/ Edwin Guzmán Ortiz /
(Segunda de tres partes)
Cabe preguntarse ¿Cómo, mediante qué estrategias y con qué intención se despliegan en el mundo proyectos totalizantes y prácticas masivas que van marcando la identidad de una época? ¿Qué se esconde detrás de una máscara sino una razón velada que dictamina los comportamientos colectivos? ¿Por qué las actitudes inducidas en la vida cotidiana terminan universalizándose? ¿Cómo unas ideas se convierten en fuerzas materiales con apetencias de absoluto y otras no? ¿Cómo explicarse que cierto orden de discurso se disemine, y que a pesar de la multiglosia global y las diferencias, termine diciendo casi lo mismo para todos? ¿Por qué tal actitud masiva se viene convirtiendo en una forma de culto en la que comulga toda la humanidad? ¿A qué cambios imprevisibles nos arrastra esta marea planetaria? “La vida es un consumirse en preguntas”, exclamaba Nietzsche.
Vivimos tiempos de un cambio civilizatorio que, en apariencia, se disfraza de novedad, cuya incidencia y estribaciones no terminan de revelarnos la hondura del mismo. Se trata de un cambio tecnológico con apetencias de absoluto, lo que apunta a una recomposición general del saber y del poder, y que en las últimas décadas ha buscado emparentarse a corrientes filosóficas como la postmodernidad o el posthumanismo. Arguyendo la crisis de lo humano y el agotamiento de sus discursos, promueve un desplazamiento hacia una nueva “racionalidad tecnológica” sostenida por una “información neutral y aséptica”, hecho que va reconfigurando las relaciones entre el hombre y la máquina y delegando las responsabilidades de organización y decisión a un patrón fantasma: los algoritmos.
Empresas y programas privados multimillonarios forman parte del ecosistema de la Inteligencia Artificial que, en situación de liderazgo global, tienen como función preeminente el desarrollo empresarial y corporativo. Sobre nuestra cotidianidad digital se hallan: Space X, Nvidia, Microsoft, Alphabet (Google), Amazon, Apple, Meta Anthrophic, Palantir, Databrick; siendo OpenAI la empresa creadora del ChatGPT. Los directivos, megamillonarios tecnológicos, no solo son expertos en ciencia y tecnología sino que son incluso postgraduados en derecho y filosofía.
Plutocracia sui géneris que durante la última década ha ido construyendo una estrategia de cooptación global, abarcando todos los campos de la vida social: del Estado a la economía, de los servicios a la administración, de la educación a la cultura, de la política a la religión, del deporte al arte. Palantir es la empresa que defiende el credo supremasista norteamericano en la política y asesora a través de la IA a las incursiones militares de EEUU contra Irán, y de Israel contra el pueblo Palestino. Todo este aparato se mueve en escenarios de intensa competencia interna, como externa y global con los otros gigantes de la tecnología, China y Rusia.
Nos hallamos en acelerado tránsito de las ideocracias a las tecnocracias, de las democracias controladas a la infocracia, diré más bien a las ideocracias totalizantes disfrazadas de tecnocracia. La sociedad postmoderna se corona con la sociedad de la información, las narraciones históricas o literarias se alivianan y son rebasadas por informaciones y datos para culminar en el Big Data que no narra nada. Sobre esta base, se viene erigiendo aceleradamente la hegemonía de la Inteligencia Artificial.
Su avance es incontenible y su impacto reconfigura las relaciones geopolíticas internacionales. La máquina te habla con tus palabras por inferencia algorítmica, y tú pones tu alma en sus manos. Atravesamos un sentimiento de incompletud epocal, a causa de la crisis de las ideologías y la fragmentación esquizo de lo religioso. De ahí es que se opte por formas de credo como la tecnología, como salvación y búsqueda de sentido, dentro el apetito incurable de novedad que es parte del ser humano. De ahí es que la IA contagie un sentimiento sagrado de pertenencia, la adscripción a una modernidad punta, a una condición de distinción y actualidad, una suerte de fundamentalismo bajo el halo magnánimo de la ciencia. En realidad, hay teólogos porque hay fieles y no al revés, como hay tecnólogos porque hay cibernautas y no al revés.

