Crítica de la novela Huesos y cenizas

/ Carlos Gutiérrez /

Una lectura de Huesos y cenizas, la destacada novela del escritor Máximo Pacheco Balanza publicada en 2004, que luego fue reescrita y publicada  en 2018 bajo el título Los dos entierros de Eleuteria Aymas.

Esta novela me dejó una impresión de aquellas que no había sentido hace mucho tiempo. De hecho, solo lo había experimentado cuando leí novelas rusas y en realidad la metáfora que iba a usar es de que esta novela es una montaña rusa, no se sabe si la sensación de zozobra está en la subida o en la bajada. El vértigo es increíble. Y no es necesario varios personajes, con dos bastan y sobran…

Lo primero que salta a la vista es que es una novela rural y he aquí que surge la controversia. ¿Cómo puedo clasificar este texto? Para empezar, es boliviana, pero ha sido publicada en la década de los años 90. Pero parece una novela tardía de la llamada escuela costumbrista o novela de tesis, de protesta al estilo de los años 40 con los temas de siempre. La separación de clases, el régimen agrario. La explotación laboral y otros, pero veamos un poco de antecedentes.

El naturalismo de Mimo Pacheco

Después de todo lo lucubrado se puede agregar, también, que su literatura se podría clasificar como novela indigenista, realista, rural, etc. Pero donde más le he hallado un sitial es en el subgénero naturalista y como antecedentes tenemos al gran escritor Emilio Zola y, en Bolivia, a Armando Chirveches. La tapa del libro o los primeros capítulos nos podrían inclinar a pensar que sus personajes son indígenas o campesinos y que su Leitmotiv girara sobre ese asunto. Que se pergeñarán asuntos relacionados con política, latifundismo, la explotación laboral del patrón y el comunitario, pero no es así. El contexto es rural, pero el drama es universal. El país es Bolivia, pero la novela podría estar ambientada en cualquier parte. Y la naturaleza del ser esta imbricada acá, esa naturaleza de autodestrucción, de monstruo más que de ángel.

El naturalismo de Pacheco lo lleva a investigar la degradación de una sociedad rural en el arquetipo de 4 personajes, sobre todo de dos: Pastor y… Pero todos giran alrededor de Eleuteria Aymas, una mártir en el pueblo que habitan: el alcohol es el detonante, la falta de distracciones y la ausencia de escrúpulos. Su principal antagonista son las pasiones humanas, los instintos, los impulsos primarios.

La intertextualidad en la novela

Una novela que contextualiza esta desazón compulsiva es La Chaskañawi ubicada en Santiago de Churca, un lugar acogedor donde el alcohol señorea tanto en la clase proletaria como en la noble. Casi toda la novela trata de ello, entreverado con pasajes amorosos y más allá de la mitad de la novela los temas políticos que contextualizaban sobre la época donde se realizaba la misma. Un par de ellas más serían algo parecido como En las Tierras del Potosí, así, esta novela, se libera de estos tópicos. Mas allá de lo dicho Huesos y Cenizas cuentan una historia lineal. Punto. No hay subtemas, pero lo que me sorprende es cómo una pequeña comunidad se puede convertir en un infierno, merced a los instintos y de la falta de escrúpulos.

¿Dije que no había subtemas? Sí los hay, claro, jaspeados sutilmente, el alcohol, la migración, la enfermedad, el destino trágico de los lugareños, el incesto, la degradación, etc.

El destino trágico de los lugareños

Este es un tema por demás vetusto, la tragedia de la vida, el destino trágico del hombre, pero parece que este destino se ensaña con los más humildes. Me viene a la mente una novela trágica que leí de adolescente: Casas Muertas de Miguel Otero Silva. En esta, muchos personajes, sobre todo uno de los principales, muere con paludismo. Así, en esta novela, todo es tragedia. Todos mueren antes de tiempo, accidentes de auto, enfermedades, ataques de animales, accidentes, etc. En fin, cualquier estupidez es motivo de fatalismo. Y de ahí viene el título de la novela.

