/ Jorge Luna Ortuño /
Evocación de un encuentro afortunado con el imprescindible escritor chaqueño (1941), que partió del mundo de los vivos el 27 de abril del 2013; desde ahí conversa más aún ahora con diversas literaturas y talantes.
Me reanima el recuerdo de una frase que solía decir Jesús: “el pasado será siempre imprevisible”. En ese pasado aparentan estar los encuentros y conversaciones con este escritor entrañable, al que conocí recién el año 2009, casi cuatro años después de que publicara su última novela Un hazmerreir en aprietos, OFFAVIM, La Paz-Bolivia, 2005.
Pero para llegar a sentarme con él en la mesa de su estudio, tuve antes que caminar mucho trayecto, con alguna sensación de ir a la deriva; cambié de carrera de estudios, de ingeniería civil en Oruro a vivir en La Paz para estudiar Filosofía en la UMSA. No sabía que me aguardaba el encuentro en esta ciudad con un antecesor, al que descubrí leyendo Tirinea, no cualquier versión, sino la más linda de todas, impresa por OFFAVIM en 1996. Esta ciudad que es mi tierra natal, le había revelado ya luminosos secretos a Jesús Urzagasti, que llegó desde el Chaco en la década de los 60´s, para estudiar ingeniería geológica, carrera que abandonó más temprano que tarde. Fue en La Paz que Jesús tuvo la sensación de que había un centro oculto de su país.
El primer intento de una fuerza centrífuga fue irme a la Argentina; sin embargo, después respondí a un centro, en este caso al centro secreto de mi país. Este centro secreto lo tenemos todos los seres humanos incorporado a nuestro organismo y toda mi vida lo único que hice o lo fundamental fue buscar ese centro secreto. Vaya a saber si lo hallé, pero yo he intuido ese centro secreto que a muchos les causa desasosiego y es motivo de extravío para muchas gentes de Bolivia. Pueden ser muy inteligentes, pueden ser muy avispados, pueden ser muy desafortunados, pero este centro no rinde sus misterios sino al que va con otro talante, con la suficiente humildad para reconocer la grandeza de una tierra como la boliviana. (Urzagasti, 2003)[1].
Son líneas que todavía dejan desconcertados a muchos lectores. Lo que podría afirmar es que Jesús también descubrió la cualidad de La Paz de ciudad antena, comunicada con otras ciudades cosmopolitas del mundo, y al mismo tiempo emparentada con la densidad de los mundos subterráneos del universo. El modo de Jesús de caminar el mundo hizo que la escritura no fuera nunca una cuestión simplemente de literatura, sino que se expandiera en un plano de inmanencia, literatura-vida, donde el interés de escribir venía dado por “buscar la gran comunicación de los elementos terrestres” (Urzagasti,2003). Y acotaba nuestro escritor: “no he pensado mucho en el paraíso y de algún modo creo que es posible obtener esa visión fulgurante estando con los pies en la tierra”.[2]
Como muchos lectores apasionados, llevo una universidad portátil conmigo, lo cual es diferente de llevar a cuestas una biblioteca, porque esto último es más una cuestión de eruditos. En mi universidad portátil tengo varios maestros, donde existe un silabus o programa de estudios para cada quien, ahí novelas como Tirinea, En el país del silencio, Los tejedores de la noche y De la ventana al parque son imprescindibles, cofres de un conocimiento más cristalino de la vida, donde se palpa una rústica sabiduría sin otra pretensión que testimoniar una gratitud y admiración vitalista.

