise ayudarle a pasar página. Era obvio que no quería hablar del tema. “¿Qué te parece si tomamos un api con empanadas para combatir el frío?”, le pregunté, a manera de echarle un cabo. “¿Para combatir el frío o para curar la borrachera?”, respondió, socarrón. “Yo invitó”, propuso, sin esperar mi reacción, al percatarse de mi escasa solvencia.
La neblina abandonaba perezosamente la ciudad, aguijoneada por los primeros rayos de sol. Las campanitas de la iglesia del Señor de la Exaltación dieron las cinco de la mañana con un tañido fiestero de parroquia de pueblo que agitó el aleteo de los mirlos y gorriones mañaneros, mientras la vendedora ambulante se afanaba en freír las empanadas de queso y yo intentaba arreglarme el peinado y alisar mi indumentaria, consciente de mi aspecto caricatural.
—¿Recuerdas? –preguntó, mientras apuntaba con el índice la torre de piedra cortada del templo, fundida en el paisaje–. Ja, ja, ja… Los curas de tu colegio no eran muy amigos de los boleros, ¿verdad? –acotó, sin esperar mi reacción.
—Dios dice que la gloria está en el cielo/ es de los mortales el consuelo al morir/ Desmiento a Dios porque al tenerte yo en vida/ no necesito ir al cielo/ si alma mía, la gloria eres tú –apelé a la letra irreverente de José Antonio Méndez como única respuesta.

—Yo no sé si este amor es pecado, que tiene castigo/ si es faltar a las leyes honradas del hombre y de Dios./ Es más fuerte que yo, que mi vida, mi credo y mi sino/ es más fuerte que todo el respeto y el miedo hacia Dios./ Aunque sea pecado te quiero, te quiero lo mismo/ porque a veces de tanto quererte, me olvido de Dios –me retrucó con el bolero de Los Panchos, esta vez con voz y gestos fingidos, en una obvia imitación al cómico mexicano Tin Tan en la película El revoltoso.
—Bueno, ahí está, no te extrañe que los curas hayan encontrado sacrílegas las letras de algunos boleros y a las mujeres como fuente de pecado y perdición. A ellas aludía nuestro confesor cuando clamaba al cielo desde el púlpito: “¡Ay, mujeres, mujeres… Y de las peores!”.
—Para eso están los boleros, amigo, para rogarle al Altísimo que interceda por nosotros ante la mujer amada; nos libere de su desdén e indiferencia; para reclamar el castigo divino para la ingrata, la pérfida. ¡Castígala, gran Dios con mano fiera/ que sufra mucho, pero que no muera! –declamó en tono solemne, en un guiño al maestro Álvaro Carrillo.
A mí, en realidad, las campanadas del templo me transportaban a otra parte, a la misa de los viernes, los días que Camila acudía a la iglesia del colegio para comulgar. Con Yayo y Lito nos jugábamos en suerte quién de los tres ayudaría al padre Damián en la celebración de la Eucaristía, porque era la ocasión, ¡santo consuelo!, de verla de cerca y rozarle la quijada con la patena cuando el sacerdote depositaba la hostia en sus labios. ¡Toda una caricia! Ella entornaba los ojos y recibía la oblea con gran devoción, sin dirigirnos la mirada, como en la plaza, pero nosotros creíamos haberle hecho llegar el mensaje de nuestro acto de amor. Y Yayo, ¡pobre Yayo!, en el amartelo total, evocaba por la noche a Roberto Cantoral en la voz de Olga Guillot: Soy ese vicio de tu piel/ ya no puedes desprender./ Soy lo prohibido./ Soy esa fiebre de tu ser/ que te domina sin querer./ Soy lo prohibido.
—¿Hasta cuándo te quedas? La situación está cada vez más fea, –inquirí, en un nuevo intento por desviar la conversación, aburrido del giro meloso de nuestra charla, a tono con la pasión abrasadora, la pasión que nos atormenta, que nos consume en loco amor del Boleró Opus 62, la parodia de la Camerata Tropical de Les Luthiers.
—¿Cuál es el chiste? –preguntó al advertir mi sonrisa, otra coartada para no responder mi pregunta.
Aproveché el momento para comentar la grave situación política del país. Repetí los argumentos que desarrollé la noche anterior ante mis compañeros de cenáculo sobre la crisis del sistema neoliberal, la debacle de los partidos tradicionales, el fermento de la insurrección popular y el inminente ascenso de un gobierno indígena, pero no pareció prestarme demasiada atención.
Sentí sonrojarme de nueva cuenta al escucharme arrastrar las erres, sin poder controlar el rirru rirru del parloteo cantinero.
—La política no me interesa, amigo, aunque está metida en todo, incluso en la música, porque, ya se sabe, la música es filosofía, psicología, sociología, es todo. Al fin y al cabo, la música expresa los sentimientos populares, comenzando por el amor. Y para comprobarlo no es necesario acudir a la canción de protesta, tan en boga en estos tiempos –se apresuró a comentar, sacándome del apuro.
—Ya me dirás tú qué tiene que ver el amor con la política…
—En la lucha por el poder, amigo. En el caso del amor, la lucha por el control de la pareja. No te extrañe. El bolero, cursi como lo ves, explica muchas cosas sobre la conducta de los hombres y de la sociedad. El dominio del amante sobre el ser amado no es diferente al que busca imponer el gobernante sobre el gobernado.
—Ja, ja, ja, eso me suena a Pablo Milanés en creo en ti/ como creo en Dios/que eres tú, que soy yo/ en ti, Revolución.
—No te rías. Si te fijas, no hay mayor glorificación del pueblo y del pobre que en el bolero. Es un escaparte de la eterna lucha de clases. Populismo puro, dirás tú. Y sí, si tú quieres, es así. Después de laborar, vuelve a su humilde hogar/ Luis Enrique, el plebeyo, el hijo del pueblo/ el hombre que supo amar/ y que sufriendo está esa infamante ley/ de amar a una aristócrata siendo plebeyo él… ¿Recuerdas a Pedro Infante en El Plebeyo?
Una alborada tristona, remolona, se descolgaba desde los cerros del sur de la ciudad, entre arreboles rosáceos. El frío otoñal se introducía por todos los poros de mi piel a medida que despuntaba el nuevo día, tímido y curioso, y desaparecían los efluvios del alcohol.

