/ Oscar Córdova Sánchez /
En la mitología griega, la diosa Atenea representaba todo el conocimiento, sabiduría y arte que emanaba en la Grecia Antigua y sus alrededores. Fue tal el culto a la venerable diosa, que en la mitología romana la llamaron Minerva. A partir de esta distinción, era influida la potestad de su divinidad en los griegos a tal punto que decidieron construir un templo en honor a la diosa de la sabiduría, con el nombre de Ateneo, donde se reunían personas dedicadas a la investigación, divulgación y promoción artística con la idea de expandir la cultura de la región a otros rincones.
Con el paso del tiempo, muchos grupos crearon centros culturales con el nombre de Ateneo y es donde se produjo una fragmentación de su finalidad, con intereses más políticos que productivos. Su auge se dio en el siglo XIX, en países como España, Francia o Alemania, cuando surge la diferencia entre clases sociales, fundándose con el objetivo de adherir a miembros de las clases altas con una orientación más cerrada y difundida solo a familias pudientes. Mientras que otros ateneos tenían a miembros de la clase media con una nueva configuración ideológica que se iba formando. En el continente americano, después de la creación e independencia de las naciones, se realizaron intentos por hacer valores artísticos en grupos de personas dedicadas al culto, como los griegos realizaban siglos atrás.
En el caso de Bolivia, en sus primeras décadas, llevar adelante un programa de fomento en sus ciudadanos con el objetivo de divulgación científica o artística era casi sembrar en terreno estéril. La anarquía, el caudillismo, el militarismo, el abuso de poder y muchas otras demandas, hacían imposible poner firme la difusión artística y científica en esos tiempos. Pero fue finalizando el siglo XIX y principios del siglo XX, donde se crearon varias instituciones culturales –mayormente efímeras– con la capacidad de producir y difundir textos históricos y literarios por hombres amantes de la vida dedicada a la ciencia y arte. Instituciones como la agrupación paceña Asociación “Julio”, en 1857; la Sociedad “Gutiérrez”, en honor y tributo al historiador José Rosendo Gutiérrez, entre los años 1886 y 1888; algunas que aún perduran como la Sociedad Geográfica y de Historia Sucre, creada en 1887, fueron una necesidad colectiva para instalar nuevas tendencias literarias, sociológicas y científicas, siempre colocando el análisis de la realidad e identidad boliviana, con la intención de dar cuenta a su población de los problemas que embargaban a nuestro país y fue en la época liberal, donde se crearon varios grupos literarios que lograron atención y que perduraron en varios estudios posteriores.
Grupos como Palabras Libres, con Alcides Arguedas y Armando Chirveches a la cabeza, en 1905; o Gesta Bárbara, con Carlos Medinaceli y Gamaliel Churata (Arturo Peralta), en 1918. Estos grupos fueron cobrando interés y lograron esparcir semillas que dieran fruto a nuevas generaciones de escritores. Es el caso del Ateneo de la Juventud, aglomerado de varios jóvenes talentosos, que logró durante la década de los años 20 expandir sus ideas y trataron de fomentar una “nueva literatura” nacional.

Francisco Villarejos, el nexo definitivo
La idea proviene del periodista Francisco Villarejos, un joven inquieto y, a decir de Alfredo Guillén Pinto, tenía como objetivo “la creación de una literatura y un arte auténticamente bolivianos”. Fue así como su intención de “iluminar a la sociedad paceña” logra, junto con José Tamayo, crear la revista cultural Inti, en 1920. Esta revista tenía en sus contenidos poemas clásicos, crítica de arte, reseñas y alguno que otro reporte actual de la política de ese entonces.
En 1921, el joven y novel escritor Gustavo Adolfo Otero, que años antes había sido designado secretario privado en el gobierno liberal de José Gutiérrez Guerra, sería conocido por su talento literario y por su sátira en sus escritos, siendo jocoso y amable al mismo tiempo. Otero había decidido fundar la revista La Ilustración, que contenía el mismo material de información que la revista de Villarejos, aunque de manera más “ácida”. Informaba a los ciudadanos las ocurrencias y crónicas que armaba sobre el republicanismo, que estaba al mando de la nación.
La revista estaba conformada por Ángel Salas, Saturnino Rodrigo y auspiciada por Esteban Riccio. Su demanda fue creciendo por la calidad de ilustraciones burlescas de los políticos del momento. A finales de ese año, Villarejos, teniendo información sobre la revista, envía una invitación a los miembros de la revista con la finalidad de poder entablar alianzas y crear un nuevo modelo de literatura nacional. Otero y sus amigos aceptaron, dirigiéndose al lugar de la reunión. La mesa, donde se iba a decidir la futura unión de ambos grupos, se encontraba en la casa del joven y reciente abogado Humberto Palza, que en unos años más sería una figura eminente en teatro, poesía, novela y filosofía. Fue en esa reunión y con la presencia de casi la totalidad de los miembros de ambos grupos de ambas revistas que deciden crear un solo soporte de vanguardia literaria. A decir de Saturnino Rodrigo, que estuvo en el momento de la propuesta, menciona:
“Se trataba de agrupar en una asociación a toda la juventud militante de artistas, intelectuales, maestros y periodistas que se agitaban en la ciudad, el propósito era crear un cenáculo que aunaba a todos a fin de realizar una obra trascendental. Esa juventud negaba todos los valores intelectuales y artísticos del pasado, no reconocía nada a las anteriores generaciones que apenas habían dejado un caos, quería renovarlo todo, hacer su propia cosecha y sumarse a las corrientes mundiales por medio de la creación del arte por la vida y las ideas”.