En el recuerdo de mis conversaciones con Jesús –entre los años 2009 a 2012– lo escucho hablando con naturalidad de temas que ya había mencionado en sus novelas, solo que aún no las había leído. Con el tiempo, descubro en esos libros algunos pasadizos de recuerdos que me llevan a aquellas conversaciones, las cuales no pude grabar ni tomar apuntes en el acto, solo después cuando llegaba a mi casa. Era parte de una dinámica que se instaló desde el primer encuentro, pues Jesús me había dejado claro que en ese momento prefería alejarse de las conversaciones con trámite de entrevista periodística. Contaré brevemente cómo fue.
Un viaje iluminador
Estuve cinco años habitando un pequeño departamento en anticrético en Sopocachi, sin saber que éramos casi del mismo vecindario con Jesús Urzagasti. Mi ignorancia, demasiado ocupada leyendo filosofía francesa y literatos norteamericanos, llegaba al tamaño de que ni siquiera sabía que existía un escritor de tamaña envergadura en nuestro país. Tampoco había leído a Sáenz ni a Cerruto, solo a Arturo Borda y algo de Viscarra. En favor mío, recuerdo esta frase que Jesús mencionaba: “yo cuido mi ignorancia como oro”; se refería al respeto por los tiempos, cada uno conoce lo que le corresponde según su trayecto; cualquier artimaña para alterar esos tiempos resulta engañosa, a veces hasta peligrosa.
Se dio todo de tal manera que fue un viaje que hice a Santa Cruz lo que movilizó los cables del universo para que nos conociéramos después en La Paz. Allí un literato tarijeño al que los amigos le dicen C´ala Mayor, me obsequió el libro Historia y antología de la literatura boliviana, que el autor Edgar Ávila Echazú le había dedicado en 1991; también me recomendó “deberías hablar con Jesús Urzagasti, vive en La Paz”. Corrían los últimos días del invierno del 2009, yo había ido a ver a una mujer que luego sería la madre de mi primogénito. Recuerdo que al contarle del encuentro que tuve con el poeta, ella habló con su padre –un poeta orureño en pausa– para pedirle que me obsequiara uno de los ejemplares de Tirinea que conservaba en su frondosa biblioteca.
Resultó que sus padres habían sido amigos de Jesús y de Sulma. Conversamos del tema en un almuerzo en su casa, estaban al tanto de que iba despegando como periodista cultural en la revista Pulso, así que me daban ideas. Después del postre, Eduardo fue generoso, tomó el teléfono fijo y marcó hasta la casa de Jesús en La Paz –eran otros tiempos, no había WhatsApp ni era frecuente el celular entre las personas mayores. Después de saludarlo le habló de mí, diciéndole “es un joven amigo, le voy a dar tu número y te llamará cuando vuelva a La Paz, vean si puede visitarte”. Después sería el mismo Jesús quien me contaría que Eduardo, junto a su esposa, son nombrados en un capítulo de otra de sus novelas, Un verano con Marina San Gabriel, con el nombre de Nervol Kunsted.

De vuelta a La Paz
La primera llamada para concertar la cita se hizo esperar. Primero quise leer Tirinea para enfocar un poco la conversación, pero me desbordó desde las primeras páginas hacia un puro deleite. Después de dos semanas, habiendo tomado la cantidad de vasos de agua que correspondían, lo llamé en una tarde aparentemente corriente. Disqué al número fijo desde una cabina de ENTEL en Sopocachi. Contestó Sulma con su voz afable y pausada. Por alguna razón equivocada decidí presentarme como periodista de la revista Pulso, preguntando si podría coordinar con el escritor para verlo y entrevistarlo. Sulma fue a consultar, pero volvió con la negativa, disculpándose de que en ese momento prefería no dar entrevistas, dejándolo para futuro.
No supe replicar a tiempo, hablándole de Eduardo. Apenas colgué el auricular la sensación de inconformidad me recorrió la espina. Luego me recriminé por opa. Volví a llamar, Sulma contestó nuevamente. Pidiendo una disculpa por la insistencia, me expliqué mejor. Supongo que antes no había querido usar la recomendación de un conocido para ser recibido y opté por el perfil de periodista, es que no había entendido aún el peso específico de la recomendación de un amigo. De modo que puse al tanto a Sulma de la llamada de su buen amigo Eduardo, diciéndole que podíamos prescindir de la entrevista, y habiendo leído Tirinea, me encantaría conocer en persona al autor. Sulma comprensiva me dijo que la esperara de nuevo. Tenía la expectativa de que volviera con una aceptación. Pero fue mejor que eso.
Al poco rato Jesús tomó el auricular. Fue la primera vez que escuché su voz y la cadencia de sus palabras, envueltas en una respiración resuelta y profunda. No costaba entender que El Viejo y Fielkho, de Tirinea, habían convivido en el envoltorio llamado Jesús Urzagasti. Nuestro escritor fue amable, se mostró sencillo, algo me preguntó y luego quedamos la hora y el día, al final de esa semana, para que lo visitara en su casa; con sutileza me pidió que cuide de ser puntual. La sorpresa fue enterarme de que su morada se encontraba a solo tres cuadras de la mía, parecía algo más que una casualidad.
La voz en persona
Puntual en el día de la cita, me recibieron con una sonrisa en aquel peculiar departamento subterráneo. Recuerdo la puerta roja metálica y el otro portón que dividía la calle de una habitación cálida con muchos libros y objetos de todo tipo. Cruzando la mesa del comedor, se encontraba el estudio, donde Jesús escribía y descubría maravillas de la computadora y del internet, con la guía de su hijo Pibi. Después de los mates, descorchamos el vino tinto que había traído y dejamos que la conversación fluyera su curso. Me dijo en algún momento, “la conversación se acaba cuando se acaba, no te preocupes del reloj”. Me comentó también del profundo aprecio que lo unía a los periodistas, pues él mismo pertenecido al gremio durante veintiséis años –como supe después, legendario editor de Presencia literaria. Pero también observó que, a esa hora del partido, no era de su mayor agrado el tipo de conversación que instauraba el formato entrevista, además de alguna mala experiencia que había tenido con un periodista que lo visitó y luego recortó la nota y eligió un titular citándolo, pero de manera que dejaba cosas al aire y no contextualizaba cómo se había ido dando la conversación. Y aquello de grabar lo que se dice, “eso es para desconfiados”. Fuera grabadoras. “Es para los mañudos” –acotó. Me dijo también que una conversación puede alcanzar su temperatura ideal cuando se olvida el impulso de registrar, y de estar concentrado en hacer la siguiente pregunta. Entiendo que en una entrevista periodística muchas veces se tiende a interrogar y convertir en fuente de información, y sujeto de la enunciación, a la persona que está en frente. “Yo soy más viejo y más mañudo que vos –aseveró Jesús con una ligera sonrisa–: si tú vienes por un lado con una pregunta, yo ya me fui por el otro”. Los tres soltamos una risa, nos acompañaba Sulma en la mesa, fue como algo que se comprende más allá de las palabras.

