Dos momentos (de muchos) con Marcelo Arduz Ruiz

/ René Antezana Juárez /

Te conocí en Oruro, en casa de Edwin Guzmán, cuando nosotros balbuceábamos nuestro primeros poemas y lecturas, me impresionó lo buen dibujante que eras. Éramos muy jóvenes, con el vigor, la curiosidad por vivir en un mundo que no sabíamos aún qué forma tenía. Todo era inaugural. Compartir poemas y dibujos, conversar de literatura, pero también de cosas que intercambian los jóvenes cuando se encuentran con amigos inaugurales, almas gemelas. Algún tiempo después, nos esperaba –no lo sabíamos realmente– esa intensidad donde la sangre está bullente, habitada por el asombro, nos encaminó a convertirnos en poetas. Luego te fuiste a La Paz a trabajar en la Cancillería y Edwin se quedó aún en Oruro, mientras yo comencé mi inacabado viaje nómada. Aquel tiempo yo comencé a trabajar en el Centro Cultural y Pedagógico Portales, hoy Centro Patiño de Cochabamba, como Coordinador del Departamento de radio que producía el programa radial nacional “Ciclo Cultural Portales”. Como tal, fui designado por la institución para cubrir como periodista un evento cultural en Tarija denominado “Encuentro de 15 Poetas de Bolivia”, del cual el Centro Portales era un patrocinador.  Fue allí donde nos volvimos a ver.  También, por casualidad, estaba residiendo Edwin Guzmán. Aunque ninguno de los tres había publicado aún, ya habíamos avanzado algo con nuestros balbuceos en el afán de ser poetas. Es así que el Encuentro nos cayó de maravillas ya que tuvimos la oportunidad de compartir los 3 días del evento, con poetas como Roberto Echazú, Antonio Terán Cabero, Alberto Guerra, Pepe Camarlingui, Mery Monje y otros escritores amigos de Tarija que se sumaron al Encuentro. Una de las actividades previstas consistía en realizar visitas a escuelas para hablar de literatura y leer algunos poemas. Con el impulso de los maestros nos sumamos a las lecturas, obviamente con pánico escénico e intimidados por el ambiente y la expectativa, pues éramos los más jóvenes. Así, en esos tres días quizá nos convertimos (sin saberlo) en poetas. Nos acogieron con tanto cariño que ya se hablaba que el próximo Encuentro debía incluir como parte de la identidad de los 15 esta simbiosis caracterizada por su espíritu intergeneracional. Una impronta que duró mientras duró los 20 años del encuentro. También nos identificamos con el propósito de los organizadores de este evento y, a diferencia de otros, a emitir un Manifiesto prácticamente político en relación a la situación del país (aún en transición de dictadura a democracia) y de América Latina, subrayando una denuncia contra las dictaduras y los asesinatos, represión y violaciones de los derechos humanos, en especial de escritores y artistas a manos de los gobiernos militares de entonces. Todo esto profundizó nuestra amistad como parte ya de una comunidad. Fue, desde entonces, que los 15 poetas, cada uno o dos años, se convirtió en nuestra casa común.

Edwin Guzmán, Juan Carlos Ramiro Quiroga, René Antezana, Hector Borda Leaño y Marcelo Arduz en Yotala, 1985

Años después, te fuiste a España, adonde yo llegué como delegado por Bolivia al Encuentro Iberoamericano de Jóvenes Escritores, junto a Blanca Wiethüchter; y tú nos recibiste en el aeropuerto ya como diplomático. Esa misma noche, sin importar el cambio de horario, nos llevaste en tu auto a visitar Madrid y muchos lugares como tascas y bares gestionados por artistas. Con tu generosidad y compañía vagamos por Madrid en colores y en blanco y negro. Nos recogías del hotel (habían llegado también Jorge Campero, Marta Gantier, Víctor Montoya), para continuar estos recorridos principalmente por la bohemia madrileña. Elegimos como nuestra cueva principal un local llamado “La casa de Granada”, donde te trataban como parroquiano y tú conocías el santo y seña, pues sin eso no había ingreso ante un portero muy alto, algo fantasmagórico; el santo y seña era: “¿está Jesús?”, y el hombrote abría la puerta. La Casa de Granada estaba en un edificio antiguo, en un barrio con poca luz y de pocos amigos, donde una vez se ingresaba, se tomaba un ascensor precario que en el último piso se abría a un espacio pleno de un bullicio de voces, cantos y sonidos de vasos y botellas como esos cuadros del medioevo. No era el Madrid solar, era el undergound que solo tú conocías. Entre gitanos, gays, lesbianas, prostitutas, grupos de extranjeros, sobre todo peruanos y argentinos. Entonces, al tercer día ya no quisimos ir a otros lugares. Y como en los encuentros de poetas, simplemente salíamos al balcón y mientras la clientela se iba, nosotros esperábamos el amanecer, quizá recitando algún poema. Inolvidable, realmente, gracias a ti.

Luego coincidimos en La Paz, nos frecuentamos cuando podíamos, pero eso sí, no le fallábamos a los 15. Era tal tu compromiso con los 15 que, en uno de los encuentros realizados en Oruro, estábamos reunidos casi todos en la casa de Alberto Guerra, extrañados porque no aparecías siendo que vivías en La Paz. Mientras conversábamos sonó la puerta y eras tú. Todos celebramos tu llegada. Pero luego de tomarte un trago pusiste tu cara muy seria y dijiste: “queridos amigos debo decirles que he venido a decirles que no voy a venir”, explicaste de un viaje diplomático inmediato a Corea, y nosotros nos quedamos con la boca abierta. Tomaste tu abrigo y te fuiste. Saliendo de la estupefacción, nos pusimos a reír reconociendo que tal momento surrealista entraría en los anales de los 15 poetas. Te citamos cuando en algún encuentro no pudiste venir recordando el “debo decirles que he venido para decirles que no voy a venir”. Alguien repitió: “pero pudo haber llamado”.

Y no sigo más porque me duele escribir. Son pequeñas pinceladas que, espero, te rescaten para siempre junto a tu poesía y tus dibujos de la persona maravillosa que fuiste para mí y los amigos. Nunca te olvidaré hermano, querido Marcelito. Sé que ya estás en alguna cueva maravillosa del Ukhupacha junto a los que te deben estar preguntando si esta vez también viniste para avisar que no venías.

Vicenza, 2 de febrero de 2026

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