/ Juan Cristóbal Mac Lean E. /
Ofrecemos un fragmento de este «sabroso» texto de Juan Mac Lean acerca de las FrutaS electas.
El sabor de las frutas, los transitorios éxtasis que provocan (como en el amor), a veces parecen un misterio: ¿cómo es posible que esas pulpas materiales, crecidas de una planta tan ajena a mi propio ser, se lleven tan perfectamente bien con mi boca y sentido del gusto? La única respuesta que se me ocurre decir es que, después de todo, compartimos un mismo origen –que se halla en la aparición de la vida. Somos y venimos del mismo barro. Entonces algo que ya había en mí, reconoce dichoso, de pronto, esa feliz combinación de elementos que se presenta bajo la forma de, por ejemplo, una chirimoya. «Aún tenemos algo de manzana», dice Neruda en su hermosa Oda a la manzana, para explicarse lo mismo. También Rilke, en los Sonetos a Orfeo 13, 14 y 15, habla de manzanas, peras, plátanos, flores, naranjas. En un verso se pregunta por ese tornarse «inefable» de la manzana en la boca.
Aparte de las atenciones que la poesía ha rendido a las frutas, sin embargo, no parece que el pensamiento nunca se haya inclinado hacia ellas. En los últimos decenios el tema y la problemática del animal, en cambio, sí que han recibido una frecuente atención de la filosofía y la literatura (de Fontenay, Derrida, Agamben, Singer, Coetze).
Ahora bien, si las frutas mismas parecen haber sido desdeñadas como objetos de pensamiento, es de alguna manera por muy, muy poco, que ello ocurrió así. Pues más bien las plantas sí que han recibido una total atención filosófica y se les ha dedicado muy buenos libros. Y bueno, al venir las frutas de las plantas, ellas son implícita, aunque no específicamente tratadas.
Señalemos al menos dos autores que, desde el ámbito de la filosofía, se acercaron a las plantas, a pensar sobre ellas, entenderlas y de paso reconocerles la enorme deuda que les tenemos, no solo como alimentos, sino y, sobre todo, como productoras del oxígeno que respiramos.
Con el solo título de este libro de Michael Marder ya podemos enterarnos del pedestal al que filósofo eleva las plantas:
Plant-Thinking A Philosophy of Vegetal Life. Esta Filosofía de la vida vegetal va precedida por lo que podemos tomar como un doble sentido: pensar en las plantas, tanto como el pensamiento de las plantas. La bibliografía de Marder se va abultando y no deja de tener títulos que vuelven a asombrar, siempre persiguiendo plantas. No se arredra, Marder, de hablar de cosas como «la deconstrucción vegetal de la metafísica». O es delicioso leer sus disquisiciones sobre determinados filósofos y su inclinación por determinadas plantas (Aristóteles y el trigo, los tulipanes de Kant, las uvas de Hegel…).
Pero el libro más directo, hermoso y sorprendente es el del filósofo italiano Emanuelle Coccia: La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura.
Coccia no vacila en elevar las plantas a una gran dignidad filosófica:
«No se puede separar, ni física ni metafísicamente, la planta del mundo que la sustenta. Es la forma más intensa, radical y paradigmática de estar-en-el-mundo. Cuestionar las plantas es comprender qué significa estar-en-el-mundo», escribe. Para él la vida vegetal es una «cosmogonía en acción, la génesis constante de nuestro cosmos», y gracias a ella «nuestro planeta produce su atmósfera y permite que los seres que cubren su piel respiren», y la vida en su conjunto se define, ante todo, «como la circulación de los seres vivos». En la misma vena, Coccia habla de las semillas, pero no de las frutas. ¿Pero no son las frutas, justamente, como el ropaje de las semillas? Y afirma el filósofo:
«En la semilla, de hecho, la vida vegetativa demuestra su racionalidad: la producción de una realidad determinada a partir de un modelo formal y sin error alguno. Se trata de una racionalidad análoga a la de la praxis o la producción. Pero más profunda y radical, porque concierne al cosmos en su totalidad y no exclusivamente a un individuo vivo. En otras palabras, en la semilla, la racionalidad ya no es una simple función de la psique (ya sea animal o humana) ni el atributo de un solo ser, sino un hecho cósmico. Es el modo de ser y la realidad material del cosmos».
