Marcelo Arduz: días y poemas

/ Edwin Guzmán Ortiz /

Difícil saber cuándo empieza la poesía o la expresión artística, en la vida de un creador. Un paisaje innombrable de emociones internas acaso, alguna experiencia capital, el flujo persistente de sensaciones, un festival de enigmas, un deambular febril entre formas que cambian de forma y se evaporan o, acaso, esa caída honda en los Cristos del alma, como lo sentía Vallejo. No sabemos.

Mas, llega el tiempo en que demanda hacerse visible, transformarse en palabra, tornarse melodía. Urgencia del artista por traducir el lenguaje intraducible de sus propias obsesiones, por la indelegable búsqueda en un mundo disperso, pretender dar a luz –aspiración titánica– la propia voz en medio del coro denso de los otros.

Pulsión imperceptible que se insinúa velada y bullente tras la imagen inaparente del poeta. Tiempo de transmutaciones, de arduo diálogo interior, pero además la urgencia de ser en el otro. El puente mágico de la conversación, las devociones compartidas y la necesidad de un encuentro con ese alguien que coincide en las apetencias de un imaginario, y en las rutas de un destino que se quiere intenso y perdurable.   

Caminando desde este preámbulo, que sin duda viene al caso, confieso que fue en la Plazuela Sucre de Tarija a principios del 70 –más de medio siglo, quién diría– cuando conocí a Marcelo Arduz. Encuentro predestinadamente azaroso, compartiendo con manifiesto desenfado, entre un grupo de amigos, unos Derby que nos insinuaban mayores de edad en medio de una adolescencia inconclusa.

Con Marcelo se dio un magnetismo espontáneo, casi inexplicablemente aparecimos escuchando en un pequeño pickup de su casa al Jimi Hendrix de “All along de Watchtower” e imaginando que esa experiencia suponía la pertenencia a una secta de exclusivos contornos. Marcelo dibujaba y esbozaba unos breves poemas que leía no sin cierta timidez, configurando una pudorosa aura de envolventes deseos. La amistad es una de las formas de la confesión, del develamiento mutuo. No sé cuándo habría empezado ese discreto y concomitante ejercicio del arte en Marcelo, prácticamente solitario en la Tarija de aquellos 70; me pregunto: cuándo habrá asomado su vocación de poeta… pero ahí estaba, germinal y cenital.

Marcelo Arduz y Edwin Guzmán en la plaza Luis de Fuentes, Tarija, 1976

Fui cómplice de su primera exposición de dibujos en un salón de la Prefectura de entonces. Entre ellos, lucía un poster copiado de considerable tamaño con la imagen de Cristo y en cuya parte superior rezaba “SE BUSCA”. Recompensa la Eternidad”, y en letras más pequeñas abajo desarrollaba las razones de tal propósito (barba y cabello estilo hippy, se acompaña de vagos, mendigos y 12 incondicionales…). La reacción de las beatas del campanario fue inmediata y al día siguiente apareció una troup de clérigos acompañados por el Monseñor pidiendo se clausure la muestra y se incrimine al autor. Provinciano escándalo que finalmente fue sobreseído a través de gestiones de artistas amigos y el conjuro a sátiros del arrabal.

Los primeros poemas de Marcelo acusaban una brevedad epigramática. Delicadas imágenes que emergían no sin cierto halo de inocencia: “Mariposa / Evita / Ahuyentar la rosa”, o “Navega/ Barquito de papel/ Por el torrente de mis venas”. Éstos, junto a otros, fueron publicados en su primer poemario “Estrellas en el Día” (1977).

Dentro la misma filiación poética, el año siguiente, 1978, publicó “Tras el vidrio del cielo” del que me permito exponer estos versos: “Hacer música/ Con música/ No usar/ Ningún instrumento” o “Abrir una puerta cualquiera./ Imaginar que por ella/ Se sale del mundo”. Este poemario fue escrito bajo el contagioso hálito de “Pomelo”, poemas de Yoko Ono, por el que Marcelo, sentía una singular atracción.   

En contraste con esa poesía delicada, se erigía como uno de sus autores de culto, el venerable Friedrich Nietzsche, ni más ni menos. Casi religiosamente leía(mos) y recitába(mos) “Así hablaba Zaratustra”. El paseo por el meollo y las lindes vitales de este filósofo fue intenso, exacerbado por el destello poético que exhala su pienso aforístico. Aún guardo “Mi hermana y yo” –uno de sus obsequios– con el olor de la época y la inconmovible certeza de sus erizadas sentencias; sin duda, libro marginal del filósofo, escrito durante su internación en el asilo de Jena.

