Esperar la ausencia (1971-1976)

Decimosexto y último capítulo de la biografía de José Lezama Lima que su compatriota Ernesto Hernández Busto está finalizando de escribir.

En diciembre de 1971, Lezama y María Luisa se ingresaron juntos en el pabellón José Elías Borges del Hospital “Calixto García”. A ninguno de los dos le gustaban los hospitales, pero los problemas cardíacos de María Luisa forzaron el alta, en la que jugó un papel importante la doctora Ada Kourí, esposa del entonces canciller cubano Raúl Roa.

Además de sus habituales signos de insuficiencia coronaria, desde octubre a la esposa del escritor le habían diagnosticado una lesión en la válvula mitral. Alejada de su familia, casi toda exiliada como la de Lezama, su dolencia cardíaca se agravó. La noticia de que su madre, de casi 90 años, empezaba a mostrar síntomas de demencia senil fue el detonante de la crisis, asociada también a un exceso de trabajo doméstico. En junio, tras unas gestiones del padre Gaztelu, el matrimonio había conseguido ingresar a Baldomera en el asilo Santovenia.1 Todas las labores del hogar recayeron entonces sobre aquella “mujer de pelo en pecho”.

Las carencias de todo tipo se multiplicaban y las colas para comprar algo de comer se hacían interminables. Lezama, obeso y enfermo, no era de mucha ayuda. Hasta tal punto que cuando los doctores decidieron ingresar a María Luisa y le aconsejaron reposo absoluto, su esposo ingresó con ella: era incapaz de sobrevivir solo. Aprovechó para revisar sus bronquios y usar el hospital como un sanatorio con comedor, del que podía entrar y salir. Tener la comida garantizada no era un detalle banal en aquel momento. Del asilo de Baldomera, por ejemplo, Lezama decía envidiar los almuerzos, y aseguraba que su antigua niñera comía mejor que él.2

En carta a su hermana Eloísa, el escritor reconoce que a su esposa “el exceso de trabajo la ha ido agotando. Tiene un gran sentido del deber y yo me desespero, pues el asma me ha deteriorado mucho y desgraciadamente estoy imposibilitado para el trabajo doméstico”.3 Las opciones son pocas porque “no hay manera de conseguir una criada que nos trabaje por horas en la limpieza y, mucho menos, una cocinera”.4 A esas labores cotidianas “hay que sumar las colas para el pan, para la ropa sucia, para la tintorería, para adquirir los víveres en la bodega, etc., y eso la fatiga y la enferma de cuidado”.

El 25 de noviembre de 1971 falleció en Miami la madre de María Luisa, María Treviño, una misionera mexicana que había llegado a Cuba en noviembre de 1900, con 19 años, para fundar en Gibara y Banes, al oriente de la isla, sucursales del colegio cuáquero “Los Amigos”. La esposa de Lezama había crecido en una familia triste, marcada por la muerte temprana de dos hermanos; casi todos los parientes que le quedaban estaban fuera de la isla y el deceso de la madre los deprimió más. María Luisa (o “Cachita”, como la llamaban sus allegados), llevaba siete años junto al escritor, compartiendo sus penas, atendiendo todas las necesidades de aquella especie de niño grande, reforzando cada uno la fe del otro. Dominaba lo que Lezama llamó “el arte de las persianas”5, es decir, fungía de intermediaria del poeta en los tratos con el “exterior” y de muro protector contra las irrupciones de una cotidianidad acuciante. En la casa de Trocadero había conseguido hacer “de cada minucia un sacramento”, diseñar un orden doméstico cuya ruptura Lezama percibía como una tragedia: “Si te atolondraras/ el firmamento roto/ en lanzas de mármol,/ se echaría sobre nosotros”, escribe en “La mujer y la casa” (1976). Dentro de aquel matrimonio tardío, María Luisa había asumido, además, el rol de las figuras femeninas ausentes: “Eres la hermana que se fue,/ la madre que se durmió/ en una nube frente a la ventana”. Son esas presencias las que “me levantan –dice el poeta en ese poema de 1972– todos los días/ para fortalecer la mañana/ y comenzar el hilo de la imagen”.

A diferencia de Piñera, que con su callejeo y su eterna jaba de jubilado bajo el brazo sentía una especial solidaridad con María Luisa (la camaradería de los que, como dice en un poema, ya solo podían esperar el Juicio Final), Lezama tenía una vaga idea de las dificultades cotidianas que hacían cada vez más dura la vida del cubano. Solo la más evidente, el racionamiento de la comida, lo preocupaba desde hacía años. Tomás Eloy Martínez cuenta que el escritor se le quejó, por ejemplo, de que a su edad no tenía derecho sino a un cuarto de litro de leche al día, y para completarlo debía apropiarse de la ración de Baldomera. “Mi naturaleza humana se nutre de los inocentes que tienen ya un pie en el Hades”, le dijo al periodista. “En este país fogoso solo hay leche para los mayores de setenta y los menores de siete; cifras cabalísticas, enigmas deuteronómicos. Yo, como viejo de 58, salgo a roer la leche ajena, cual sierpe gongorina”.6

