/ Edwin Guzmán Ortiz /
Afirmar que el lenguaje y la matemática son campos distantes e irreconciliables es hoy, de entrada, inaceptable. La educación tradicional ha llevado a entender que ambos se hallan en compartimientos estancos, signados por propósitos diferentes, que su lenguaje es ajeno entre sí y obedecen a búsquedas disímiles.
La matemática postula a la medida, al cálculo y otras funciones afines, siendo la cognición matemática la que nos permite comprender y organizar la realidad desde los números. En cambio, el lenguaje postula a la significación social y a la comunicación a través del intercambio de símbolos. En todo caso, tienen la capacidad de leer y representar la realidad desde sus propios instrumentos obedeciendo, en parte, a enfoques distintos.
La historia ha ido demostrando que ambos son producto de un largo proceso de abstracción del pensamiento. El número frente a la palabra. El álgebra y la geometría frente a la narrativa y la argumentación. Su implicación, además de lógica y pragmática, puede ser creativa. Es más, tienen un sustento común basado en los procesos inferenciales de la lógica, pues tanto la matemática como el lenguaje constituyen sistemas formales. Por tanto, su avenencia y complementariedad es deseable y productiva con fines de creación, pensamiento y logros útiles dentro una perspectiva humanística.
En la cibernética cohabitan una diversidad de sistemas de lenguaje. Y, como es sabido, estos son producto de la combinatoria procesual de algoritmos. Su larga historia desde la matemática halla su antecedente en el algoritmo de Euclides. Posteriormente, ampliado y desarrollado, emerge a través del santo patrono de la cibernética, Gotfried W. Leibniz (1646-1716). Las reflexiones de este filósofo y matemático alemán sobre la naturaleza de la lógica orientan, en efecto, una etapa esencial de una idea: el pensamiento puede manifestarse al interior de una máquina.
Leibniz prefigura la automatización de la razón poniendo al centro una aritmética binaria y su calculus rationatur, o su máquina aritmética. Sin embargo, la escritura algorítmica recién fue formulada a mediados del ochocientos por el matemático irlandés George Boole. Bajo este aporte, las operaciones de ultramar fortalecen el mercado, el archivo, el tratamiento burocrático y la difusión de datos dirigidos a negociantes, financieros y especuladores. Para Leibniz y sus contemporáneos, la búsqueda de métodos de cálculo más rápido tiende a responder a las exigencias de formación y desarrollo del capitalismo moderno.

La concepción de una sociedad regida por la información se inscribe en el código genético del proyecto de sociedad inspirado en la mística del número. De este modo, fue en los siglos XVII y XVIII que se entroniza a la matemática como modelo de razonamiento y acción útil. El pensamiento de lo cifrable y mensurable se convierte en el prototipo de todo discurso verdadero, paralelamente, y al mismo tiempo, termina instaurándose el horizonte de perfectibilidad de las sociedades humanas.
Un salto al siglo XX, pone en escena al matemático y lógico británico Alan Turing, quien, dentro el contexto de la Segunda Guerra Mundial, logra descifrar a través de una máquina inteligente el encriptado “Enigma” nazi, develando las estrategias bélicas del nacional socialismo y facilitando el triunfo de la guerra a los aliados. De este modo, la lógica junto a la matemática desde un cerebro, y a través de una máquina, constituyen un aparato capaz de producir cambios fundamentales. Siguiendo esta línea de investigación se halla el premio Novel de Física, Geoffrey Hinton, considerado el padre de la Inteligencia Artificial moderna, quien ha enseñado durante más de 5 años a pensar a las máquinas utilizando las redes neuronales para el aprendizaje de estos dispositivos, incidiendo en el fortalecimiento de la memoria, percepción y procesamiento de símbolos. Actualmente, manifiestamente crítico de las proyecciones políticas y éticas de la sociedad de la información.
El Régimen de la Información, es la forma de dominio, en que esta, los datos y su procesamiento, mediante algoritmos, sumados a la IA, determinan de manera contundente los procesos sociales, económicos y políticos de nuestro tiempo. Y, por supuesto, en la literatura y tutti quanti, actualmente, no hay campo del quehacer humano que pueda prescindir de este cambio tecnológico.
Por lo mismo, la tecnociencia orienta el pensamiento contemporáneo y la propia creatividad artística a partir de la sociedad de la información. Tanto en sus versiones tecnoliberal, como la del pensamiento crítico, ha logrado trascender integralmente a lo que ha dado en llamarse ahora, a su vez, como la sociedad del conocimiento.
En la lectura de A. Mattelart, los Estados Unidos actualmente son los principales portadores de este proyecto universalista. Roma ha exportado el Derecho; Inglaterra la Democracia Parlamentaria; Francia la cultura y el Nacionalismo Republicano. En cambio, Estados Unidos es el foco del que se irradia la innovación tecnocientífica y la cultura global, en el marco de la sociedad de consumo dirigido. De ahí se derivan no solo modelos productivos y de gestión, lineamientos científicos, sino además paradigmas creativos y modos de vida.
La Inteligencia Artificial, constituye el producto que va generando globalmente un verdadero cambio civilizatorio. La IA funciona como una compleja red de neuronas, los algoritmos cada vez más sofisticados son producto de estrategias de programación que llevan la impronta de un proyecto. Los programas base, son matrices digitales que posibilitan la ejecución de diversas demandas del usuario. Preferentemente en el campo económico financiero, en el plano institucional o en las apetencias de creatividad, como en las artes y la literatura.
La IA pretende fundar un orden de verdad universal no por el pensamiento, la ideología o por los problemas reales, sino por operaciones algorítmicas. Los algoritmos reemplazan a los relatos ideológicos y literarios con la diferencia de que el Big Data no cuenta nada, el Big Data sustituye lo narrativo por lo numérico, reelaborándolo bajo una lógica artificial. Esto ha provocado una dicotomía entre los apologetas incondicionales de la tecnociencia y buena parte de los intelectuales y escritores de formación literaria, portadores de un pensamiento crítico y defensores de un arte libre e independiente.

