Día bisiesto

/ Jorge Vicente Ordenes Lavadenz /

Hotel de pobre, ventana a la calle, tercer piso. Números romanos en cada piso, “Números” y los demás libros en, todo un tomo de impronta nuevayorquina junto a una vela usada y otra vela virgen, todo acunado en el cajón de la mesa de noche.

Calle ancha, pavimentada y transitada por automóviles, pocos automóviles. Está nublado como casi todos los días. A ratos llueve, no hace calor ni frío, aunque el ábrego campea. Es un día BISIESTO para el humano que está de paso, día cualquiera para el que haya encontrado una sonrisa, aunque sea la propia, o una mirada, o algo por el estilo.

Es difícil decir si imagino, o si soy imaginado. Que María está enferma creo no poder asegurarlo, ya que oigo su llanto cansado de lustros de cosa humana. El diagnóstico del último médico había sido “gravedad inconmovible,” aunque también mencionaron otras cosas que no comprendí.

El árbol de mi vereda, conocido como ornamental, llega a besar la cornisa de la ventana. Esta ni gracias da porque con seguridad nadie propuso que existiese. Simplemente la pusieron ahí, y a aquel también sin preguntarles. El árbol es más sugestivo porque acaricia la cornisa con sus múltiples brazos verdes, aunque solo la besa cuando hace algo así como mal tiempo, que es cuando más cerrada está la ventana, y más pesado se pone este ámbito de tercer piso. Hasta el respirar se hace fatigoso y el buen genio, si queda, se agita. Cómo iba a ser de otra manera, si es un día bisiesto. Encima, la estufa a todo dar y ni calienta… mejor así, porque no hace frío ni calor. Día al gusto de Esquilo, de Eurípides, y hasta de Antístenes, dueño de tanta forma de verdad este último, antecesor de Terencio, de Cantinflas y de la política boliviana agogó.

La brisa conmueve al árbol, como el viento mueve otras cosas, sin él no inhalamos ni exhalamos, aun cuando sea poco a poco, a manera de favor. El asunto es que no se sabe quién concede la gracia del favor ya que, como en el caso de la cornisa, nadie preguntó si habríamos de gustar de esto. Nos hicieron y con cierto apuro. El vidrio de la ventana está empañado: solo el surco de mi índice sobre esa forma de agua permite observar el árbol que sufre, o quizá goce, con lo que el cielo echa, y con el pudor de la ventana cerrada, incólume.

El trance, obliga mi desnudez de la cintura para arriba. Tengo descubierto eso que se llama pecho con su corazón por dentro. Descubierta también tengo la cabeza, que es, creo yo, como debe estar. Mejor no hablemos de los ojos, oídos y demás sentidos y contrasentidos porque acabaremos haciendo ontología. La cabeza tiene su historia, y a muchos les resulta imposible mancomunarla con la historia del cuerpo. A gran parte de Latinoamérica le va aconteciendo otro tanto: parecería que el problema estuviese en el cuello, y especialmente en el occipucio, aunque también la aorta tiene la culpa. Ni el uno sostiene ni la otra abastece. Los demás dirían que este es un problema económico neoliberal. Está de moda para disgusto de Platón y de los izquierdistas amigos del materialismo idealista. Lo de “materialismo histórico” hay que dejarlo a los adoradores del dólar, como los puros capitalistas que, desde Smith, Ricardo, Marshall, la “escuela de Chicago” y sus seguidores latinoamericanos, ostentan ser dueños del proscenio olvidándose que la palabra expiatoria de su profesión es el DESEMPLEO. Y el DESEMPLEO en Latinoamérica, María, es cilicio de los adoradores.

Vuelvo a pasar el dedo por el cristal, y aquel verdor del árbol se ufana en su sensualidad barnizada. Ya ni veo la cornisa, pero sé que está ahí. Día gris para los sentidores, tal vez día normal para los economistas, para los macroeconomistas que se desvelan con su C+I+G+X-I=PIB… día cualquiera para los políticos de coalición, doxólogos soñadores de los años dos mil veintitantos.