En efecto, el nuevo grupo, ahora llamado Ateneo de la Juventud, anula el criterio de anteriores escritores que habían derrochado su fama individualista en obras que no lograban armar el rompecabezas común del alma nacional; y no dar énfasis en la importancia de la sociedad que no la leía, ni menos la mencionaba. Solo décadas después se lograba leer y entender su intención.
El manifiesto del Ateneo de la Juventud y sus miembros
Con las intenciones patrióticas y de buscar a nuevos miembros, apareció el día 19 de diciembre de 1921 el Manifiesto del Ateneo de la Juventud, donde la posición del nuevo grupo conformado perseguía una nueva orientación artística boliviana. En el mencionado documento, se lee lo siguiente:
“Corresponden a los artistas y escritores de hoy, que no han recogido del pasado intelectual de Bolivia sino una herencia caótica […] Se propone avivar entre sus adherentes las disciplinas que conduzcan a la formación del sentido estético, sin trabas que esclavicen a las tiranías del pasado y a las simulaciones del presente. El ‘Ateneo de la Juventud’ estudiará las nuevas tendencias artísticas que agitan el espíritu del mundo […] Ingresamos en un campo de batalla donde tendremos que vencer venciéndonos a nosotros mismos”.
Entre los principales exponentes del grupo firmaron los siguientes escritores: Gustavo Adolfo Otero, José Tamayo, Humberto Palza, Zacarías Monje Ortiz, Saturnino Rodrigo, Enrique Baldivieso, Javier Paz Campero, Antonio Díaz Villamil, Alfredo Flores, Ángel Salas, Humberto Viscarra Monje, Francisco Villarejos, Lucio Diez de Medina, Arturo Borda, Juan Capriles, Luis Felipe Lira Girón. Todos ellos con un porvenir exitoso, cada uno desarrollando más su área, ya sea poesía, teatro o pintura.
Con todos los miembros se eligió a la primera directiva, compuesta por los siguientes jóvenes: José Tamayo, presidente; Teddy Hartman, secretario de Fomento y Cultura; César Adriazola, secretario de Relaciones Exteriores; Humberto Palza, secretario de Hacienda y Enrique Baldivieso, secretario del Régimen Interno. Durante el transcurso de los siguientes meses, todas aquellas fuerzas unidas, llenas de hacer una modificación del arte en Bolivia, que estaban dispersas, se reunían frecuentemente cada viernes en casas de los miembros, donde la poesía, filosofía y nuevas formas de creación se mezclaban para dar algo novedoso. A decir de Ismael Sotomayor, historiador y tradicionalista, menciona la labor genuina de los ateneístas que lograron “imponerse sobre todos los centros culturales del país, […] consecuencia del acierto con que supo proceder, de su tenacidad por levantar los niveles culturales en general”, donde exponían temas de su especialidad destacados intelectuales nacionales e internacionales, absorbiendo las ideas del invitado y colocándolo en debates en la sala del Ateneo.

Dos génesis: la generación del 21 y el Ateneo femenino
Ante el nuevo surgimiento del grupo, las manifestaciones políticas no se olvidaron de querer arrancar a miembros del cenáculo recién creado. Vistos por Bautista Saavedra, entonces presidente de Bolivia, con indiferencia y no poner todas sus manos en el contorno de ideas ya moldeadas, dejó seguir con normalidad a los ateneístas.
Este grupo estuvo liderado por Gustavo Adolfo Otero, que firmaba sus escritos bajo el seudónimo de Nolo Beaz, y a su lado José Tamayo, hermano menor de Franz Tamayo, que tomaría las riendas socialistas años después. Ellos serían la base para impulsar a sus amigos, dejando a Francisco Villarejos a un lado, quien los había unido meses antes.
En 1922, con la particularidad de que la ciudad de La Paz se constituía en la vanguardia artística y teatral, deciden estrenar ocho obras teatrales en el Primer Festival de Teatro, organizado y autofinanciado por sus miembros, con lo que varios críticos sitúan a este grupo en la “Generación del 21”, que engloba a toda la generación de jóvenes con un amor al arte en todas sus expresiones en el país. Con títulos como La voz de la quena de Antonio Díaz Villamil; La mejor escuela, comedia en tres actos de Ángel Salas; temáticas incaicas insertadas en El Dios de la Conquista de Enrique Baldivieso o la psicología de las emociones en La Felicidad de Humberto Palza. Si bien este hecho fue de producción teatral, más es considerada como una etapa de transición artística-literaria, y que aún no observa la identidad diversa del país en cuanto a la representación de obras. A futuro, Díaz Villamil, Salas y Palza darían vida en el teatro a temáticas de interés nacional, como ser la migración, el racismo, el caudillismo o la cuestión de enclaustramiento de nuestro país.
