Taumaturgia del uru carnaval

/ Julia Guadalupe García Ortega /

I

Corre el sexto año de la década de los 70s en Orurito. Época de carnavales, Primer Viernes. El colectivo rojo viaja fuera de la ciudad, hacia el sud. Mis papás y yo vamos a Chiripujio.

Entramos a la iglesia, de estructura rústica, piso de madera crujiente y ennegrecida. Desde mi infancia no puedo ver sino la cabeza del Cristo e imaginar su dolorida anatomía.

La gente murmura rezos en lenguas ancestrales y castellanas. Para mí, resulta novedoso respirar olor a copal y velas.

Tras el ritual de fe, subimos por un camino sinuoso de tierra devorada por las tinieblas. En lo alto, se divisan fauces de colosal serpiente que, impertérrita sobre la serranía, espera su segunda travesía.

—¿Sabías que por portarnos mal casi nos come la víbora? Mejor no hacerle renegar, porque aun con su cuerpo de piedra, ¡volverá! —dice papá Feliciano.

—¡Ayyyy! ¡Viborita! Debes tener hambre —dice mamá Paulita, mientras completa los detalles de la ofrenda.

—Tiene sed —insiste don Feli y asperge licor justo por la derecha.
La mesa está lista para el convite. Acompañan hojas de coca, cerveza y rica comidita.
—¿Es víbora hombre o mujer? —pregunto desde mis 5 años de sabiduría.
—Lo que cuenta es que es una viborita chis chis, que pica pica tu nariz —canta mamá Paulita. Me río un montón.

En tiempo de carnavales siempre visitábamos a las míticas deidades. Recuerdo al sapo del norte. ¡Pobrecito! Le debe seguir doliendo su pancita por la piedra que se tragó cuando la Virgen le dio con su honda. ¿Y el lagartito? Un reptil que sigue sangrando en Cala Cala. Tampoco creo que las hormiguitas sean malas. Además, ¡son tan arenosas! ¿Y el cóndor? ¡Ese sí que sabe cómo volar!

Después de dos horas volvemos a casa. Yo, soy una hilacha de frío. No es suficiente el abrigo ni el buzo de lana. Aun así, me duermo en el regazo de mamá. Entonces sueño…

Me veo caminando solitaria, ínfima, entre las calles de una ciudad en ruinas. ¡De pronto!, aquellas entidades, ¡todas reunidas!, ¡vueltas a la vida! aparecen frente a mí ¡¡imponentes, bellísimas!!

La Tierra ha retomado su impronta y los humanos ya no cuentan. El cóndor abre sus preciosas alas y vuela rumbo a la bóveda cósmica, mientras las embajadoras del Dios Huari se desperezan en la infinita pampa que se torna líquida.

Estoy en casa cuando despierto abrumada por el sueño. Me levanto, pero no puedo caminar: ¡incontables batracios y saurios se deslizan en la habitación! Despierto por segunda vez y me pongo a llorar sin consuelo.

Entra mamá Paulita y me aquieta con su mirada amorosa. Oigo su voz y me olvido del miedo. ¡Estoy contenta de nuevo!

Tomada de su mano, salgo al patio con ella y un efluvio de flores blancas me eleva: son los brotes del último árbol que queda justo al centro de lo que alguna vez fue mi casa…

El Cóndor en el carnaval de Oruro

II

Corre septiembre del año 2000. En la tierra donde nace la luz, perdida entre los trajines laborales, la Julia corretea afanosa, mejor dicho: ¡desesperada!

—Pareces una pimienta —comenta su jefe, un varón culto, de exquisita sensibilidad, dedicado a la actividad empresarial, a las letras y la gestión cultural.

Para esa semana, la agenda detalla presentación de un libro y la Julia es la encargada de distribuir invitaciones. Trota por la ciudad junto a su infaltable libretita de direcciones.

Por aquellos años, vagabundea por el Casco Viejo una señora mayorcita de conducta rara. Parece tener un tornillo suelto en la mollera. Las vendedoras de linaza y willkaparu de la 6 de Octubre y pastilleras de la Bolívar, suelen decirle ‘la escritora’ porque, usando tiza o carbón, su manía es trazar en las aceras formas parecidas a letras. La doñita camina sin molestar a nadie, salvo que interrumpan su arte. Entonces, es mejor no estar cerca de ella.

La Julia está en la esquina Bolívar y Pagador y no se percata que ‘la escritora’ se le acerca. Solo puede entender la situación cuando cae de bruces al piso por el tremendo revés que recibe, mientras, entre estrellitas, mira los rasgos de tiza en la vereda.

Se levanta tambaleante y, sin enfrentarse ni quejarse, haciendo oídos sordos a las chucherías lingüísticas de los curiosos, sigue su marcha calle arriba, preocupada más en que las invitaciones no se hayan malogrado y tampoco haber perdido sus indispensables centavos.

Sube rectito la Bolívar hasta dar con la Linares. Deja una invitación. Y, a modo de estar por aquel sector, cree muy necesario saludar a la Virgen del Socavón.

Ya en el templo, se pone a llorar con todo su entusiasmo mientras, entre pucheritos, rememora lo que le ha pasado.

El piso a los pies de la Candelaria está colmado de flores blancas. Se conmueve ante la perfumada ofrenda. Toma un brote y lo estrecha en su pecho, imaginando una caricia de la K’acha Moza. Luego se retira para continuar con su faena, no sin antes mostrar sus respetos al Tío, quien, desde su trono artístico, y muy enterado del laq’aso, la mira con picardía.

Esa noche, la Julia sueña que está en un lugar solitario donde el tiempo oscila entre oscuridad azabache y claridad diáfana. Aquel sitio la llena de gozo. De pronto, aparece una víbora reptando lentamente hacia ella. La Julia se lleva el susto de su vida. Quiere gritar, pero no puede. Quiere correr ¡y nada! Los pies se le han enraizado en el lugar y su voz no recuerda las palabras.

Entonces, de alguna interioridad cósmica, aparece aquella flor blanca que alzara en la iglesia. Es tan bella, con pétalos luminosos y hojitas esmeralda. La flor cae delicadamente sobre la sierpe, aquietándola hasta que abandona su forma.

—Algo que ‘ti has disiado’ con todo tu corazón, así bien hondo siempre, se te va a cumplir —le dice la anciana vendedora de la Ranchería, luego que la Julia ha contado lo que le ha pasado—. Que te pegue loquita ¡suerte es!, pero no te tienes que decir a nadies tus deseos. Calladita nomás vas a estar, porque si no, no ‘siade’ cumplir…

Finales de octubre. Reunión de la torcida cultural en uno de los antros underground del Oruro nocturno. Primero música de sobremesa, luego rock, música alternativa y del recuerdo… Más tarde, musiquita nacional.

Motivados por los t’irillos teledirigidos, bolseadas y ch’ipas poéticas, los contertulios salen a bailar. La Julia, no. Toma un juguito y, a pesar de las insistencias para que se quede, se marcha meditabunda.

Mientras camina por las desiertas calles rumbo a su wasi, del antro aún escapan acordes de la morenada del Jach’a Flores: “Aunque me dejes, aunque te vayas, no importa mi amor. Tengo el retoño de tu cariño, ¡tengo por quién vivir!

Santuario del Socavón. Foto Juan Pablo Revollo

Deja un comentario