Abroquelado en Trocadero 162, Lezama añoraba las opíparas comilonas de antaño y su único consuelo culinario eran las invitaciones a restaurantes que le hacían algunos diplomáticos y visitantes extranjeros. “Anote usted enseguida el gran pecado imperdonable de todos los tiempos: la despensa vacía, el caldero ocioso”, le ripostó en esa época a un periodista que le preguntaba, para chincharlo, sobre su propensión a la gula. Pero mientras su esposa reservaba en una modesta pizzería del barrio o se desesperaba tratando de conseguir algo para saciar aquel inmenso apetito, él bromeaba con sus visitantes sobre las colas para los víveres, comparándolas con “una larga trenza china” o “la interminable prórroga de poderes de Machado”.7

El doble ingreso en el hospital fue una solución de urgencia; los médicos le habían advertido a María Luisa que debía compensarse, estabilizar su salud con un descanso total si no quería sufrir un infarto. Los ánimos de Lezama se volvían cada vez más sombríos y varias de sus cartas a Eloísa de esa época reflejan una amargura cargada de viejos reproches: “Yo soy el que ha sufrido las consecuencias terribles de la dispersión de la familia –le escribe–, tengo que estar día y noche con María Luisa porque no hay un solo familiar que me reemplace. Lo hago con gusto, ella ha sido muy buena esposa y todo sacrificio me parece insuficiente, pero la muerte de Mamá me dejó muy quebrantado para siempre y me siento cansado”.

Esa carta de diciembre de 1971 es una de las más tristes que escribió Lezama. En ella parece asumir que ya no saldrá de la isla y que su función es custodiar arcones, huesos y cenizas: “Alguien tenía que guardar las bóvedas del cementerio, donde están nuestros padres y nuestros abuelos, guardar de cerca los recuerdos, las ropas, los cofres y todos los lugares en donde nuestra sangre dejó una sombra. Yo fui el guardián de la sustancia para la resurrección y tengo que sufrir las consecuencias y desgarrarme como el pelícano por el peso de la maldición”.

La metáfora del animal que alimenta a sus crías con la propia sangre muestra el nivel de angustia del escritor en esos años. Él mismo habla en otra carta de “estados depresivos, en los que la melancolía se une con el cansancio”. Esa zozobra se traslada a sus versos, donde se imagina “como una rana/ dentro de la botella” o nadando dormido “dentro de un tonel de vino/ (…) con las dos manos amarradas”. En la foto que le tomó Paolo Gasparini por esa época se le ve hundido, descolocado y frágil como un quelonio gigante cuya única protección o coraza son su casa y sus recuerdos. Ese evidente declive empezó a preocupar a sus amigos más cercanos.

1 Envejecida y casi sorda, Baldomera era más un estorbo que una ayuda en la casa. Tras la muerte de Rosa, se había vuelto difícil de manejar, y María Luisa se quejaba de que era insoportable, “peor que el comunismo”. Así lo cuenta Eloísa: “Cuando mamá murió y la esposa de mi hermano pasó a ser la señora de la casa, Baldomera no toleraba que suplantaran las costumbres de su ama. Ante cualquier cambio protestaba diciendo: —La difunta no lo hacía así. Y no obedecía sus órdenes”. (Una familia habanera, Ediciones Universal, Miami, 1998, pág. 81).

2 “Eran ya tiempos de gran escasez de alimentos en Cuba y haciendo broma me decía que cuando veía la comida [de Baldomera] se hubiera quedado allí”. Eloísa Lezama Lima, Una familia habanera, edic. cit., pág. 82.

3 José Lezama Lima: Cartas a Eloísa y otra correspondencia, Verbum, Madrid, 1998, pág. 164.

4 En esos años era muy difícil contratar una criada en Cuba. “Casi no hay sirvientas ni cocineras. Solo en algunos casos en que una mujer se ha quedado por cariño sirviendo a una familia. No hay sirvientes en Cuba”, le dice Margaret Randall a Ernesto Cardenal (En Cuba, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1974, pág. 23). En una carta inédita a su hermana Eloísa (del 25 de noviembre de 1971), Lezama precisa que “no hay quien quiera trabajar en las casas y las exigencias son tantas y tales que hacen casi imposible la situación. Quieren que se les dé un cuarto y se les ponga en la libreta [de abastecimiento] y ya adquieren los mismos derechos. Ya no los puedes separar de la casa y tienen iguales derechos que los propietarios”. A principios de 1971, Lezama y María Luisa utilizaban los servicios de alguien que limpiaba y cobraba por horas, pero que, según palabras de Lezama “es muy informal y falta mucho”. También los ayudaba Beba, cuñada de María Luisa. Meses después, una vecina, Nélida, los ayudará en la casa a cambio de una módica cantidad.

5 En carta a Alfredo Lozano, de junio de 1971: “Como a mí me ha ayudado mucho mi matrimonio, pienso que es una solución para el artista en su madurez. Llega el invierno y hay que trabajar con las puertas cerradas y la mujer domina con exactitud el arte de las persianas, con el que rescatamos el mundo exterior en su momento de magna eficacia” (Cartas a Eloísa…, edic. cit., pág. 368).

6 Tomás Eloy Martínez: “Último viaje del peregrino inmóvil”, en La Nación, Buenos Aires, 29 de septiembre de 2007.

7 Esos símiles burlones aparecen citados por Manuel Pereira en su ensayo “El curso délfico”. Cito de una versión reciente, en la revista digital Literal, el 24/09/2020: https://literalmagazine.com/el-curso-delfico/

Respuesta

  1. Avatar de cenizasdeaurora

    Excelente. Gracias por esta mirada, por esta memoria.

    Me gusta

Replica a cenizasdeaurora Cancelar la respuesta