/ Claudia Vaca /
La presente entrevista forma parte del estudio integral de la obra y biografía de la poeta boliviana Norah Zapata-Prill. El diálogo, sostenido entre septiembre y octubre de 2025 en Italia y España, constituye una fuente primaria para la investigación en curso, que contempla la publicación de un ensayo crítico sobre su obra completa.
Se publica a continuación la transcripción editada, respetando el contenido sustancial del testimonio oral. El texto se acompaña de una lectura crítica que contextualiza sus declaraciones desde una perspectiva filológica.
I. Entrevista. Norah Zapata-Prill: “La poesía me ha ayudado a vivir”
Claudia Vaca (CV):
Norah, bienvenida a Salamanca y a este espacio creado para difundir tu obra. Para continuar con la conversación iniciada en Ostuni, Italia, en ese espacio poético que has creado para generar lazos humanos trascendentales… contanos cómo era la niña Norah en Cochabamba. ¿Qué recuerdos permanecen vivos en tu memoria?
Norah Zapata-Prill (N Z-P):
Todo está fresco. Nací en Cochabamba el 1 de enero de 1946. Mis padres fueron Emilio Zapata Montaño y Margarita Parrilla Camacho. Tuve dos hermanos, Mary y Milton, ya fallecidos. Soy madre y tengo una hija que vive en Suiza.
Mi infancia fue feliz. Mis padres tenían una hacienda y para llegar había que viajar casi un día en tren; luego los campesinos nos recogían a caballo. Yo siempre quise tener una madre campesina. Mi madre era severa; en cambio, las campesinas eran más permisivas y afectuosas. Eso me hizo amarlas profundamente.
Me gustaba ir a comer con ellas. Mientras en mi casa había carne fresca, ellos comían charque, mote, huevos y sal. Pero lo que más me atraía era que, después de comer, conversaban sobre lo que habían hecho durante el día. Había una solidaridad y un cultivo de la palabra que yo no encontraba en mi hogar.
Pasaba días enteros pastando con ellos. En los cerros construía pequeñas “casas” con piedras y cactus que colocaba como guardianes. Esa sensibilidad frente a la diferencia social me marcó para siempre.
CV: Esa conciencia social aparece en tu poesía. ¿Cómo fue tu camino hacia la literatura?
N Z-P: Yo quería ser médica. Estudié en el colegio inglés católico de La Paz y tuve la oportunidad de obtener una beca para ir a la Universidad Patricio Lumumba, en Rusia. Pero mis padres, anticomunistas, no aceptaron. Me fui entonces a Córdoba, Argentina, a estudiar medicina. No pude continuar por problemas económicos derivados de la inflación en Bolivia.
Intenté luego odontología en Cochabamba, pero las universidades fueron cerradas por la dictadura. Fue casi por azar que ingresé a la Normal Superior Católica “Sapientia”. Hice un sorteo entre matemáticas, filosofía y literatura. Salió filosofía.
Sin embargo, el profesor principal era profundamente misógino. Decía que el destino de las mujeres era pelar papas y no estudiar. Eso me indignó. Decidí cambiarme a literatura. Así terminé siendo profesora de lengua y literatura española.
Una profesora descubrió mi habilidad para la redacción y me preguntó si escribía poemas. Yo enviaba textos a Presencia Literaria, dirigida por el sacerdote Juan Quirós. Él me buscó un día y me dijo: “Usted está hecha para la poesía. No cambie su destino”. Publicó uno de mis primeros trabajos como anexo de su revista titulado Fascinación del fuego. Ese impulso fue decisivo.

CV: Luego viajaste a Europa con una beca, ¿cómo fue ese camino y qué impacto tuvo en tu vida?
N Z-P: Sí. Obtuve una beca del Instituto de Cultura Hispánica en España. Después conseguí otra para la Universidad Italiana para Extranjeros de Perugia. Conocí Italia, recorrí España y descubrí otros horizontes.
Volví a Bolivia por compromiso contractual con el Ministerio de Educación, pero años después emigré a Suiza, en 1977, cuando tenía 32 años. Trabajé en una casa psicogeriátrica con personas con demencia. Esa experiencia me enseñó a relativizar el tiempo y el sentido de la memoria, eso impactó y transformó completamente mi vida.
CV: En Suiza asumiste una responsabilidad mayor en una fundación, ¿cómo fluye ese rol administrativo con la poeta Norah?
N Z-P: Sí. Trabajé en una residencia para ancianos fundada por una mujer excepcional, Adelina Mauri. Antes de morir, me pidió que garantizara la continuidad de la institución. Acepté sin medir el alcance de la responsabilidad.
La antigua casa, de 1733, ya no cumplía las normas arquitectónicas. Con apoyo estatal y comunal construimos un edificio moderno. Pasamos de 25 residentes a 55, más un centro de día. Hoy la fundación sigue funcionando.
Logré trasladar las cenizas de la fundadora al jardín de la residencia. Allí escribí:
“Viajeros somos, viajeros moriremos.
En otra vida de nuestra vida no habrá nidos,
no haremos nidos.
Seremos esos sueños que vuelan.”