De la cintura para abajo no debo de sentir frío porque llevo los pantalones puestos, al menos creo que los llevo; de lo contrario no estaría así como estoy, “pasando” como dicen los ecuatorianos, y tienen razón. Tener que “pasar” la temporalidad de la existencia es el último estertor de la esperanza; ese tipo de ESPERANZA empantalonada, de tronco descubierto, indiferente al peligro que significa no tenerla. A veces el hombre y muchas mujeres deben sacarse los pantalones cuando sienten calor en las piernas, y quizá frío en el pecho. Los pantalones no sirven para el pecho, y habrá que esperar que las piernas se enfríen para volverlos a usar. Además, el sexo opuesto está presente en todas partes, aunque no se alcanza a ver. El tronco y las piernas, todo el cuerpo, y, más aún, la cabeza, se ven en el espejo del problema. La maleabilidad del reflejo depende de cuantos nombres se dé en un día como éste. María impone su realidad. Yo la amé como a mí mismo, que es como se debe AMAR al prójimo.

El exterior está mojado como el llanto del cielo que debe ser sincero, tal vez lo único sincero ya que moja todo por igual, a pesar de que el edificio del frente tiene seco su lado norte: la lluvia confabula con el rebufo de los corazones. Una verdad es innegable: el techo que guarece determina la relativa salvación de la vestimenta. Y esta cuenta en sumo grado, sobre todo la máscara.

Se vuelve a empañar el vidrio, esta vez diría que con mi aliento. Un índice zurdo reabre el surco y, en la acera del frente, al pie de aquel edificio mojado en partes, hay otro árbol, aunque más joven que este besador de cornisas de hotel. Aquel no ha aprendido a besar. El pavimento, la calle, ahí, entre medio, estorba. Estorban porque aparentan, fingen llevar adonde pretenden llegar, pero en realidad la calle no LLEVA, ni LLEGA, ni va a ninguna parte porque no se mueve. El que se mueve es el índice “zurdo” y tembleque, que ahora que miro es ¡el índice de mi mano derecha!… es cuestión de distancia eso de que aquel árbol sea más pequeño. A ratos la vista embosca. Son los mismos automóviles que pasan y repasan, sin ir a ninguna parte.

Día gris o bisiesto, perenne o claroscuro. Día bisiesto porque dicen que así deben llamarse ciertos días del país de Pocahontas. América, el Nuevo Mundo (para los europeos) también fue de Pocahontas. El POPOL VUH la sugiere en cada página, en cada evocación. También está en los primeros párrafos de aquella CARTA de Colón, en la UTOPÍA de Tomás Moro, y en la de Vasco Quiroga. Latía ya en el Mileto de Tales, en el Toledo de Alfonso X, en la Ginebra de Miguel Servet (el verdadero descubridor de la circulación de la sangre), en LOS COMENTARIOS REALES de ese Inca mestizo, en la aritmética del periplero La Condamine, en el trazo de Miguel Ángel, en los Apóstoles cuerdos de DOMÉNIKOS THEOTOKOPULOS, en las Cortes de Cádiz, en la CARTA DE JAMAICA, en NACIONALISMO Y COLONIAJE, y en el pulso de mi amigo Barcárcel que se desvive en Santa Cruz, el de los retratos bien hechos.

Ella, me refiero a Pocahontas, que pudo haber sido MI Pocahontas, o sea mi María, también debió haber tenido su “tercer piso”, con su “ventana” y sus “árboles besadores”. La lluvia debió de mojar sus cabellos y sus pies como cualquier otro sentidor de ventanas. No falta quien la quiera besar sexualmente a través de la distancia histórica, en plena Plaza 24 de Septiembre. Siendo mujer, lleva las de engendrar el chasquido de un rayo similar al que estremece este árbol al BESAR. Ella está lejos como ese árbol del frente cuyas ramas posiblemente distraigan la solidez y el orgullo del edificio medio mojado que sin duda está per istam. Soplé con esfuerzo para ver si el vidrio despedía el aliento del mundo. El vidrio no despidió nada, pese a mi actitud.