Huesos y cenizas

El poblado es un enorme cementerio donde todos están sentenciados. La parca los persigue de una u otra forma, pero para morir antes de tiempo y de formas trágicas. El alcohol siempre está presente al lado de la esquelética muerte. Por eso todos son cadáveres andantes. Son huesos, llevan una vida tan efímera como las cenizas que se lleva el viento. No queda nada, ningún rescoldo de edificante vida. Y de eso se trata la obra. De cuatro personajes efímeros y sus destinos trágicos y absurdos.

Los personajes

El viejo… que es un pirómano y alcohólico compulsivo, su hija Eleuteria Aymas, una víctima del infierno donde vive, del cual no puede escapar. Su esposo y su hijo Pastor que viene a ser más de lo mismo. Seres tétricos que conforman un aquelarre de destrucción y horror. Seres desalmados que están sobre la tierra como zombis, espectros de destrucción, de autodestrucción que no tienen un ápice de escrúpulos. Todo lo que hacen es un “Camino al infierno”. El lector que se anime a llegar a la cuarta parte debe tener un buen estómago pues la sordidez a la que se enfrentará lo hará regurgitar sin aspavientos.

Horror y más horror en un rictus donde el alcohol se halla presente como una gárgola ubicua satánica y maléfica. El demonio que acosa a Eleuteria Aymas como mujer, arquetipo de víctima eterna de un machismo desaforado y báquico. Trágico círculo edípico donde Eleuteria debe ser la cabeza de tres miembros de familia descarrilados.

Estilo

La novela está escrita en tercera persona, pero el narrador omnisciente no guarda ninguna solemnidad ni distancia académica en la descripción de los hechos. Apenas unas pinceladas de palabras precisas, y después el narrador es tan ordinario y vulgar como si un paisano del lugar estuviera narrando los acontecimientos. Cito:

“(…) esa muerte tan jodida. ¡Que muerte de mierda! piensan. (…) ¿Y lo que hizo por el Pastor? ¿Quien se acuerda ahora de todo lo que hizo por el Pastor? Pudiendo haberse cagado. Muchas otras se hubieran cagado”.

Y frases por el estilo. Las palabras precisas:

“(…) de un recóndito lugar de su mente abotagada por el alcohol le viene la imagen de la antigua casa de hacienda ardiendo en medio de las huertas calcinadas”.

Y también no puede faltar el estilo poético que se eleva solemne sobre los demás lenguajes. Cito:

“(…) cocinaban al aire libre, al lado de los materiales, viendo cómo la luna y las estrellas colgaban de la nada sobre sus cabezas. (…) Los hijos ya por ahí correteando, llegaban cuando tenían que llegar. Cuando la llama negra dibujada en el cielo, mandaba que se junten el semen y la sangre. Y corrían las aguas del universo”.

La novela está escrita como tal, pero también aprovecha otros géneros, si vale el término. Un formato de interrogatorio de la policía, el acta de una reunión, etc.

Está dividida en cuatro partes. La que más me llama la atención es la 2da parte, el Otro Entierro de Eleuteria Aymas, más martirio para un alma. Y Camino al Infierno. Que puede ser una parte oscura y aterradora donde uno se imagina monstruos góticos o seres sobrenaturales, pero el horror es humano. El monstruo de la condición humana de destrucción más dirigido a sus seres queridos. Los demonios que tiene el alma, la psique que bien ya ha narrado Dostoyevski. Los abominables seres que crea el alcohol en un rictus que no puede parar sino en la muerte. Si la novela hubiera terminado en un desenlace cerrado hubiera parecido un cuento largo, no fue así. El autor, ganador del Premio Nacional de Novela, Máximo Pacheco, nos mantiene en un péndulo de zozobra hasta el final detonando nuestra imaginación hasta lo infinito. Una realidad ficcional que desgarra y sacude al lector que quiere arrojar la novela esperando que las escenas dantescas acaben sin saber que estas se iniciarán de nuevo cuando otro lector abra la novela y se encuentre con Eleuteria Aymas y sus desaforados familiares.

Carlos Gutiérrez

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