/ Javier Reynaldo Romero Flores /
Espacio, tiempo, sentido y legado: A propósito de La hija cóndor
La necesidad de seguir pensando educación y antropología nos llevó esta vez a mirarnos en una película, en un momento político en el que, nuevamente, los bolivianos atizamos el fuego de espaldas a la realidad. Y La hija cóndor, dirigida por Álvaro Olmos Torrico, nos devuelve la posibilidad de situarnos frente a esa realidad para comprender que no es única ni lineal; que no tiene una dirección correcta o incorrecta y que tampoco está cerrada a las transformaciones.
La película nos muestra que las renuncias y las concesiones siempre son necesarias porque lo más valioso en este lugar —de montañas, quebradas, ríos, valles y llanos, arrullado por melodías de todas las formas y colores— es la vida. Una vida que se renueva en cada ciclo: con las nuevas papas, las nuevas autoridades, los nuevos pasantes —en “las mismas” fiestas—, las nuevas parteras y las nuevas wawas. Ellas, en poco tiempo, serán autoridades, pasantes y tal vez parteras, convirtiéndose en guardianas y guardianes de la vida y de su ciclo de reproducción, inseparable del paisaje, de las plantas, de los animales y de los seres tutelares.
Pero, para que esto sea posible, hay que saber comprender nuestro legado, tarea difícil si no transitamos otros espacios y no asumimos nuestro tiempo. No importa si orientamos nuestros caminos en direcciones aparentemente erradas: los caminos siempre tienen doble sentido y, si nos alejamos, siempre podemos volver.
El trabajo de Olmos interpela precisamente por eso. Espacios, tiempos, sentidos y legados articulan una narrativa clara, crítica y necesaria en tiempos de polarización lineal, reducida a dos extremos pretendidamente únicos, nada menos real que eso. La película nos muestra múltiples posibilidades en la vida cotidiana de la ciudad de Cochabamba y sus áreas rurales.
Entre muchas de ellas, salir de la comunidad puede significar la posibilidad de una nueva vida: seguir camino a otra ciudad e ingresar en el itinerario de la “cholita” que, transformada en “chota”, será luego “birlocha”. Pero también puede ocurrir que aquella pollera, que no puede resistir en la ciudad, sino que reexiste; que se oxigena con otros aires y que, cambiada por un jean e impulsada por la experiencia urbana, encuentra la forma de volver al camino, reorientar el sentido de su presente desde el horizonte del futuro y asumir el legado del Cóndor —la Madre Partera—.
Dos ciclos distintos, dos tiempos distantes, dos vidas conectadas, aunque pertenecientes a generaciones diferentes. La madre ejerciendo su legado desde toda una vida de experiencia. La hija, escogida por el rayo, asumiendo su aprendizaje, pero también su hambre de mundo, como toda joven. Un presente que, como cualquier presente, se mueve en múltiples direcciones.
Madre e hija —Ana, la partera, y Clara, su hija— asumen su momento en la vida con coherencia respecto de su legado. Ana, como madre, cumple el deber de otorgar a su hija la libertad de elegir su camino; como partera, asume el agotamiento de su cuerpo y de su tiempo. Clara, en cambio, avanza a contracorriente: cambia el sentido de lo establecido, orienta su retorno —insurgente— como el nuevo cóndor capaz de surcar —para ella— cielos todavía desconocidos.
Así, todos transitamos por los espacios que nos toca transitar. Para ello orientamos el sentido de nuestros caminos, aunque a veces, nuestro tiempo, nos permite volver sobre nuestros pasos. Porque el compromiso ético y político del legado recibido orienta y organiza ese retorno: el de la hija cóndor, el nuestro, y tal vez el tuyo.


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