Celebración y memoria. Una charla con Eduardo Mitre

/ Benjamín Chávez /

A raíz de la reciente publicación de su libro Aunque ya nada es lo mismo (Visor, Madrid, 2025), sostuvimos esta conversación que, como suele suceder, pronto desbordó hacia otros tiempos y lugares de la fructífera vida de uno de los poetas más importantes e influyentes de la poesía boliviana.

Benjamín Chávez: ¿Qué nos puedes decir de tu más reciente libro, de su estructura, temas, extensión, así como también del tiempo y proceso de su creación?

Eduardo Mitre: Como se anuncia en la contraportada, este libro es una crónica poética de un tiempo trágico, atravesado por la pandemia, la guerra de Ucrania y el genocidio palestino, entre otras calamidades que han marcado nuestra memoria reciente.

Pero también laten en sus páginas experiencias que están en mis libros anteriores: el viaje iniciático, presente en “Fuente Vaqueros”, “Marsella” y “De mi madre inmigrante”; la pasión erótica en “Ceniza ardiente” y en los tres poemas breves que le siguen; asimismo una poética de los objetos plasmada en “El arce” y “Las tijeras”, donde lo cotidiano se vuelve símbolo. El pesar por la pérdida de un amigo íntimo, víctima de la pandemia en Cochabamba da paso a la elegía “Manolo Molina”, pero esta no se queda en el duelo, sino que deviene memoria agradecida y celebración de una amistad irrepetible, signada por el humor y la generosidad.

Cierra el libro el poema-homenaje “Underwood Park” sobre el proceso de la escritura al par que cuenta la vida de John Thomas Underrwood, el innovador de la máquina de escribir que lleva su nombre. No está demás aquí citar el verso de “Cinco metros de Poemas” de Carlos Oquedo de Amat: “Todos los poetas vienen de la U de Underwood”. Y añado: de ahí también viene el poema “En Suticollo”, en el cual una empleada doméstica, elegantemente vestida y libre de su abrumador trabajo en la ciudad, se balancea sentada en un columpio hecho de una soga en forma de U.

En cuanto al tiempo de su gestación, es un libro que viene de lejos. Si bien la mayor parte  de los poemas fueron escritos entre el inicio de la pandemia y julio del 2025, uno que otro lo fueron mucho antes en versiones distintas.

B.Ch. En 1998 publicaste en Visor Camino de cualquier parte. ¿Qué significa volver a publicar en esa editorial más de 25 años después?

E.M. El momento en que llegó a mis manos el libro Aunque ya nada es lo mismo, sentí el placer íntimo de quien reconoce algo largamente esperado. Ver y palpar la portada, con la magistral pintura de Fernando Casas impresa en un negro brillante, tan característico de la prestigiosa editorial, fue una emoción casi táctil. No imagino otra portada mejor para este libro. Fernando esbozó ese acrílico en mi casa de Cochabamba en 1980, hace ya cuarenta y seis años. Que hoy sea la puerta de entrada a los poemas del libro presagia que llegará a buen puerto.

El título, Aunque ya nada es lo mismo proviene del poema “Otra vez”, que anuncia el fin de la pandemia y el regreso de los niños a los columpios del parque. Es un título ambiguo, ambivalente como Jano, pues mira tanto a las catástrofes pandémicas y bélicas, como a la resistencia y solidaridad ciudadanas, en la cual se inscribe un colectivo transgénero que manifiesta su identidad en público y defiende su dignidad con firmeza.

En el aquí y el ahora, el título expresa el derrumbe y la barrida de los pilares  democráticos y ecológicos por la invasión de “bárbaros Atilas” (Netanyahu, Donal Trump y Putin, entre otros) armados como nunca antes, e insaciables en su apetito de poder y expansión. En breve, la abrogación del derecho internacional y de los derechos humanos.