Del lado meridional de mi espalda desnuda sentí el quejido de María enferma. Ahí, en la cama, parecía ensayando seriamente la posición eterna. Ya no lloraba. Sentí que mi estómago se revolvía no sé si de pena, aunque estaba seguro de que no se revolvía de angustia. La ANGUSTIA tiene como objeto a uno mismo. La PENA tiene como objeto a otro, en este caso a María. De ahí eso de ALMA EN PENA, creo que del antiguo testamento. La LÁSTIMA es muy distinta: es un hilo umbilical entre la angustia y la pena.

Yo diría que a María no le quedaban lágrimas, aunque el gesto de llanto crónico persistía a medias. Ella había sido mi esperanza no tanto porque era joven, bella, tierna, sensual, sino porque en su vida había sufrido mucho y, por lo tanto, sabía más que yo. Lloraba, creo, hasta de ansias de misterio, ansias de un ósculo naturalista. El peor momento fue cuando dijo que tenía sed: por entonces llovía, y yo me dirigí a la ventana a paliar la mía. Un índice abrió aquel surco y vi por primera vez el carácter bisiesto del día. María empeoraba como minuto de clepsidra que hunde su teosofía en el hoyo negro CYG-1… es decir muy lentamente, como una gaviota del Nilo, del Piraí, o del Lauca, en pos de una verdad eterna, tal como la buscaba el sabio Athanasios Kircher, el mártir Giordano Bruno, Dame Agatha Christie, o nuestro mártir Marcelo Quiroga Santa Cruz. María en la cama enfrascada en su lipemanía de rictus persistente, eucologio abierto, sillico vacío, …y yo remirando los árboles, la cornisa y la lluvia. Aunque situándome de cierta manera, el árbol besador me impedía ver todo lo demás haciendo honor al dicho prístino de que “un árbol puede tapar el bosque.”

Alguien llamó aletargadamente a la puerta. Fue una eternidad de llamado. Eché una última mirada al árbol del frente y, limpiando el índice en la palma de mi mano, y esta en la palma de la otra, dirigí mi movimiento a la puerta. La abrí, ¡era María!… Quedé estupefacto, y solo atiné a volver la vista a la cama: estaba hecha, aunque mostraba las cálidas arrugas de la tarde. Observé nuevamente a “Ma”… (como la llamaba en mejores días, y en mejores noches cuando la llamaba Ma-má) quien sosteniendo maternalmente un bote azul, y otro grande, raro, de color ayudado, me dijo: “Cálmate que ya viene el médico.” Un sudor frío hilvanó mi asombro, también mis costillas.

Sentí la necesidad de ponerme el pantalón. No sé si lo hice del todo. “¿Es que estamos en otro mundo?” indagué, pensando, para luego decir tartamudeando, medio agachado, la faz tensa, los ojos y manos muy abiertos: “Tú ahí de pie no estás, ni creo que nunca has estado: eres algo que fue y que debí dejar en los imanes de mi mente.”… Me siento mal, debo estar soñando, esto no es real, no puede ser así; tampoco me siento tan mal como para desesperarme, ni mucho menos. “Qué ocurre María, qué ha sido de mí, de ti, de tu fiebre, de tus caricias y los halagos… Qué fue de los días en que podíamos sentir la realidad de estar juntos, de acariciarnos, de palparnos, de amarnos, y de entristecernos… ¿por qué se hace esto conmigo?… ¡Quédate en ese allá que te pertenece!… ahí donde te pusieron, donde desnaciste!… cuando yo con mis sentidos, y esto escúchalo bien, con mis cinco sentidos percibí tus últimos quejidos ¡y vi tus últimos deseos!”. Me sentí pálido de incapacidad y de mucho, pero mucho, enojo. Luego ella dijo: “he venido a calmarte con el resultado de mis ruegos, y con estos medicamentos: mate de coca y… Cállate, tómalos,… voy por agua.”

María cerró la puerta y yo quedé en una profunda arritmia que me condujo a la ventana. Me arremoliné, pero no permití que la mayoría de mis yoes se ensimismaran. Entré en una especie de ilapso. Las cosas se situaban, incluyendo el dedo que pesadamente abría nuevo surco en el vaho del vidrio. La cornisa, los árboles, el pavimento, el cielo, y el edificio mojado a medias, todos grises, permanecían. Me brotó una sensación de alivio que burló el ilapso. Toqué mi mejilla derecha con dedos cansados, la sentí viscosa. Me escoció la espalda a la altura de la coxis y con esos dedos me rasqué mientras persuadía a mi cuerpo a dejar la visión del árbol grande, el árbol pequeño, el pavimento, la cornisa y la lluvia. El mundo, como yo, traspiraba, transcurría.

