6 textos del libro inédito «Ítaca no existe»

/ Juan Ignacio Siles /

Del ajeno dolor

Me dices que te duele el estómago y no, no me duele a mí tu órgano esdrújulo. Ni la cadera cuando te duele el hueso. Ni cuando me dices que la cabeza te duele, ni cuando me dueles que te dice el codo. Ni si te duele la muela, porque tu muela no es mía y yo no siento que a mí la duela me muela te digo. Ni la cadera ni el estómago ni la espalda. Ni cuando te duele me dices el puro y triste entendimiento. Ni la rodilla cuando caminas, porque yo con tu rodilla no camino. Pero si me dices que te duele el corazón, entonces sí me duele. Porque, aunque no sea mi corazón el que dentro de ti palpita, me duele. No sé por qué, no me pidas que te lo explique. Basta con que lo sienta. No es que me duela el que yo llevo dentro, el que late en mis entrañas. Es simplemente que me duele tu corazón cuando a ti te duele la vida.

Desprenderse

Apenas guardar las dulces alegrías que del amor fueron y una manzana para el camino de regreso. Echar por la borda, desechar los objetos inútiles de los que nuestros hijos no sabrán como deshacerse cuando nos vayamos, despedirse sin mirar atrás para no convertirse en grano de sal, desasirse del cúmulo de lo que no sea más ya necesario: los libros que nunca vamos a leer, los recuerdos vanos, las malditas apariencias, los artilugios de la última modernidad, el viaje al Nilo, las negras penas negras, los amigos y las amigas que ya no están, los conocimientos superfluos, los viejos rencores, las creencias religiosas, las utopías y distopías, los sueños (como si pudieran guardarse en una caja), la taza de café cortado… el puto dinero, la inútil tristeza de haber nacido. Mas no desprenderse de ti, mi propia lengua, descalza, desnuda, apátrida, envejecida, solitaria, venturosa, desprovista compañera cargada de esperanza, único puerto… el habla, empobrecida, descarnada, la palabra anónima, la mía, la tuya, la nuestra.

Nombrar

Mal nommer les choses, c’est ajouter au malheur du monde!
Atribuido a Albert Camus

Negarse a tener la potestad de forzar el espíritu
de las palabras para dominar, quebrantando
la natural relación entre el territorio
y la gente que lo habita.
Jamás imponer tu lengua sobre la de los demás.
No querer invocar a ningún Dios, ni aun en vano.
Ni convocar en soledad a todos los demonios.
Nunca mentar a la madre de nadie.
Proclamar únicamente la matria tan lejana.
No colocar ni una cruz sobre una lápida.
Ni pretender alcanzar la esencia o el sentido de las cosas.
No elegir ni al perro de la casa.
Ni denominar una calle ni otorgar un premio.
Tampoco querer establecer ningún orden o categoría,
porque las cosas existen, aunque no tengan nombre.
¿O es que acaso las conceptualizamos para que dejen de existir?
Hacer un testamento solo de tus huesos.
Ni hablar de emitir un voto.
No caer en la tentación de hurgar demasiado
en la nominación de los huecos del alma.
Ponerle nombre apenas a los hijos.
Ni con ilusión tratar de inventar otro nombre a la luna.
Nada más mencionar a los amigos en el abrazo.
Ni tan siquiera confiar en la magia de las palabras
al pronunciar con amor los nombres
que para ella has imaginado.
Ni se te ocurra escribir un verso que no sirva para combatir
o para soñar.
Mejor nomás dejarse poseer por el silbido de los cierzos,
llamar por el eco en el desierto,
atraer por el romper de las olas en el mar.
Levemente articular la voz originaria y muda que solo a ti te nombra.

Estatua de sal

Edith la llaman en algunos textos antiguos de la tradición judía, pero, en realidad, la mujer de Lot no tiene nombre, no existe sino como complemento culpable del sobrino de Abraham. Huye con los suyos para no sufrir el castigo de Yahvé sobre el pueblo en el que habita. Es una forastera también en Sodoma. Va de aquí para allá. Es migrante, nadie la quiere. Todos desconfían de Lot y su familia. Pero la mujer tiene memoria. Lo recuerda todo, no puede evitarlo. Recuerda que su marido prefiere entregar a sus dos hijas por temor a su Dios. La mujer de Lot no tiene nombre, pero tiene memoria. No tiene fe, pero tiene su propia historia. No sabe cómo impedirlo. Al huir se da la vuelta, gira sobre sus pasos, quiere mirar atrás antes de que la ira de Dios lo destruya todo. Qué importan las advertencias y prohibiciones de los ángeles. No tiene nombre, pero tiene una vida. Quiere llevar consigo su pasado en llamas. Intuye que tampoco tiene un porvenir. Pronto habrá de convertirse ella misma en un erial. No importa, ya sabes, basta con colocar un grano de sal sobre la punta de la lengua para recordar quién eres. Qué más da que nadie más sepa pronunciarlo, ni siquiera el evangelista. Su nombre es una columna de sal en medio del desierto.

Fotografiar a los asesinos

A la memoria de Alex Pretti

Ponerse a contemplar las cosas con otro ojo, tuerto, comprometido, mirarse por dentro, proyectarse hacia afuera, intuir la escena, clic, acercarse a la mujer migrante que está tendida en el suelo, mirar de frente a los que nos están golpeando, dejar que te observen detrás de su máscara congelada, distanciarse, enfocar con el ojo maravillojo, abrir el diafragma, enmarcar, inmortalizar las imágenes para siempre, clic, en blanco y negro o a colores, la distancia de campo, las figuras que se difuminan, porque están cubiertas, alguien rociándote la cara con gas pimienta, alguien que no soy yo sacando una pistola, no jodas, clic, detener el tiempo, guardar la imagen en el celuloide digital de la memoria de la cámara, ser o haber estido, clic, apretar el interruptor mientras me están 10 veces matando.

Contar

Cuenta los días de la semana. Los dedos de tus manos. Del uno al diez cuando respires muy hondo. Hasta el cien si fuera necesario. No te pases. Suma, resta y multiplica, mas no dividas. Cuenta con los que más quieras sin desengañarte. No confíes demasiado en los manuales de navegación. Que no te cuenten cuentos. Ni mentiras. Aprende sin esperar ni recriminar nada. En realidad, como siempre, basta con que cuentes contigo mismo.

Deja un comentario