¿Turismo sostenible o sostenibilidad de la vida?
Desde fines del siglo XX, la noción de sostenibilidad se ha convertido en un eje central del discurso turístico global. Al mismo tiempo que organismos internacionales, responsables del capital transnacional y Estados la presentan como la solución ineludible para compatibilizar crecimiento económico, conservación ambiental y bienestar social.
La certidumbre de esta posibilidad es casi generalizada, transita desde las ideas de Elon Musk hasta las del actual ministro de la Presidencia, José Luis Lupo y todos los personeros del gobierno de Rodrigo Paz, pasando por ciudadanos con mucho menor poder que los anteriores. Sin embargo, vista desde una crítica al desarrollo y a la modernidad, la categoría sostenibilidad aparece menos como una alternativa real y más como una estrategia de re-legitimación del mismo modelo que ha producido la crisis ecológica y social, nos referimos al proyecto de la Modernidad.
Tampoco hay que olvidar que el turismo moderno nace y se expande como parte del proyecto desarrollista moderno. Se funda en la mercantilización del territorio, la cultura y la experiencia, transformando paisajes, prácticas sociales y memorias en recursos consumibles. En este marco, la sostenibilidad suele reducirse a un conjunto de indicadores técnicos —huella ecológica, capacidad de carga, certificaciones verdes— que no cuestionan la lógica de fondo: la expansión constante del mercado turístico y la subordinación de la vida local a sus demandas.

Desde una comprensión crítica, el problema central no es la falta de sostenibilidad del turismo, sino la idea misma de desarrollo que lo sustenta. El discurso sostenible parte del supuesto de que es posible seguir creciendo indefinidamente, siempre que se gestione mejor el impacto. Esta racionalidad ignora que los territorios no son espacios vacíos ni los ecosistemas simples escenarios, sino tramas vivas donde se articulan relaciones sociales, espirituales y políticas. Al convertirlos en “destinos”, el turismo moderno despoja a los lugares de su densidad histórica y relacional.
En muchos contextos –andinos, amazónicos, chaqueños– urbanos y rurales, el turismo sostenible se presenta como una oportunidad de inclusión económica para comunidades consideradas “atrasadas”. Sin embargo, con frecuencia implica la reconfiguración de las formas de vida locales para ajustarlas a las expectativas del visitante. Rituales, fiestas y prácticas cotidianas son reorganizadas en función del consumo turístico, produciendo procesos de folklorización de la cultura que, lejos de fortalecer la vida comunitaria, la subordina a una lógica externa.

La crítica a la modernidad permite, entonces, replantear la sostenibilidad no como un problema técnico, sino como un problema político y civilizatorio. Sostener la vida no es lo mismo que sostener el mercado. La verdadera pregunta no es cómo hacer un turismo menos dañino, sino qué tipo de vida se quiere sostener y para quién. En este sentido, muchas prácticas comunitarias de cuidado del territorio, de reciprocidad y de uso no extractivo de los bienes comunes ofrecen horizontes alternativos que no encajan fácilmente en los esquemas del turismo sostenible institucionalizado.
Pensar la sostenibilidad desde fuera del paradigma del desarrollo implica desplazar el foco del crecimiento hacia la reproducción de la vida. Supone reconocer los límites ecológicos, pero también los límites culturales y políticos de un modelo que convierte todo en recurso. Solo desde esta ruptura es posible imaginar formas de movilidad, encuentro y hospitalidad que no se funden en la explotación, sino en la coexistencia y el respeto por los territorios como espacios de vida, no como mercancías.


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