—A tono con tu razonamiento –quise intentar una ironía–, el bolero sería una metáfora del desengaño político, como el desencanto por el amor perdido. ¿Y qué más da?/ La vida es una mentira/ miénteme más/ me hace tu maldad feliz, recité con una carcajada, con la mente puesta en Miénteme de Armando Domínguez.
—No hay relación humana que pueda darnos tanta felicidad o sumirnos en la mayor de las desdichas. Hablo del amor, por supuesto, pero ocurre lo mismo con la política…
—No voy a contradecirte. En el amor, como en la política, vivimos las pasiones más encendidas, ¿verdad?, y cometemos las mayores tonterías…
—El tema da para mucho. Podríamos estar con esta plática durante días, yo con el amor y tú con la política. Mejor lo dejamos para otra ocasión. Ya llegué a mi destino. No me di cuenta de la hora y se hace tarde para la misa de las siete –se excusó, mientras se ajustaba el sombrero y levantaba el cuello de su impermeable para protegerse de la brisa matutina.
Yo esperaba un adiós a lo Humphrey Bogart, con algo así como “presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad” del cínico Rick en su despedida del Capitán Renault en Casablanca, pero se limitó a darme una palmadita en la espalda. Dejó caer una mirada oblicua y giró en redondo, sin darme tiempo para nada. Lo vi cruzar la plazuela de San Miguel con pasitos cortos, entre los rosales cargados de rocío, y subir a trancos la escalinata de la Iglesia de los padres resurreccionistas bajo el cielo cenizo de los despertares paceños.
Tuve el impulso de seguirlo, intrigado como estaba por su presencia, pero preferí caminar por el barrio para sacudirme la nostalgia que se me había quedado atorada en el alma.
La imagen de Camila aparecía y desaparecía en cada esquina de mi memoria, ora envuelta en la nebulosa de mis paseos dominicales con Yayo y Lito, ora atisbando nuestras cuitas nocturnas desde los arcos peraltados del patio del internado. Con su faldita escocesa, su blusa blanca y el lazo rojo anudado al cuello, irradiaba picardía y ternura. ¿Qué fue de ella? No la volvimos a ver. Como todo destino inacabado, truncado por la avaricia del tiempo, se perdió en la nada, en la fragancia de las azaleas de su balcón colonial. Como espuma que inerte lleva el caudaloso río/ flor de azalea, la vida en su avalancha te arrastró, cantaría Jorge Negrete, sumido, como yo, en una profunda melancolía.
Después de deambular por las callecitas de San Miguel en busca de un café, embargado por ese extraño desasosiego que precede a todo día sombrío, enfilé rumbo a mi departamento de Los Pinos para recuperarme de la mala noche.
Al pasar por el quiosco de periódicos, me llamó la atención un recuadro en la primera plana de uno de los diarios paceños. El breve texto pugnaba por encontrar acomodo entre las noticias mal repartidas de la Guerra del Golfo y la movilización indígena que sacudía al país. “Ayer falleció en Buenos Aires uno de los grandes del bolero”, anunciaba el lacónico titular. Desde una foto de juventud color sepia, el bolerista, peinado a la gomina y el lunar en el entrecejo, sonreía con su dentadura perfecta.


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