Festejo del encuentro entre Elvira Hernández y Antonio Terán Cabero
Sergio Gareca

Hace un par de años, bajo la luz de los monitores y las pantallas led, cuando la pandemia nos capturaba en sus redes, e internet fue tan necesario para enfrentar el confín que significaba vivir –digo con-confín, como diciendo contigo, con-migo–, estábamos confinados.
A veces también tenemos un sin-fin; y son cosas más cercanas a la vida; voraz, ahora que la veo en el oriente boliviano, toda la vida sale de la tierra como si los muertos no le fueran suficientes para alimentar a los insectos y ellos van por todos los vericuetos con ganas de alimentarse también de los vivos.
Pero la pandemia hacía sus cosas. Por la noche pasaba el rebaño de las estrellas; los satélites como un cardumen de peces estelares. Fue conmovedor para mí poder ver el cielo en proceso de domesticación de astros. Sin embargo hay astros rebeldes que no se dejan domesticar, pero que pudieron encontrarse por primera vez a raíz de un evento virtual: la VII Semana Internacional de la Poesía. Allí he visto conmovido el encuentro de lecturas de dos personas que admiro profundamente. Antonio Terán Cabero de Bolivia y Elvira Hernández de Chile. Ambos contundentemente poetas de estrellas con pesada gravedad.
Me permito estas líneas para festejar ese encuentro y para prolongar un poco ese grato momento de poder oírlos juntos y, también, dar fe de esta admiración, comentando dos libros: A fugitivas sombras doy abrazos de Terán Cabero y Pájaros desde mi ventana de Elvira Hernández.
El encuentro de dos astros de la poesía
Ambos son poetas de precisión versificadora admirable. Terán Cabero, describe el tiempo como una sustancia que se contiene a sí misma, la contención del misterio, la continuación de su propio ser fluyente: pasar para seguir pasando.
tiempo preñado de tiempo
en ese eterno fluir de sí mismo
hacia la sombra
cuando era un dios el río
Por su parte, Elvira Hernández escribe:
El tiempo es bocado que no se logra
saborear. Es él quien te masca
Hace años, Antonio Terán Cabero ganaba el Premio Nacional de Poesía con un libro llamado Boca abajo y murciélago, Elvira tiene estos versos:
Es el medio día.
Despejado total.
De pronto vuela una flecha.
Una sombra que raya el espacio.
Un murciélago tal vez de la luminosidad.”
Respecto a las flechas José Antonio escribe:
el imposible retorno de la flecha a su arco
incendia sus delirios
la vieja ensoñación de aquellas nupcias
del cielo y el infierno
A fugitivas sombras doy abrazos
Es un conjunto de oraciones a Tánatos. Es el encierro y destierro dentro de uno mismo. El poeta proscrito por su ansiedad a su propio interior. Además:
el animal anfibio está bien en ambos lados
respira incluso bifurcado
Dentro y fuera de sí, experimenta dos muertes inconsumadas. Su auto observación es su autolejanía, porque la ausencia hace reales las cosas:
lo que miras no existe sino en lo perdido
Los poemas en los que las voces se hacen compañía en un tercio de poeta, tiempo y muerte, hacen, también, el enredo de uno mismo. Cada palabra cae de las páginas de la vida. Es un libro con guadaña.
Pájaros desde mi ventana
Son un conjunto de poemas contemplativos. La observación de las aves en su secreto brillante, en su resonante idioma de misterio:
Sí. Eso somos.
Pero nos hemos acostumbrado
a comportarnos como monumentos.
Y así nos va.
Es poesía del entendimiento. Estar en conciencia permanente. Pájaros y miradas. Remontar en la inmensidad a través de lo distante en el instante. En este libro conocer los objetos por irrupción y filosofía es una falta de consideración con el objeto observado, en este caso, los pájaros. En cambio, la comunión íntima contemplativa es una presentación de mayor cortesía con lo observado.
*
Después de oírlos y releerlos, he quedado con el silencio llenándome la boca, los oídos y el alma. Qué bello encuentro. Hoy día, ya con el tiempo, caminante en descanso, la cotidianidad nos arranca de los encuentros. Sirvan estas breves líneas para abrazar a dos admirados poetas.
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