/ Oscar Córdova Sánchez /
Durante las primeras décadas del siglo XX, La Paz tuvo un auge editorial caracterizado por la promoción, difusión y venta masiva de obras nacionales e internacionales. Sin embargo, el mercado editorial era dominado, en su mayoría, por comerciantes españoles, franceses e italianos, quienes, viendo las grandes ventajas económicas que obtenían a partir de la venta de libros importados, fundaron varias sucursales en diferentes ciudades del país. A partir de este dominio extranjero, la insurgencia del comerciante boliviano se hizo notar con la expansión de la industria editorial. En este contexto se destacó José L. Calderón, quien no solo fundaría su propia editorial, sino que sería portavoz de las clases obreras.
Nieto de Pedro José Calderón de la Barca, nació en 1861. Proveniente de una familia de escasos recursos, destacó por su inteligencia en el Colegio Seminario, decidiendo, una vez finalizado su bachillerato, inclinarse al estudio eclesiástico, donde tendría lecciones académicas en la Facultad de Teología. Pero su insatisfacción con la enseñanza por parte del clero le hizo declinar sus estudios que había realizado durante su primer año. Posteriormente, decide ingresar a la Facultad de Derecho, donde aprendería varias nociones sobre las leyes sociales en favor del obrero. Paralelamente, para mantener su subsistencia, trabajó como tipógrafo donde, según sus propios descendientes, “ensambló su espíritu con el de la gente del trabajo”.
Particularmente, los tipógrafos eran los primeros en tener contacto con el panorama intelectual del momento, debido a que estaban detrás de toda publicación que se hacía mediante folletos, ensayos, revistas y prensa, esta última en conexión íntima con las informaciones más importantes del día, redactada por destacados colaboradores que eran políticos, diplomáticos, novelistas, poetas, médicos, sociólogos, catedráticos y periodistas. Calderón pudo tomar relación con las nuevas ideas venidas a menos al iniciar el nuevo siglo y fue adhiriéndose al Partido Liberal, el cual llegó al poder después de la Revolución Federal. Fue en ese momento la era de la modernización, basada en imponer ideas foráneas para el crecimiento y desarrollo del país, colocando el progreso como bandera de ejemplo civilizatorio. Al ser la sede de gobierno el núcleo de ideas nuevas, inmediatamente las obras importadas serían de mucha demanda en los universitarios, profesores y políticos, declarando guerra abierta contra todo sector conservador, reaccionario y eclesiástico.

De esta manera, el sector gremial se alimentaba de los discursos y debates del momento, iniciándose la autoformación en el individuo que sabía leer y escribir. Además, las leyes eran más amplias en cuanto a su funcionalidad “teórica”, calmando las ambiciones políticas de varios trabajadores. Calderón tendría ese precepto de dar amplio alcance con obras bolivianas para educar al obrero y, poco a poco, comienza a formarse en el trabajo editorial. Dejando sus estudios de leyes, se dedica a la tipografía y funda, primeramente, Talleres Gráficos La Prensa, casa editora ubicada en primera instancia en la calle Junín. Su primer trabajo que le encargaron fue la Memoria del Ministro de Relaciones Exteriores y Culto, Dr. Claudio Pinilla al Congreso Ordinario de 1906, texto gubernamental para presentar todos los proyectos realizados durante esa gestión. Además, para celebrar el centenario del 16 de julio, edita el folleto 16 de julio de 1809 (1909) de Leonardo Guzmán, composición poética en homenaje a los héroes de aquella fecha. De esta manera, su simpatía por el partido de turno, liberal y paceño se acentúa al requerir sus servicios, como también su colaboración, ya como editor, de los periódicos El Telégrafo y El Liberal.
Una vez instalada su sucursal, decide inclinarse hacia la política, tan arraigada a mantener en el poder a los suyos; él procuraba tener un puesto para poner en demanda las medidas sociales que se darían con el movimiento gremial paceño. Es así como en 1910 logra ser diputado el “tipógrafo liberal” Calderón en reemplazo del abogado Bautista Saavedra, medida astuta que Montes determinó para calmar las ansiedades del obrero que pedía acciones benéficas para su colectivo. Para ese momento de su investidura, era fundador de la Federación Obrera y la Unión Gráfica Nacional, siendo apoyado por varios sectores obreros que veían en él al portavoz de sus ideales y quejas. En ese preciso momento, para dar conocimiento de sus dotes de investigador, publica una serie de documentos históricos transcritos en El Comercio de Bolivia sobre la actuación delatora de Pedro José Calderón de la Barca ocurridos meses antes de la gesta libertaria del 16 de julio de 1809. Desmenuza todos los textos escritos hasta ese momento sobre los hechos y disiente de los comentarios de Luis Crespo, Rigoberto Paredes y Rosendo Gutiérrez, quienes recubren con poca información la verdadera actuación del antecesor de Calderón. Con los documentos transcritos y con una dedicatoria a los representantes cochabambinos, publica en su editorial Apuntes para la Historia – Héroes desconocidos, describiendo algunos detalles añadidos a la cuestión mencionada líneas arriba.
Mientras se consolidaba su posición en el parlamento, las casas editoriales se multiplicarían con la publicación de obras de autores bolivianos, siendo las editoriales Arnó y González y Medina, ambas manejadas por comerciantes españoles y equipadas con su stock de libros franceses y alemanes importados, las que acaparaban gran parte de la clientela a nivel nacional, reduciendo a sus colegas a realizar labores netamente de venta de libros o de editar algún panfleto o folleto de bajo costo y de pocos ejemplares. En cambio, estas editoriales agarraban grandes contratos con intelectuales nacionales para sacar miles de ejemplares, siendo la marca exclusiva para que estos ya no dependan de editoriales extranjeras que publicaban sus obras con erratas y omisiones. Pero que, irónicamente, seguían cumpliendo con esa misma función las editoras españolas dentro del país. Debido al crecimiento de la industria editorial, Calderón cambia el nombre de su empresa a Casa Editora Talleres Gráficos La Prensa con su nueva dirección en la calle Bolívar, a tan solo unos metros del Palacio de Gobierno. Ubicación estratégica que posicionaría a esta editora boliviana entre las principales, compitiendo con sus colegas y ampliando el mercado del libro a diferentes lectores.
Calderón, si bien se destacaba como un profundo reivindicador del movimiento obrero, procuraba siempre mantener su postura liberal sin detenerse en cuestiones de ideologías socialistas o comunistas. Denominándose como “liberal doctrinario” que peleaba por una legislación obrera, incluyó facilidades laborales en el rubro comercial del artesanado e impulsó proyectos de ley que dignifican al empleado del abuso del jefe. Así, poco a poco, tendría más seguidores que con el tiempo serían conocidos en la historia del movimiento obrero boliviano, como también su capacidad para captar obras inéditas y publicarlas en su editorial. Es así como buscaría grandes firmas para difundir sus trabajos en los siguientes años.

