Gonzalo Lema

Pienso que los libros comienzan en sus títulos. No todos los escritores, se advierte, afirman lo mismo. Debido a esta convicción, sufro en encontrar el título adecuado y hasta recurro a mis lectores íntimos para que me socorran o ayuden con el pataleo. Cualquier lector comienza a leer el libro por la tapa, continúa con la dedicatoria suspendiendo las cejas, el epígrafe, el contenido y concluye con la contratapa, aunque la haya leído antes. Es decir: lee el libro completo. ¿Por qué entonces desdeñar algo tan constitutivo del libro mismo? Igual que con la correcta presentación de un tema ante el auditorio, un buen título significa al menos media victoria conseguida.
En ese angustioso afán me hallaba en los días de 1998. Como algunas veces, experimentaba que el título que requería me había sido plagiado con anterioridad: “Ahora que es entonces”, precioso poemario de José Antonio Terán Cabero, circulaba, desde el año 1993, luciendo un cuadro de Fernando R. Casas en la tapa y su título en grandes letras. Sin dudar, consulté pronto al poeta si me era posible titular mi novela -tan llena de dolores por la guerra del Chaco y por la represión de los gobiernos militares- con el mismo título de su poemario. De inmediato me dijo que sí. Con ese caballeroso permiso tenía casi completo el libro y sentí alivio y contento, pero pensé que algunos avispados lectores sonreirían burlones imaginando un hurto, una apropiación indebida, así que, para desvirtuar cualquier mala sagacidad, me esmeré con el epígrafe: “despójame de barcos/ dále puerto a mi alma”, del poema con el mismo nombre del libro. Quedaba claro, por lo tanto, que título y epígrafe le correspondían al autor de varios poemas francamente inmortales.
Conozco a “Soldado” Terán desde los años ochenta. Tenía el cabello y la barba negros solo en parte, porque en gran medida podía afirmarse que su cabeza y barba eran blancos como copos de nieve. Lucía coleta coquetona y traje completo: corbata, chaleco, saco y pañuelo. Las fotos expresaban que incluso era más elegante que el alcalde de turno hasta el día en que se jubiló cuarenta años (o más) después de haberse iniciado como funcionario precoz, brillante y multiuso. Yo mismo, que era novel abogado, compartí con él un brevísimo tiempo en el concejo municipal, y recuerdo que me leía un soneto a diario, escrito en vísperas, antes de dedicarse a su redacción de discursos y actas con una dedicación más propia para obras magistrales. Me imagino que apenas rondaba los cincuenta años, pero caminaba como viejito, resoplaba y gustaba dormir siestas debido a sus malas noches de poeta en actividad. Todo eso, a pesar de la percha, en pantuflas que guardaba en el cajón del escritorio.
El año 2000 viajamos al Paraguay atendiendo la invitación de nuestra embajada. Fue una cómica semana en la que nuestra situación jurídica tuvo algunos cambios, a decir del embajador: llegamos a Asunción en calidad de escritores invitados, en los siguientes días me convertí en conferencista ante el Tribunal Electoral paraguayo y terminamos de refugiados políticos debido a la guerra del agua que se desató en Cochabamba e impedía nuestro retorno. En Santa Cruz, al retorno, mientras Soldado Terán se remojaba en la piscina y recordaba sus tardecitas y noches de cerveza en el bar de Chavo Sanzetenea junto a sus ocurrentes amigos, vimos aflorar la cabeza del nombrado por la pared medianera que separaba la residencial de un negocio de sauna. Tiempo después, comenzamos a vernos una vez por semana para, en realidad, oírnos leer poemas, cuentos y hasta novelas íntegras, todo de nuestra autoría. Es mi más íntimo lector, como creo haber sido yo para sus poemas hasta que dejó de escribirlos. Años de años, una vez por semana, acompañados de una taza de café y, hasta hace muy poco, de cigarrillos. En ese afán hemos alumbrado poemarios completos, como libros de cuentos y novelas. Difícil imaginar una amistad (o sociedad) más literaria.
Es fácil seguir la pista de Antonio en mi trabajo: las canciones que mis personajes cantan al ir a la guerra, o al volver, son las que el poeta canta en la mesa de café cuando el recuerdo lo devuelve al pasado. Con ambas manos maneja un charango que nunca aprendió a tocar, eleva la voz en quechua y castellano, provoca mi asombro, estupor o risa. Son momentos inolvidables que, hasta hoy, son numerosos. Hoy, que es Ahora y que sigue siendo como Entonces.
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