Un puente epistolar une a ambos libros. En Camino de cualquier parte, la extensa “Carta a la inolvidable” que Xavier Urrutia Machado escribe a Susana San Juan, describiéndole la aldea global y espectral en que se ha convertido Comala y en la que todo se ha vuelto espejo y no hay hacia donde mirar.  En el reciente poemario, una carta breve del mismo Urrutia pidiéndole a Susana que renuncie a su insensato deseo de regresar a este planeta dominado por funestas reencarnaciones de Pedro Páramo y convertido en un escenario de horror, exterminio y feminicidios que se multiplican.

B.Ch. Tu obra, una de las más sólidas de la poesía boliviana se inició con Elegía a una muchacha en 1965. Ahora, transcurridas 6 décadas y más de 15 poemarios, haciendo una lectura de su conjunto, ¿qué dibujo puedes ver en esas líneas, apelando un poco a la idea borgeana de la obra que perfila el retrato de toda una vida? “ese paciente laberinto de líneas que traza la imagen de su cara.

Cedo a la tentación de responder con un verso de Ferviente humo: “No sé quién soy después de tanto mar y tanta puerta”, lo cual hoy, en esta última adolescencia, resulta todavía más cierto y grave. Por otra parte, más que internarse en búsqueda de una identidad personal, varios de mis poemas son retratos de otras personas, semblanzas de otras vidas: familiares, amigos, presencias al paso cuyas imágenes regresan en la marea súbita de la memoria. Así “Vitral del condiscípulo”, “Vitral del abuelo” y otros a lo largo de Vitrales de la memoria. Además, frecuento la polifonía, es decir la transcripción de otras voces que dicen el poema, como la de la compatriota cruceña Pilar Garrido en Rio-mar”, o, en mi último poemario, la voz personal y a la vez representativa de “El migrante”

Pero si, como Octavio Paz sostuvo, la verdadera biografía de un autor radica en su obra, mis poemas contienen bastante materia explícita para tejer esa correspondencia. El poema “A Cántaros”, del libro homónimo, recorre varias estaciones autobiográficas: la infancia en Oruro, el primer viaje en tren a Cochabamba, la revelación de la sexualidad, la fascinación por el otro sexo, el enamoramiento, la discriminación racial y, en La última adolescencia, el dramático ingreso en la vejez.

B.Ch. A lo largo de varias décadas has realizado una sostenida lectura de la poesía boliviana, publicando varios libros de ensayo y antología de los poetas cuya obra consideras importantes. Gracias a esa labor, podemos armar un mapa de esa poesía a lo largo del siglo XX y parte del XXI. Además de agradecer tu dedicación y lúcidas lecturas allí plasmadas, te pregunto si consideras tal obra de lectura como complementaria de tu propia obra poética o, ¿de qué modo estableces un diálogo entre tu poesía y la de los poetas por ti analizados en esos libros?

E.M. He preferido prescindir de comentarios sobre mi poesía y no desviar mi atención centrada en la lectura de las obras estudiadas. Analizar y valorar la obra corresponde al lector y al crítico literario. Lo que sí hice en mis ensayos sobre varios poetas nuestros fue un análisis estilístico y temático de la obra de cada uno, estableciendo un tejido de analogías y diferencia entre ellas y otras de la literatura hispanoamericana y universal. En breve, traté de diseñar un mapa de la poesía boliviana desde el modernismo al presente; mapa, por supuesto, parcial.

B.Ch. No te has limitado a estudiar poetas bolivianos, sino que también lo has hecho con poetas de otras latitudes, como lo muestra tu libro Las puertas del regreso. Son esos nombres quienes te acompañaron a lo largo de tu vida creativa, ¿podemos hablar de influencias en algunos casos, o de otro tipo de relación?

E.M. Te refieres a Las puertas del regreso. Nostalgia y reconciliación en la poesía latinoamericana (2017).Como explico en el prólogo, el libro que me inspiró esa antología crítica o comentada basada en la experiencia del retorno a la tierra natal, fue el de Vladimir Jankélévitch: L’ irreversible et la nostalgie  (1974).