La realidad histórica tiene muchas maneras de ocultarse, una de las más eficaces es mostrarse a la vista de todos. Ahí está el rutinario Smartphone, cuya cercanía no solo cumple una función utilitaria sino afectiva y existencial, acariciando su pantalla tenemos la sensación de que el mundo se halla en nuestras manos, estableciéndose así una relación consanguínea entre un nosotros y la máquina.
El ChatGPT -como es sabido- es la IA especializada en procesar el lenguaje, tiene la capacidad de generar, a partir de la alimentación masiva de datos lingüísticos, un pseudolenguaje que, bajo procesamiento matemático, brinda una serie de productos textuales y discursivos a los usuarios. El nuevo lenguaje del Chat GPT nos convoca (provoca) a una nueva visión de mundo, una visión tan parcial como maquinal, siendo su producto una cámara de eco, el resultado reelaborado de información precedente, sea lingüística, semiótica, preconsciente o inclusive genética. Se trata de una potencia cognitiva y organizacional que articula a todos los campos en la red para que integrados tengan mayor impacto, sin dejar nada afuera.
Para su funcionamiento, este programa ha necesitado deglutir casi todos los cuerpos textuales a la mano. El gran corpus del conocimiento: documentos, estudios, investigaciones, testimonios, obras y bibliotecas, discursos, noticias, textos heteróclitos, en suma, una inmensa base de datos procedente del lenguaje humano. Es más, la gramática, las reglas sintácticas, semánticas, formas de construcción del lenguaje, estilos, esquemas lógicos en base a correlaciones. No es poco lo que se halla en esta panza digital, dispuesta en capas, y siempre insatisfecha e insaciable. En la China, por ejemplo, millones de obreros del input vienen alimentando sin cesar al sistema.
Nos hallamos inmersos en la construcción de realidades virtuales que nos instalan en su materialidad, llegando a provocar confusión entre la realidad real o la diseñada. Se trata del despliegue de una mediación epocal matemáticamente elaborada: la mediación de programas digitales operando en la mente humana. La intervención de fórmulas programadas para pensar, procesar la realidad, para decidir y crear. La mayor parte de ellas, con manifiesta incidencia en lo empresarial, corporativo, económico financiero, militar y organizacional. Luego se desprende lo demás: salud, cultura, educación. Y, acercando la lente, el uso de la tecnología digital en los procesos creativos no deja de ser preocupante. ¿Arte digital?, acaso versiones maquilladas del refrito: poesía logarítmica, melange de novelas, artefactos híbridos con el deseo de representar algo, no exento de un tufillo de vanguardia; en realidad, un fenómeno que se expande cada vez más, generándose una industria rentable a base la publicidad de programas, y cursos on line a cargo de influencers digitales.
El filósofo francés, Erik Sadin, precisa que el 2022 se produce el giro intelectual y creativo de la IA. Ahí empiezan los sistemas tecnológicos a realizar tareas que son competencias propias del cerebro humano. No son solo las tareas tradicionales de las tecnologías digitales como el almacenamiento, clasificación, organización, indexación, automatización y diversas funciones de apoyo, sino un mayor procesamiento de datos a alta velocidad en base a ecuaciones algorítmicas cada vez más sofisticadas. Se incluyela elaboración de textos más complejos, entre los cuales se halla la producción de textos literarios a partir de la información almacenada y procesada con logaritmos creados para el efecto. Si Jean Baudrillard argumentaba sobre la simulación de lo real a través del bombardeo de imágenes y mensajes supletorios, hoy con la IA es posible hablar de una reconstrucción de lo real que ha erigido otro techo de lo “real” por encima de la realidad.
