/ Martín Zelaya /
Ya no llores más negrita,
la Pagador ha vuelto a la Central…
Han pasado 35 años desde el primer carnaval.
Quinceañeros inquietos en las graderías, aún en la Pagador. Nuestros primeros escarceos con las cervezas; la inexperiencia y novatez velozmente superadas.
El deslumbramiento vino de la mano de la magia misma del espectáculo, claro está; pero fueron de inestimable valor algunas pequeñas pistas y conocimientos previos: la por entonces muy en boga tarqueada (“en esta comparsa, todos los jóvenes, con sus serpentinas…”) y una referencia fundamental: “el Rolo Barrientos es la máxima autoridad en la morenada… fíjate cuando pase la Cocani”.
A la morenada de mis amores,
a la morenada de mis abuelos…
Dicho y hecho, y para siempre. Fueron décadas de esperar a la Cocani –lo mejor entre lo mejor del mejor de los carnavales–; al principio en las mañanas, luego en las madrugadas, y divisar, antes que nada, entre el mar de ponchos de vicuña que rodeaban a los morenos, al Rolo con su insuperable energía y pasión. Siempre en torno a la Pagador (mientras estuvo).
Su rostro, en esos momentos de éxtasis, resumía y trascendía –todavía no entiendo cómo– el quid de la morenada, de los cocanis. No solo la historia y el conocimiento, sobre todo el sentimiento.
Y luego los pasos cabales, el canto y la arenga irresistibles.
El Rolo Barrientos tenía la receta imprescindible –él constituía el secreto en sí mismo– para terminar de conjugar el paroxismo del carnaval de Oruro.
Y esa fórmula nos queda, para siempre.
A la morenada de mis amores,
a la morenada de mis ancestros…


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