La antología abarca un amplio marco cronológico, pues va de Ramón López Verlarde y Gabriela Mistral hasta autores como Pedro Shimose, Raúl Zurita y Jorge Galán, pasando por Huidobro, Cesar Vallejo, Neruda, Octavio Paz y otros clásicos de la poesía latinoamericana de vanguardia. Ahora, constato que la frase que atribuyo a Jankélévitch “el mal del exilio es la nostalgia, el mal del retorno la decepción,” no se encuentra en su libro; es una frase que forjé como una cifra de mi lectura del mismo.

B.Ch. Y Huidobro, de quien te ocupaste a profundidad a fines de los años 70 ¿crees que algo ha cambiado desde entonces en su recepción, en su lectura?

E.M. Ignoro el gusto de los jóvenes lectores. Sé que Plural editores ha publicado hace poco una antología de su poesía, lo cual es un signo alentador. Personalmente, la arquitectura de Ecuatorial me sigue deslumbrando, y considero que la mayor parte de su poesía sobrepasa las modas y desafía el paso del tiempo.

B.Ch. En la década de los 40 del siglo XX nacieron varios de los más importantes poetas bolivianos (Shimose, Urzagasti, Casazola, Mitre, Zapata-Prill, Wiethüchter), y, si bien comenzaron a escribir y publicar en diferentes momentos, es difícil no ver esa conjunción benévola de astros que proyectará su luz sobre futuras generaciones de poetas. En ese sentido, ¿crees que se podría hablar de una “generación” donde la presencia de afinidades configura una estética o una propuesta renovadora en la poesía boliviana?

E.M. Me reconozco en esa generación de voces singulares, inconfundibles, que no buscaban la novedad sino la autenticidad.

Para un análisis acucioso de ese momento, recomiendo —a riesgo de cierta afectación— las páginas finales del libro de Guillermo Ruiz Plaza, Eduardo Mitre y la generación dispersa, aunque con el tiempo se ha visto que no hubo tal dispersión, sino más bien lo contrario, en gran medida gracias a la labor articuladora de Blanca Wiethüchter y al impulso de una nueva crítica literaria.

A Blanca le debo, entre otras cosas, la preciosa edición de Desde tu cuerpo, con una pintura de Gabriela Rodó Boulanger en la portada, así como su ensayo sobre Morada, incluido en El paseo de los sentidos.

Ruiz Plaza señala, como rasgo distintivo de esa generación, la emergencia del poeta  crítico o ensayista. Pedro Shimose, la propia Blanca, y, más adelante, Mónica Velásquez, Gabriel Chávez Casazola y Juan Cristóbal Mac Lean, entre otros, corroboran con claridad ese aserto.

B.Ch. ¿Qué nos puedes decir acerca de tu relación con Julio Cortázar, quien escribió la contratapa de tu libro Ferviente humo, Guillermo Sucre, quien escribió sobre tu libro Mirabilia o Antonio Muñoz Molina quien también te escribió un prólogo y otros nombres relevantes de la literatura y la crítica?

E.M. Más de una vez agradecí la suerte que tuve al contar con el respaldo y la amistad de semejantes escritores.

Guillermo Sucre fue mi maestro y amigo. Lo conocí en las clases de literatura latinoamericana que impartió en Pittsburgh, las cuales eran un banquete intelectual y estético. Guillermo siempre enseñaba de pie, y sonriente, suprimiendo con su finísimo humor la distancia entre él y los estudiantes. Todos los viernes, tras la clase, nos reuníamos los dos para cenar y conversar en el restaurante Gustine’s (hoy Hemingway) cerca de la universidad. Y era hasta que nos echaran.

