Ribera-alta una mirada desde las entrañas

/ Lupe Cajías /

María del Carmen Castedo de Valle (Riberalta, 1953) decidió hace muchos años cumplir con un anhelo juvenil, quizá nacido en su inconsciente desde que abandonó la tierra natal para ir a estudiar al páramo.  El destino no le permitió volver a habitar en la selva amazónica nunca más.  En cambio, se esforzó por cumplir la promesa de contar a los demás cómo era su patria chica, quienes la habitaron y poblaron, cómo creció, por qué fue como un inmenso espejismo y por qué hasta ahora es parte de la mítica Tierra sin Mal.

Carmen, de profesión abogada, de oficio costurera y de vocación escritora- mejor dicho, contadora de historias-, no quiere relatar una historia épica de héroes, guerras y decretos, sino la vivencia profunda de un pueblo ya centenario enclavado en el cruce de dos ríos en plena floresta misteriosa.

Riberalta, como otras poblaciones cercanas a la influencia del Amazonas, mantiene una imagen de paraíso, de infierno verde y de glorias efímeras. Pocos habitantes de las tierras altas bolivianas conocen o siquiera imaginan cómo son realmente las pampas benianas y cómo desde las últimas estribaciones de la Cordillera de los Andes se va enmarañando el paisaje con árboles, luces, sombras, ríos inmensos y el interminable sonido de millones de animales, desde los petos a las cigarras, desde los monos a los jaguares y los cientos de aves surcando los cielos.

Para el forastero, la entrada a la selva fue siempre una mitología, desde la búsqueda fantástica de El Dorado, el Gran Paitití, hasta el descubrimiento de un río tan ancho como el mar y tan feroz como el desierto. No por nada, Francisco de Orellana lo bautizó como Amazonas, en lejano recuerdo a esas mujeres guerreras que se cercenaban un pecho para disparar sus saetas.

Orellana había partido con pocos hombres y recursos en busca de la canela, especie igualmente rodeada de epopeyas y fábulas. Igual que siglos más tarde, José Manuel Pando, Jaime Mendoza, Lucio Perez Velasco irían detrás de la quina, o Nicolás Suárez y Antonio Vaca Diez detrás del caucho, no solo por su significado económico sino por su faz de quimera. Desde ahí se escribieron decenas de biografías que parecen imposibles y hasta ahí llegaron prusianos y franceses, italianos y suizos, sirios y cariocas en busca de sus tesoros escondidos, soñando ser protagonistas de gestas heroicas.

La selva amazónica, desde que fue parte de la cultura occidental, ha sido motivo de novelas y cuentos del realismo mágico; el mar verde que se traga a los hombres, como la vorágine de José Eustaquio Rivera o los ríos y afluentes mitológicos.

Sus habitantes presentaron incógnitas irresolubles a los arcabuceros del siglo XVI o a los exploradores del Siglo XIX y a todos los viajeros. Hubo momentos de compasión en las misiones jesuitas o franciscanas, pero se impuso el abuso secular y una explotación inmisericorde hasta bien entrado este nuevo siglo XXI.

Riberalta fue descubierta, explorada y fundada oficialmente en el auge de la explotación y exportación de la goma elástica. No fue importante durante la colonia española, sino desde fines del Siglo XIX. Situada en la esquina noroeste de la República de Bolivia, en el departamento del Beni, la localidad ocupó la atención de gobernantes y comerciantes con la quina y sobre todo con los árboles de caucho y más tarde con la almendra.

Existen testimonios de viajeros, de enviados por el gobierno central, de exploradores bolivianos y extranjeros y más tarde de historiadores y de escritores. Claure Castedo se nutre de esos aportes, pero los examina a la luz de quien vivió su niñez y adolescencia en la ciudad y la ama, la conoce y la puede diseccionar.

A lo largo de los diferentes capítulos de su obra, cuenta -sin afanes eruditos, sino con profunda nostalgia y amor por su terruño- los asuntos de su historia, sus diferentes personajes, las referencias de negocios y lugares de ocio, las costumbres y tradiciones, los momentos de apogeo económico, los éxodos, las sucesivas etapas de migración interna y externa, las familias más famosas, las fiestas, las creencias.

El texto se lee fácilmente por la prosa sencilla y pulcra de la autora y por el formato que tiene, de pequeños acápites, con mucha información y a la vez con un estilo ameno.

Será para los benianos, sobre todo para la provincia Vaca Diez, una alegría y un honor contar con este libro para que las nuevas generaciones sepan y no olviden a sus ancestros y reiteren el amor a la cuna que los meció al nacer.

LUPE CAJÍAS, bisnieta del beniano Antonio Rodríguez Bravo y del alemán Otto Kaufmann que llegó a las zonas caucheras a inicios del siglo XX.

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