/ Jorge Luna Ortuño /
No es cualquier día en la vida de una persona, aquel en el que descubre que tiene un abismo consigo. Es la constatación enigmática de que todos avanzamos proyectando una vida, mientras por debajo se va moviendo algo que toma forma con el tiempo. El abismo no está ni dentro ni fuera del individuo, sino que es una parte crucial de lo que compone a la individualidad. Tendría que ser la existencia vacía de un robot o de un zombi para un ser vivo pensante y consciente que no contemple su propio abismo.
Cuando se dice “hay que abuenarse cada uno con su soledad”, no es por una cuestión de repartir mensajes deprimentes, al contrario, es un aliento en clave, carne para leones. Quien está familiarizado con su soledad suele afrontar la vida con medidas creativas, y mantiene cierta estabilidad en su estado de ánimo, independiente de las reacciones externas, de la aprobación social o de los valores aspiracionales de su entorno. El asunto es que solo podemos ver hasta cierto punto la figura panorámica de la existencia. No podemos observar los abismos de las otras personas, solo logramos intuirlos o presentirlos a veces, y no sabemos de qué precipicios caen los que ya no encuentran consuelo ni confort para sus penas o derrumbes. Día a día caemos en nosotros mismos, no solo en las horas de sueño, sino también en la vigilia, rozamos la superficie de profundidades abismales que nos subyacen; abajo anida lo que nos sostiene, moviéndose como un río caudaloso que arrastra piedras, sustancia sumergida que nos conecta con lo más puro y ancestral.
Fue desde esta percepción que fui concibiendo lo que será mi tercer libro, titulado Sumergencias (2026), libro que primero nació con el denominativo más pretensioso: Tratado de flotabilidad de los cuerpos sumergibles, como un guiño a Arquímedes que ha sido una de las inspiraciones en la ruta. El inicio de esta serie fue Pensamiento inalámbrico (Plural, 2012), libro en el que di rienda suelta a diversos tópicos de interés de mi vida universitaria en la carrera de filosofía, al tiempo que daba un paso hacia adelante e intentaba estrenarme en el oficio de la creación de conceptos, atribuible de manera distintiva a los filósofos –según lo plantearon Gilles Deleuze y Félix Guattari. Así pues, propuse “inalámbrico” no como un adjetivo sino como sustantivo, refiriéndome a unos modos inalámbricos de pensar y de afrontar la vida, sobre todo cuando debes aceptar la distancia física que te separa de tus seres más queridos. Usé la tecnología inalámbrica de las computadoras para hablar análogamente de un concepto filosófico, algo que en el año 2012 tenía otro tipo de impacto; aquellos días, sin tanto celular, con mucha gente trabajando en cafés con sus computadoras portátiles, era otra cosa hablar de wifi como zona de vibración o campo electromagnético, y tenía interesantes correlatos posibles con el pensamiento filosófico. Trece años después, Sumergencias se está terminando de corporeizar en mi escritura, enriquecido por el estudio de múltiples cuerpos de obra de artistas bolivianos y algunos extranjeros, siendo un crecimiento, una expansión y a la vez una precisión respecto de los problemas que venía planteando