Sabiendo que yo escribía poemas, Guillermo me pidió algunos para enviárselos a Octavio Paz. Elegí cinco de un libro en preparación, que fueron publicados  en agosto de 1973, en “Plural”, la revista que entonces el poeta dirigía. En 1975, Monte Ávila, de Caracas, publicó Morada. Le envié un ejemplar dedicado a Paz. Su generosa respuesta me supo a confirmación de mi vocación poética.

Conocí personalmente al poeta y pensador en Pittsburgh en el otoño de 1974, tras una lectura que dio en el prestigioso Internacional Poetry Forum organizado por Samuel Hazo.

Tras la lectura de Paz, ya a punto de volver a mi apartamento, se me acercó Guillermo para decirme que Paz me invitaba a la recepción que le ofrecían. En el agasajo apenas pude conversar con él y su esposa Marie José (Marie-Jo) de tan solicitados. Pero al despedirnos me pidió que siguiera enviándole mis colaboraciones, y que lo visitara cuando fuera a México. Así lo hice.

Tiempo  después, tras el fallecimiento de Paz, recibí en Cochabamba una carta de Enrique Krauze, entonces director de la flamante “Letras Libres”, invitándome a colaborar.

Lo menciono para subrayar la importancia que tuvo para mí publicar a lo largo del tiempo en ambas revistas de tan alta calidad, pues a más de una profunda satisfacción, me permitió tener la distancia crítica necesaria para la configuración de mis libros.

En cuanto al gran cronopio y genial autor de tantos cuentos y personajes inolvidables, lo conocí décadas más tarde. En 1977, tras enseñar un año en la universidad de Columbia, en una Nueva York en bancarrota, decidí regresar a Cochabamba en un retorno que equivocadamente creía definitivo.

Desde la llajta envié a Martha Beatriz López, entonces becaria ante la Comunidad Económica Europea, dos ejemplares de la primera edición de Ferviente humo. El segundo, para quien, según su criterio, podría interesarle. Por esos días, Julio Cortázar fue a dictar una conferencia en la Universidad Libre de Bruselas, a la cual Martha Beatriz asistió y, al término de la misma, se acercó al escritor para decirle que tenía un libro de un poeta amigo y que le gustaría enviárselo: “Para la poesía siempre tengo tiempo”, le respondió Cortázar y le dio su dirección. Ella se lo envió con mi dirección postal en Cochabamba.

Entonces, yo trabajaba enseñando en ese semillero de profesionales brillantes que era el colegio Juan XXIII. Un día, era verano, época de lluvias, mi padre me llamó para decirme que tenía una carta de París. Era de Julio Cortázar. Al leerla no cabía en mí de tanta alegría. Le mostré la carta a Cachín Antezana que justo pensaba hacer una segunda edición de mi libro en Hipótesis, y me sugirió que le pidiera permiso a Cortázar para reproducir unas líneas de su carta en la contraportada de la nueva edición, El cronopio aceptó complacido, diciéndome que no olvidara de enviarle un ejemplar de la nueva edición.

Con Cortázar no tuvimos tiempo para cultivar nuestra iniciada amistad. El único encuentro que tuvimos fue en el hall de la Maison de l´Amérique Latine minutos previos a su lectura de poemas junto con el poeta mexicano Marco Antonio Montes de Oca, en un encuentro internacional de escritores latinoamericanos organizado por Elizabeth Burgos, la directora de la Casa.

Llegué con unos minutos de atraso, cuando, para mi sorpresa, reconozco a Cortázar en el hall, solo y fumando un cigarrillo. Su estatura no me pareció imponente, sino familiar. Emocionado, me presenté con nombre y apellido. Me respondió: “Que tal, Mitre, tú y yo intercambiamos un par de cartas, y sabes que Ferviente Humo me gustó mucho. Ya concertaremos un encuentro para conversar.” Me asombró su memoria y cordialidad, pese a la aflicción que reflejaba su rostro. Pero, lastimosamente, no hubo tal reencuentro. Meses antes Elizabeth me había contado que Cortázar andaba feliz como nunca, enamoradísimo de una joven escritora estadounidense, Carol Dunlop.