Poco a poco, la editorial se extendería en el radio urbano paceño para convertirse en un instrumento cultural de publicación de obras bolivianas, motivando la publicación de obras inéditas que fueran a incrementar el campo intelectual de la investigación de nuestro pasado, así como el análisis del presente mediante ensayos sociológicos y homenajes a personajes gloriosos del pasado a través de las biografías; bajo esta modalidad tendría su bautizo en el campo de la historia con la publicación de las obras del presbítero Nicanor Aranzaes (1849-1927), destacado historiador, lingüista y periodista de filiación liberal que tuvo en resguardo un trabajo inédito sobre las genealogías de los antiguos vecinos de la ciudad de La Paz, acumulando varias biografías desde la época del incario hasta finales del siglo XIX, consultando actas de bautismo, matrimoniales, manuscritos parroquiales y entrevistas a varios historiadores de su época. Labor que duró 25 años hasta su publicación en 1915 bajo el título Diccionario Histórico del Departamento de La Paz, obra de más de 700 páginas donde se pueden leer, en orden alfabético, aquellos ciudadanos de antaño que vivieron en aquella ciudad. Labor ardua para ejecutar el proyecto de edición y compaginación que en esa época podría llevar a la quiebra a cualquier casa editora que se disponga a financiar semejante trabajo monumental que, sin embargo, Calderón puso empeño para realizar esta gestión, consiguiendo que varios clientes, en especial la juventud paceña, adquieran la obra. Posteriormente, se decide, además del éxito que había tenido la obra de Aranzaes, publicar otro segundo trabajo histórico del mismo autor; esta vez se enfocaría en un recuento, desde la fundación de la República hasta 1903, de alzamientos armados, motines militares, revoluciones, golpes de Estado y conspiraciones que alcanzan al total de 170 entre cuartelazos y sangrientos combates internos. Es así como bajo el título sugestivo Las Revoluciones de Bolivia (1918) se difunde en el medio cultural boliviano, siendo, hasta el día de hoy, fuente de consulta para historiadores. Con el paso del tiempo, Calderón acoge a otros escritores como Belisario Diaz-Romero, que publica su famosa obra Ecclesia versus Scientia (1921), ensayo histórico que explica los puntos a favor del evolucionismo en contra de la doctrina teológica y la teoría del creacionismo, polémica que fue abiertamente pública contra los ataques de Fray Pedro Marabini.
A pesar de estar al tanto del mercado cultural del libro y su difusión, Calderón anunciaba permanentemente sus obras que nunca llegaron al público: Historia de la administración del General Andrés de Santa Cruz, Ligeras conferencias sobre economía política y La psicología de las multitudes en Bolivia, esta última de fuerte influencia leboniana que explicaría los males producidos por la manipulación de las masas ante los caudillos que rotaban para encasillarse en el poder cada cierto tiempo. Si hay algo que destacar en Calderón, es la función de gestor cultural por promover a precios módicos la venta de sus obras para que sean accesibles al público universitario y obrero, quienes adolecían de un ingreso ecuánime para obtener libros que realmente construyan un pensamiento crítico

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