/ Mariano Baptista Gumucio /
Al publicar este texto de difícil acceso, (significativo, además, porque en él, Mariano Baptista, se refiere a dos ex directores de El Duende: Luis Urquieta Molleda y Alberto Guerra), rendimos un sencillo pero sentido homenaje a uno de los más entrañables y viejos amigos de estas páginas, quien ha partido hace pocos días. La suya fue una larga y prolífica vida en pro del arte y la cultura de nuestro país.
Respuesta al discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua de Luis Urquieta Molleda.
Cumplo con la honrosa misión que me ha encomendado la Academia Boliviana de la Lengua, de responder al discurso de ingreso a nuestra institución, de D. Luis Urquieta Molleda que ocupará la silla que perteneció a Alberto Guerra Gutiérrez.
Creo que al empezar vale decir algo sobre el hecho que a algunos les parecerá insólito de que la Academia haya elegido, esta vez, a un ingeniero civil, cuando el grueso de sus miembros está conformado por abogados, periodistas y algunos médicos, todos ellos naturalmente autores de libros y cultores de la lengua castellana.
La real Academia de Madrid, tiene también miembros de diversas profesiones con el mismo denominador común y esta tendencia se ha difundido a otras instituciones afines, siempre claro está, que los miembros cumplan con los dos requisitos que mencioné antes.
El caso de Luis Urquieta Molleda, es similar, pues si bien la ingeniería le ha dado el “haber mantenimiento” que decía el Arcipreste de Hita, las letras han sido la pasión dominante de su vida.

En su libro “Sol de otoño”, que tuve el privilegio de prologar. Luis reúne un conjunto de 35 ensayos sobre libros, autores, pintores y obras arquitectónicas y siete cuentos de su propia inspiración, obra amenísima que puede abrirse en cualquiera de sus páginas, sabiendo que nada de lo que se encuentre es marginal o secundario.
Yo iría un poco más lejos, al decir que la cultura en general ha tenido en él a un incansable, denodado y generoso defensor, pues al igual que Alberto, toda actividad cultural que se ha realizado en Oruro ha contado siempre con su apoyo decidido en las últimas décadas.
Su esposa Esther y sus hijos, Luis Iván, Gorky, Marcelo y Patricia se habituaron hace ya más de diez años, a la aparición de un personajillo, vestido de riguroso blanco, capa y sombrero alón, que infaltablemente visita la casa cada quincena, llevando en sus manos un cofre de pensamientos, evocaciones y poemas. Quien le da vida a ese fantasma juguetón y erudito, en el periódico “La Patria” de Oruro, junto a un meritorio grupo de intelectuales y artistas es Luis Urquieta Molleda.
El Duende, no cumple años, sino números y ya ha llegado a los 400. ¿No es ésa una hazaña única en la prensa boliviana, cuando otros periódicos han suprimido de plano sus suplementos literarios o le dan a la cultura un espacio cada vez más desmedrado?
Por eso el beneplácito de todos nosotros al contar desde hoy, con el aporte y las luces del flamante miembro.
Luis Urquieta, ha escogido como tema de su disertación la obra poética y antropológica de Alberto Guerra Gutiérrez. En mi última visita a Oruro y teniendo en mente este compromiso, busqué las huellas de Alberto y encontré que él había participado en innumerables emprendimientos culturales, dejando en ambos campos, una caudalosa producción lírica y científica que lo enaltece como una de las figuras más importantes de la cultura boliviana de la segunda parte del siglo XX.
¿Qué no hizo Alberto desde que tuvo uso de razón hasta que la muerte se le cruzara en una calle de su ciudad natal?
Fue Secretario de Cultura del Sindicato de trabajadores de Machacamarca y Director de la radio de esa localidad, coordinador y director de innumerables periódicos y revistas, Director de la Casa de la Cultura de la Universidad de Oruro, Oficial Mayor de Cultura de la Alcaldía Municipal, Presidente de la Unión Nacional de Poetas y Escritores, filial Oruro, miembro de la Asociación Mundial de Escritores (PEN Internacional), coeditor del Anuario de la Unión de Poetas de Oruro y miembro del Consejo Editor de “El Duende”.