Por esas fechas, me llamó Ugné Karvalis, unos años pareja de Cortázar, y editora de la Gallimard. Se trataba de hacer una antología del cuento boliviano con una breve introducción para un suplemento de Le Monde, en una serie dedicada a cuentos latinoamericanos. Nos reunimos en su casa para discutir los detalles. A mitad de la conversación, era casi el final de la tarde, sonó el teléfono. Llamaban de una clínica para comunicarle que Carol Dunlop acababa de fallecer. Le escuché a Ugné exclamar: ¡Pobre Julio! Con la imagen del escritor en nuestro pensamiento, suspendimos la reunión. Cortázar murió dos años después.

Tumba de Cortazar & Dunlop en el cementerio de Montparnasse. Foto: Eduardo Mitre.

Décadas más adelante, con Martha Beatriz visitamos la tumba de ambos en el cementero Père Delachaise. Cada lector que los lee, es como el ángel de Baudelaire que, en uno de los sonetos, despierta a los amantes.

A Antonio Muñoz Molina le conocí en Granada, gracias a un amigo en común: Álvaro Salvador, quien me lo presentó. La simpatía fue recíproca, y la conversación fluida como si nos conociéramos de antes. Convenimos en vernos los fines de semana, excepto cuando viajaba a Madrid a reunirse con Elvira Lindo. Era la época en la que escribí “Yaba Alberto”, una elegía a mi padre publicada por Jesús Urzagasti, en Presencia literaria, con una ilustración de Luis Zilveti hecha en París. Se la leí a Antonio.

En otro encuentro, acodados a la barra de un bar, compartiendo pausadamente cañas y tapas, Antonio me dijo estos versos de Manuel Machado: “Tu calle ya no es tu calle sino una calle cualquiera, camino de cualquier parte”. Y enseguida añadió: “A ver, Eduardo, si un día escribes un libro de poemas con este titulo, Camino de cualquier parte”. Y lo escribí, años más tarde, en Bruselas, en un apartamento de la avenida Louise, entre 1994 y 1996. La piedra de toque, y primer poema del libro, fue el viento recio que sopló en Bruselas. Los versos iniciales dicen: “Pasa por esta calle / como al comienzo: / camino de cualquier parte”. A poco se precipitó una lluvia de días y noches que pacientemente trascribí desde su inicio hasta las últimas gotas…, ya para cerrar ese primer ciclo. Una vez concluido el poemario, se lo envié a Antonio, que personalmente lo presentó al editor de Visor, Jesús García Sánchez (Chus, entre amigos), que lo recibió, prometiendo publicarlo en cuanto pudiera. Así lo hizo, y recibí mis ejemplares en Cochabamba.

Dibujo de Luis Zilveti para el poema Yaba Alberto.

B.Ch. Has publicado dos libros de traducciones: los poemas de Adolfo Costa du Rels y una antología de poetas belgas. ¿Qué nos puedes decir de esa tu labor y de la experiencia de la traducción en poesía? ¿Tienes algún otro proyecto de traducción?

E.M. Fue el historiador Roberto Querejazu Calvo y autor de una indispensable biografía sobre Costa du Rels, quien me impulsó a traducir su poesía poniendo a mi alcance Le sourire navré (La sonrisa afligida) y Amaritudine, los dos únicos poemarios de Adolfo Costa du Rels.Traduje del segundo una selección de diecisiete poemas.

Amaratudine es un libro desgarrador que expresa el duelo por la ausencia o enigmática desaparición de Fito, hijo primogénito y homónimo del escritor, durante una travesía en alta mar. La desaparición del cadáver intensifica la presencia del ausente multiplicándose en la memoria culposa y atormentada del padre hasta convertirse en su enemigo.

