/ Andrés Mariño /
* Una reseña del libro de Pablo Barriga Dávalos Y a esa hora no se pueden distinguir sus ojos y sus lenguas (Nuevos Clásicos, 2025).
Ante la pregunta de qué se trata este libro, uno puede responder indefectiblemente: se trata de la hora azul. De la peligrosísima hora azul. “Del modo azul con que envuelves el mundo / el modo azul en que lo amas (…) con un relámpago enciendes el espanto y el asombro en nuestro mundo” (J. S.). La hora azul que sólo puede ser sorteada estando borracho. Siendo un borracho caminando por una quebrada. Por qué será… pero así es. Y es así porque así dicen que es. Como bien escribe Pablo Barriga. “Dice que borrachos no nos pasa nada en el monte”.
Y ahí está el otro poder de lo que se dice, de lo que dicen. No sólo conformar un mundo de rumores. Como si a lo real se accediera rumoreando. Pero acceder a lo real es ingresar a la hora azul. Pero yo decía. ¿Cuál es ese el otro poder del decir? Instituir mundo y lo que no se dice. Que es gran parte del mundo. Y eso saben los decidores. Los que deciden.
O, siendo heideggeriano, los que son dichos por el decir. Los que son decididos
Por una decisión
Anterior a nosotrxs.
Que sólo cumplimos la decisión.
A esa hora en que nada se puede distinguir.
Ni la luz de la tiniebla.
Ni el uno de los otros.
Ni lo dicho de lo no dicho.
A la hora azul del encanto.
Por eso, cuando Giovanni Bello se pregunta en el postfacio de este libro ¿Desde dónde se dice lo que se dice? Uno responde con serenidad: desde la peligrosísima hora azul. Ahí Pablo Barriga escribe un verdadero texto de antropología. Digan lo que digan los antropólogos que busquen una forma más tradicional. Pero aquí hay un serio tratado.

Y tengo el deber de hacer notar algo. Porque a mí me llegaron los manuscritos originales de este libro. Antes de ser publicados. Y el número de dimes y diretes es muchísimo más extenso que lo publicado. Más del doble. Y cada cual decir más interesante y extraño que el otro, amén de decires que todos decimos y sabemos. Pero que vale la pena leer. Por eso, espero ansioso que sea publicada una segunda parte de este importantísimo libro que manifiesta nada más y nada menos que la kultur, el espíritu y el ánimo nuestro y de los pueblos a los que pertenecemos.
Ahora, quiero marcar una figura importantísima para la antropología y sus manifestaciones en este libro. Esta es: el lobo del maíz. Que no es nada menos y nada más que el espíritu animal de las cosechas al que el cosechador se enfrenta, al que el cosechador le teme pues puede arrancarle la vida y es el animal en que el cosechador, acabado su trabajo, se convierte. El cosechador se vuelve el lobo. El antropólogo debe volverse el lobo. “Dice que las ojotas son para la gente del campo, campu runa, y que sería mejor que me consiga unas para usarlas en vez de mis botas de gringo”, dice Pablo Barriga.
Para Michael Taussig el lobo del maíz tiene otra función. La escritura antropológica debe ser apotropaica, esto es: magia contra la magia obturadora de la escritura académica, estéril, muerta. Monocultivante y monopólica. La discusión de siempre, una guerra de hechicería entre el mito de la Zivilización y la Kultur, entre el Espíritu y la Naturaleza.
No por nada, Pablo Barriga, viniendo de altos estudios en la academia occidental acaba viviendo entre cocales o en Yotala. Y escuchando. Hay que saber escuchar para escribir. Antes que nada, porque la boca es una sólo oreja que se mueve.

¿Quién dice el decir del mundo? ¿Quién dice el decir de Rumimayu?
Que se atreva a decir debe tener en cuenta lo que dice el segundo Wittgenstein: “En nuestro lenguaje está depositada toda una mitología”. Y sabiendo que esta mitología no es una creencia irracional ni mucho menos, sino un modo de “envolver y amar la hora azul del mundo”. De encontrar un lugar en el mundo. Y de funcionar en el mundo.
Y es esa hora
Y a esa hora
Que no se pueden distinguir los ojos y las lenguas.
En que aparecen las visiones hablantes
Porque todo habla en mutismo
de la realidad.
Así, Barriga entiende que para decir hay que infectarse. Uno no puede ser “el gringo”, ha de sufrir unas cuantas maldiciones, ha de separarse de su mujer, ha de vivir algunas pérdidas. Y después transformarse en el chancho ch’ixi.
Tiene dos caminos. O volverse el alcohólico que ha visto el espíritu del ciervo. O ha de volverse ciervo. Porque “dice que uno de los venados lo ha mirado cuando cruzaba el río. Unos días después ha comenzado a chupar sin parar.”
Esto es, el que es de aquí y de allá. El que tiene los colores de aquí y de allá. El que se mueve entre espacios.
El momento en que el cazador se transforma en lobo.
Y nosotrxs… no en lenguaje… sino mitología viviente.

6 fragmentos del libro de Pablo Barriga
Dice que cuando llovía, denantes una procesión iba a la capilla de Lourdes y sacaban a la wirgin; después iban a una casa a sacar a tata Agonías y a la pampa de Tikipata a sacar a San Isidro. Al final a Tata Ignacio lo sacaban. La wirgin se quedaba en la iglesia y los tres cruces las plantaban en la iglesia y los tres cruces plantaban donde ahora es la cancha de tierra. Cuando llovía, llevaban corriendo los tres cruces a la iglesia y había misa. ¿Quién se acuerda ahora de eso?
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Dice que por el lado de Yungas habían dejado que las haciendas se vayan cayendo de a pocos. No habían usado ni los adobes para hacer escuelas. Dice que era para acordarse de cuando habían despedido a los patrones con sikuriada.
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Dice que antes venían tatalas del norte de Potosí. Todo un día se quedaban, acampando cerca de la quebrada. Un día en Ura. Otro día en Pata. Sólo andaban por los caminos tempranito y al atardecer, porque si no el calor les lastimaba a las llamas. Papa, oca, trigo, llullucha traían y las cambiaban por maíz, duraznos y, más allá, por ají.
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Dice que doña Eusebia vivía en Chimpa. Para ir a la escuela tenía que cruzar el río. A veces llegaba el río y tenía examen y tenía que ir siempre a la escuela. Su papá le decía ven, hija y la subía a su cuello. Cruzaba el río y sus pasos sonaban sho, sho, sho, porque fuerte venían las aguas.
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Dice que doña Dominga vende más caro la soda que doña Aurelia porque es más vieja y le cuesta más trabajo q’ipir la soda desde Yotala hasta Rumimayu.
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Dice que don Isidro tenía el bastón de alcalde de su papá, que antes había sido de su abuelo, cuando todavía sabía haber alcaldes. Un anillo en la punta teniaba, dice. Una vez lo había llevado a un ampliado, para pintear. Cuando ha terminado el ampliado se ha quedado tomando con sus amigos hasta quedarse dormido. Al día siguiente no había el bastón.


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