El poeta, ensayista y traductor Gary Daher Canedo, nos ofrece su versión del famoso poema, escrito en 1852 “Childe Roland to the Dark Tower Came”
1
Lo miré y pensé: miente todo el tiempo.
Viejo lisiado y mira malicioso observando suspicaz su mentira
en la mía, y la boca reprimiendo
la risa que afilaba ya su filo
por otra víctima más conquistada.
2
¿Qué más probaría, bastón en mano?
¿salvo acechar, timar con sus mentiras
a todo viajero que allí pregunte:
«¿el camino? ¿por dónde es muy seguro?»
qué risa de calavera estallara
y su muleta trace mi epitafio.
3
Si por su consejo me desviara
al siniestro trecho, y todos coinciden,
que la torre en sombra oculta. Aceptando,
me volví como él indicó; ni orgullo
ni esperanza renacida vislumbré,
ni el alborozo de algún fin posible.
4
Porque, con todo mi errar por el mundo,
de larga busca por años, mi anhelo
se ciñó a un fantasma incapaz de lidiar
la alegría estridente del triunfo, —
ya no intenté reprimir el impulso
que el corazón dio al prever fracaso.

5
Como enfermo a punto de morir
ya se ve muerto, y siente el llanto ir
callar. Se despide de cada amigo
y oye decir a uno: salid afuera
(“ya todo ha terminado”, dicen
“y ningún dolor repara el golpe atroz”).
6
Mientras algunos discuten si habrá
espacio bastante junto a otras tumbas
y cuándo conviene llevar el cadáver
con cuidado de estandartes y bastones,
y el hombre oyendo todo, anhelando
no herir tan tierno amor y quedarse.
7
Había sufrido tanto en la busca.
Oír profetizar siempre fracaso
tantas veces inscrito entre “La Banda”
los que a la Torre oscura iban en busca,
que fracasar parecía lo mejor
y ahora la duda era: ¿estaría listo?
8
Así me fui, mudo, asaz abatido
al camino del odioso lisiado
hacia el sendero que él indicó. El día
fue, en el mejor caso, tenebroso
y ya al ocaso, mi mirada sombría
iba fiera a la tramposa llanura.
9
¡Por cierto! Apenas me encontré obligado
con la llanura, tras un par de pasos,
cuando, girando una última mirada
al camino, nada, apenas gris erial
solo llanura hasta el horizonte.
Seguía el yermo; ¿qué podía hacer?
10
Así que seguí. Nunca había visto
naturaleza tan hambrienta y seca:
Si hubiera flores, bosques de cedros
Pero, según ley, la berza y la euforbia
podrían propagarse sin temor.
Un abejorro habría sido una joya.

11
¡No! Penuria, inercia y mueca, el suelo
se mostraba allí de extraña manera
“Mira o no”, dijo la tierra irritada
«No hay nada que hacer: ayudar, no puedo:
El fuego del Juicio sanará el lugar,
calcinará terrones y soltará a los míos.”
12
Si hendido tallo de cardo se alzaba
sobre sus pares, se cortaba; sino
celos herían a los doblados.
¿Y esas bocas y rajas en los muelles
sin esperanza fiel de verdor? Torpe
alguna bestia aplasta así su vida.
13
Y la hierba escasa como un cabello.
En lepra fina, hojas secas punzan
barro amasado como sangre negra.
Caballo ciego, rígido, en huesos
residía atónito, ¿cómo llegó allí?
¡Expulsado, vil semental del diablo!
14
¿Vivo? Según se ve, el rocín muerto
rufo marchito y cuello hundido, tenso.
Cerrados ojos bajo crin rojiza.
Raro grotesco junto a tanta pena:
nunca vi a bestia así tan repulsiva…
malvado ha de ser para tal dolor.
15
Cerré los ojos hacia el corazón
como pedir vino antes de la lucha
trago de visiones horas felices
antes de cumplir con mi papel.
Piensa luego lucha: arte del soldado:
El sabor de otros tiempos lo cura.
16
¡No! el enrojecido rostro de Cuthbert
bajo su adorno de rizado oro
mi amigo, casi lo sentí doblar
un brazo en el mío sujetándome,
de esa manera solía. ¡Ay! ¡qué noche!
Se apagó el nuevo fuego del pecho.
17
Giles, entonces, el alma del honor.
Franco hace años noble primerizo
¿Qué hombres dignos (dijo) se atreverían?
¿Y él? cambiada la escena: ¡Qué verdugo!
¿Pergamino al pecho? Sus propias manos.
¡Léelo! ¡Pobre traidor escupido!
18
Mejor este hoy recio que un antes así—
De vuelta, pues, a mi oscuro camino.
Ni ruido, ni vista a la lejanía
¿traerá la noche búho o aullido?
Pregunté: cuándo algo en la huesa llanura
vino a torcer ideas en su rumbo.