Fue un tiempo grato en que la poesía y el arte en general, merecían el trato que debieran merecer siempre. En más de una oportunidad nos fuimos a la campiña tarijeña, con carpa y mochila donde además de la merienda, cargábamos un par de botellas de tinto y por supuesto algunos poemarios que en la noche y al calor de la fogata leíamos gozando de ese mágico sacramento, el vino, enredado en rutilantes poemas. 

Años después, conformamos un cuarteto empeñado en tomar Tarija por asalto: Marcelo Arduz, Marco Alandia, mi persona y la amistad inaugural de Julio Barriga. Un círculo de vehemencias y conspiración artesanal latía y deambulaba por licorerías y barrios periurbanos, junto a André Bretón y Jaime Saenz en las alforjas. Época libre de ordalías. Ya había quedado atrás el candor de la inocencia poética y se enfrentaba a la realidad con una palabra afilada y gravitante. Palabra que se debatía entre un mundo interior implosivo y un mundo exterior infectado por los desatinos de la historia.  Marcelo –y ese nosotros compañero– leía sus poemas, debatía y pugnaba por resignificar el orden cultural existente. La conciencia de la marginalidad era la señal de estar en el lugar correcto. Más que salones oficiales nos cobijaron cantinas y recovecos donde destilados y mistelas bautismales, en corajudas jornadas, terminaban despachándonos, resplandecientes y raudos por las calles que bajaban de San Roque, rumbo al no sé dónde y al no sé cuándo, de la infalible poesía.

En tono menor, con Marcelo proseguía ese comercio infatigable de lecturas conjugadas y compartidas. Saint John Perse y Oliverio Girondo junto a “Cantos de la Ciudad y el Campo” de Luis Luksic, llenaban nuestros días, colándose en las noches con el sigilo de gatos. Marcelo continuaba dibujando e integrando sus poemas en contrapunto creativo, diríase que con una mano dibujaba y con la otra escribía; este trabajo fue plasmado en el poemario “Quince antipoemas de amor y dibujos” (1989), publicado en Brasil.

Casi imposible desligar de su esfera creativa, la atmósfera de una familia de culta tradición y cultivo. Sobre todo, la cercanía de su hermano Fernando, un entrañable amigo y eximio guitarrista, compositor y director de orquesta, cuya disciplina y formación logró en el Real Conservatorio de Música de Madrid-España, el título de Profesor Superior de Guitarra. Por estrecha vecindad, Marcelo era objeto del envidiable acoso de sinfonías y conciertos que invadían cotidianamente habitaciones y rincones de la casa; música sacra, Wagner, Stravinsky y ¡cuándo no! también el mentado trío: Emerson Lake anda Palmer.

Reunión de los 15 Poetas de Bolivia en Oruro. Marcelo Arduz de pie, segundo desde la derecha

Posteriormente, emergió el Movimiento Encuentro 15 Poetas de Bolivia, del que Marcelo fue uno de sus primeros organizadores junto a Roberto Echazú, Alberto Guerra y Antonio Terán Cabero. Fue aquella Tarija de los 80, en plena dictadura de García Mesa, en que diferentes poetas emprendieron una ruta que perduraría varias décadas con diferentes encuentros, publicaciones, sin abstraer la interpelación a las autocracias y democracias importadas a través de inflamados manifiestos. Al centro de este primer evento se vivió una noche intensa en San Lorenzo, leyendo poemas, las copas en alto, con la lengua hinchada de hablar política, bajo la música de los Montoneros de Méndez. Con René Antezana y Marcelo, dijimos nuestros primeros poemas y amén. Tiempos de una poesía que miraba intensamente al país, al margen de la cultura oficial, el vedettismo literario y de los diligentes poetas de salón. 

Marcelo al cabo, fijó residencia en La Paz, y a partir de la Cancillería, donde trabajó varios años, cumplió un vertiginoso periplo dentro el servicio exterior por Europa y América Latina. Como diplomático de carrera fue Primer Secretario de la Embajada de Bolivia en Madrid, Cónsul en Río de Janeiro, Cónsul general en Lima y Ministro Consejero de la Embajada de Bolivia en Roma. Dentro esta prolongada actividad diplomática, no descuidó su vocación poética y cultural, estableciendo relaciones con poetas y creadores de diferentes países, siendo miembro de la Casa del Poeta de Lima, participando de publicaciones internacionales, escribiendo ensayos y lo más importante, continuando con la publicación de su obra poética.

