(No) entender a Habermas

/ Patricia Cuarita /

La narradora orureña nos relata su encuentro con el destacado pensador en Berlín en 2006.

Después de la laudatio, el homenajeado subió al podio. Al verlo, me pareció que algo así como un sueño se cumplía. Sí, ese hombre enflaquecido que ese día había entrado en un traje oscuro coincidía con aquel que yo solía ver en las fotos. Una corbata de color vino rodeaba un cuello con mucha piel y colgaba en su pecho sin sobresaltos. Era el año 2006, él tenía 77 años; y yo, 30. El título que en esa ocasión recibía era uno más de los que -casi cada rato desde 1980- reconocían su aporte al pensamiento científico.

Afiné todos mis sentidos cuando sus manos abrieron la carpeta que contenía su discurso. Creí que mi expectativa había alcanzado su punto máximo porque iba a escuchar de viva voz al filósofo alemán cuyas teorías conocí en las fotocopias borrosas de mis años universitarios. Al principio creí que había algún problema en el micrófono. No lograba entender todo lo que decía. Me tomó unos minutos darme cuenta de que se trataba de su dicción. ¿Por qué yo no sabía que el Prof. Dr. Jürgen Habermas tenía una malformación congénita que se llama labio leporino? Desconcertada, dejé de escuchar. Me sentí perdida hasta que miré a mi alrededor y vi que mucha gente estaba leyendo la ponencia que había sido distribuida, seguramente, al ingreso. El señor que estaba delante de mí parecía no necesitar la ayuda, así que, bajito, le rogué que me prestara sus papeles. Qué alivio.

Cuando el Dr. Habermas cerró su carpeta, a mí me ardieron las palmas. Había recuperado el sosiego porque logré entender varios párrafos del discurso: mi felicidad no terminaba. Estaba recuperándome cuando la cuadrada espalda de un fotógrafo me abrió el paso hacia el hombre de cabello cano y lacio que, en dos pasos más, estaría delante de mí, si no me movía. No lo hice. Jürgen Habermas tiene un ralo bigote blanco que no logra disimular la forma interrumpida de sus labios delgados. Detrás de sus anteojos, dos párpados pesados empequeñecen sus ojos.

  • Muy buenas noches, señor Dr. Habermas. Muchas gracias por su presentación.
  • Hola. Gracias a usted por su paciencia para escucharme. ¿En qué universidad estudia?

Entendí todo.

  • Qué halago. Le agradezco. Pero yo ya no soy universitaria. Estudié en una de las universidades estatales de Bolivia, mi país.
  • ¿En las montañas o en el trópico?

Entendí todo.

     — En las alturas. Ahí también llega la teoría de la acción comunicativa.

Sonrió al guiño, y yo –mientras rogaba no haber dado pie a una conversación más profunda en ese sentido– pensaba que estaba parada enfrente de quien afirma que una democracia no se mantiene viva si no hay un diálogo racional y una cultura del debate.

— ¿Qué hace usted en Alemania, si me permite preguntar?

— Trabajo para el Ministerio de Relaciones Exteriores de mi país. Soy diplomática. Alemania es mi primera misión en el extranjero.

Entendí todo. Y nuevamente le pude responder. Me sentí momentaneamente aliviada.

Me respondió, entonces, con una oración muy corta que ya no logré entender. Pasó lo que me hacía temblar. No podía pedirle al teórico de la comunicación que repitiera el mensaje. Me sentí perdida por unos segundos hasta que un camarero me salvó ofreciendo una bandeja con vasos con agua y vino. Mi interlocutor hizo un ademán caballeroso para que yo tomara uno. Escogí agua. Él hizo lo mismo. Esperó que yo bebiera. Bebió.

— ¿Es Berlín ciudad para una boliviana?

— Sí. Respondió mi convicción.

  • No lo dudo, dijo amablemente.

Otra vez entendí todo, pero juzgué que seguir ahí era correr el riesgo de no entender algo más. Entonces decidí huir.

— Profesor Habermas, ha sido un honor conversar con usted. Gracias por haberme regalado su tiempo.

— Con mucho gusto. El breve honor ha sido enteramente mío. Pase buena noche.

Entendí todo. Sonreí. Para entonces, varias personas se habían acercado y querían conversar con él. Me alejé sintiendo una felicidad hueca, llena de fracaso.

Durante mucho tiempo repetí esta conversación hasta saberla de memoria. Huí porque tuve miedo de ser como aquellos compañeritos que, sin maldad, muchas veces lastimaron al Jürgen niño al no entenderle. Pero el colaborador de Theodor Adorno y Max Horkheimer habría tomado con ternura los temores de esa joven inexperta: hacía más que una vida que él había hecho de su dificultad física su compromiso contra la discriminación y su lucha por la emancipación, es decir, por la igualdad de derechos para todos y, por tanto, también por la democracia.

Escapé de aquel hombre de voz nasal y labio imperfecto, pero entendí algo que ninguna teoría me habría mostrado: detrás del gigante de la filosofía, detrás del pensador que modeló la idea de una sociedad comunicativa, existía un humano. Mi huída de su presencia a través de la Pariser Platz fue veloz. Sentada en un asiento individual del bus 100 que me llevaba a casa, pensé en que su grandeza no residía en la fuerza o el orgullo, sino en la forma sencilla y valiente con que se enfrentó a la vida, a sus limitaciones, y aun así construyó un universo de ideas que invitan al diálogo y a la empatía. Estuve segura de que el religiös unmusikalisch legó al mundo la idea de que la verdadera comprensión para que las sociedades resuelvan sus conflictos de manera ética y justa no reside en dogmas inmutables, sino en la razón crítica. Esa noche, en mi cama, comencé a memorizar su voz y sus palabras.

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