Sombreros que levitan – Crónicas de un errante

/ Guillermo Ruiz Plaza /

Tres fragmentos del más reciente libro de Ruiz Plaza publicado en 2026

Los Marqueses: esplendor y caída

Sobrecogidos, los hermanos Márquez oían los clamores que subían desde la calle. Eran tres hermanos: Javier, el mayor, callado y discreto, pero tan explosivo como temible en las peleas; Freddy, el más llamativo, con su melena negra peinada hacia un lado, la barba sombreada, el bigote asiático y un parecido insoslayable con el Che Guevara de los últimos días; y Miriam, la menor, de 14 años, con unos ojazos tan dulces que, a primera vista, resultaba imposible adivinar que se trataba de la líder de Las Marquesas, ya conocidas por toda la juventud paceña como las chicas malas de la ciudad.

Javier y Freddy se hicieron con dos pistolas calibre 22 y respondieron a los disparos que provenían de la multitud. Llegó la Policía y lanzó gases lacrimógenos que caían en el patio delantero e invadían el interior de la casa. La familia Márquez tuvo que echarse al suelo en busca de oxígeno.

En medio de arcadas y vómitos, Freddy oyó que los instaban a abrir la puerta. Era un cura que pretendía hacer de intermediario. Le franquearon la entrada.

—He hecho un trato con los universitarios —les dijo—. Si ustedes se entregan, les garantizamos su seguridad. Solo tienen que ir a la UMSA para hacer una declaración.

Y, ante las dudas de los hermanos, remató:

—Piensen en la seguridad de las mujeres de la casa.

Apenas salieron a la calle tomada por la multitud, Javier y Freddy comprendieron que habían cometido un grave error. A la lluvia de insultos siguió una brusca granizada de golpes y, en todo el camino hacia la UMSA, donde más estudiantes los esperaban para “ajustar cuentas”, no cesaron un instante los escupitajos, los puñetazos, las patadas y los azotes con palos. Era un linchamiento en toda regla.

—No se desmayen —les dijo un dirigente cuando faltaban dos cuadras para llegar—, porque aquí los matan.

El Sena

Imposible acercarse al Sena sin que te invada la literatura que mana de sus aguas negras.

Es uno de los ríos más prestigiosos y denigrados del mundo.

Basta recordar los Juegos Olímpicos, cuando la triatleta belga Claire Michel fue hospitalizada tras nadar en él. Las bromas sobre la calidad de sus aguas son legión.

El Sena es el río de la multitud: del turista, del transeúnte, del desconocido. El lugar donde uno se vuelve anónimo.

Menos que anónimo: nada.

El Sena es el espejo de los locos, de lo impersonal y la ausencia. De algo que se perdió sin remedio.

París se alza, vanidosa, alrededor: pórticos dorados, cúpulas fastuosas, balcones de hierro oscuro, puentes iluminados cuyo reflejo se desdibuja en el agua. El Sena no te reconoce: te atraviesa y sigue fluyendo hacia su propio mito.

En realidad, el Sena no es un río: es tinta sobre los papeles delirantes de París.

Les volets bleus

El asiático nos condujo hasta nuestro cuarto. Era amplio y desnudo. Dos camas de madera, estrechas y monacales, cubiertas con cubrecamas de un blanco espectral, donde imaginé a Teodoro, el héroe de El mandarín, oscuro funcionario decimonónico alojado en una aburrida pensión de Lisboa, antes de sucumbir a la tentación, matar al mandarín en un acto de magia negra y casi enseguida volverse rico como dos reyes.

Sobre los veladores, lámparas de madera torneada y pantallas con forma de hongo rematadas en borlas de hilo. En las paredes color durazno colgaban copias enmarcadas de Renoir, Manet y Monet y otros impresionistas. No había televisor, detalle que llamó la atención de mi hijo. Hoy en día, es cierto, resulta inconcebible una habitación sin tele. Ese detalle, sin embargo, me cautivó.

Al lado del sofá a cuadros (el único mueble moderno), se levantaba un enorme armario de madera labrada de quién sabe qué año. No me atreví a abrirlo, como si temiera descubrir trajes de otra época que trajeran al ámbito el olor inquietante de un tatarabuelo desaparecido.

Este cuarto me recordó “Espantos de agosto”, el cuento de García Márquez que narra la noche de terror que pasó en un castillo renacentista en Arezzo. Como si me hubiera leído la mente, Gabriel mencionó la posibilidad de que hubiera fantasmas.

No llegué a responder: las ventanas estaban cerradas, pero la puerta del baño se abrió bruscamente. La Tramontana no solo aullaba afuera, sino también dentro de la casa, en el interior de las paredes y las tuberías, en las entrañas de piedra helada y antigua. Cerré la puerta del baño y la atranqué con mi bolso de viaje.

Hacia la madrugada mi sueño se hizo intranquilo. Inacabable, la Tramontana se paseaba a su antojo por la casona, acariciando los jarrones chinos, subiendo y bajando las escaleras con una risita mal disimulada, moviendo con travesura las agujas de los viejos relojes detenidos en algún instante olvidado, susurrando secretos en los tubos de los teléfonos antediluvianos, abriendo con gestos furtivos las puertas de las bibliotecas acristaladas, hojeando libros al azar, deteniéndose como quien no quiere la cosa en un párrafo escrito en chino que hablaba del viento de los locos en un país lejano.

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