A la memoria de Cris Bubba (II)

/ Mario Molina Guzmán /

Yo no logro explicarme
con qué cadenas me atas…
Matilde Cazasola

Cris Bubba vivió entregada a su vocación, con la certidumbre que solo proviene de la entereza de las convicciones que orientaron su vida.

En medio de la vorágine que conmovió a los coromeños; las sesiones angustiadas del Consejo de Ayllus, las decepciones y desconfianzas, los encarcelamientos locales, la descomposición de núcleos familiares frente a la comunidad, la vergüenza, la humillación y el dolor de comprobar la pérdida de su patrimonio atesorado de generación en generación, cuando evidenciaron la simulación grosera mediante la sustitución de tejidos nuevos por antiguos aksus sacralizados en centurias, a cambio de denarios.

Mientras se producía el terremoto, Cris recibió un sobre de una amiga avecindada en Estados Unidos, con quien tenía esporádico contacto; le envió nada menos que el folleto que promocionaba una próxima exhibición para subasta de textiles étnicos en San Francisco, California; en cuya tapa estaba la fotografía de uno de los tejidos de Coroma; estaba segura que fue un mensaje inequívoco. (El documental “El camino de las almas” termina, cuando se inicia en bicicletas el viaje a lo desconocido, en la inmensidad del Altiplano en medio de un cielo tormentoso).

A partir del momento en que recibió la misiva, el tiempo empezó a correr a contra reloj; las decisiones se aceleraron, las murallas de pasajes, visas, y fondos mínimos para subvenir los gastos esenciales, fueron vencidas una a una; finalmente llego el día de embarcarse junto a Pio Cruz Flores, sin destino definido. ¿San Francisco en el extremo oeste o Washington al norte? Una duda con 4.000 Km de distancia. ¿Cómo dilucidar el destino correcto? No había antecedentes similares y ninguna experiencia para una gestión tan crítica. El único faro era la urgencia de hacer algo, lo que se pueda, para tratar de salvar los tejidos.

En San Francisco estaba por producirse el remate inminente. En Washington estaba la embajada de Bolivia y las autoridades nacionales norteamericanas. En Miami se encontraron frente al cruce de caminos, debían comprar pasajes para proseguir viaje. En medio de la tensión, la duda y el apremio, Pio Cruz le dijo a Cris que debía consultar en coca, que llevaba consigo en su chuspa. Sin tardanza dirigieron sus pasos hacia una puerta lateral cualquiera, en uno de los interminables corredores del aeropuerto, tras de ellos se cerró lenta la puerta de metal que tenía una pequeña ventana. Pio Cruz Flores preparó su averiguación ritual sobre su lliqlla en el piso; ya hincado, cuando su mano empezó a soltar las hojas, la cara de una guardia de piel caoba asomó por el vidrio, observó un instante y sus ojos se cruzaron con los de Cris, Pio Cruz prosiguió sin inmutarse, la guardia volvió a observar las hojas cayendo sobre la lliqlla, se dio la vuelta y quedó de espaldas para que el breve ritual no se detuviera. Pienso, después de todo, Yemanyá en el África y en el Caribe, es cómo nombran a su Pachamama Yoruba del mar. Las hojas señalaron el norte sin dubitación; la embajada tomó cartas en el asunto, interlocutó con las autoridades norteamericanas. Viacrusis burocrático de por medio, años después, una parte muy importante de los tejidos sagrados de Coroma fueron repatriados.

Desde california se recuperaron 43 de los 56 tejidos de Coroma incautados; que el “comerciante” Berger accedió a devolver tras un “acuerdo” con las autoridades norteamericanas, se quedó con 13 tejidos.

Poco tiempo después, en Halifax, Nueva Escocia en Canadá, se encontraron 6.000 piezas de bienes culturales de origen boliviano y peruano, introducidos ilegalmente por el traficante Roger Cornelius Yorke. Cuatro mil objetos aproximadamente no pudieron ser recuperados porque su data superaba el año 1900 y no estaban protegidos por la legislación de patrimonio aplicable, en ese momento. Solo 474 objetos con valor cultural, fueron devueltos a Bolivia el año 2002; entre los cuales se encontraban 42 tejidos de Coroma, que fueron finalmente repatriados y devueltos.

En total retornaron a Bolivia 85 tejidos, de los 98 que se tiene evidencia que fueron expoliados a los Ayllus de Coroma. Casi de una centena es una cifra que devela que fue un proceso larvario de automutilación, que produjo metástasis de autoridad en autoridad. Se trata de la comprobación de un despojo espiritual inaudito que se habría producido en la década de los 70, y los 80. Por la cantidad de bienes culturales, solo detectados en San Francisco y Halifax, es improbable que Coroma haya sido un caso aislado. 

Par y paso, el otro escenario que semejante empresa tuvo que enfrentar, fue la absoluta desnudez del Estado para recuperar bienes patrimoniales culturales. Bolivia no había legislado ninguna norma desarrollada para tal fin. El marco general era la Convención de UNESCO de 1970.