En realidad, la inteligencia artificial desde la perspectiva crítica suele ser observada principalmente en una doble perspectiva. Su naturaleza ajena al proceso creativo, tanto en la autoría, el procesamiento de la obra como producto y su llegada al público. En otro plano, como hemos venido señalando, respecto al mega aparato político empresarial que la sustenta, donde los programas y el propio Chat GPT obedecen a una lógica de consumo y a la globalización que vulnera las múltiples identidades y los propios contextos culturales. La comunicación, basada en algoritmos, cabe reconocerlo, no es libre ni democrática.
En todo el mundo, la revolución de la IA dispone de vulgarizadores técnicos, pero además cuenta con escritores ideólogos, entusiastas usuarios, y de ávidos consumidores militantes de un afanoso pragmatismo. ¿Será este un mito redentor?
El Chat GPT (Chat Generative Pretrained Transformer), chatbot de inteligencia generativa artificial en funcionamiento desde 2022, ha sido concebido para temas relacionados a la comunicación humana: conversaciones, redacción de textos, realización de resúmenes, como la resolución de problemas complejos e incluso la capacidad de “protagonizar” o colaborar en la actividad de la creación literaria. En su versión GPT 3 se halla diseñado para enfrentar problemas complejos de lenguaje. Hoy es un programa utilizado por cientos de millones de usuarios en todo el planeta y se halla en proceso de evolución y perfeccionamiento permanentes.
Esta tecnología, sin embargo, enfrenta el enorme desafío de procesar el lenguaje humano, y sobre todo su literatura. Nótese que la literatura: poesía, narrativa, ensayo, teatro constituye una verdadera institución cultural cuya complejidad y desarrollo histórico no son menores. Especialidades como la filología, los estudios literarios, la lingüística, la semiótica y la filosofía del lenguaje, no terminan de fatigar su trabajo por desentrañar las estructuras y filones creativos de la palabra, forjada a partir de la imaginación, la cultura y el in/genio creativo de generaciones de escritores.
La literatura, que nunca va a la zaga, además de obras que tratan el tema desde la ciencia ficción (pienso en Asimov, Bradbury, Dick…) tiene en su haber experiencias anteriores de creación literaria bajo principios similares a los usados ahora por los programas de lenguaje en base a algoritmos. “Los Campos Magnéticos”, escrito en 1920, por los escritores franceses André Bretón y Philippe Soupault, fue un experimento inaugural de creación surrealista basado en la escritura automática. Se trata textos poéticos escritos en sesiones extensas, por ambos autores, evitando el control consciente de sus facultades y facilitando un flujo creativo libre de asociaciones que, de algún modo, traducían las pulsiones simbólicas del subconsciente.
Otra experiencia literaria ilustrativa, es la del “Grupo OuLiPo” (Ouvroir de Littérature Potential), organizado por los escritores franceses Raymond Queneau y Francois Le Lionnais, en 1960, e integrado además por escritores, matemáticos y artistas plásticos. Su trabajo creativo consistió en la generación de nuevas estructuras formales bajo un contrapunto creativo entre literatura y matemáticas. Producto de ello, fueron textos y poemas que eluden criterios preconcebidos, y una autoría rígida, dando rienda suelta a la matematización sintáctica y semántica de los mismos. Descreen que la inspiración es la única fuente de concebir una obra de arte, y al explorar los recursos infinitos de la lengua, postulan que el azar y el ars combinatoria son capaces de producir expresiones de una literatura diferente, bajo criterios de potencialidad e inminencia creativas. Se conciben como “ratas que construyen ellas mismas un laberinto del cual se proponen salir”.
Si actualmente vale una comparación, el Frankenstein de Mary Shelley tendría su equivalente en no pocos productos de la IA. O, el grado anticipación genial respecto a las nuevas tecnologías de la información y la IA, cabe pensar en “La Biblioteca de Babel” o “El Golem” de Borges.


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