El Rolo del Ande y la banda Poopó

/ Edwin Guzmán Ortiz /

“¿Surgió de bajo la tierra?

¿Se desprendió del cielo?

(Oliverio Girondo)

En medio de vibrantes morenadas y la colorada constelación de los músicos de la Poopó emerge la relampagueante energía de Rolando Barrientos. Ni músico de la banda ni danzarín de disfraz, una mezcla de todo eso y es más, una aparición color de vicuña con ademanes de mallku, algo así como una exhalación bajada del cielo subida de la tierra.

Pulcro afinador del espíritu. Ritma Rolo pasos y compases embistiendo el aire enserpentinado de la tarde. Canta y encanta el cuerpo generoso de la fiesta. Parece que tocara algún bombo secreto, que pulsara una batuta invisible; con la poderosa polifonía de la banda urde el contrapunto preciso en el que giran los penachos azules y amarillos de la morenada.

Nadie como él comulga con el fluido cálido de los metales. Sus manos reparten las notas, su danza marca el ritmo inmemorial de las matracas. Poeta del gozo, amanuense del “Sirinu”, enardecido artesano del brío, su paso pesa e inscribe la pasión de la desmesura. 

Confidente de don Sinforiano Gonzáles y don Marcelino Flores. Itinerante, con la banda Poopó recorre el altiplano y el valle. De cada músico guarda un secreto, de cada instrumento una memoria de viento. 

El Rolo del Ande expande su alborozo a la Central. Consagra el fervor de los morenos con la banda, enciende la algarabía del público, abraza la devoción a la Virgen con el hedonismo andino. Su fe trama filosofías de poncho y sombrero, aquelarres de trompeta y platillo. La exultante tarde de carnaval lo conoce por su modo de vivir junto a la fiesta, por su modo de morir junto a la fiesta.


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