Benjamín Chávez

La obra poética de José Antonio Terán Cabero, el “Soldado” (Cochabamba, 1932), es una de las más sólidas y coherentes de la poesía boliviana. A sus 92 años, congrega a su alrededor filiaciones y admiraciones -que él soslaya con sempiterna humildad- de un puñado de fieles lectores que, como guardianes de un valioso secreto, comulgan en su poesía y su amistad. Ya tempranamente Jorge Suárez había advertido que en el primer libro de Terán “como en ningún otro libro de la poesía boliviana, se confirma esa riesgosa aventura del arte. Ese paso audaz sobre abismos de la soledad y el espanto.” Dieciséis años después, cuando publicó Y negarse a morir, su segundo libro, Eduardo Mitre leyó ahí una “poética de la fragmentación que corresponde a la experiencia de la dispersión. Precisando: No la visión multifacética de la realidad sino el contorno social y cósmico que se manifiesta como una presencia caótica y agresiva”. Y, en 2018, comentando A fugitivas sombras doy abrazos, libro publicado por Editorial Trilce, un proyecto creado y gestionado por el propio Antonio Terán y su amigo, el también destacado poeta Eduardo Kunstek, este último afirmó: “Poesía signada por la perplejidad y el vértigo al caos; donde la memoria es la recolectora de la inexorable dispersión del tiempo.”
Con una decena de poemarios publicados a lo largo de más de 60 años, el Solado es una de las voces trascendentes de nuestra poesía cuyo eco se ha forjado en minuciosa orfebrería verbal de nocturnidad y asombro costante. En la presentación de su Obra poética (2013), Ramón Rocha Monroy, no solo expresando su personal opinión, sino aglutinando un parecer colectivo, lo consideró uno de los tres poetas más importantes del país, junto a Eduardo Mitre y Jesus Urzagasti.
Leerlo es ser partícipe, privilegiado y dichoso, de la experiencia poética plena, concebida como un espacio donde las verdades muestran sus cartas y se juega encarnizadamente el todo por el todo, en y con la vida y su transcurso. El suyo, como dijo Rubén Vargas “es un tiempo tensado, como un puente en el aire, entre las dos orillas de la vida. Así, escribir se asemeja a un rito íntimo, ajeno a la gravedad de las grandes e ilusorias certezas y próximo a la serena celebración de un silencio elocuente”.
El Duende le rinde este más que merecido homenaje, congregando a algunos de sus devotos lectores, donde la renovación de lecturas en torno a esa fuente inagotable que es su palabra, no es sino un acto de fe en su obra y en la poesía toda.
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