Asistió prácticamente a todos los eventos poéticos que se hicieron en nuestro país, pero también viajó a la Argentina, Chile, Perú, Estocolmo, Florencia, participando de encuentros culturales. Hoy mismo se halla abierta en el museo Patiño de Oruro, una sala en la que se exhiben los libros, diplomas y reconocimientos que Alberto recibió de diversas instituciones, incluido el premio “Gunnar Mendoza” de Gestión Cultural que es la más alta presea que concede el Estado Boliviano, en ese campo.
No abundaré en su labor antropológica cuya importancia ya ha sido destacada por Luis, pero destacaré, sin embargo, el enorme mérito que la prédica de Alberto hizo para que la UNESCO reconozca el Carnaval de Oruro, como patrimonio intangible de la humanidad.

No encuentro otra persona como él, que haya penetrado tan hondo en los mitos y creencias del pueblo andino, revalorizando todo ese universo misterioso que, hasta hace tan pocos años, era desconocido o menospreciado por los estamentos dominantes.
Alberto fue de los primeros en convivir con el pueblo Chipaya y buscar las claves de su cultura dos veces milenaria. Pocos como él han logrado, no solo comprender, sino identificarse con el “otro” en lugar de observarlo con recelo y desdén, como ha sucedido tantas veces, acentuando así los abismos de una sociedad fragmentada e incapaz de dialogar.
Con el tiempo Alberto adoptó el traje del minero, lo acompañó en sus penas y desvelos, sintió el hambre de sus niños y mujeres que transformó en versos iracundos y conmovedores.
Su última transformación, la más densa y llena de saberes fue en sacerdote originario, es decir, yatiri, el hombre que se comunica con los dioses tutelares en ceremonias sincréticas donde son convocados la Pachamama y las imágenes del santoral católico, para ayudar a las gentes que buscan consuelo y esperanza.
El nacimiento de “El Duende” y otras aventuras intelectuales, hicieron de Alberto y Luis, amigos entrañables. “Sin amigos -dice Aristóteles- nadie escogería vivir, aunque tuviera los demás bienes”. Cicerón añade que la amistad es “una identidad completa de sentimientos acerca de todas las cosas que existen en el cielo y la tierra, una identidad que se fortalece mediante la buena voluntad y el afecto mutuo”.
Así fue él, en caso de estos dos amigos, y si algo lamento hoy, es no haberme acercado más a Alberto en vida. Ello no fue posible por razones geográficas, pero pienso que debí charlar reposadamente con él, cuando visitaba Oruro, o cuando él venía [a La Paz] a las sesiones de la Academia.
Ahora que ya es tarde, pienso en todo lo que habría podido aprender de ese sabio chamán, volcado a las causas populares, de ese poeta de sensibilidad exquisita.
Ante su ausencia física irremediable quisiera por lo menos convocarlos en algunos de sus versos.
Cuando habla por ejemplo de su corazón:
Envejecido de caminos,/ sin salir aún del loco afán/ de amar con desenfreno/ y cuando se sentía/ un muelle abandonado,/ desterrado de mí voluntariamente/ mi corazón latiendo desorbitado,/ se ha convertido en puerto de paz/ para la espera,/ un puerto para los ojos/ de claros orígenes,/ para labios/ de uva concentrada y suave,/ de grano prodigioso como el trigo.
Se ha convertido en puerto,/ sabiendo que clamor/ es un líquido para fabricar/ crepúsculos y ansiedades/ y que para disimular su hastío/ encontrará siempre: un sauce/ junto a todos sus caminos”.
Sin bienes materiales, pero con un tesoro infinito de sentimientos a flor de piel, Alberto estaba dispuesto a regalar el único bien que tenía, como expresa en su poema “Regalo inusitado” del que recordaré algunos versos:
Te regalo mi corazón,/ hecho de antiguos carbones,/ de amianto y fibra de sangre conmovida en su latido./ Él siempre estuvo junto a mí/ como toda espera, /ahora mismo guardo en mi pecho/ su dolor como un tesoro/ y sin embargo, vuelvo a ofrecerlo así,/ como lejanas playas de otro tiempo.