Entonces salta la pregunta: ¿puede pensar la inteligencia artificial? El pensamiento humano es un fenómeno complejo, la IA no puede –strictu sensu- pensar porque carece de la dimensión afectiva analógica, le falta emoción en los datos que aporta, por lo mismo, carece de la dimensión anímica. La IA con capacidad de creación original, partiendo de cero, por iniciativa propia, no existe. La máquina no posee ni la creatividad ni la imaginación humanas. El escritor, el literato, genera arquitecturas verbales, en forma y contenido, ese es su poder creador; es autor reconocido de textos en los que conjuga diferentes facultades como: el pensamiento, imaginación, experiencias vividas, observación, contexto, asombro, emociones, biografía, ética, imaginario, ideología, cultura, lecturas, escritura, visión de mundo, su manera de enfrentar la página en blanco; un conjunto de factores que, hasta ahora, no son replicables por la IA. En consecuencia, la literatura genera lo inédito, recrea la realidad desde lo humano. En este marco, la IA puede ser una herramienta de apoyo a la creación verdadera, no un ente creador independiente.

La mediación de la IA en el proceso creativo exige una reflexión de fondo, no solo en lo ideológico o tecnocrático, o en lo artístico y estético, sino en lo ético y filosófico. Se trata de un momento de incertidumbre que implica a la sensibilidad humana y al propio sentido del arte. Ya Maria Zambrano, en el marco de su reflexión sobre la razón poética, ha señalado que se vive un tiempo crítico con el predominio de la razón instrumental, analítica, la razón científico-técnica basada en la lógica del pensamiento apofántico, y que este tiempo merece ser reivindicado por una razón sensible que capte lo que el ser humano lleva adentro, es decir el alma. Para esta filósofa, el sentir interior está sustancialmente ligado a la vida que -señala- es la forjadora principal del pensamiento. En Heidegger, el pensamiento, la creatividad y la filosofía no son posibles sin un principio de estremecimiento, sin la disposición anímica para generar una reflexión profunda y auténtica. No lo es menos para Georges Bataille, quien asume que la experiencia interior es un espacio de enigmas, de búsquedas y desencuentros, zona donde lo fronterizo puede resolverse en la iluminación o en la negación absoluta. Y completemos el tópico con la lucidez filosófica de nuestro Javier Medina, que escribe: “El pensar solo comienza cuando el hombre se ha percatado que la razón es su más porfiada enemiga y ha empezado a desentrañar la poesía oculta que nutre el pensamiento”.
La creación y la potencia del arte humanos se emparentan con lo sagrado, que a su vez comulga con la prerrogativa del silencio. El silencio nos permite escucharnos, viajar por las explanadas y vericuetos de la conciencia, divagar, pulsar los cuatro puntos cardinales y rebasarlos. La imaginación por naturaleza es iconoclasta, trasciende los límites y al hacerlo revela su poder de ir siempre más allá, allá donde nos esperamos nosotros mismos. “Lo que distingue lo real de lo irreal, está en el corazón” afirmaba John Nash, matemático, Premio Nobel de Economía.
En la palabra poética -siempre incapturable e indefinible- no es deseable ningún determinismo, sea religioso, político o tecnológico. La palabra poética, que es libertad del pensamiento, es libertad profundamente humana y existencial, y por tanto es antípoda de cualquier pretensión de artificialidad. En la literatura se manifiesta la fuerza del pensamiento y el imaginario humanos, en ellos se refleja la sensibilidad y el mundo que rodea al creador, su palabra es el testimonio de un tiempo y un lugar vividos con intensidad. Se halla a su vez cargada de sentido crítico y deconstrucción permanente, las letras no son un puerto feliz, suelen comerse a sí mismas y regenerarse incesantemente a la manera de un uróboro. André Malraux, en esta vena, musitaba “el arte es un antidestino”.
La poética -corazón de la literatura y las artes- en realidad es una filosofía de vida. Ella busca inventar, crear en medio mitemas industriales y algoritmias de moda. Para Octavio Paz, “la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo, la palabra poética es revolucionara por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo, crea otro”.
En la petulancia de los tiempos que corren, a modo de higiene moral, es necesario distinguir entre los artistas y los tecnócratas. No faltan pseudocreadores cuya vocación no es el arte sino la manipulación tecnológica y esa supeditación, esa suplantación es peligrosa. Por supuesto que hay un mestizaje tecnohumano que considera que lo digital no es más que un instrumento, un medio para recrear la creación; dentro esa dualidad, trata de explorar imaginarios advenedizos o legítimos que fluctúan en una frontera peligrosa. Menos peligrosa, si el creador busca una imbricación crítica con las redes neuronales. Es todavía problemático integrar la dimensión humana y tecnológica, no solo considerando aspectos técnicos como las redes neuronales, sino además emociones, intuiciones y experiencias humanas, clave en el proceso creativo. ¿Podrán las neuronas solas frente al Chat GPT 5.5 y sus clones que se avecinan rampantes como el Leviatán del Apocalipsis?
