Un hombre baila su última morenada y pronto morirá

/ Marcela Araúz /

Admiré a Rolando Barrientos durante 25 años, aunque bailé solo cinco en la Morenada Cocani. Él era uno de sus fundadores, pero mucho más: fue un ícono de la morenada de Oruro.

Aún tengo la mirada fija en los pies de Rolando: los imagino contorsionándose, avanzan con delicadeza. Aunque hoy esos pies ya no bailan, ya no se mueven. Ya no hay en el mundo nada más quieto que los pies de Rolando Barrientos.

Sus manos señoriales tomadas a la cintura estaban revestidas de guante blanco y el mentón hacia arriba. Era un dandy que se abría paso a ritmo de trombones. “¡Rolo! ¡Rolo!”, grita la multitud. Una multitud pequeña, sí; pero en la que todos saben de ese hombre aguileño, en la que todos quieren ser como él. Quieren bailar como él… como quien reza.

Con los platillos de la banda resonando detrás de él y su línea de “achachis”, morenos entregados al ritmo, “Rolo del Ande” se abría paso como si no hubiera nadie más en la fraternidad. Como si no hubiera nadie más en el mundo.

No fui la más cercana –ni mucho menos– a Rolando, pero desde que lo conocí supe algo rotundo e innegable: era él de donde emergía el resplandor. Luego, en la fiesta de la fraternidad, estaba en la cabecera de la mesa y todos le escuchábamos con el mismo fervor.

“Rolo del Ande” fue, además, un tipo sabio: cervezas más, cervezas menos, hablaba de ese país en perpetua construcción que es Bolivia. Y “la Cocanis…”, la “Cocanis” era su patria.

Hay que saber que la Cocanis no es cosa fácil: tiene la soberbia de quien sabe que baila como ninguna, con garbo en las venas; indisciplinada a veces, la libertad revierte osadías. Cada sentir es una convicción.

Ahí lo recuerdo a él y a su bloque de morenos y pienso en Emma Goldman: “si no me dejas bailar, no quiero tu revolución”. Yo soy cocani. En esta vida no soy nada más, pero por fortuna, no soy nada menos.

La última vez que hablé con Rolo fue hace cuatro años. Le agradecí su forma de bailar. “Te pareces tanto a dios, a un dios”, le dije. Este año, en febrero, de lejos, le extendí mi mano con euforia, con amor, con la “Aromeñita” sonando.

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