/ Gary Daher /
El destacado poeta, narrador, ensayista y traductor, nos invita a reflexionar sobre la traducción de poesía, como una antesala al ciclo de conversaciones sobre literatura denominado “Diálogos diVERSOS” que se desarrollarán a lo largo del presente año. Una iniciativa de Plural editores y los escritores Edwin Guzmán, Benjamín Chávez y Juan Carlos Ramiro Quiroga.
“La traducción es una variación que es lícito ensayar. ¿Por qué no suponer que cada traducción es un borrador nuevo de la obra anterior?” – Jorge Luis Borges
Se ha afirmado que el poema es una caja de resonancias y desde ella el sentido estalla, viaja, difiere. También se ha dicho que el poema parte las palabras, arma y desarma melodías, tonalidades, visiones e imágenes, guardando un ritmo único hecho de un cuerpo de intensidades. Tal que para traducir un poema hay que estar atentos a esas intensidades que llegan de esa forma singular. Traducir el poema será, entonces, hallar el modo que se tiene de repetir del original en una lengua de destino. Pero aquí aguarda una trampa. No existe el original en el sentido clásico de la palabra, pues como en el principio de incertidumbre de Heisenberg el poema vive en un régimen no clásico, acaso cuántico. Queriendo decir con esto que no podemos saber cuál es el poema origen, observando que basta el acto de lectura para que éste sea desplazado de su origen y adviniese en uno nuevo, producto de ese ejercicio.
Sí, eso es verdad, se trataría de hacer hablar al poema. Pero ¿hablará éste como un ente independiente de su autor y de sus circunstancias, es decir, vital, sin que esto quiera decir que pierda su identidad íntimamente ligada al momento de su nacimiento?
Ante este complejo, la traducción de poemas no puede restringirse a la traslación idiomática.
La traducción es por sí misma una lectura, y como tal un acto de crítica en el profundo sentido de la palabra.
Sin embargo, debemos reflexionar que el ejercicio crítico, aunque pretenda agotar una obra examinada, logra sólo cierta aproximación más o menos cercana. El ideal de la más fiel y meticulosa descripción, de la mímesis completa del texto, sería “una repetición palabra por palabra, de la misma obra”, según Todorov. A la luz de esta idea, quiero recordar el trabajo emprendido por el personaje de Borges, Pierre Ménard, quien crea otra obra a partir del Quijote, escribiendo nuevamente la obra literaria palabra por palabra sin recurrir al texto original sino a la madre que lo produjo -es decir, todos los elementos de espacio tiempo y la singular mirada del autor trasplantados- resulta una crítica perfecta, la más escrupulosa que transmite todo lo esencial de la obra comentada, siendo la obra misma en su totalidad. La repetición sería un resumen más fiel.

Pese a ello, el cuento de Borges no permite quedarnos tranquilos con esta idea. Cabe recordar, primero, la concepción expuesta en el prólogo de que un resumen es una compensación perfecta por su referente, y luego, otra, según la cual cada repetición difiere de lo repetido. Cada lectura crítica es una nueva creación.
En el Quijote mismo, es decir, en el de Cervantes, se declara que es simplemente una traducción, llevándonos a reflexionar que toda obra literaria, y también un poema es de alguna manera, desde ese punto de vista, una traducción, como lo son el habla y todo ejercicio del lenguaje, siempre heredado, siempre vertical, como diría Barthes, dictatorial.
Generalizando menos, pero sin perder de vista el hilo, podemos decir que el poema en su lectura, aun en el mismo idioma en el que fue escrito por su autor, sigue un proceso de traducción.
Así, un lector de poesía es un traductor. Sin embargo –y esto puede parecer sorprendente- es un traductor que no tiene un dominio de la lengua de origen –en la medida en que nadie puede dominar una lengua al punto que se transforme en la lengua misma-, sino que la sospecha y se zambulle en su estructura y en sus códigos tratando de hacer hablar al poema. Claro que cuando éste habla lo hace desplazado por la mirada y el universo del lector que ahora iluminan la obra, y dependerá de la potencia de esa luz (y aquí regresamos no precisamente al dominio de la lengua de origen sino a la cualidad de dominio de la lengua del espíritu) para avizorar los continentes y sus irregularidades o para quedarse simplemente observando –probablemente atónito- una cordillera de sombras.
Poetas como el mismo Octavio Paz o Giuseppe Ungaretti dan a sus traducciones “idéntico derecho” que al de sus propios poemas. Ezra Pound o Robert Lowell practican la traducción de interpretación libre. En ella, omiten, agregan, interpretan ideas para reconstruir una poesía viva. Mientras arriesgando mucho más todavía están aquellos como Jorge Luis Borges que defienden la actitud del lector que no busca un escrito que ya no está, sino una obra nueva con los mismos valores y secretos.
Por otra parte, están aquellos como Delfina Muschietti que afirman que traducir un poema será hallar una nueva forma que, como afirma Benjamín, debe capturar el modo-de-decir del original o podríamos decir, continúa Muschietti, el modo de repetir del original.
La realidad es inevitable, e independiente del criterio de enfrentar la traducción éste deberá tomar en cuenta el principio de incertidumbre y la cualidad viva del poema.

Foucoult nos advierte sobre la importancia de leer lo que está allí de hecho en un discurso y preguntarse por qué esa palabra, que es lo mismo que preguntarse por qué esa lengua, entre las muchas posibilidades.
Todo esto para ser fieles a la extrañeza y al ritmo. Ese desplazamiento. Ese devenir febril que nos dice del poema.
La maestría del traductor residirá entonces en dejarse llevar por el hálito inicial del poema y producir un cuerpo nuevo que sea capaz de reencarnarlo. Con ese hálito vendrá el original no como repetición sino como padre, engendrador de un nuevo poema. Así que el traductor deberá recurrir a la creación poética a fin de trasladar lo trascendente que guarda, tesoro escondido, el poema.
No es pues la literatura la ciencia de las palabras huecas, sino la de las palabras mujer capaces de ser engendradas para en una mágica parición trasladar los discursos primigenios, enriquecerlos y cincelarlos en el tiempo y en las versiones, de manera que regresen al origen, pero no al origen del poema, sino al de la creación, como un eterno retorno necesario.


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