Poema, poeta y deseo, unas notas sobre Terán Cabero

Christian Jiménez Kanahuaty

Estas notas surgen a partir de la lectura del libro publicado por Editorial Trilce en 2018 y que tiene el sugerente título de A fugitivas sombras doy abrazos. Este libro consta de tres partes: 1) Los noctílucos, 2) La realidad y el deseo y 3) la poesía dónde? Estos tres momentos del libro de Cabero forman un espíritu que indaga en las sombras que el poeta abraza. Todas ellas forman el aliento con que el libro fue escrito. Un aliento que no es otro que el del poeta que nombra el poema para reconocerse en él y darse cuenta que es imposible romper la barrera que separa realidad del deseo y que, por ello, el poeta, hace un juego verbal donde transfigura el verbo en carne, piel y deseo. El deseo de una mujer en última instancia define el contorno de todo aliento donde la poesía más que nombrar renuncia a ese esfuerzo para al final, rendirse y construir una imagen.

Entonces, este libro no es otra cosa que la manifiesta intención de su autor por hacer visible un doble desplazamiento. Primero el que va de la voz poética al poema. En este momento el autor nombra en sus poemas y versos lo que significa un poema para él e intenta con ello, dar forma para el lector de lo que contiene un poema. No es una teorización. Tampoco es una disección de las partes que conforman un poema. Tampoco son poemas que sirvan como ejemplos de cómo escribir poesía. Lo que sí existe es una sostenida pregunta sobre si lo que escribe el poeta es o no un poema. Un poema que puede pensarse a sí mismo es un poema que tiene vida propia. Es algo que no consigue todavía anclarse a la realidad.

Para ello, Terán Cabero inserta en su desplazamiento el orden del poeta como constructor de aquellos versos. Entonces los poemas cambian levemente de tono y sin dejar de evocar y construir un lenguaje parco y descriptivo, casi expositivo, presenta cualidades y características del poeta. A veces hay ciertas palabras que harían pensar al lector en la poesía romántica o en la poesía clásica, pero son solo efectos de resonancia, porque como se sabe, la literatura proviene de la literatura y en ese sentido, lo escrito también resulta ser una glosa a las lecturas realizadas a lo largo del tiempo y por ello, lejos de un arquetipo, el poeta que nos presenta Cabero es alguien que se enfrenta a la palabra deambulando por la vida como viviendo un extrañamiento que no puede alumbrar las sombras, sino solo abrazarlas.

Y es en ese momento cuando se da el segundo desplazamiento, que está marcado por la presencia del deseo. No es un deseo material, sino espiritual, casi sensorial. Es la piel, la carne y la mujer las cosas que se reclaman y buscan en los poemas. Se construye una mujer, pero no el amor, quizá porque el poeta sabe que mujer y amor no son iguales y que, al final, también el amor debe ser nombrado para que aparezca flotando al interior de un poema. Mientras no se lo nombre, no hay nadie que lo pueda portar o soportar.

Pero el deseo está presente. Y es un deseo de comunicar, que en última instancia significa que el poeta, en tanto autor también afirma su voluntad de seguir con su empeño de reconocer el mundo de lo real para nombrarlo por la mediación de la palabra. Y al hacerlo lo que desea es fuerza para capturar todo aquello que los sentidos le entregan. La materia prima de su vida no es ahora tanto la mujer como su propia vida. Hay restos en la poesía de Terán Cabero en los cuales se puede intuir que también la mujer como objeto sexual y de pasión desbordada son un pretexto para arribar a otro tipo de conocimiento.

Por ello, en este libro podría cifrarse una comunidad de sentidos, donde el primero de ellos tiene que ver con la propia escritura asumiendo la vida como la vida de un poeta, luego está, el mundo que debe resumirse o reducir a su expresión más representativa en un poema, para posteriormente, ejecutar el nacimiento de la poesía a través del deseo. Es el deseo lo que hace que el poema vibre. Su resonancia se encuentra en la posibilidad de que el poema sea una capitulación ante la espera y el paso del tiempo.

Lo que significa que todo acto poético está destinado a ser solo un eco que abraza por un instante la sombra que alguna vez fue la realidad, una mujer o una ciudad. Mientras más lenguaje esté comprometido en la representación de lo real hacia la palabra, más pierde color e intensidad y es la labor del poema volverla a llenar de colores, dimensiones y movimiento. Así, la coherencia verbal a la hora de nombrar está plasmada en este libro donde Terán Cabero se revela como un poeta que entiende que la poesía es aquello que agrega y resta cosas a la realidad. El equilibrio entre una y otra es lo que se juega en cada poema. Si se logra o no, queda tanto en el deseo del poeta como en la intensidad con que el lector se acerca al poema.

Los abrazos, entonces, no son sino invitaciones a continuar por el camino de la enunciación, pero sin perder de vista que para decir algo se debe eliminar algo. Toda selección, implica necesariamente, una exclusión y hay valor tanto en lo que se nombra como en lo que se deja de lado, por ello, los propios poemas parecen tener espacios en blanco donde el propio lector introducirá con valor y confianza su propia experiencia. 

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