Ser humano en inglés se dice human been; una manera de entender su significado, según algunos místicos sería: “aquel que sabe ser”. (Nunca se entiende esto solo de la palabra humano). Bueno, algo muy básico a saber, es que el ser del humano no vive en un solo plano. Nos desenvolvemos por múltiples planos existenciales (no hablo de esferas sociales) según la asimilación del entorno, épocas del desarrollo, sensibilidad, rubro de trabajo, etc., y, sobre todo, según nuestras diferenciables capacidades de flotabilidad y de inmersión. Muchas veces a esos otros planos alternativos se los ha denigrado como locura, perdición, alucinación, etc. No sé si fue Deleuze hablando de Foucault, o incluso lo pudo haber mencionado David Lynch, pero existe una diferencia de niveles entre los pensadores, los hay aquellos que se desenvuelven muy cerca de la superficie, como pececillos pequeños, mientras que otros pensadores son como gigantes ballenas, se sumergen hacia profundidades recónditas y retornan a la superficie con irrupción de visiones, imágenes y conceptos.
La sumergencia es la consciencia de que somos, en tanto que seres humanos, cuerpos sumergibles. Habitamos una existencia que nos permite también sumergirnos en otra dimensión de ser. No somos únicamente seres terrestres, y una imagen inexacta para describirnos serían los icebergs, con la diferencia de que nosotros podemos movernos y no tenemos tal apariencia rígida. Tampoco puede decirse que la superficie sumergida que nos subyace se reduce al potencial de lo que no somos aún, pues en ese caso solo repetiríamos el discurso de los conferencistas de autoayuda. El plano sumergido con el que coexistimos es algo más complejo y mágico.
Hay que ver la vida de muchos genios en la historia –ya sea en el arte, la ciencia, la religión, los deportes, etc.–, cómo fueron individuos altamente creativos, no solo para fabricar algo específico o inventar una teoría, sino primero para trazarse otros planos de vida subterráneos, o sumergidos, mientras vivían la existencia que les había tocado en la superficie. Para crear algo, hay que crear primero las condiciones de producción de lo creativo, ese es un plano sumergido, lo que en la antigüedad los filósofos llamaban como tiempo de ocio, en verdad remitía a un plano de vida.
Convendremos pues que existe un plano convencional, a la vista de todos, que sale en las noticias, lleno de tradición, normas y morales, donde invertimos gran parte de la vida, un plano que solemos llamar “la realidad”, para entendernos entre nosotros. Es el lugar donde todo así nomás es porque siempre ha sido así, donde una silla es solo una silla y el mundo es redondo porque la charla siempre recae en que hay que ser “realistas”, para tener un pan que comer, un techo y una cama. Pareciera ser el estómago el gran rey en este plano, situado solo un poco por arriba de sus dos comandantes, los genitales del cuerpo humano: una lívido que chorrea, y con ellos la mente, el órgano más sexual, fábrica del deseo carnal, porque el cuerpo escuece, se estremece y palpita ansiando placer, no cualquiera, sino el que le permite salirse de sí al cuerpo mental y al cuerpo físico, produciendo la sensación de volverse uno con otra persona y su cuerpo, eso que experimentamos en el vocabulario corriente como desenfrenado sexo, amor pasional, felicidad erótica plena. No hay que desdeñar las necesidades del cuerpo, y en conjunción con una respiración entrenada y una mente meditativa, se puede hacer del sexo con la pareja una experiencia profundamente significativa, como se ve en el Tantra, alcanzando otros niveles de sumergencia

Pero volviendo a eso de la realidad: es además un plano de normalidad donde destacan quienes son más efectivos haciendo cuentas, cuadrando números y entregándose a rigurosas planificaciones; ese tipo de seres humanos, aunque no lo tengan del todo consciente, exponen sus vidas a la hipertensión, abrumados en las noches por demasiados intereses propios y mucho que perder, recitan cálculos matemáticos como rosarios, tienen la persecución de las ganancias tatuada en la frente. No menosprecio a quienes eligieron ver el mundo desde la mente del negociante o el empresario, porque hay también mucha creatividad y manejo de recursos adaptables en quienes saben generar riqueza y generar empleos. Pero me llevo justamente mejor con quienes tienen estimulado otros planos de vida en su forma de estar en el mundo. Conectamos inalámbricamente con otros desde nuestros abismos. Y es nomás así, porque incluso entre quienes tienen vidas muy acomodadas, millonarios, gente de fama y éxito exterior rotundo, brinca la necesidad de forjarse una línea de fuga, antes o después. Le podrán llamar filantropía, o “escape”, concebirlo como una distracción prolongada, unas “vacaciones” –concepto utilitario– es decir una interrupción a su vida corriente, no realmente lo que debiera ser, un tiempo flotante de coexistencia en la vida cotidiana.
En el final, solo puedo decir que vivo la escritura como una práctica de inmersión, me permite comprenderme mejor y descubrir otras conexiones impensadas. Sumergirnos en lo que nos abisma, para desenrollar ahí abajo lo que nos atrofia. Las captaciones de frecuencias aéreas se hacen más sueltas y en forma cuando vivimos familiarizados con lo que nos abisma, por ello la sumergencia comprende el doble movimiento de sumergirse para dar paso a que emerja lo que le corresponde la intensidad de la zambullida.

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