/ Lupe Cajías /
Es difícil encontrar un nombre, una persona, una mujer que únicamente recibe elogios en las críticas de la prensa especializada -dentro y fuera de Bolivia-, entre las personas que la conocen y entre los centenares de alumnos que pasan por sus talleres.
Ese nombre, esa persona, esa mujer es Raquel Maldonado Villafuerte (La Paz, 1978) quien recibió de sus hadas madrinas dones preciosos: la belleza física, la disciplina, la capacidad de escuchar los trinos de los pájaros, la curiosidad para revisar más de 7 mil partituras manuscritas hace 200 años y la voluntad para adaptar un cuerpo nacido en las alturas ocres de la cordillera a las llanuras de todos los verdes amazónicos.
Formada en un hogar de emprendedores, vencedores de los obstáculos de la vida, Raquel se tituló en música. En 2004, con 26 años, aceptó dirigir la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos. Un encuentro feliz para ella y para el pueblo mojeño que conserva con esmeró la herencia de los pueblos originarios y de las misiones jesuíticas y franciscanas que se asentaron en el actual departamento del Beni.
Raquel llegó a la población que mejor representa la cultura beniana cuando ya existía una escuela de música fomentada por las monjas ursulinas, principalmente María Jesús Echerri. Por ahí habían pasado otras iniciativas con más o menos éxito en un ambiente en que las tierras bajas bolivianas descubrían que era importante rescatar y difundir la música renacentista y barroca que había florecido en las misiones católicas en los siglos XVII y XVIII, principalmente.
La Escuela de Música de Urubichá, su director Rubén Darío Suárez, gestores culturales como Marcelo Araoz, Cecilia Kenning, Paola Paz Soldán, sacerdotes y religiosos habían impulsado los primeros festivales internacionales con ese legado. Pronto coros y orquestas especializados de Europa y de otros países americanos se dieron cita para consolidar ese extraordinario esfuerzo que sigue caminado altivo y fresco.

La joven directora se dio cuenta que su trabajo no podía limitarse a la enseñanza de esa música universal o a practicar las canciones y tonadas propias de los mojeños, sino que estaba obligada a ampliar su labor con el rescate y la investigación de las antiguas partituras. Emprendió su propio camino con base en sus experiencias.
La historia de las partituras merecería otros artículos. Tanto en la Chiquitanía, principal sede del Festival, como en San Ignacio de Moxos, los indígenas (los cabildos) cuidaron de generación en generación los antiguos papeles donde los compositores escribieron sus cantos para las diferentes solemnidades católicas.
Maldonado intuyó a tiempo que no iba a cumplir unilateralmente el rol de maestra, sino que a la vez era la alumna que debía prestar atención a las fiestas populares, especialmente las procesiones en Semana Santa o los festejos para el santo patrono del pueblo el 31 de julio de cada año.
Recopiló los sonidos; prestó atención a los tonos y bailes, a la vestimenta, a los roles de mujeres, hombres, ancianos, niños, a los instrumentos. En poco tiempo, con muchas noches en vela y sin descanso, logró formar el coro y orquesta de jóvenes indígenas como nadie pudo jamás imaginar.
Las presentaciones comenzaron tímidas en la iglesia, en la parroquia; más tarde en la catedral de la capital Trinidad, en Santa Cruz de la Sierra y finalmente en La Paz, donde el público suele ser más exigente. Los aplausos se repetían en uno y otro recinto, en el teatro, en el templo, en el patio, en la calle.

Pronto llegaron las invitaciones para presentar al grupo en otros festivales internacionales y en teatros europeos, donde los asistentes tienen larga experiencia para entender y juzgar la ejecución de música barroca y renacentista. No era un apoyo paternalista. Se trataba de lograr el reconocimiento de los profesionales a una propuesta única que unía lo universal con lo más vernáculo indígena.
Siguieron los éxitos, las emociones. Los bolivianos residentes en el exterior dejaron de tener vergüenza cuando las lágrimas asomaban a sus ojos mientras aquella chiquilla recordaba una cántica de María, los niños eran pastores, los adolescentes tocaban los violines.
La exigente Basílica Santa María del Mar al borde del Mediterráneo en Barcelona, donde las piedras pesadas tienen su propia acústica, se rindió ante el coro. Miles llenaron la amplia nave y los aplausos se escucharon en toda la Cuitat Vella. Seguramente es una de las experiencias más puras del grupo mojeño.
La fama se expandió boca a boca, quizá la mejor propaganda, que patrocinó nuevas y más y más invitaciones. Los jóvenes se acostumbraron a tener el morral listo para una nueva gira.
También se sucedieron los discos: unos más exitosos que otros. Todos grabados con cuidado y esmero.
Raquel Maldonado dedicó parte de su tiempo a las tediosas gestiones para lograr abrir una Escuela de Música en el mismo pueblo, que tenga ítems aprobados por el propio Ministerio de Educación, una currícula profesional que dé a los adolescentes un espacio para aprender, ensayar, probar, avanzar en su autoestima. Los alumnos salen como profesionales y pueden vivir de su arte.
Muchos de los manuscritos estaban enterrados en alguna casa, varias dentro del Territorio indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS). Algunos eran muy viejos y deteriorados, en un ambiente cálido y húmedo. Otros fueron copiados por las distintas generaciones de músicos indígenas para seguir ejecutando esa música religiosa.

San Ignacio fue fundada en 1689 por los jesuitas Antonio de Orellana y Juan de Espejo, en honor al fundador de la compañía, San Ignacio de Loyola. Está rodeada de la floresta, de río y del silencio.
No son los ladridos ni el retumbe de la pelota los que rompen la tarde. Son las notas afinadas que salen de la casona. A los lejos suenan los violines, los contrabajos, los violonchelos. Pasan los chicos con sus instrumentos, las muchachas con sus grandes estuches de cuero.
La música en las misiones religiosas en las selvas latinoamericanas tuvo un rol angular en la evangelización de los indígenas. Ennio Morricone reflejó como pocos esa emoción que arranca aplausos y lágrimas, como en el filme “La Misión” y en sus espectaculares conciertos a aire libre, en Venecia o en Verona.
Raquel es la heredera de todas esas vertientes; la sangre potosina de Los Andes y sus músicas místicas; de las composiciones europeas; de las religiones propias y recién llegadas y de la ejecución de los nativos empapados del amor por las artes de Euterpe.
A su proyecto profesional unió su proyecto de vida junto a Antonio Puerta, gestor cultural y a sus hijos que también participan en la escuela y el coro.


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