Me detuve al pie de la cama de María y contemplé aquel cuadro de enferma. Parecía desmayada, o desanimada ya… Su cabello castaño y abundante cubría sus labios que entreabiertos simulaban ansias de salud, de vida, verdad, amor. Tenía el hombro descubierto y como esperando el beso de otrora… Nadie besó a nadie. Me volvió a escocer la espalda mientras la puerta hacía resonar una vez más aquellos conspicuos golpes de metacarpos enguantados pero desnudos.

Sentí un vahído y también que traspiraba. Una vez más el estómago golpeó mi garganta entre escalofríos. Me sentí algo así como inquieto paciente de mi galénica María. “Vuelve a curarme” dije, creo que en voz alta. Esta vez no abriré, que se funda esperando ¿por qué voy a abrir? y además ¿por qué yo? El mundo la envía cuando él la recoge en su seno. No la quiero. Que busque otro, si puede. No podrá, no deberá, porque la medicina que trae es solo para mí, para este afiebrado “estar” con tanta cosa que provoca.

Todo clama y llama a la reivindicación directa, sangrienta e íntima. El mundo juega, los cánones retumban. Caín resultó de conciencia NEGRA, Abel de conciencia BLANCA: ambos hicieron posible el GRIS de las cosas. Así lo quiso el imaginador. De ahí la incompetente jurisprudencia latinoamericana, la ética del acomodo, las encíclicas incompletas – intencionalmente inacabadas porque ni siquiera mencionan la Teología de la Liberación que es la TEOLOGÍA DE NUESTRO BOLÍVAR EN LA CRUZ. … ¡Leamos los apócrifos! Como EL EVANGELIO TACIANO, EL LIBRO SOBRE LA INFANCIA DEL SALVADOR, EL LIBRO SECRETO DE JAIME, … donde se dice tanto y también de lo que no se dijo, y no se permitió divulgar antes por temor. ¡Miedo al miedo María, miedo al miedo, AMADA MÍA! …Leamos, María, “Ma” del alma, leamos, y amémonos sin temor, sin escollos ideados por otros: “Dame un pezón, MA y MA, para que vuelva loco de celos al otro, y en la instancia me enternezca del todo para alcanzar el misticismo de éxtasis, el del Amor puro y Verdadero, el de Santa Teresa de Ávila, alias DE JESÚS, el de San Juan de la Cruz, de Fray Luis de León, de Soren Kierkegaard, de Miguel de Unamuno, de Fernando González, y de aquel Padre Espinal… ¡Locura de amor!… que es la única forma de locura aceptada en este canon. Canon tuyo y mío, ya que lo demás ¿qué es?”  Nada y Todo: una incógnita, como la razón y propósito de la existencia humana.

El llamado a la puerta insistió. Me acerqué resuelto a la violencia. Castigaría a María hasta arrancarle el perdón de hembra, de costillera, de usurpadora de dichas que pudieron ser; esto de acuerdo a los que necesitan creer en algo y creen lo que oyen y lo que husmean, otros lo que atisban, lo que palpan. No hay sentidores ni repensadores. Latinoamérica es seguidora y por eso es víctima, como yo y también María la enferma. Pero abriré la puerta y veremos.

El día sigue bisiesto y yo, con mi pecho descubierto, tiemblo, trago, avanzo, y ¡abro! Soy héroe. El viejito esquizofrénico de la celda del lado viene a pedir el JOKER de la baraja. Desde hace unos días se le ha dado por jugar con JOKERS solamente.

Una mujer robusta vestida de blanco y con los brazos cruzados nos observa desde el corredor. Los cansados mosaicos del piso todavía permiten el espejismo de árboles, cornisas y lluvia, y gracias a Todo, sostienen aún el recuerdo del cuerpo, de los pezones heraclíticos y salvadores de María, mi María del Ensueño y del Ideal, ideal de un día bisiesto en este HOTEL de pobre atiborrado de realidad.

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