C V: Tu poesía aborda la exclusión social y las diferencias, como bien mencionas en tus recuerdos de infancia. ¿Podrías hablarnos del poema “Los olvidados”?
N Z-P: Lo escribí en Londres. Desde el balcón de un pequeño hotel veía reunirse a personas alcohólicas. Era una tristeza profunda verlos. El poema habla de quienes viven al margen, de los que “se reparten la lluvia cuando llueve y se reparten la luna cuando hay luna”. Es una mirada compasiva hacia los invisibles.
C V: También escribiste “Raíces” para un alumno tuyo, Saturnino Quispe.
N Z-P: Saturnino fue mi estudiante en Bolivia, era un estudiante brillante y muy pobre económicamente, vivía en una precariedad terrible. Vivía con su abuela. Me dijo que iría a la zafra argentina para ganar dinero y cuidar mejor de su abuela, para mantenerla. Murió allí, explotado en esa zafra, en 1981. “Raíces” nace de ese dolor, es mi poema para él.
El poema reflexiona sobre la injusticia, la pobreza, la invisibilidad del sufrimiento. Dice: “El drama del mundo no es el drama de mi mundo”. Habla de la dignidad herida y de la memoria que persiste como raíz.
C V: Has dedicado tu vida a la poesía. ¿Qué significa para vos?
N Z-P: La poesía me ha ayudado a vivir. Creo profundamente en el valor terapéutico del arte. Cuando hablo con jóvenes les insisto en que lean, que enriquezcan su vocabulario para expresar lo que ven y lo que no ven. La palabra es una herramienta de conciencia y de libertad.
He dedicado completamente mi vida a la poesía. Es mi manera de comprender el mundo y de reconciliarme con él.

II. Lectura crítica y marco filológico
El testimonio precedente permite identificar cuatro núcleos estructurales en la obra de Norah Zapata-Prill.
- Infancia y conciencia social
- Formación intelectual y conflicto ideológico
- Migración y ética del cuidado
- “Los olvidados” y “Raíces”: claves textuales
La entrevista a Norah Zapata-Prill no debe leerse únicamente como documento testimonial, sino como texto susceptible de una interpretación hermenéutica en sentido pleno. Si seguimos la noción de identidad narrativa propuesta por Paul Ricoeur, la vida no se comprende como suma de hechos, sino como configuración (mise en intrigue) que articula memoria, temporalidad y sentido. En ese marco, el relato biográfico de Zapata-Prill no es mera cronología: es una operación configuradora donde la infancia, el conflicto ideológico, la migración y la experiencia del cuidado se entrelazan en una coherencia narrativa que sostiene la identidad de la autora.
El primer núcleo –infancia y conciencia social– puede leerse como escena originaria de esa identidad narrativa. La dualidad entre hacienda y comunidad campesina funciona como estructura simbólica que organiza el horizonte ético de la poeta. El recuerdo de la cocina campesina como espacio de relato compartido introduce una experiencia temprana de lo que Hannah Arendt denomina espacio de aparición: el ámbito donde la palabra circula y los sujetos se reconocen en pluralidad. Allí la palabra no es instrumento de poder, sino tejido comunitario. Desde esta perspectiva, la niña que observa y escucha está ya participando de una forma primaria de acción política entendida como co-presencia y relato.
Los términos léxicos que emergen –mote, charque, zafra, cerro– no son meros regionalismos pintorescos; constituyen lo que Ricoeur llamaría sedimentaciones de memoria. La lengua preserva una geografía afectiva. La territorialidad no es adorno, sino archivo simbólico. En ese sentido, la escritura de Zapata-Prill se sitúa en una poética de la encarnación: la palabra remite a un mundo vivido.
El segundo núcleo –formación intelectual y conflicto ideológico– puede analizarse a la luz del pensamiento complejo de Edgar Morin. La trayectoria de la poeta no responde a una linealidad teleológica, sino a una dinámica de bifurcaciones donde azar, contexto político y experiencia de género interactúan. La beca a la Universidad Patricio Lumumba que no llegó a concretarse y el cierre universitario bajo dictadura no son simples obstáculos biográficos; forman parte de un sistema histórico mayor en el que lo individual y lo colectivo se interpenetran. Morin advierte que la complejidad implica reconocer la interdependencia entre orden y desorden. En el caso de Zapata-Prill, el desorden histórico –dictadura, misoginia académica– no anula la vocación; la reconfigura. El cambio de filosofía a literatura se convierte en acto de autoafirmación ética.