Recuerdo la consideración que Jesús tuvo en sus primeras palabras al sentarnos, queriendo quizá abrir la posibilidad de una amistad auténtica. Habló de Eduardo, alías Nervol Kunsted, recordando que era un buen amigo suyo al que no veía hace mucho tiempo, pero me pidió que no pensara que me había recibido solo por su recomendación. “Te recibo a vos”, pareció decirme. Valoró el hecho de que no me hubiera rendido después de la primera llamada, entendiendo un genuino deseo de jugársela en ese gesto. Fue una especie de señal que Jesús tomó como sincero interés. Hablando de cómo se conoce a las personas, él mismo comentó que nunca se había inclinado por hacerse amigo de los escritores famosos, sino que respetaba la geografía de las amistades, cuando sucede que se encuentran sus líneas de vida o pueden juntarse. Pero forzar algo por ansia de reconocimiento o pretensiones oportunistas no pertenecía a su mundo. Me contó de cierta ocasión hace muchos años en que, estando en Argentina en un encuentro de escritores, avisaron de que Julio Cortázar iba a pasar por ahí, pero sería rápido y que deberían hacer algún sacrificio para que los metieran en la sala donde podría firmarles uno de sus libros. “A mí nunca me ha interesado olerle el culo a nadie y tampoco le he pedido a nadie que huela el mío” –sentenció Jesús, al contar que se retiró de aquella dinámica al tiro, y no se apena de no haber llegado a conocer a Cortázar tampoco después, lo cual no quita que haya disfrutado leyéndolo.
Al despedirnos, ya sintiendo una complicidad fraterna, Jesús me volvió a manifestar que se alegraba de que yo insistiera en conocerlo, citó algo referido a los misterios que llevan a una amistad. Me llevé también el grato recuerdo de ver una familia pintoresca, con sus tres hijos, dos varones en edad de adolescencia y una niña todavía, que nos acompañaron en la cena. Subí las gradas y al dar la vuelta para cerrar la reja, todavía ondeaban la mano “cuídate y hasta la próxima”.
Me encontré de nuevo con la noche imponente y estrellada de La Paz, vista desde lo alto de la empinada calle Fernando Guachalla, solo debía entrar por uno de sus pasajes para estar de nuevo en mi morada. Retorno inolvidable, como fueron todos los siguientes, que me hicieron sentir confirmado en mi elección vital por la escritura y la filosofía. Daba gusto respirar ese aire frío de la noche, acompañado de las sombras, con los pulmones más llenos. Fueron jornadas en que apareció en mí la consciencia de una universidad portátil. Al escribir estas líneas he sentido su compañía pulsando en mi memoria lo que el teclado del computador imprimió en el papel.

[1] Transcripción de unas charlas que Jesús Urzagasti dio el año 2003 en una Universidad de California, gracias a una beca otorgada por Latin American Studies Association. Estos fragmentos fueron publicados de manera inédita por Norma Klahn y Guillermo Delgado en “Jesús Urzagasti por él mismo (I): Los orígenes”, Revista Nueva Crónica y buen gobierno. Plural editores, abril 2013.
[2] Ibid.

Deja un comentario