Trágico, no, mágico

/ Sergio Gareca /

Querido Rolo,
no sabes desde dónde te estoy escribiendo. Lejos de Oruro. Por… por algo una de las interpretaciones de su significado es «la luz de la luz».

Lejos estoy de esas luces maravillosas donde también hemos buscado caos y oscuridad.

Raro es esto de escribir para los muertos.

Recientemente la respetable señora de negro ha mirado el reloj y ha dicho que ya es la hora. Penosamente tu hora.

Yo estuve contento de que esa hora llegara. Contigo, acompañado de tus hijos, con otra claridad sobre la vida. Sin la gente falsa que a veces nos rodea. Si uno lo ve con optimismo, fue lo mejor: tener el amor de tu familia. No ha sido algo trágico, sino mágico.

Como es nuestra costumbre, llegar a tener sensatez porque hicimos muchas travesuras. Y los últimos trece años fui tu escudero de los carnavales y otras correrías.

Pero antes vos ya eras un travieso. Y quiero empezar por contar esa anécdota que vos me decías de tu juventud:

Un buen día, con un amigo en común a quien no quiero nombrar para no conjurar sin motivo, estaban contigo en ese tránsito de noche al día, con la locura en las venas, y decidieron saber qué se siente estar muerto. Entonces se metieron al cementerio y, uno al lado del otro, entraron en dos nichos vacíos a conversar, como si fueran dos personajes del boom latinoamericano.

Ya aburridos de esa circunstancia, se salieron de las tumbas y, contentos de tener vida, compraron flores en la puerta del cementerio. Todas las flores que podrían comprar con casi todo su dinero. Sobrando para contratar un taxi e ir regalando flores por todo Oruro. Para terminar en el bar: «Aquí me quedo», saludando a doña Luz. Regalando las últimas flores a los parroquianos.

A veces uno escribe su destino sin querer.

En mi cabeza y en mi corazón, ese es tu funeral: una cosa al revés. Porque siempre nos han gustado hacer las cosas diferentes y a contra ruta. Saliste de tu tumba para regalar flores al mundo. Para bailar con nosotros ese MP3 que tenía mil morenadas y que no escuchamos una sola vez de corrido, sino varios días.

Has salido de la muerte más antes para contar historias de Napoleón, de Wagner, atender la Galería Imagen, y hablarme siempre de George Serrano, de Said Masud, de Coco Zavala, de cómo Luis Espinal fue a cenar una vez a tu casa.

Ahorita yo te conozco tal vez mejor que muchos, porque fui el último en recogerte de la puerta del Socavón, cruzar la calle 13 e irnos por la serpiente dorada del carnaval.

Y como te conozco, yo sé que ahorita ya te has vuelto a salir. Habrás descansado un ratito no más. Y bien rasurado y peinado, con tu poncho de vicuña y tu sombrero, tus lentes oscuros y guantes blancos, ya has tomado una nave hacia el más allá. A ser el primer animador y adelantado de la banda intergalactica Poopó en el hiperespacio, donde está la Nueva Home. El nuevo hogar.

Allá lejos nos encontraremos, querido amigo, en otro planeta que será otro barrio de Oruro.

Y las huestes de Adolfo Mier, dirigidas por don Carlos Condarco, Benjamín Chávez, y los acólitos Alma Tunante, Jimmy López, Franz Ramos, y todos aquellos que te quisimos, vamos a saludarte en tu paso triunfal por la plaza central del otro mundo, total este mundo ya lo conquistamos tantas veces.

Deja un comentario