Antropologías itinerantes (IV)

/ JAVIER REYNALDO ROMERO FLORES /

Educación: Para no convertir todo en recurso

El modelo de desarrollo moderno ha logrado una eficacia sin precedentes: extraer, producir, transformar y circular bienes a escala global. Sin embargo, esa misma eficacia revela hoy sus límites culturales y políticos. Allí donde todo puede ser convertido en “recurso” –la tierra, el agua, los cuerpos, las lenguas, los saberes, las emociones– también se instala una forma de reducción del mundo que empobrece la experiencia humana y debilita la posibilidad de convivir en la diferencia.

No se trata únicamente de una crítica ambiental, aunque esta sea urgente. El problema es más profundo: el desarrollo moderno opera sobre una ontología implícita –como ya dijimos– que separa naturaleza y cultura, sujeto y objeto, conocimiento y vida. Desde esa lógica, las comunidades no modernas aparecen como reservas de recursos materiales o simbólicos, susceptibles de ser explotados o, en el mejor de los casos, integrados a un sistema que no reconoce su densidad histórica ni su autonomía. Sus prácticas agrícolas devienen “técnicas tradicionales”, sus sistemas de salud “medicina alternativa”, sus formas de organización “capital social”. Todo es traducido, clasificado y eventualmente absorbido.

Esta traducción no es neutra. Supone una jerarquía de saberes donde lo científico-técnico ocupa el lugar de la verdad, mientras otros modos de conocer son tolerados solo si pueden ser instrumentalizados. Así, la diversidad cultural es celebrada en el discurso, pero subordinada en la práctica. El resultado es una paradoja: un mundo que se dice plural, pero que funciona bajo una gramática única.

Pintura Limber Pillco

En este escenario, la educación juega un papel decisivo. Con frecuencia, ha sido el vehículo privilegiado de esa gramática moderna, formando sujetos capaces de insertarse en el mercado, de optimizar recursos, de competir en contextos globalizados. Pero también puede ser el espacio donde esa lógica se interroga y se transforma. Para ello, es necesario desplazar el centro de referencia: dejar de pensar la educación únicamente desde la economía del desarrollo y abrirla a una conversación más amplia sobre las formas de vida.

Aquí la antropología ofrece una clave fundamental. No como un saber que describe “al otro” desde afuera, sino como una práctica que desestabiliza nuestras propias certezas. La práctica antropológica permite reconocer que lo que llamamos “desarrollo” es solo una entre múltiples formas de organizar la vida colectiva. Nos enseña que existen otras racionalidades, otras temporalidades, otras relaciones con el entorno que no pueden ser reducidas a la lógica del recurso.

Incorporar la antropología como referencia en la educación implica, entonces, más que añadir contenidos sobre diversidad cultural. Supone modificar la manera en que se produce y valida el conocimiento. Significa abrir el aula a experiencias de diálogo donde los saberes locales no sean objetos de estudio, sino interlocutores válidos. Implica también formar en la capacidad de escuchar, de traducir sin dominar, de habitar la incomodidad que genera lo que no encaja en nuestros esquemas.

Los límites del modelo moderno no anuncian su desaparición, pero sí la necesidad de su revisión crítica. Frente a un mundo que tiende a convertirlo todo en recurso, la educación puede contribuir a restituir el valor de aquello que no es reducible: las relaciones, los significados, las formas de vida.

Pintura Limber Pillco

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