Vilma Tapia Anaya

Conozco a Antonio Terán Cabero hace varios años, me siento afortunada por ser amiga suya, he podido gozar de su amplia disposición para el diálogo y del extraordinario talento que tiene para rememorar nombres, circunstancias, lecturas. La conversación generosa distingue un modo de ser, ese gesto hospitalario hace de Antonio la persona con la que varios escritores bolivianos mantienen una profunda amistad. Antonio Terán Cabero es un poeta al que también es posible escuchar.
Su obra tiene el vigor de una unidad poco frecuente en la creación artística, en ella el inicio tuvo la fuerza del proceso. En De aquel umbral sediento (1998), las potencialidades que despliega su escritura son subrayadas por el mismo poeta:la reflexión sobre el fenómeno del tiempo, la memoria, el amor erótico, los otros, el lenguaje. Ya las habíamos encontrado plenas en su primer libro: Puerto imposible (1963). Las preguntas de inicio no pierden relieve en su poética, son atendidas de manera constante.
El poema hace de la experiencia una instalación, esta es a mi parecer una dinámica constante, esencial de la obra de Terán Cabero. Un texto epilogal de su obra reunida (2013), declara: “esta vida indescifrable / y así los verbos se disuelven / en pasos sigilosos otra vez…” sin embargo, resuena para nosotros como las palabras de las que dispone, seguras, conclusivas. Los temas trabajados por Terán Cabero llevan las marcas de la angustia y la incertidumbre, movimientos que agitan el espíritu y la mente del poeta desde que fue un niño, según él mismo reconoce, en un poema de A fugitivas sombras doy abrazos (2018), leemos: “ya devuelto a la casa solariega / cuchara en mano almuerzo / el hambre de cada día / y a conciliarme apunto con el mundo / donde gasto mis tabas // ¿por qué entonces sobrevuelo mi plato / interrumpo el bocado / y regreso al espasmo de aquel día?”. Esta es una neblina cierta adherida a toda poesía, a toda dilucidación. Sin embargo, en algunos momentos de esta poética, la angustia se convierte precisamente en el impulso hacia otro estado de espíritu, demandante de una disposición corporal y anímica nueva. Hay en esta escritura una fuerza opuesta a esa primera propensión a la desesperanza y se manifiesta en una “apasionada adhesión a la vida”, como con acuidad advirtió tempranamente Igor Quiroga en un ensayo publicado en La casa de los pájaros. Pienso que estas tensiones, ambas, dan lugar a la posibilidad dialéctica que tiene la poesía de ser un salto adelantado, pues se desanuda hacia el futuro. En la dinámica de esa intensidad, la memoria del yo poético declara: “porque después de todo / caminar es cantar con todo el cuerpo…”. Este verbo, caminar, significa ir al encuentro de la misteriosa, indescifrable vida.
En 2013, la editorial Khipus reunió la obra poética de Antonio Terán Cabero en un solo tomo: la continuidad con la que cada libro se suma a la obra previa nos ayuda a seguir un pensamiento que entrelaza una materia textual pura y precisa con memorias, reconstrucciones y reflexiones. La concentración que nos presenta la obra reunida es el resultado de un rigor: el cuidado de la lengua distingue a esta escritura y es, como declara el poeta, una herencia de los españoles que leyó de joven, Quevedo y los poetas del Siglo de Oro. Los románticos alemanes e ingleses contribuyeron con resonantes significados a las tempranas inquietudes intelectuales de Terán Cabero.
¿De dónde emerge la configuración de un lenguaje propio sino de la experiencia y sus emociones? Vivencias de una intensidad mayor definieron la sensibilidad de Terán Cabero. Una parte de la niñez sellada por la pobreza: el padre, un sastre cortador diplomado en Buenos Aires, sufrió la crisis del taller donde trabajaba, hecho que afectó de manera directa la economía familiar. Hubo días en que no teníamos qué comer, recuerda el poeta y reconstruye una escena angustiante: las tazas de té y el pan era lo que había sobre la mesa; el niño, volcado por constitución hacia los otros, atento, podía percibir un dolor en la mirada baja de sus padres, mientras a él se le atragantaban las palabras de consuelo: no se preocupen, papá, mamá, está bien, estamos bien. Pero no se estaba bien. Así no se está bien. Ese momento biográfico se desplaza hacia una compasión exacerbada por el padecimiento de los otros: “y en este útero celeste / escribo y me concibo // pero en la calle el canillita grita la sangre y borra toda altura // abro la puerta / recibo en plena jeta el puñetazo de mi otra mitad // y así todos los días”.