Precede a los poemas un prólogo, en realidad un ensayo, “Eros, Narciso y Pigmalión” en el que, desde varias perspectivas, ahonda en la tragedia del duelo en el potente poemario. Con Tatiana Alvarado Teodorika tenemos el proyecto de una reedición aumentada de Amaretudini.

Componer y traducir Nupcias y Urnas, antología de 14 poetas belgas, contemporáneos, editada en México, fue para mí un desafío y varios descubrimientos, entre otros, de la poesía de François Jacqmin en El libro de la nieve; de Francis Tessa “En el temblor de un soplo, una vibrante elegía escrita tras la muerte de su padre; El libro de las siete puertas de Ivers Namur… En el prólogo destaco los rasgos de estilo y los temas predominantes en cada autor.

En cuanto a mis traducciones, he seguido el consejo de Octavio Paz: La traducción debe buscar la equivalencia, no la literalidad del original. El ritmo de cada poema es inseparable del sentido, o como él escribe en un poema: “El sonido, bastón de ciego del sentido”.

B.Ch. Has escrito poemas acerca de varios de tus amigos (por ejemplo, Jorge Zabala), verdaderos homenajes a sus vidas y obras. ¿Qué opinas de la amistad como asunto de la poesía, tu relación con Luis H. Antezana fue estrecha, fraternal y abarcó prácticamente toda la vida? Más allá de la amistad, fue un encuentro intelectual fructífero del cual los lectores tuvimos muy preciadas muestras, por ejemplo, en la carta que le enviaste y en la que le refieres el proceso creativo del poema “El peregrino y la ausencia”, una verdadera lección de elaboración de un poema. ¿Qué otros temas y momentos te unieron a la obra de Cachín?

E.M. Fue una amistad continua, pese a las ausencias, pues nos escribíamos con frecuencia.  Nos unía la pasión por la literatura, el fútbol (los dos éramos hinchas de River Plate), la música (Gladys Moreno, Pink Floyd, el jazz, las sonatas de Bach, con el violín de Jaime Laredo y Glenn Gould al piano), la pintura (Vermeer, Fernado Casas) … ¡Cuántas veces nos reunimos en su casa para un cafecito de tarde y luego enfilar hacia El Prado, ubicar una mesa en un restaurante y continuar la conversa!

Recuerdo tras el tenebroso golpe de Estado del 17 de julio de 1980 y la clausura de la Universidad de San Simón en la que compartíamos oficina, Cachínviajó becado a Alemania. De allí me escribió una carta pidiéndome ser el padrino de bautizo de su primogénito Rodrigo. Patito, su esposa, me dio los detalles y fuimos, un sábado a las 7 de la noche. “No quisieron darme otra hora”, me comentó Patito con el bebé en sus brazos, mientras caminábamos hacia la iglesia del Hospicio. Estaba vacía, salió el cura y apurado realizó la ceremonia. De vuelta a casa, nunca vi la Plazuela Colón y El Prado tan desolados. Caminamos de prisa, pues estábamos en estado de sitio y con toque de queda a partir de las ocho de la noche.

Cachín era, lo sabemos, un lector cómplice y lúdico. En uno de sus ensayos sobre Morada, titulado “Palabras, espacios y cuerpos”, leyó un poema mío como yo no lo había leído antes. Se trata de un anagrama, así lo llama l que consiste en una dispersión de sílabas y letras diseminadas en la página de forma a figurar una risa femenina. Linealmente dice: “Intermitente suicida tu voz desde los últimos balcones de la risa”. En la configuración espacial que asumió esa línea, Cachín vio que, juntando las letras que van solas y en mayúsculas, aflora la palabra SIEMBRA. Con ese golpe de vista o giro de lectura, Cachín pescó otro sentido en la corriente de letras que fluyen de ese poema: la idea de que, bajo las intermitencias de la muerte, se siembra la risa. ¡Precioso e ingenioso descubrimiento!¡Quelle trouvaille!, como diríamos en francés.

