/ Marlene Durán Zuleta /
Desde lejos te he visto y oído en el Encuentro Tejer redes, celebrado en Madrid con la presencia del Papa León XIV, el 8 de junio. Tu participación magistral, con un nudo en la garganta, y una inequívoca lectura. El carisma y los signos repartidos en cada palabra, fueron una epístola. Con el corazón, sin apuro asististe al encuentro de la fe y el amor.
Percibí tu aplomo, desentrañabas motivos, sinceridad transparente, el punto fue el espejo de la Iglesia y el arte. Precisamente estos encuentros irrepetibles, se dan una vez en la vida, e iluminan la cavidad interna, donde se torna una hoguera, un ardor, una pasión. Sin alegatos, sin confusión, donde el centro y la razón irrenunciable desde siempre, es al hermano mayor y relevas a: “Jesucristo, el gran protagonista de la vida, misterio inagotable”, eterno horizonte.
“La Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la humanidad”, sustentas sin duda y es verídico. En ese vestigio encontramos al artista renacentista Miguel Ángel Buonarroti, a sus 24 años esculpió en mármol y encumbró a “La Piedad”. Extendió sus pinceles al techo de la Cúpula del Vaticano. Las pinacotecas, de arte sacro se enriquecen, son ícono universal. Gustave Moreau (Museo Toulouse-Lautrec, Museo Gustave Moreau), retrata en 1886 un óleo sobre madera “La vida de la humanidad”, “El frontispicio es el que da el significado cristiano a toda la obra, pues en él vemos la imagen de Cristo, cuyo sacrificio es el único capaz de redimir a la humanidad”. Utiliza la Biblia y sus cuadros con muchas sentencias, son resplandores para los ojos, para el alma. (Como el recado de un centauro conocido como ruin, se enternece y carga al poeta inerte).
Recorremos los sentidos, el arte está en la música, el Himno de la Alegría, obra musical de Ludwig van Beethoven allá en 1824, o Aleluya del poeta y compositor canadiense Leonard Cohen, dulce melodía y letra que “entrelaza referencias bíblicas” un llamado a que acabe la guerra y reine la paz. Es una súplica acentuada en una alabanza, una albura al loor, a Dios.

Reconocidos actores han interpretado a Jesús en películas de la vida, una búsqueda espiritual, prisma que ha servido para alcanzar en meditación un momento de paz, esa paz que los humanos necesitamos, quedó como parte de la salmodia, la paz que dejó Jesucristo. Y nos damos el abrazo de paz, todos sin mirar quien es el hermano, que extiende sus brazos, sin rencores, sin preguntar si es migrante, hemos de quedar en él, no en nosotros, en Dios.
Es verdad, “El arte ha sido y debe ser el espejo que refleja vidas, credos vacíos que olvidaron el amor”, el arte debe ser recordatorio, y descubrir que el amor conquista, llega lento y después se torna en incendio, en imán que llena de ternura y esos “amores vacíos”, probablemente cargan traumas, dolores, o desamores, desasosiegos. Necesitan afectos, no muros, no silencios, no espaldas, no sombras ¿Dónde encontrarlos? En el amor de Dios.
La memoria, máquina que almacena todos los trances, vestigios, mirada nítida de los sentidos y con el suspiro contenido, retrocediste en el tiempo para mostrarte infante y recordar con ternura a quién te dio vida y de alguna forma, influyó en ti, a través de las estaciones, de los años y de las procesiones, cuando señalas:
“Santo Padre: Hay una pequeña reflexión en voz alta sobre mi propia experiencia. Para ello he de retroceder en el tiempo a las celebraciones de Semana Santa, en mi querida Málaga, allá por los años 60 del siglo pasado, esas manifestaciones populares que toman las calles desarrollando un ritual majestuoso de arte y fe, cultura y devoción. Fue ahí, en ese marco de arte popular anónimo cuando con solo 4 o 5 años de edad nació en mí, una pregunta que solo contenía una palabra: Dios. Poco a poco fui encontrando respuestas, algunas tan simples como la que reconocí en los ojos de mi madre mientras esta le clavaba su mirada y su corazón devoto a la Virgen de la Esperanza que pasaba en su trono frente a nosotros en aquellos lejanos años, o a través de la voz que rompía el aire claro de primavera de los cantores y cantoras de saetas o entre la gente humilde y buena de mi ciudad que cada año salían y salen a la calle con su barrio a cuesta portando sus imágenes que les ayuda a buscarse a sí mismos, mientras buscan a Dios”

Los juglares otean y le cantan a Dios, desde siempre hasta nuestros días. La omnisciencia, según Salmos 139: “Solo Dios sabe el camino. Su omnipresencia Dios está en todas partes”. Me atrevería a pensar, que el arcano, insondable, místico, está en todos los rostros, aún en los más fieros, esos que esconden sus ojos turbios. Omnipotente, está en la diafanidad, en el hálito, en las ventanas, en los fardos que cargan historias, Dios está en ti.
En tu sensibilidad nombras a San Agustín, “Vosotros sois el tiempo” refiriéndote al auditorio, que te ovacionaba con interminables aplausos. Sabes que todos los días, después de tantas batallas, sin cansancio, sin rendirse, con el arte sutil para mostrarle a Agustín, el libro abierto de la Biblia, su madre Santa Mónica, giró y transformó su trazo en liturgia, fiel hasta el fin de sus días, defendiendo el evangelio, cantándole a Dios.
Antonio, nombre de mi hermano mayor, tus palabras dejaron un halo, un latido, el arte has amarrado a tu vida con lealtad, con la impronta de actor, con el tiempo despertó definitivamente entereza, recato, una evidencia que Dios te ama. Te digo abiertamente, es posible que el ser humano se encierre en un vacío, en un círculo, en una espina, se dan rezos secretos, destierros internos, y se acercan a él, mostrando sus huellas, el ánfora de su corazón doliente, piden piedad. Otras criaturas con un sinfín de nombres y credos, silentes han abierto a su invisible permanencia, un mundo, una morada para despertar en el arte, “en el espejo de la vida” con su respiro, para darse a Dios.
En esta dimensión, donde las ansiedades parecen no tener fondo, un mundo que asciende en dolor indefinible y el alma se hunde, el bardo percibe el hálito, el misterio y se aproxima a Dios. Todos, moros y cristianos, estamos ante lo diáfano del alba, lo inefable de la luna y ante lo insondable del amor de Dios. Esa mañana escuchamos tu armonía de sinceridad:
“Estoy aquí confesando haber sido víctima del hechizo de Dios”.
Igual que tú, desde y hasta el infinito, exalto perseverante mi verdad, con certeza inacabable, que soy cautiva de Dios.


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