Como ven ustedes, no es poco lo que está en juego en la reflexión sobre las plantas y sus frutos.
En lo que sigue nos detenemos a describir, elogiar, degustar, poetizar y pensar algunas frutas concretas. Y a manera de cerrar esta breve introducción, hagámoslo con una greguería de Ramón Gómez de la Serna:
«Cuando la mujer pide ensalada de frutas para dos perfecciona el pecado original».

Granada
Al estallar, una granada desnuda su delicada contenida conflagración interna y sus esquirlas vuelan a los labios; quedan así expuestos los tesoros, con sus granates pedreríos, sus velos y enjoyadas geometrías, que caben justas en filas, colas, por espacios tabicados: la granada que se muestra, sí, al abrirse, madurar y partirse, estalla.
Ella misma es, también, como una metáfora del cofre del tesoro, al que presiente. Tanto mientras está cerrada, impasible y lustrosa, como cuando se abre y quedan exhibidos sus botánicos rubíes, ordenados en variados compartimentos que albergan hileras de granos perfectos, granates y brillantes.
El árbol nunca es muy alto y las ramas parecen siempre inclinadas, sin voluntad de elevación, ganadas por una melancolía a la que las arrastra la gravedad, con el peso de los frutos madurando, esféricos, lustrosos o mostrando sus heridas, mientras dubitativos asisten al ensimismamiento del huerto.
La Punica Granatum, como la llamaban los romanos, adquirió por todas partes una reputación e historia que se contradicen, hasta cierto punto, con la trabajosa labor que cuesta acceder a sus pequeños, brillantes granos.
La granada, además, comparte los colores con los granates, esos silicatos que desde muy temprano se usaron como piedras preciosas justamente por sus colores, colores de rojos subidos, púrpuras. Húmedos cuando en una granada, o minerales en un cuello, como joyas. Los tesoros se esconden por todas partes.
Y si bien la Punica Granatum resulta avara a la hora de soltar sus granos, no lo es en cuanto a los deliciosos datos que entrega su etimología, aclarada en Wikipedia:
El nombre genérico, Punica, proviene del latín pūnĭcum y alude a los fenicios, activos impulsores de su cultivo, mientras que granatum, el epíteto específico, deriva del adjetivo latíno grānātus, que significa ‘con abundantes granos’. En la Antigua Roma se denominaba al granado como punicum arbos (árbol púnico) y al fruto como malum granatum (manzana granada) o punicum malum (manzana púnica). Plinio el Viejo, a mediados del siglo I d. C., menciona en su Naturalis historia: «En África, en los alrededores de Cártago, existe la manzana púnica, que algunos llaman granatum».
Como se ve, su elevado linaje histórico, su ilustre posición en el reino de las frutas es tan incontestable como su participación en la historia, esa historia que no aparece en ningún texto y arma las vidas cotidianas. Y la granada, por supuesto también habría de recibir homenajes de la poesía. Está por ejemplo la Oda a la granada de Rudolf Schröder: Ode an den Granatapfel. Sabemos de la existencia de esta oda porque la menciona Paul Celan al principio de su tan importante Discurso de Bremen de 1958. A veces pasa así con ciertos autores: el solo hecho de que Celan mencione y haya leído esa Oda ya la ensalza y, milagros de Internet, es fácil encontrarla. En la Ode an den Granatapfel, la granada es llamada Manzana del Hades, Apfel des Hades, situando a esa fruta que no faltaba en los viejos huertos, en la profundidad de los mitos griegos: es tratada como fruta de Perséfone.
Otra vez, la Wikipedia nos aclara:
«Según la mitología griega, el primer granado fue plantado por Afrodita, la diosa griega del amor y de la belleza, mientras que el dios del Inframundo, Hades, le ofreció su fruto a la bella Perséfone, para seducirla».
