Gestión cultural y dinámicas interculturales

/ Javier Reynaldo Romero Flores /

Antropologías itinerantes VII

Escuché decir hace algún tiempo que “algunas élites en América Latina estudian ruso para leer a Dostoyevski en la lengua de origen”. Esta idea, así como llama la atención por la importancia del conocimiento para algunos círculos sociales, hace también referencia a la relación entre lengua y cultura. En ambos casos, el acceso al conocimiento y la apertura a un nuevo universo cultural a través de una lengua, se visualiza un proceso de gestión aprendido y reproducido al interior de algunos círculos familiares, cada vez más escasos en nuestro país.

Estas élites, que aprendieron las lenguas extranjeras y se familiarizaron con las culturas del Mediterráneo, cuando les tocó administrar la República privilegiaron el ámbito económico. La historia de la gestión cultural en nuestro país revela el menosprecio constante al reconocimiento de las dinámicas culturas locales y una concepción decimonónica de la cultura pensada como civilización.

Durante más de un siglo se priorizó la gestión educativa orientada a “civilizar” a las culturas locales. En todo ese tiempo, la orientación de las políticas públicas asumió la educación por encima de la cultura. Para aquella visión de país no fue necesaria una cartera de Estado que se ocupe de las culturas. Bastaba con la administración de algunos espacios en los cuales se puedan difundir ciertas prácticas artísticas: teatro, literatura, artes plásticas y música.

Mientras tanto, las dinámicas interculturales producidas desde las propias bases sociales –con sus contradicciones, limitaciones y conflictos– fueron construyendo formas de coexistencia entre grupos culturalmente diferenciados. Estas dinámicas no fueron resultado de una política estatal sostenida, sino de la capacidad de las propias sociedades para relacionarse, negociar, disputar y producir espacios comunes a pesar de las diferencias y desigualdades históricamente existentes.

En las últimas décadas se creó el Ministerio de Culturas, una instancia estatal que, sin embargo, no estuvo a la altura de la complejidad de esas dinámicas sociales. Su existencia no logró generar las condiciones necesarias para que los bolivianos pudiéramos comprender, y mucho menos superar, los conflictos, diferencias y desigualdades que atraviesan nuestras relaciones interculturales.

El reciente cierre del Ministerio de Culturas, en noviembre de 2025, y su transformación en una “Agencia Nacional de Culturas y Turismo”, en agosto de 2026, durante el gobierno de Rodrigo Paz, no debería entenderse como hechos administrativos aislados. Lejos de comprender aquel problema, constituyen, más bien, la expresión de una lógica que continúa desestimando la complejidad de la vida social y que pone en evidencia la degradación intelectual con la que determinados sectores gobernantes abordan la cuestión cultural.

Esta transformación corre además el riesgo de profundizar procesos ya existentes de folklorización, patrimonialización y mercantilización de las prácticas culturales, al desconectarlas de los espacios sociales en los que adquieren sentido y de las racionalidades históricas que las sostienen. Cuando las prácticas culturales vivas son separadas de sus memorias, de sus territorios y de las comunidades que las reproducen, pueden convertirse en objetos susceptibles de ser empaquetados, promocionados y comercializados en el mercado turístico, incluso para disputar consumidores y visitantes con los países vecinos.

Reducir la gestión especializada de las culturas a una agencia o a una dirección general no constituye, por tanto, solamente un cambio administrativo. Implica anular la capacidad estatal de rectoría, planificación, investigación, articulación territorial y asignación de recursos. Pero, sobre todo, supone relegar la posibilidad de comprender los procesos conflictivos de interculturalidad que atraviesan la sociedad boliviana y que deberían constituir la base para la construcción sostenida de políticas públicas relacionadas con las culturas. Posibilidad que en la historia de Bolivia siempre estuvo ausente.

Deja un comentario