Piel onírica y huesos álmicos

/ Eynar Rosso Duran /

Allende las paredes de la ciudad cráter, se encuentra un jardín amarillo. Alrededor de sus calles, enciérrese en un cajón de costillas la portadora de las ánimas. La luna respira a flores marchitas por girar con el sol; revientan sus granadinas palmas, mientras canta atragantada la paloma de la muerte.

Levitar y levantarse sinónimos son en el mundo onírico. La piel se convierte en un lejano rastro de identidad. Despertar, en ese marco temporal, es igual que morir un momento, sonreírle al destino y después de decirle: «¡Buenos días!» Y, acto seguido, desaparecer la noche y aparecer el día.

Eco es azul en dos momentos. Retribución y ofrenda a la pescadora que oculta su rostro, pero muestra su cuerpo. Alabado sea el señor que desemboca los pecados del mundo. Sullus seremos entre nosotros convirtiéndonos en amuletos de Dios. Sombras entre nosotras, enfermas de bondad, repitan al compás: bolivianita, nita, ita, ira.

Solidificando tu imagen de huesos álmicos, reposando en sales al voltear la mirada que se pinta en el Hades. Invitada en los mares de una exposición que transita entre los sueños y el hierro, entre lo onírico y cartílagos. En Aqueronte también existen peces y diamantes. Limber Pillco resucitó entre los tuertos destapando su cuerpo y presentando sus miedos.

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