Enterándome de semejantes cosas, ya no podré mirar como antes a una granada. La densidad semántica que adquiere vuelve a contrastar, otra vez, con su relativa modestia como árbol y lo dificultoso de acceder a sus granos, que van cayendo de a poco, como si el placer de comerlos estuviera sujeto a demoras, pequeñas trabas, lejos de ser tan inmediato como ocurre con el resto de las frutas.
Teniendo en cuenta, sin embargo, ese pequeño escándalo que es una granada abierta, podemos imaginar, también, que gran parte de su seducción es de orden visual. Su rojo inquieta, es de buena suerte para los chinos, tiene connotaciones sexuales en la escena griega.
¿Arraigó mucho la granada por aquí? La recuerdo absolutamente amoldada y deseable, en los antiguos huertos, progresivamente sustituidos por jardines de otro tipo y que ya no la tienen. La pérdida de esos huertos es una pena desapercibida. La granada, como la tuna, eran frutas que no llegaban al comercio. Era simplemente cosa de arrancarlas y siempre había de dónde. Hoy ambas deben comprarse y no en todas partes se encuentran granadas. De verlas, no hay que dejarlas pasar.

La uva
Hablar de la uva es casi imposible sin caer en la copa de vino. Hablar del vino es hablar de Dionisos o de Cristo, de carnavales o de pactos, de confesiones o declaraciones. Cuando solo queríamos hablar de la uva, de esa que encontramos en las fruterías, aunque no podemos olvidar sin más su marcado acento histórico, fermentado en cultura, añejado en primeras historias, mitos.
La uva pertenece, pues, tanto al mundo sensorial como al de las letras, apareciendo desde temprano en las escrituras. Internet ofrece inmediatamente «48 versículos sobre la uva». Pero lo que hay en el mundo, sobre todo, es el racimo de uvas, de varias, de muchas uvas. Del plural las uvas no se quitan. La abundancia del racimo, incluso, pareciera corroborar la felicidad de los frutos individuales.
El poder de la apelación singular de la uva, la vid, es en todo caso enorme y nunca logra encubrir, ni lo pretende, ese fondo añorado en que se actualiza como milagro: la transmutación de la vid en vino. Ese acontecimiento, borroso desde el punto de vista de la historia, tanto en su aspecto material (¿cuáles fueron los primeros vinos en producirse? ¿dónde? ¿hace cuántos milenios?) como espiritual (aparte del vino en el altar, la afición humana por la embriaguez, el trance, la fiesta, la intensificación de la realidad hasta tornarla borrascosa). Dionisos, no lo olvidemos, fue el dios del vino, o transformado en Baco, presidía la bacanal: celebración, danza, borrachera.
¿Es el vino una metonimia empírica de la vid? Pero mejor no circular por retóricas tan arriesgadas y atengámonos a la uva, pura y dura, dura cuando está todavía verde pero que ya se va ablandando, amarillando si es la cepa blanca y que al ir madurando brilla al sol, trazando la curvatura exacta, la misma que desarrolla una gota antes de caer y tangente con la línea de felicidad, la felicidad de los campos y las manos que la cosechan, las bocas que la reciben, uvas llenas, gozadas durante la estación henchida.
Y si bien no es de la aventura en un viñedo de lo que hablamos aquí –apenas de la uva– no por ello olvidaremos un parral, bajo el cual imaginamos a algunos sentados, viendo caer la tarde.
No acaba de sorprender, finalmente, que la uva sea la fruta la elegida para participar en la dignidad de un pacto teológico, aunque ello subraye, por otra parte, el carácter marcadamente celestial del que ella misma –como nosotros– proviene. Al madurar al sol, la uva, o el racimo, las hermosas hojas, dentadas e imitando estrellas, muestran esa materialización clorofílica de la luz solar, y que luego es devuelta al espíritu en forma –ya también– de vino. Es que ninguna otra fruta, hay que reconocerlo, tiene relaciones tan estrechas con la luz. Que la luz acabe materializándose o transformándose en vino es un extraño enigma.
Pero quedémonos más aquí:
Uva blanca, uva negra. Pasas. Botellas. Altares. Fuentes, copas. Palabras: ¡salud!

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