Ahora desde el punto femenino, que hasta ese momento no lograba entrar en el fomento de las artes y ser aceptada por su capacidad intelectual. Auspiciado por el Ateneo, el 30 de abril de 1923, se funda el Ateneo Femenino, la primera institución cultural femenina del país. Creado con una campaña del derecho al voto en la mujer y cobrar una representación que aún no le era favorable a las mujeres a principios del siglo. El liderazgo fue otorgado a María Luisa Sánchez Bustamante –hija del intelectual Daniel Sánchez Bustamante–, quién logró la independencia del Ateneo Femenino y fomentar la cultura intelectual de la mujer y salir de los prejuicios del medio. Así, con todo el máximo esfuerzo de los ateneístas, posibilitaron varios logros en diferentes campos en una década que parecía estar sesgada de información.
Cambios y caminos diferentes
Con el paso de los años, la producción intelectual se hacía más extensa. Otero, Salas, Díaz Villamil y Palza eran las figuras que enarbolaron la bandera de una nueva síntesis boliviana, publicando varias obras. Pero no todo lo que dura es para siempre, y el Ateneo de la Juventud fue víctima de aquellos miembros que proclamaban “unir fuerzas para un solo arte en Bolivia”. Por lo mismo, el egoísmo e individualismo de varios de ellos se hizo sentir y de a poco la política acechaba sus convicciones. El primer intento de separación fue para la publicación y edición del tomo Bolivia en el primer centenario de su Independencia (1825-1925). Dicha obra se editaba en Nueva York y algunos ateneístas fueron invitados a realizar monografías. Así, el presidente Saavedra persuadía e invitaba a ciertos ateneístas para prestar servicios en secciones que estarían plasmadas en el libro. Otero fue invitado a realizar la Monografía de La Paz; Salas realizaría el ensayo La literatura dramática en Bolivia. Además de algunos intelectuales que los habían llamado para dicho emprendimiento, como Daniel Sánchez Bustamante, Rosendo Villalobos, Juan Francisco Bedregal, Belisario Díaz Romero, entre otros.
De esta manera, el Ateneo de la Juventud, por la falta de unión y desgaste de sus miembros, sus actividades fueron suspendidas durante un tiempo indefinido. Pero fue la fuerza perseverante de Humberto Palza, que, gracias a las acciones coordinadas con el nuevo gobierno de Hernando Siles, logró reactivar el Ateneo de la Juventud. Dotándolos de un local para sus actividades y la biblioteca de José Rosendo Gutiérrez, que años antes había sido recuperada por el Ministerio de Instrucción Pública.
Con los materiales dotados, el 21 de marzo de 1928, se crea la Comisión Reorganizadora, con la conducción de Palza, que, dejando de lado su individualismo, adhiere nuevos miembros, conformando la nueva directiva: Roberto Bilbao la Vieja, presidente; Martín Cárdenas, secretario de Relaciones; Saturnino Rodrigo, secretario de Cultura, y Antonio Díaz Villamil, secretario de Régimen Interno, incluyendo a jóvenes como Roberto Prudencio y Julio Calderón.
Pero fue su ambición trágica por intereses como la política, aliada del gobierno de turno, que formaría las filas del Partido de la Unión Nacional, donde Siles logró captar a muchos jóvenes, entre ellos, a los ateneístas. Rodrigo recordaría de esta manera: “Casi sin querer, aparecimos formando parte de la redacción de un diario que defendía las ideas y la política nacionalista del gobierno. Y, cuando en 1930 se convocó a elecciones para diputados y senadores, casi todos […] resultamos incluidos en las candidaturas del Partido Nacionalista”.

Fin del Ateneo de la Juventud
Con todos los nuevos adeptos al Partido de la Unión Nacional, se fragmenta el Ateneo de la Juventud. Convertido ahora en un núcleo ideológico y político. Posteriormente al derrocamiento de Hernando Siles, que proponía su prórroga en el poder, desaparecen también las comodidades que se le dieron al Ateneo de la Juventud. “Cuando regresamos a La Paz, no tranquilizados los ánimos ni atemperados los odios, el ‘Ateneo de la Juventud’ no pudo rehacer su vida, pues hasta su hogar le había sido arrebatado”, menciona Rodrigo.
Años después, pasada la Guerra del Chaco, se vuelve a organizar una nueva directiva a manos de Raúl Mendoza, pero de efímera existencia. Ya no había nuevos talentos que llamar; todo estaba tergiversado con los nuevos pensamientos de posguerra y diversos escritores tomaron rumbos diferentes.
Fueron sus miembros, que con constancia y sacrificio organizaban concursos, festivales y proponían una renovación por el arte boliviano. No podemos dejar en el olvido, a este grupo de escritores que, con el paso de los años, alcanzaron grandes logros en la literatura boliviana, más allá de la ideología, con la convicción de sacar a la luz nuevas formas creativas.

Deja un comentario