El poeta y soldado Antonio Terán y algo de los 15

Rene C. Antezana Juárez

En la Pascua Florida de 1979, en Tarija, se celebró el Primer Encuentro de 15 Poetas de Bolivia. Yo asistí como periodista invitado en representación del entonces denominado Centro Cultural Portales, para cubrir el evento para “Ciclo Cultural Portales”, que era un programa radial de media hora que se difundía en todo el país, diariamente. En el aeropuerto me reuní con Gonzalo Vázquez y Antonio Terán, poetas ya reconocidos en el país, que yo personalmente no conocía. Hicimos escala en Sucre, el avión era pequeño, Gonzalo estaba muy nervioso y nos ponía nerviosos a todos en cada movimiento brusco del mismo. Llegamos a tierras tarijeñas aliviados pues nos esperaban Roberto Echazú y su esposa Lucila. Ahí conocí a Roberto y, sobre todo, la entrañable amistad entre los poetas. Algo que marcaría mi espíritu para siempre.

Por azar de la vida, Antonio y yo compartimos una habitación en una casita muy tarijeña con jardín y árboles frutales. El centro de operaciones del encuentro era la casa de Roberto Echazú, en un segundo piso amplio de una vieja casona señorial, frente a la Casa Dorada. Estaban también presentes Alberto Guerra, Pepe Camarlingui, Mery Monje y otros amigos de Tarija. Se sumaron como simpatizantes Marcelo Arduz y Edwin Guzmán. Fueron tres días de lecturas, celebración de aquella amistad libando vino y singani. Compartieron momentos oficiales en la prefectura y alcaldía, dieron lecturas de poesía y conversaciones con estudiantes de colegio. Una noche fuimos a San Lorenzo donde nos esperaba una fiesta abarrotada de flores, música de los Montoneros de Méndez y zapateo, cómo no. No pudo llegar Héctor Borda, que era parte del grupo fundador. Antonio y yo asumimos la redacción del Manifiesto de los 15 que se centraba en una denuncia contra las dictaduras en América Latina y, especialmente en Argentina (Bolivia pasaba por un momento de transición democrática) donde, entre miles, habían sido asesinados y desaparecidos muchos poetas y escritores, siendo lo más notable la muerte y desaparición en 1976, de Haroldo Conti, ganador del Premio Casa de las Américas con su novela “Mascaró, el cazador americano”, durante la dictadura de Videla.

Esta amistad naciente con varios de los 15 se fundió con sus ideales por una sociedad más igualitaria, libre de dictaduras. Aquellos poetas presentes en Tarija, entre ellos Antonio, se convirtieron para nosotros -aprendices de poetas (con Edwin y Marcelo)-, en nuestro referente generacional de poetas auténticos, junto a su compromiso social en un tiempo en el que la persecución y el asesinato eran moneda corriente. Desde entonces, mientras estuve en Cochabamba, con Antonio nos vimos con frecuencia y participamos de los demás encuentros de 15 poetas, hasta el último de 1999.

Yo conocí a Antonio siempre ya con el cabello blanco (Alberto Guerra y Roberto Echazú le llamaban “helado de coco”), recitando sus poemas de memoria y también de otros, con gran intensidad, algo que me genera envidia ya que yo no recuerdo ni un verso siquiera mío. Antonio es un apasionado sin mesura cuando se conversa de literatura y, en especial de poesía. A lo largo de los años, nunca conversamos sobre su trabajo en la Alcaldía, solo de literatura y otros temas cotidianos. Es, como todo gran poeta, un apasionado que ejerce una total entrega hacia la búsqueda de aquel poema que abra el misterio que entraña la mismísima poesía. Sus lecturas son siempre apasionadas, como si nos hablara de otra dimensión.

Le gusta el tenis, lo practicaba con frecuencia, yo lo recogía de la cancha municipal para salir a jugar cacho. Y siempre en centro de la conversación, entre dados y algún elixir, la poesía. En los encuentros de los 15, cuando se juntaba con Alberto Guerra y Roberto Echazú y, a veces, Héctor Borda, eran horas de risas y carcajadas. Eran un taquipayanaku de chistes y bromas, cada cual, con un humor corrosivo, con juegos de palabras, grabarlos habría sido maravilloso.

Todos sabemos que el Soldado es un gran poeta, pero nunca lo ves pavoneándose ni ostentando su reconocido prestigio. Su poesía es muy particular, no solo porque gran parte de ella son sonetos (algo contracorriente en estos tiempos de experimentación y quién sabe qué), sino porque el lenguaje en sus manos es una arcilla que puede tomar muchas formas y también las palabras y sus significados. Es una poesía que exige atención y compromiso. Ha ganado varios premios, pero no ha cambiado un ápice de ser ese amigo siempre directo y sencillo, de criterio penetrante. Si habría un adjetivo que lo define sería, creo, “curioso”. Es un CURIOSO con mayúsculas, siempre aprendiendo y queriendo aprender aquello que no necesariamente entiende, buscando respuestas con la enorme sensibilidad que le caracteriza.

Cuando le pregunté de dónde venía el apodo de “Soldado”, él me explico que estaba en cuartel cuando comenzó a participar de la Segunda Gesta Bárbara. Y los poetas, que eran mayores, al verlo siempre en uniforme en las reuniones, comenzaron a llamarlo “soldadito” y luego “soldado”.  Muchos, al poeta solo lo conocen como “Soldado” Terán.

Los fundadores de los 15 se fueron casi todos, queda el Soldado Antonio Terán, con la lucidez que le caracteriza ya que, frente a la adversidad del tiempo heraclitiano se las arregla, pues pese a que su vista ha disminuido continúa con su pasión: ahora escribe poesía en pliegos de papel lo suficientemente grandes como para impedir que el tiempo lo derrote. Me hace recuerdo a esa fotografía de Monet pintando las paredes de su habitación desde su cama. Siendo el último de la tribu de los 15, su ilusión es que las nuevas generaciones de poetas encuentren los puentes intergeneracionales que ellos sí encontraron. Un camino para fortalecer la hermosa tradición de la poesía boliviana. Eso fueron los 15.

Su legado es enorme, tiene mucha poesía no publicada, ojalá se pueda contar con una antología como mínimo. Así, en tantos años de visitas cada vez mas esporádicas, pese a ello, nuestra conexión es la del primer día, y ambos recuperamos los años idos cuando conversamos y nos reinventamos para seguir buceando entre las palabras huidizas que dan señales, pero no siempre dicen, escondiéndose tras el silencio. Pero él tiene la llave mágica que abre esa puerta impensada como en este maravilloso poema que siempre evoco:

La llajua

En mi vientre el diablillo del locoto

La sangre de tomates saturnales

La quilquiña y la sal labios mortales

Preparan su litúrgico alboroto

Del fuego tú te posas de lo ignoto

Del hambre y de la sed con siderales

Salivas memoriosas y carnales

Tu boca alumbra y quema lo remoto

Entonces estas manos forasteras

Ciñen tu talle inventan tus caderas

Y muelen nuestro amor por fin anclado

Muelen la llajua de mi sueño el jugo

Con que abrasado por tu nuevo yugo

En tu vientre me sé resucitado.

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