19
Un regato cruzaba mi camino
inesperado como una serpiente.
No hay marea lenta afín a la sombra—
baño sería a la pezuña ardiente
espumoso para el demonio, viendo
la ira del negro remolino en copos.
20
¡Tan mezquino y rencoroso siempre!
Exiguos alisos se le postraban;
Sauces lanzados al agua en ataque
de muda ansiedad, multitud suicida:
el río que les había hecho daño
fuera lo que fuera, pasó de largo.
21
Y, vadeándolo, —Dios, ¡cuánto temía
pisar la mejilla de un muerto, al paso
o sentir la lanza buscando huecos
enredada en el pelo o barba!
—Tal vez haya sido una rata de agua
pero, ¡uf!, sonaba llanto de bebé.
22
Me alegré al llegar a la otra orilla.
¡Ahora a un país mejor! ¡Vano presagio!
¿Quiénes luchaban? ¿qué guerra libraban?
¿De quién era el pisoteo bárbaro
sobre humedad? Sapos envenenados
o gatos salvajes en jaula ardiente?
23
Así como una lucha atroz de circo
¿Qué los retenía si estaba abierto?
Ninguna huella guiaba a esa cuadra atroz
Nada. Estaban drogados. Sus cerebros
sin duda, galeotes turcos, pozos
del juego: Infieles contra cruzados.

24
Más que eso, un furlong adelante
¿De qué mal uso era esa rueda o freno
máquina, no rueda: grada que gira
para desenrollar cuerpos cual seda?
ingenio de Tofet abandonado
sin afilar sus dientes oxidados.
25
Luego vino tierra abierta, antes bosque,
luego pantano, al parecer, ya tierra
desesperada (así un tonto se alegra
hace algo y luego lo echa a perder, su humor
cambia y se va) dentro de un charco, arena,
lodo, absoluta y negra penuria.
26
Ya manchas fuertes, color gris y gayo,
ya zonas donde flaqueado algo el suelo
se rompía en musgo o forúnculos;
después un roble tieso y hendido
como boca deforme parte el borde
boquiabierta ante muerte, muere al huir.
27
¡Y tan lejos como siempre del final!
Nada en la distancia, la tarde, nada.
¡Norte de mis pasos más allá!, pienso,
Mas negra ave, sierva de Apolión
pasó volando, sin batir alas de dragón
roza mi cofia; acaso era el guía.
28
Porque, al levantar la vista, me di cuenta:
pese al ocaso, el llano se ha tornado
en montañas, démosle ese nombre
horribles alturas, viles montones.
¡Cómo pudieron sorprenderme! Dilo.
Cómo huir de ellos no era claro.
29
Sin embargo, me pareció una burla
de una travesura, Dios sabe cuándo.
¿En una pesadilla? Terminó aquí
el seguir por este camino. Cuando
al rendirse otra vez, suena clic
como trampa que se cierra: ¡Estás dentro!
30
De pronto sentí arder totalmente
¡Este era el lugar! Esas dos colinas
agazapadas cual toros de pelea.
Y a izquierda, el pico sin cabeza. ¡tonto!
insensato, dormitar justo ahora mismo
tras una vida entera entrenándome.
31
¿Qué había en medio sino la Torre?
la torre baja y redonda, ciega.
Hecha de piedra parda, sin réplica.
El duende del temporal señala
al marinero el banco no visible
que hiere cuando crujen las maderas.
32
¿No lo ves? ¿Es de noche? —¡Pues, de día!
¡Volví por eso! Antes que se retire
ocaso enfermo ardió por una grieta.
Las colinas yacían cual colosos—
barbilla en mano: presa cercada—.
“Ahora apuñala, acaba ya, de un golpe.
33
¿No oíste? ¿El ruido integral? Resonó
creciendo cual bronce. Nombres oídos,
de todos los errados, mis iguales
Cómo tal era fuerte, y tal audaz,
tal era fausto, pero cada viejo
¡Perdidos! Un rayo alzó el duelo de años.
34
Allí estaban, en filas, reunidos
para contemplar lo último de mí
un marco vivo al borde del derrumbe.
Los vi y los reconocí. Y, sin miedo
alcé a mis labios el cuerno y soplé:
«Doncel Roland llegó a la oscura torre».


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