Sin embargo, de esas tensiones emerge una inspiración: “ya basta para ahogarse… y esperar que el silencio / nos abra el corazón como una rosa / definitiva / y única… allí está sin embargo / escarbando insistente la promesa del sueño / se cuelga la pequeña bienamada pregunta… llena su soledad con vino dulce / de los reyes felices / y siente cómo el alma es a veces un niño / jugando sobre el pasto”.Estos versos restituyen algo más que una pulsión vital, el yo poético se somete a la potencia de la palabra y da paso a un siguiente libro: Y negarse a morir. Estos movimientos pendulares, intensos, marcan, a mi parecer, la obra de Terán Cabero. Esa leal y atenta observación de las potencias de la vida y del mundo, contradictorias, indescifrables, ha levantado una obra en extremo coherente. Descreída en algunos momentos: “y eso será todo / cazador diminuto // hasta que la tierra recoja tus pedazos / y reanude contigo su infinita memoria silenciosa”. Pero, fiel a su materia, a la palabra: “Si la esperanza ya no encarna en el poema / entonces / dime dónde”.
Antonio me comentaba de qué manera puede ver ahora un concepto que como signo se repite a lo largo de su escritura: El naufragio. Me remito a la etimología de la palabra. Náufrago, del latino naufragus, compuesto de navis ‘barco’ con frangere ‘romper’. Naufragio, naufragium. Naumaquia, concepto derivado de los anteriores, que une los vocablos griegos naus ‘nave’ y mákhomai ‘yo peleo’. Podríamos traer ahora la imagen de un guerrero, pero también la de un sobreviviente. En una y otra, la nave y la tabla de salvación son el poema: “busca pronto una puerta para huir de tanta vida / tumultuosa y escribe tú una tabla antes del naufragio // escribe finalmente que no vale la pena por ahora / excavar más allá de nuestros pies cansados // y déjanos dormir en un poema sin mayores tormentos”.
Ningún nombre y menos aún, ningún sobrenombre, es irrelevante. El Soldado Terán Cabero, ese jovencito que hacía el servicio militar sin descuidar su vida íntima resguardada por un lápiz y unas hojas de papel, salía del cuartel a las sesiones literarias domingueras donde, dejando a un lado la cachucha del uniforme, daba lectura a los poemas que habían nacido durante la semana del encierro. A esa época corresponde el origen de su primer libro, Puerto imposible, y la entusiasta réplica cochabambina de Gesta Bárbarade la que participó.
El clamor de este poeta: “déjanos dormir en un poema sin mayores tormentos”, se repite en mis labios. Y desde hace años, durante mis trabajos en el jardín, rememoro esta otra línea: “porque después de todo / caminar es cantar con todo el cuerpo”. La inseguridad, el descreimiento, la angustia, el dolor, propios del vivir, son resistidos y sobrellevados en esta poesía con una vitalidad que transcurre enérgica y se desplaza hacia algo más, algo que está lejos de ser catastrófico: “agua alguna ha lavado los patíbulos / sembrados en la tierra… pero: entran desnudas las cerúleas voces / conejean… vibra viviente un nuevo acorde / donde bañas tu cuerpo / agua gozosa que te moja / más allá de ti mismo / llámale dios si quieres / para llenar el hueco / neftalí en hebreo / son los combates que tú has sido / casi sin verte ya te has visto niño otra vez / a la hora del alba / tan solo porque hay hermosamente / un pájaro en el molle”.
El 22 de enero del presente año acompañé a Ricardo Bajo a la casa de Antonio Terán Cabero, Ricardo debía hacerle la entrevista que se publicó poco después. En algún momento llegó el tema de la edad, el Soldado dijo que pronto, en febrero, iba a cumplir 92 y era probable que muriera ese mismo día, bromeó con el tema. Enseguida Ricardo le preguntó qué sentía frente a la idea de la muerte. La respuesta del Soldado fue brillante, Ricardo la mencionó en la entrevista publicada (La Razón, 4 de febrero de 2024). Yo estaba maravillada, El Soldado una vez más me había dado una clave para morir mejor, para vivir mejor. Con una sola palabra le estaba dando claridad a mi propia relación con la muerte. Jugando con su bastón, risueño, respondió: “curiosidad, la muerte me provoca una gran curiosidad”.
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