En “Cachín y la generación de Tupuraya”, Antonio Mitre relata la magistral escenificación que Cachín hizo de “Liturgia personal”, en 1970, un poemario mío escrito siguiendo las partes de la misa del Introito al Deo Gracias. Cabe señalar aquí que “Lavabo”, bajo el título “El amante,” y con la adición de algunas estrofas y un epígrafe extraído de “Toast funebre,” “Brindis fúnebre” (espléndido oxímoron) homenaje de Mallarmé a la memoria de Théophile Gautier, fue incluido años más tarde en Camino de cualquier parte. Aclaro: “Brindis Fúnebre” celebra la permanencia de la condición humana no en el más allá de la muerte (Mallarmé era ateo), sino en la permanencia del arte.

Los ensayos de Cachín sobre Saenz, Cerruto, Garrincha y otros, son iluminadores e indispensables en cualquier antología del género en Bolivia.

B.Ch. Evocando a otro amigo tuyo, Rubén Vargas, ¿qué opinas de la idea por él expuesta en el prólogo de su antología de la poesía de poetas paceños Tal vez enigma de fulgor de que Cerruto y Saenz son quienes abrieron dos vías de creación y/o lectura de la poesía boliviana contemporánea? Cito: “la antología se abre con la obra de los que quizás sean los dos poetas de mayor significación en el siglo XX: Óscar Cerruto y Jaime Sáenz. En ambos casos la crítica es unánime: estamos frente a obras surgidas a mediados de los años 50 que suponen, por un lado, una diferenciación cualitativa respecto al pasado, pero también la fundación de lenguajes de larga permanencia e influencia”.

E.M. Disiento, la cuestión es compleja. No hay duda de que tanto la obra poética como la narrativa de ambos escritores son capitales en nuestra literatura. Recuerdo que esa “unanimidad” que señalas fue más bien, por décadas, un antagonismo recalcitrante, y muy paceño, entre cerrutianos y saenzeanos, extensivo a los propios autores. A propósito, vale contar esta anécdota: En una de mis visitas a Saenz, osé preguntarle su opinión sobre la obra de Cerruto. Súbitamente encolerizado y poniéndose de pie, Jaime empezó a echar pestes contra el vate y su verbo. (Alarmada, la tía Esther nos trajo sendos vasos de agua casi helada, quien sabe con el afán de enfriar los adjetivos que corrían sueltos). De mi parte, animoso como un correveidile, en otra visita a don Óscar en su despacho de la cancillería, le pedí su opinión sobre la obra de Saenz. Sin inmutarse, con voz calma, me respondió: “No deja de tener su talento”.

Personalmente, yo admiraba tanto como hoy, las obras de ambos, lo cual no me impide reiterar lo que sostengo en Las páginas del árbol: Del mar y la ceniza y “La danza”, de Yolanda Bedregal, son dos cimas de la poesía metafísica en Bolivia.

Por otra parte, decir que la obra de Cerruto y Saenz representa “una diferenciación cualitativa respecto al pasado”, significaría borrar de un plumazo Del tiempo de la muerte, de Edmundo Camargo, El otro gallo, de Jorge Suárez, De la ventana al parque de Jesús Urzagasti ¿Acaso no son más bien esas obras las precursoras de la escritura experimental y lúdica de Liliana Colanzi, Rodrigo Hasbún y Gabriel Mamani, entre otros?

B.Ch. ¿Hay algo más que quieras añadir?

E.M. Destacar la data de impresión que Visor pone en mi reciente libro: “Esta primera edición de, Aunque ya nada es lo mismo se acabó de imprimir en Madrid el día 17 de septiembre de septiembre de 2025, fecha de nacimiento de Williams Carlos Williams en Rutherford, New Jersey 142 años antes” ‒el autor de Spring and all fue decisivo en mi formación poética.

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