Aquí la literatura no opera como evasión, sino como respuesta frente a la negación. En términos arendtianos, es una forma de acción: tomar la palabra allí donde el discurso dominante pretende silenciar. La indignación frente al profesor misógino deviene gesto fundacional. La vocación literaria se inscribe así en una ética de la dignidad.
El tercer momento –la migración a Suiza y el trabajo psicogeriátrico– introduce una dimensión temporal decisiva. Ricoeur señala que la memoria es frágil y siempre susceptible de olvido. La experiencia cotidiana con la demencia confronta a la poeta con la vulnerabilidad radical de la identidad. Si la identidad narrativa depende de la capacidad de contarse, ¿qué ocurre cuando la memoria se disuelve? La poesía aparece entonces como resistencia simbólica ante la erosión del tiempo. Escribir se convierte en acto de preservación frente al deterioro.
Desde la perspectiva de Morin, esta etapa evidencia la articulación entre biografía individual y sistema social global. La migración no es solo desplazamiento geográfico; es inserción en otra red cultural, otra temporalidad, otra ética institucional. El cuidado de ancianos funda una ética concreta de la responsabilidad. Aquí la poética de Zapata-Prill se aproxima a una ética de la compasión que no sentimentaliza, sino que reconoce la interdependencia humana.
En los poemas “Los olvidados” y “Raíces” se condensan estas tensiones. La acumulación de imágenes de intemperie en “Los olvidados” puede leerse como metáfora de exclusión estructural. No se trata de una denuncia abstracta, sino de una configuración simbólica del desamparo. Arendt advertía que la pérdida de mundo común es una forma extrema de marginalidad. La poeta, al nombrar a los invisibles, restituye un espacio de aparición simbólica.

“Raíces”, dedicada a Saturnino Quispe, introduce la dimensión elegíaca. La raíz como símbolo ambivalente –arraigo y herida– articula lo que Ricoeur denominaría memoria fiel frente a memoria herida. El verso “El drama del mundo no es el drama de mi mundo” desplaza el centro del yo hacia la alteridad. Esta descentralización constituye un gesto ético fundamental: la subjetividad no se absolutiza, se abre.
En conjunto, la trayectoria de Zapata-Prill revela una coherencia profunda entre vida y escritura. La infancia rural, el conflicto ideológico, la migración, el cuidado y la docencia no son episodios aislados, sino estratos que configuran una identidad narrativa compleja. Morin hablaría aquí de unidad en la diversidad: una conciencia que integra contradicciones sin suprimirlas.
Cuando la autora afirma que la poesía le ha ayudado a vivir, la declaración adquiere densidad filosófica. No es una frase consolatoria. Es la constatación de que la palabra permite configurar sentido en medio de la contingencia histórica. En clave ricoeuriana, la poesía opera como mediación simbólica que hace habitable el tiempo. En clave arendtiana, como acto de aparición responsable. En clave moriniana, como tejido que enlaza lo individual con lo planetario.
El estudio sistemático de su obra permitirá situarla con mayor precisión dentro de la literatura boliviana e iberoamericana contemporánea. Sin embargo, ya en esta entrevista se advierte una escritura que asume la complejidad del mundo sin reducirla, que transforma experiencia en forma y memoria en responsabilidad. Raíz y desplazamiento, cuidado y palabra, identidad y alteridad no se excluyen: dialogan. En ese diálogo se sostiene la singularidad de su voz.
- filóloga. La entrevista se realizó entre Ostuni (Italia) y Salamanca (España), en septiembre y octubre de 2025.


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