En ese contexto, Marcelo dio a luz “La Tierra en Uno” (1985), poemario editado en Madrid y prologado por Pedro Shimose quien, a propósito del autor, escribió: “pero no es solo el feliz heredero de la rica tradición lírica del sur boliviano, sino uno de los más interesantes jóvenes poetas de Bolivia”. Poemario que además se expande hacia los cuatro puntos cardinales del paisaje chapaco, en una suerte de comunión panteísta.

Nuestra amistad fue de este modo intermitente. Ya en La Paz, no desperdiciamos la oportunidad para reunirnos y comentar las hechuras del arte en el país, y sobre todo las andanzas de los amigos poetas, especialmente de los famosos 15. Recuerdo –café de por medio– cuando nos sumergimos en “Pedestal para nadie” de César Calvo, la poesía de Carlos Drummond de Andrade, “Mirabilia” de Eduardo Mitre. Sospecho que este último poemario junto a la obra de Eugen Gomringer lo estimuló a la elaboración de no pocos sugerentes caligramas dada su vocación de poeta dibujante. Gorminger fue un amigo personal de Marcelo, los primeros artículos de difusión de la poesía concreta en Bolivia fueron escritos por él, manteniendo una permanente correspondencia que perfilaba proyectos de trabajo conjunto. Ahora, el espacio vacío del poema “Silencio” de Eugene, se halla ocupado por ambos en cósmico abrazo.

Fue antológico el Encuentro organizado por la troup “El Cielo de las Serpientes” allá por el 94, cuando una centena de rematados aedas y ramas anexas se reunió en Copacabana, con la visita especial del poeta peruano, Antonio Cisneros. Después de un par de días de coloquios y lecturas entre literatos académicos y poetas underground, llegó la hora de partir; durante todo el viaje de retorno en la flota que abordamos con Jaime Nisttahuz, Marcelo Arduz y Alvaro Diez Astete, leímos poesía en voz alta para todos los pasajeros, chofer incluido, y ya, en La Paz, continuamos haciéndolo hasta el día siguiente en casa de Marcelo, saturando la atmósfera con estratosférico palabrerío y performances de esmerados funámbulos. 

E. Guzmán y M. Arduz. Yotala, 1985

Ascención de la lluvia” 1998, “Inti Huyphypacha” (Sol de Invierno) 1991, “Hojas solares” 1993, “Poemas Lunares” 1993, “Poemas de cielo adentro” 1994, “Jiwasanaka” 2000, “Poemas para los Niños de la Calle”, 2001, fue parte importante de su poesía publicada. Obra que se mueve en diferentes registros temáticos. Por una parte, la naturaleza y su poder spinoziano de lo inefable consagra su cosmovisión po/ética, los astros y los elementos se conjugan como fuerzas revelatorias de un hábitat posible y una identificación con un mundo que contrasta con el frenesí de las grandes ciudades. Desde otra perspectiva cercana, se adentra en la memoria arquetípica de nuestras culturas andinas y entabla con ellas un diálogo interpelante de correspondencias revelatorias, escribe en el poema Pachamama: Te preguntas quién eres y si eres en realidad./ Te sientes sombra entre sombras/ …apenas una nada/ Los cielos te aplastan con su inmenso vacío pero/ una terrígena voz poco a poco te invade/ y quiere revelarte la eternidad o la fugacidad de vivir/ «…el diálogo con el universo se hace íntimo».

Poesía breve, poemas de largo aliento y experimentación formal trabajó con denuedo, caligramas y poesía concreta como en el poemario “La ascensión de la lluvia”. La obra de Marcelo Arduz Ruiz fue numerosa y diversa: además de la poesía, produjo dibujos, testimonio, historia, divulgación etnológica. Por supuesto que merece y merecerá una lectura atenta, un recorrido diligente por su palabra. Siempre estuvo aquí y allá, en esto y aquello. Ahora lo recuerdo en el tono de una amistad compartida, con la evocación de acontecimientos y extravíos, es decir con el sabor de la vida trajinada, sin la cual la poesía no sería exactamente poesía.    

Nuestro último encuentro se dio casualmente en la Plaza Luis de Fuentes de Tarija, hace aproximadamente un año, conversamos brevemente y quedamos en llamarnos para “meterle una saiceada” como en las viejas épocas. Permanece pendiente esta cita, como permanece vigente esta antigua amistad, hasta su pronto reencuentro.

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