Hasta la década de los 90, solo se contaba con estipulaciones constitucionales sin desarrollo normativo adecuado. El DS 5918 de 6 de noviembre de 1961 declara genéricamente, tesoro cultural de la nación los textiles antiguos y establece la prohibición de exportación sin permiso estatal. Posteriormente el DS 21951 de 23 de mayo de 1988 es el primero que se emitió en medio de la campaña y como reacción al tráfico ilegal de bienes culturales. El DS 22546 de 23 de julio de 1990 reconoció la propiedad colectiva inalienable de los tejidos de Coroma y respaldó el retorno de estos bienes directamente a su comunidad de origen.  

Los libros de actas de los Ayllus de Coroma, fue la gran fuente de la información requerida para la recuperación de los tejidos sagrados, porque contenían el inventario detallado de cada tejido de los k’epis de cada ayllu: dimensiones, colores, numero de franjas, detalles y peculiaridades, clase de fibra, y un largo etc., además de la memoria oral y conocimiento colectivo, familiar y personal de quienes efectivamente preservaron y honraron la sacralidad del legado espiritual y material, cuando les cupo ejercer como autoridades. La puesta en práctica de ese aprendizaje convulso, constituye la base del otro gran legado inmaterial de Cris Bubba, esta vez para la bolivianidad toda. Escaló de un contexto regional focalizado al ámbito nacional.

En el transcurso de los más de cuatro lustros del gobierno del MAS, que ofertó una revolución cultural profunda, Cris Bubba tocó las puertas de cuanta autoridad circuló por la casona de la calle Potosí y Ayacucho. Se autoimpuso la misión de hacer entrega oficial del Inventario del Museo Tiawanku, después de haber desarrollado la tarea titánica y silenciosa, sin el apoyo que debió merecer. Registró cada pieza, cada objeto, catalogó, fotografió, describió, todo cuanto estuvo a su alcance, responsabilidad que asumió no como una obligación laboral, sino como una misión con el pasado, para poder otear el futuro con las certezas disponibles sobre nuestros orígenes.

De sobra y por experiencia propia, sabía que un buen inventario es el secreto para preservar los bienes patrimoniales, y ojalá no sea el caso, también para recuperarlos. Pese a su inopinada desvinculación laboral, Cris siguió puliendo sus libretas de apuntes, los papeles de trabajo hasta alcanzar un nivel profesional de catalogación experta. Ninguna autoridad del gobierno que se reclamaba de los pueblos originarios, le prestó la debida atención, las más ni la recibieron. Nadie asumió las responsabilidades emergentes de una adecuada re-invetariación. Las varias autoridades que se hicieron cargo del ex Instituto Nacional de Arqueología (ex INAR), degradado a Dirección ministerial en el gobierno del MAS, cabe preguntarse: ¿cómo recibieron y transmitieron semejante acervo patrimonial? Tuvieron que firmar algún listado –por lo menos–. ¿Las actuales autoridades, tendrán una idea cabal del legado que pesa sobre sus espaldas? La reciente reapertura del Museo Nacional de Arqueología Tiwanaku con salas, vitrinas y mobiliario renovado: ¿exhibe lo que se supone que existe en el museo? ¿Tienen alguna certeza de la existencia física de todo el acervo acumulado desde los tiempos de Posnanski?  De no ser por el trabajo que realizó Cristina Bubba, estas preguntas serían solo conjeturas.

Es una paradoja que cuando se ha instalado en la Plaza Murillo un gobierno que declara ser liberal a ultranza, cuya aspiración gubernativa linda con la de un martillero, tenga frente a sí la obligación administrativa ineludible de comprobar la existencia física y tangible de bienes que están fuera del comercio, por definición. Las flamantes autoridades culturales tienen la posta.

Cris, transcurren tiempos revueltos de pronóstico errático, el lapso soñado de un Estado que  emule, por lo menos en parte, los logros de México o el Perú, destinando presupuestos sustantivos para proseguir con los portentosos pendientes arqueológicos y etnológicos de tierras altas, e inicie con decisión y convicción las investigaciones y excavaciones en tierras bajas, especialmente en los llanos de Moxos, para convencernos que el nosotros de hoy, proviene de estirpes civilizatorias que han desmoronado la datación que falseó occidente, para justificar su pretensión absurda y acientífica de ser el pináculo de la evolución humana –nada menos–. Tan importante como la tecnología es el abordaje científico de saber con evidencia nuestros orígenes diversos, como la naturaleza misma. Lamentablemente ese tiempo que tuvo cuatro largos lustros y presupuesto abundante, ya pasó; vendieron humo, navegamos sin astrolabio y sin capitanes.

Afortunadamente dejaste encendido el spot de luz potente que ilumina ese rincón del complejo escenario cultural boliviano, en el que acontecieron actos que nunca estuvieron en el libreto; posibles solo por el acicate de la bíblica codicia que, al fin de cuentas, es el cáncer del sistema. 

Gracias por tus esfuerzos inagotables, tu trabajo en primera línea, tu legado artillado de ética y convicción de plomada. Febrero de 2026

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