Te regalo mi corazón/ quemado por la angustia;/ náufrago al fin,/ al fin espera como los puertos…/ …Te regalo mi corazón/ ya que no le entiendo,/ tiene cansados los caminos/ y turbios peces trajinando/ el fondo diáfano de su vida,/ bajo la sombra de altos pinos,/ sobre el pasto del amor/ que no comprende./ Te regalo mi corazón,/ puede ocupar un lugar; el más sencillo/ entre las cosas más íntimas/ que aún conservas/ ya que se ha limitado, y acostumbrado/ a vivir desesperado…/

Quien no sepa que toda la vida de Alberto transcurrió en las pampas arenosas de Oruro, recorridas por el viento, donde la naturaleza ofrece con grandes dificultades algunos arbustos de dura corteza, se sorprenderá de encontrar en su poesía frecuentes alusiones a ríos, arroyos, árboles coposos, nidos y senderos floridos, y es que el amor que sentía por su tierra hacía que, ante sus ojos, esta se transformara en un vergel. Pocas veces se rindió al desaliento como cuando escribió:
Esta es la tierra endurecida del tiempo/ de mentira, de odio y envidia:/ tierra sin límites en el desenfreno/ de las cosas,/ como noche que apaga sus luceros/ para entregarse a la tormenta/ del pecado.
Y, en cambio, sobreponiéndose al dolor, la pobreza y el expolio que veía en su entorno, fue el gran cantor de los mineros, de los niños, de los indígenas. Rescató sus creencias y las hizo suyas; rechazó la idea de que el “Tío” fuese un ser maligno, pues los obreros de los socavones, al igual que a la Virgen del Socavón, le rinden pleitesía, compartiendo con él, trago, humo y acullico.
Fue, en fin, un hombre que creía en la tierra de su nacimiento y en el país que lo vio nacer, aunque lo amaba como Unamuno a España con harta pesadumbre. Veamos sino partes de su canto de “Lento asombro de paloma herida”. Dicen así, algunos de sus versos:
Duele tu nombre desde adentro. Duele tu sombra/ que se llama historia;/ la piedra que es tu canto/ duele como duelen las cenizas/ del amor y la porfía. Duele Bolivia tu herida/ que se hace sangre/ en nuestra carne lacerada,/ duele tu herida en la montaña,/ duele tu herida de sereno valle, en la llanura fértil/ y en la selva traicionada. Duele desde adentro tu espesura/ que se hace espera/ en los andenes de la muerte,/ en la ternura de tu lento asombro/ de paloma herida./ Duele desde adentro tu espesura/ que se hace espera/ en los andenes de la muerte,/ en la ternura de tu lento asombro/ de paloma herida.
Duele tu sangre de Calama/ y Riosinho/ tu petróleo en Picuiba/ y Villamontes,/ tu estaño que es sangre/ de fibra endurecida/ duele en Catavi y en Milluni,/ en Teoponte, en Matilde/ y en Huanuni. Duele tu sangre que es savia/ de amargos cañaverales/ en la zafra de Tucumán/ y la Esperanza;/ duele el minero en su soledad/ con su alcohol y su coca/ que es la urgencia de otra herida;/ duele el que ya no es pongo/ por ser peldaño/ de los que están arriba/ -duele Terevinto y Ucureña-/ duele el labriego/ que no conoce la semilla,/ duele el obrero,/ duele el pueblo que es yunque/ de todas las mentiras. Duele Bolivia tu sombra/ que se llama historia/ y duele tu destino/ de lento asombro/ de paloma herida.
Algunos miembros de la Academia acompañados por Luis fuimos al cementerio de Oruro a dejar algunas flores en la tumba de Alberto. “El Duende”, le dedicó una edición completa a su memoria.* Pero Oruro y Bolivia todavía están en deuda con él. habría que recoger en sendos tomos su obra antropológica y su caudal literario. Solo basta empezar porque como él mismo decía: “en todo hay una distancia, pero el amor es el camino”.
N E. Se refiere a la edición Nº 348 del 17 de septiembre de 2006


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