El poeta oye su voz interior, incesante, inclusive en el silencio gesticula y continúa diciendo lo inaudible; en cambio el novelista, el periodista y el historiador oyen diferentes voces de afuera, la de los otros y optan por el testimonio; particularmente, en el caso del novelista a través de un imaginario que recrea y reinventa la realidad. Por su parte, con el ChatGPT, oímos además las múltiples voces de la infoesfera que nos susurran o nos gritan al oído y la mente. La voz entre bambalinas, detrás de la pantalla, musita, sugiere, corrige o dictamina, impone o censura para terminar tomando nuestra voz y hacerla suya.

La inteligencia artificial como sujeto-autor original es todavía inconcebible, ni con el manejo versátil de las diferentes redes neuronales, ni a través del escaneo minucioso del cerebro de Broca y el lóbulo frontal de nuestro cerebro. Su complejidad más la esfera afectiva aun le son extraños. A pesar de las capas sucesivas de lenguaje que va incorporando el Chat GPT y los múltiples experimentos en desarrollo, todavía la máquina es máquina y el poeta, poeta.
Se habla mucho actualmente sobre la crisis de la narrativa y los relatos, aludiendo además a la narrativa literaria. Es bueno recordar que los relatos actúan como arquitecturas ordenadoras del tiempo, estabilizadoras de la vida, porque el pensamiento, las ideas y la sabiduría de la experiencia demanda tiempo, el mismo que provoca reflexión sobre los sentidos de la vida, un acercarse al fondo de las cosas, generando una introspección cautelosa e integral. Narrativa que se precie desarrolla argumentos, proyectando sentidos e ideas. De ella se nutre la literatura, la filosofía, la religión y las propias ideologías. La verdad deviene generalmente de una construcción narrativa.
Paradójicamente, la infoesfera cambia velozmente, carece de estabilidad temporal y con ello fragmenta nuestra percepción. Esa dinámica informativa nos arrastra a un torbellino de actualización permanente, sumatoria de datos, información de titulares, tictoqueo del mundo, short stories, reels, el ritmo frenético de la publicidad, la instantánea visual y de contenido. Así, la información termina siendo aditiva y acumulativa, a diferencia de la verdad que es narrativa y exclusiva. La verdad es más que una información correcta, en última instancia es una gravitación y una promesa. Infelizmente, los nativos digitales han sufrido y padecen esta realidad digital ignominiosamente re/sumida a causa del diseño establecido por las grandes empresas tecnológicas. Y esta diferencia, una vez más, nos diferencia socialmente, en medio de las tribus digitales (tan parecidas a las sectas evangélicas) que marcan su territorio, su tótem y su cofradía.
Un sinfín de nódulos es posible extraer se este nuevo festival civilizatório. Lo ético y lo normativo vinculado a la creación, la educación digital, los límites de la coautoría, los consumidores virtuales; e, imaginaria y socarronamente: la estética de los hackers, la dimensión kafkiana de los tecnorrelatos, los algoritmos libidinales, los sentimientos del Big Data, la metafísica del ChatGPT.
Esperemos pues que, al cabo de este argumentario, no enfrentemos anatemas ni las excomuniones por los sacerdotes del Santo Oficio Digital, ni por los versicularios de plataforma, ni por los sacristanes del megalike, es decir, el vasto clero de la iglesia del silicio. Ni sicalípticos ni integrados: protopoetas y magos.
Dentro esta colindancia rizomática de lo humano/digital, permítaseme citar un verso del poemario “Mil y una noches sin Wi-Fi” del poeta chuquisaqueño Omar Alarcón: “A estas alturas del siglo/ es necesario que el microprocesador/ incluya en sus algoritmos la ternura”.


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